ETERNAMENTE YOLANDA

All Rights Reserved ©

Summary

La obra plantea temas eternos como el de la venganza y la seducción, que, Yolanda, un espíritu libre y atormentado, utiliza para conseguir sus fines. Hugo, aunque consciente de su complicidad, se deja atrapar en una red de odio y vendetta que le conduce a la desesperación y el remordimiento. El peso de la conciencia y la voluntad de desagravio conviven con Hugo durante toda su vida y será su hijo, Cesar, el que desvele el gran secreto que su padre se llevó a la tumba. El amor, como fuerza impulsora de acciones irracionales y la capacidad seductora de una mujer libre, que antepone su independencia a cualquier sentimiento que la coarte, son los rasgos que definen a los personajes principales de la novela.

Status
Complete
Chapters
12
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo sin título 1

CAPITULO 1

Querida Yolanda, ahora sé por qué no pudiste amarme. Cuarenta años después he podido constatar que un corazón destrozado no podía albergar esa clase de sentimientos sin antes sanar sus heridas. Ahora ya no soy yo, al menos no soy el mismo yo que entonces te adoró. He tenido que pasar a otra vida para entender el yo que era, el que fui contigo, aquel que una vez cantó con la voz de Pablo Milanés: Yolanda, Yolanda, eternamente Yolanda. Ese joven que murió contigo, aunque los dos sigamos viviendo o, al menos, eso creemos.

Yolanda existió en mi otra vida, en esa que vivimos los que tuvimos alguna vez otra vida. Quisiera recuperarla tal como era, de la misma forma que tratamos de recuperar ese sueño placentero del que nos despertamos bruscamente. Cerramos los ojos e invocamos su retorno, pero ya no es posible, no se pueden programar los sueños, ni tampoco volverlos a soñar. Yolanda no volverá a ser soñada, porque ella ya no es ella ni yo soy yo.

Me pregunto qué parte de aquel joven que fui sigue hoy presente en mí. Que queda de aquel muchacho que, a los veintiséis años, fue capaz de robar, pasear por la barandilla de un décimo piso, provocar muertes y suicidarse, para atraer la mirada de una joven. Hasta dónde llegaría hoy, siendo un sexagenario respetable, un trasto inútil arrinconado en un rincón de la casa, para lograr ser amado por los que me rodean. Posiblemente no sería capaz de mover un dedo por atraer sus miradas, ni mucho menos de llegar al mal como medio necesario para descubrir su noción de belleza y alcanzarla, puesto que entonces dejaría de serlo o sería un mero espejismo.

La belleza para el joven es un concepto vivo, algo que se persigue y que a veces se alcanza. Quisiera fuera, una declaración de amor. Para el viejo, en cambio, es algo estático que se contempla desde la inmovilidad, desde la impotencia y la nostalgia. Pero no nos pongamos trascendentes: al joven se le puede aguantar la pedantería si es superada por su belleza; el viejo, en cambio, no tiene excusa alguna para serlo. Tú y yo somos ahora viejos, Yolanda, y, por tanto, nos ha abandonado la belleza, al menos esa que tan sólo puede habitar en la juventud. A ti te dirán que eres una mujer elegante, incluso atractiva y no dudo que sea cierto. La mujer que ha sido bella recurre a la elegancia para soportar la realidad de esa pérdida y seguir queriéndose cuando se mire las arrugas y la transformación de su cuerpo en el espejo. La dignidad consiste en hacer que esas arrugas sean la evidencia de una vida plena, el patrimonio acumulado con los años, el retrato de una existencia, tal como lo habrías reflejado con tu cámara.

