Los viajes astrales de Victoria Labbé

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Summary

Victoria Labbé siempre ha sentido que algo en su vida no encaja. Hay recuerdos que no reconoce como propios, emociones que no sabe de dónde vienen y una tristeza antigua que se cuela en su música y en su forma de amar. Ivar Petersen parece vivir la vida correcta: una carrera impecable, una familia influyente y un futuro decidido de antemano. Sin embargo, basta un solo encuentro para que todo aquello comience a resquebrajarse. Entre sueños, visiones y una conexión imposible de explicar, Victoria empieza a experimentar fragmentos de otra existencia, de otro tiempo, donde las decisiones no fueron suficientes y el amor quedó inconcluso. Dos almas. Dos épocas. Un vínculo que se repite… y exige ser enfrentado. Porque cuando las almas que están destinadas se encuentran, su unión es inevitable.

Status
Ongoing
Chapters
15
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

Introducción:

Ya llevaban un largo rato en el restaurante celebrando la graduación de Ivar y su novia, Luciana. Ambas familias se habían reunido no solo para brindar por la titulación de sus hijos, sino también para celebrar algo mucho más ambicioso: la consagración de un futuro negocio que consolidarían a través de la unión matrimonial, una vez que ambos obtuvieran sus respectivas especializaciones y tomaran posesión de la clínica mejor equipada del sur de Chile.

A pesar de estar rodeado de su familia y de su pareja, no pudo evitar dirigir la mirada hacia la mujer que se encaminaba al piano en el escenario del local. Nadie parecía notarla; para todos era apenas una sombra, un fantasma. Para él, en cambio, fue la ilusión más perfecta y maravillosa que sus ojos habían contemplado.

Había acercado la copa de vino cabernet sauvignon a sus labios mientras Luciana lo rodeaba con una cercanía insistente. Sin embargo, cuando sus ojos azules vieron aparecer aquella silueta misteriosa de piel clara y cabellos castaños ondulados que caían como un velo de satín por su espalda, no pudo evitar sentirse atraído hacia ella, como si una fuerza inevitable lo arrastrara fuera de todo lo demás. La mujer vestía un vestido azul de raso brillante, ceñido a su figura, con un escote que acentuaba sutilmente su busto. Sus rasgos eran delicados y su mirada, aunque triste, le provocó una extraña sensación de cercanía.

Un mozo la condujo hasta el piano y, al verla tomar asiento, supo que ya no podría concentrarse en nada más que en cada uno de sus movimientos.

La conversación en la mesa era animada, pero para él se convirtió en un conjunto de murmullos lejanos. Luciana hablaba con entusiasmo, utilizando ese tono dulce y afectado que solía adoptar cuando buscaba captar su atención. Pero, él apenas la escuchaba.

Llevaban siendo novios desde el último año de preparatoria. Sus familias figuraban entre las más influyentes de Temuco y ambos habían postulado a las universidades más prestigiosas de Chile: él ingresó a la Universidad Católica y ella a la Universidad de Chile, ambos para estudiar medicina. Con el paso del tiempo, la distancia, las exigencias académicas y la rutina fueron debilitando la relación. Aunque ella se esforzaba por mantener el vínculo, para él el noviazgo hacía tiempo que se había convertido en una carga que no sabía cómo abandonar.

No era un secreto para ella que él se veía con otras mujeres. Incluso, una vez lo sorprendió besando a una amiga en un rincón de una discoteca. Se limitó a darse la vuelta y nunca tocó el tema. Cuando él intentó hablarlo, ella no se lo permitió, actuando como si nunca hubiera visto nada.

Ahora, seguramente había notado la atención que él prestaba a la pianista y trataba de disimularlo con una cercanía excesiva que comenzaba a resultarle incómoda.

Sus ojos se iluminaron cuando la misteriosa pianista inició su repertorio. Saboreaba el vino como si cada sorbo acompañara una frase musical, mientras ella interpretaba con un profundo sentimiento de nostalgia. Su rostro permanecía inclinado hacia las teclas y solo levantaba la mirada de vez en cuando hacia las partituras.

