Antes de él
¿Alguna vez sufrieron el “duelo” de una relación durante la misma? Yo no lo había experimentado hasta los últimos meses de nuestro noviazgo con Gonzalo.
Fue una relación de cuatro años en la que éramos mejores amigos. Nuestras familias nos amaban y estábamos siempre juntos. Gonza era un chico súper bueno, pero en el último tiempo sus amistades no eran las más acertadas y lo influenciaban a hacer cosas que a mí me destrozaban. El resultado era siempre el mismo: terminar llorando todos los fines de semana. Así comenzó mi duelo dentro de la relación, hasta que un día decidimos soltar porque ya no era sano para ninguno de los dos.
Semanas antes de separarnos nació mi ahijada, y por primera vez en la vida me convertí en madrina, es hija de mi prima Luz, con quien tengo un vínculo muy especial. Días después de cortar con Gonza me mudé sola; yo en ese entonces vivía con mis padres y mi hermano menor. Si soy sincera, mi cabeza y mi corazón estaban en otra sintonía como para seguir llorando por Gonzalo y por ese final feliz que nunca pudimos concretar.
Desde chica siempre estuve en pareja, en relaciones bastante largas para la edad que tenía. Y cuando digo chica, hablo en serio: mi primer novio fue a los doce y duramos tres años. Después conocí a Gonzalo. Y de pronto, después de tanto, volví a estar sola. No era algo que me fascinara; me costó aceptarlo y aprender a disfrutarlo.
Las primeras noches en el departamento nuevo se basaban en una sola pregunta: si en algún momento esa soledad se iba a terminar o si iba a aprender a convivir con ella. Con el tiempo, lo hice.
Siempre fui tímida y me costó socializar, pero tenía mis grupos de amigas. El del secundario, seis chicas con las que desayunábamos, andábamos en bici y jugábamos como niñas. Las conozco desde el jardín y ocupan un lugar irremplazable en mi corazón. Y el grupo de la universidad, una amistad más nueva pero que se fue afianzando rápido. Con ellas estudiábamos, tomábamos mate y salíamos a bailar. Éramos cinco. Se convirtieron en huéspedes frecuentes de mi departamento y en el mejor remedio contra la soledad.
Meses después de terminar la relación, mi vida afectiva empezó a moverse otra vez. Vivía sola y tenía una libertad que antes no conocía. Todo comenzaba, como casi todo hoy, a través de las redes sociales: algún like, una reacción a una historia, un mensaje que abría la puerta a charlas interminables y, eventualmente, a un encuentro.
La verdad es que hacía mucho tiempo que no me sentía tan bien. Trabajaba, me iba bien en la universidad, vivía sola con mi perro, mi relación con mis padres había mejorado, era madrina, tenía sexo, estaba volviendo a mí y, sobre todo, tenía tranquilidad. Algo que hacía mucho no sentía.
Creo que ese fue el momento más alto de mi vida. Todo estaba bien. Todo era color de rosa.
Hasta que acepté una solicitud de amistad que no tenía que aceptar. Hasta que respondí un mensaje que no tenía que responder.
Lo hice sin saber que estaba por conocer a la persona que más amé en mi vida… y también a la que más me hizo sufrir.