Capítulo 1: El comienzo
- ¡Eh, mirad! ¡Es el podólogo de la uni!- Gritó el abusón de turno a modo de burla. - ¡Oye Nico! ¿No quieres chupar mis pies?
Nicolás se limitó a ignorarlo y se dirigió a su siguiente clase, donde también fue víctima de comentarios de compañeros intentando hacerse los graciosos. Todo empezó cuando estaba entablando una buena amistad con una compañera suya, Nicolás confió en ella y le contó lo de su fetiche con los pies haciéndola prometer que no lo contaría a nadie.
Pese a que ella lo prometió, al día siguiente la captura de su conversación circulaba por todos los grupos de la universidad. Nicolás se sintió muy mal y, desde aquel momento, no había día en que no tuviera que aguantar las burlas de sus compañeros.
Aún tras decírselo a los profesores y administrativos de la universidad para que no le molestaran más, seguía recibiendo muchas burlas. Simplemente trataba de mantenerse al margen. Pues era consciente de que los padres de uno de los matones eran grandes inversores en esa universidad, por ende meterse en problemas con él solo serían desventajas para él.
Nicolás era un chico de estatura media, pelirrojo y bastante delgado, tenía ojos verdes y una expresión bastante seria todo el tiempo. No era el más fuerte del lugar pero sí que era buen estudiante y buena persona con quien no le molestaba, que en ese momento eran más bien pocos.
- Tienes que tener una paciencia enorme para aguantar todo esto. - Le dijo su profesor.
- Lo que tengo son nulas ganas de vérmelas con el director por enfadar a los inversores. - Respondió Nicolás con sarcasmo.
Su profesor no le dijo nada más tras escuchar eso, sabía que era muy hipócrita por su parte tratar de hacerse el buena onda cuando su sueldo dependía de los susodichos inversores.
Nicolás se fue a la biblioteca municipal de su localidad a terminar unos ejercicios que tenía pendientes. Su peculiar característica no era tan conocida por allí, y todo el mundo respetaba lo de mantener silencio en la biblioteca, por ello es que Nicolás disfrutaba mucho allí.
Pasados unos minutos una chica entró en la biblioteca con cara de estar buscando a alguien.
Tenía el cabello largo y oscuro, y su piel muy clara. Sus ojos eran grandes y llamativos, con un color azul precioso. Llevaba una blusa de tirantes , además, vestía una falda corta de color oscuro. Era una chica muy delgada y atractiva. Para rematar, llevaba unas medias translúcidas que llamaron la atención de Nicolás.
Las miradas de ambos se cruzaron, y la chica se dirigió hacia él, aparentaba estar un poco nerviosa.
- Hola. - Le susurró la chica para no hacer ruido. - Eres Nicolás, ¿verdad?
Nicolás asintió con la cabeza, deseando en su mente que no mencionara lo de su fetiche.
- El famoso fetichista de pies, ¿me equivoco? - Susurró la chica.
Nicolás se vino abajo al escuchar eso, pensó que ya ni en el lugar más tranquilo le iban a dejar en paz.
La chica se le acercó con cautela y le susurró:
- No no no. No vengo a burlarme de ti, te lo prometo. - Le susurró dulcemente. - Aunque no me creas, te pareces a mi.
Nicolás la miró fijamente a los ojos, estaban más brillantes que unos momentos atrás y la expresión de la chica mostraba sinceridad, había algo en ella que hizo pensar a Nicolás que efectivamente, no venía a burlarse.
La chica le tendió su mano.
- ¿Me acompañas? - Le susurró.
- Ni siquiera sé quién eres. - Le contestó Nicolás.
La chica sonrió dulcemente, rebuscó un poco en el bolso que llevaba y sacó una pequeña tarjeta, la cual le entregó a Nicolás.
- Si cambias de opinión, llámame. - Le susurró la chica antes de irse.
Nicolás se quedó bastante extrañado, una chica que no conocía de nada (aunque todo el mundo le conociera a él) intentó llevárselo vaya usted a saber dónde y además le dio una tarjeta para que la llamara.
Examinando la tarjeta Nicolás se quedó aún más extrañado, la tarjeta tenía en un lado la silueta de la planta de un pie y por el otro lado un número de teléfono. Nada más, ningún nombre ni ningún tipo de dato que ayudara a saber de quién se trataba.
Decidió no darle más vueltas al asunto y regresó a su casa, encendió su ordenador y abrió un vídeo-juego para intentar desconectar de la realidad, aunque fuera un poco.
Pasaban las horas y Nicolás no podía quitarse esa escena de la cabeza, por precaución decidió buscar el número por internet. Descubrió que era un número temporal, de los que puedes rentar por un tiempo determinado para según que usos y después desecharlo por completo.
¿Quién era esa chica? ¿Cuál era su propósito? Preguntas y más preguntas que pasaban por la mente de Nicolás. Decidió dar por terminado el día, pero por más que lo intentaba la curiosidad no le dejaba dormir.
Trató de ver una película, de escuchar música y hasta de hacer un “Vladimir”, pero nada funcionaba. En el fondo Nicolás sentía un deseo de querer haber ido con ella, parecía sincera cuando dijo que se parecían y que no iba a burlarse, sin embargo no se fiaba de los desconocidos.
¿Qué debería hacer? ¿Estaría la chica despierta a estas horas de la noche? ¿Sería buena idea llamarla? Aún más dudas recorrían la mente de Nicolás. Su deseo de saber lo que sería aquello no le permitía pensar en otra cosa.
“No puede pasar nada malo solo por intentarlo”. Pensó. “Si algo no cuadra, es cuestión de colgar la llamada y como mucho buscar un buen abogado”. Nicolás trataba de convencerse de que solo quedaría como un día curioso y algo diferente a lo que acostrumbaba.
Finalmente se armó de valor. Buscó la tarjeta y agarró su teléfono, lo encendió y abrió el teclado numérico. Marcó el número y pulsó el botón de llamar.
El teléfono empezó a dar la señal de llamada.