Los padres de Luciana intentaron captar su atención con conversaciones triviales e invitaciones para pasar las vacaciones en Alemania. Él se negó con cortesía, explicando que realizaría la residencia en un hospital público del extremo norte del país. Sus propios padres intervinieron de inmediato, elogiando la decisión y destacando el prestigio y la experiencia que aquello le otorgaría para su futuro como director de la clínica, para suavizar el distanciamiento intencional que Ivar estaba interponiendo con todo lo que estaba relacionado a Luciana.

Cuando la pianista comenzó a interpretar el Nocturno Op. 9 N.º 2 de Chopin, él notó cómo una lágrima se deslizaba por su mejilla. No supo si fue la música o la emoción con que ella ejecutaba la melodía, pero sintió un nudo en el pecho, como si cada nota estremeciera algo profundo en su interior.

Al cabo de los minutos, el repertorio se volvió cada vez más melancólico. Al interpretar la Sonata N.º 14 de Beethoven, la pianista ya no miraba las partituras; sus manos se deslizaban sobre el piano guiadas únicamente por la emoción. El ambiente del restaurante comenzó a tornarse incómodo y sensible. Algunos comensales desviaron la mirada; otros guardaron silencio.

Las madres de Ivar y Luciana, conmovidas, no pudieron contener las lágrimas. Luciana encontró entonces la oportunidad perfecta para apartar la distracción que había capturado la atención de su novio durante toda la velada. Llamó al mozo y le pidió que la pianista dejara de tocar, señalando el estado emocional en que la música había dejado a las señoras en la mesa.

Él la miró con evidente recriminación, pero ella respondió con una indiferencia altiva, concentrándose en la carta para elegir el postre.

El mozo habló con el encargado del local y luego se acercó a la pianista para comunicarle la decisión. Ella asintió con serenidad y concluyó la sonata. Tras una tímida reverencia, abandonó el escenario y se dirigió hacia la parte posterior del restaurante.

Ivar al verla partir, esperó unos segundos antes de levantarse. Se excusó diciendo que iría al sanitario y siguió el mismo camino por el que la pianista había desaparecido. Al llegar a los baños, vio cómo el administrador la reprendía por la elección del repertorio, informándole que no volverían a contratarla debido a las quejas recibidas. Era injusto y no podía quedarse sin intervenir.

Se acercó e interrumpió la conversación, estrechando la mano del administrador y felicitándolo por la música de la noche. Comentó que su madre había quedado encantada, aunque confesó que la Sonata Claro de Luna siempre la emocionaba, pues era la pieza favorita de su abuela. El administrador aceptó la explicación con una sonrisa algo desconcertada.

Tras recibir la respuesta del hombre, desvió la mirada hacia la pianista y, al ver su rostro de frente, quedó en blanco. Sus ojos marrones, aún húmedos por las lágrimas, parecieron detener el tiempo durante unos segundos eternos. Extendió la mano casi sin pensarlo. Ella la tomó con timidez, y el contacto de su piel fría le provocó un calor inesperado que la hizo sonreír de manera inconsciente.

—Mucho gusto, mi nombre es Ivar Petersen —dijo, sin soltar su mano—. Quería felicitarla por su maravillosa interpretación.

—Muchas gracias, me alegra que le haya gustado —respondió con sincero agradecimiento.

—¿Cuál es su nombre, señorita?

—Me llamo Victoria. Victoria Labbé. Encantada de conocerlo.

—El gusto es mío, Victoria.

Un carraspeo del administrador rompió el momento. Le pidió a Victoria que lo acompañara a la oficina para efectuar el pago de la presentación. Él soltó su mano con visible resistencia. Ella dio unos pasos hacia atrás, pero uno de sus tacones quedó enredado en la alfombra y perdió el equilibrio. Cuando su cuerpo se desplomaba, sintió un crujido acompañado de un dolor agudo en el tobillo que la hizo gemir.

Cerró los ojos, preparada para el impacto, pero unas manos firmes la sujetaron de las muñecas y la atrajeron hacia un pecho cálido. Quedó envuelta por el perfume de aquel hombre de ojos azules, cabello rubio recogido y barba dorada, una fragancia que le resultó inquietantemente familiar.

Al alzar la mirada y encontrarse con la de él, su mente se perdió, una vez más, en una de aquellas visiones que la acompañaban desde la infancia.