Mi única riqueza es la de tener un pasado, eso que ahora se cotiza a la baja, algo de lo que no todos los mayores pueden presumir. En mi carnet pone Hugo Doménech Jover, ingeniero informático, mi profesión desde hace treinta y cinco años. También pone dónde nací y dónde vivo. Pero el dato que revela mi yo actual, es el de la fecha de nacimiento, el que me recuerda que soy viejo. No mayor, ni de la tercera edad, ni veterano, sino viejo, como un título más de esos que colgamos en la pared para recordarnos su inutilidad. Dicen que con el tiempo uno se vuelve sensato, prudente, experto, reflexivo, juicioso y no sé cuántas chorradas más. Con el tiempo uno se vuelve viejo, inútil, improductivo, achacoso, dependiente, o sea una carga baldía e inoperante que la sociedad se ve obligada a proteger, porque así se protege a sí misma cuando a cada uno le vaya llegando la hora, más que por verdadero interés en hacerlo. Una de las muchas cosas que se pierden con la edad es la pasión, ese fuego que te empuja a realizar actos irreflexivos de los que te avergonzarías estando cuerdo, pero que indican el nivel de vitalidad que atesoras, que es la única razón por la que merece la pena vivir. Romántica, sin reparar en formas tales. Decía Clint Eastwood, el veterano director de cine y gran actor americano, cuando le preguntaron por el secreto de su vitalidad y energía: «Es sencillo —contestó con una sonrisa complaciente—, no dejo que el viejo entre en mi cuerpo». Esa era la clave para mantenerse activo a sus más de noventa años, una cuestión de actitud.

El viejo ha entrado en el mío sin permiso y me veo impotente para rechazarlo. Lo he notado porque me han abandonado las pasiones, los instintos primarios, la fogosidad que te empuja a cometer actos imprudentes. Las pasiones eternas de nuestra juventud, esas que duran una primavera, son las que nos han proporcionado los motivos para vivir y para dejar de hacerlo, para arrojarnos por una ventana o beber un vaso de arsénico, si te lo sirve tu enamorada. Que ponga freno a lo que siento ahora a raudales. Con los años acabas por comprender las palabras de Wilde, aquel cínico decimonónico, brillante, soberbio y sublime sin solución de continuidad: «La única diferencia que hay entre un capricho y una pasión eterna es que el capricho dura un poco más de tiempo».

Mi pasión eterna duró unos cuantos meses y deseo rememorarlos, además de averiguar lo que queda de aquel joven descerebrado, al que debo agradecer los únicos momentos en los que me he sentido verdaderamente vivo.

Como se aprieta un paño sofocando el aliento, /más bien como se aprieta ante una herida / de la que salir quiere la vida de un tirón, /así te apreté yo contra mí…”

Cuánta verdad hay en estos versos de Rilke. Pero, antes de continuar, confieso que me gustaría saber lo que permanece vivo fuera de mí, el rastro que he podido dejar en aquellos que me han conocido, vislumbrar la parte de mí que sigue viva en la memoria de los que en algún momento se cruzaron en mi camino, especialmente en el de las mujeres con las que me relacioné íntimamente, las que me amaron y a las que amé con vehemencia e inútilmente. Esa clase de vínculos que dejan alguna huella, marcas profundas a veces o tan sólo rasguños superficiales, las que dejan cicatrices y las que apenas dejan el rastro de un perfume. ¿Cuál es el yo que pervive en ellos? ¿Será el mismo yo o, por el contrario, habrá un yo diferente en cada una de esas personas? Uno cree ser de una determinada manera, aunque con inseguridad, con dudas, variando según se presenten las circunstancias; dependiendo de la edad o de los estados de ánimo. Entonces, si ni siquiera para mí soy un único yo, no puedo esperar que lo sea para cada uno de los que me han conocido. Realmente podría ser cierto lo de que uno está vivo mientras siga viviendo en los demás, aunque sea en una sola persona y aunque el yo que vive en ellos no coincida con el mío o con los míos. No existe un criterio único ni uniforme que defina una personalidad, porque cada uno te ve en función de las vivencias que hayas tenido con él, de la época en la que habéis coincidido o de los sentimientos que ha albergado hacia ti. Mi yo actual tiene poco o nada que ver con el que fui en aquellos años.

Coincidí, en la boda del hijo mayor de mi amigo Julián, con un hombre al que no reconocí cuando me lo presentaron. «Mira Hugo, este es Gonzalo, ¿te acuerdas de él?». Le tendí la mano al tiempo que escrutaba el rostro de aquel personaje con el que, al parecer, había coincido en alguna remota etapa de mi vida. Aparentaba más años que yo, o así lo creía, aunque soy benévolo conmigo mismo al no aceptar que he superado la barrera de los sesenta. Me fijé en sus hundidos ojos marrones, en la mandíbula prominente y bien marcada, en su pelo casi blanco y escaso, y en el tono de su voz. «Es normal que no me recuerdes, hace cincuenta años que no nos vemos y, desde luego, no teníamos el mismo aspecto». Claro, era él, Gonzalito, recuerdo que era un poco torpe con el balón y que vivía cerca de la iglesia. En una ocasión el maestro, don Cándido, le elevó hasta su altura tirándole de las orejas porque no acertó con la respuesta adecuada a su pregunta. Me estremecieron sus alaridos de dolor. Estos tres o cuatro flases resumen lo que ha quedado de su dilatada trayectoria vital en mi memoria. Se alegró de verme y, en media hora, vació en mis oídos todo lo que vivía en él de mi yo infantil. Seguía siendo un niño en su cabeza. Alguien a quien ya no conocía ni recordaba, llevaba dentro una parte de mí que yo mismo ignoraba o que había sido borrada de mi archivo. Me pregunté cuántas partes de mi vida estarían viviendo en otros, cuántas variaciones de una sola persona podían coexistir en parientes, amigos o enemigos, dibujándome con desigual silueta, según las vivencias que hubieran tenido, plasmando una heterogénea eiségesis sobre mi persona. —Menudas palabras me gasto, todo un alarde de pedantería y arrogancia. Este es uno de los pocos lujos que nos podemos permitir los viejos, la jactancia, además del atrevimiento desinhibido. Podemos decir lo que nos dé la gana, porque nos da lo mismo lo que opinen de nosotros—. Para Gonzalito yo fui un niño caprichoso y mimado, el mayor de tres hermanos cuyo padre era amo de medio pueblo. Yo era el dueño de la pelota de reglamento con la que jugábamos al futbol. Se le notaba resentido y envidioso, además yo era el que vencía en las carreras, el que ganaba más canicas y el mejor con la peonza. Venía a merendar algunos días a casa y, según confesó, fue allí donde comió pasteles de crema por primera vez. Fuimos amigos a pesar de todo y peleamos juntos contra enemigos comunes. Una vida redescubierta escuchando su charla. Yo vivía en su interior, mi yo de ocho años. Mi yo de quince y el de mi juventud, sigue viviendo en aquellos con los que me crucé durante esa etapa. La vida, del mismo modo que la muerte, no es algo que se concrete en parámetros precisos, ni que pueda asirse, medirse o ser reconocida en un solo rostro. Es un poliedro que refleja los rayos de diferentes colores, según la cara que se mire. Se descompone el yo como la materia putrefacta lo hace tras la muerte, desleída en cada insecto necrófago, saprofito, díptero o pseudomona. En cada uno habitará un poco de muerte, de mi muerte, cuando llegue. Verdades a medias, mentiras con apariencia verdadera, vivencias soñadas, recuerdos molestos convenientemente borrados de la memoria. Uno se va confeccionando su propia historia. Pero creo que me estoy poniendo intenso e insoportable, se puede comprender la reiteración en los mayores, pero no hay quien aguante su pedantería. Resumiendo, mi vida es el conjunto de la percepción de mi propio yo más el perfil de los yo que habitan en otros, como mi muerte será la que esté presente en los que me han conocido, además de la que habite en cada uno de los bichos que se ocuparán en descomponerme. Pero si a nadie le ha importado mi vida, a quién coño le importará mi muerte.

Me pregunto, siguiendo este balance biográfico, qué habrá quedado de mí en la única mujer a la que amé con intensidad y sumisión, de la que me enamoré perdidamente sin ser correspondido y por la que estuve a punto de perder la vida, además de la dignidad. ¿Qué perdurará en su memoria, además de una imagen lamentable y patética?

Hay un momento en la vida, cuando la damos ya por concluida y lo que nos queda son los coletazos finales, una prórroga repleta de achaques físicos y reproches morales, en la que sentimos la necesidad de narrar el trayecto que hemos recorrido, los acontecimientos vividos que han quedado en nuestra memoria, deformándolos para adaptarlos a nuestro capricho, con el fin de justificar una vida hueca, una existencia intrascendente que apenas dejará su efímera huella en la arena mojada.