EL CUERVO: CRÓNICAS DE LA CENIZA
I. EL RASTRO DE LO INVISIBLE
El viento ululaba como un lamento ancestral entre los pinos cubiertos de nieve, levantando diminutos remolinos de polvo blanco que danzaban sobre las huellas frescas.
Kaelen de Velen, conocido por pocos como "El Cuervo", avanzaba con la silenciosa gracia de un depredador, su aliento condensándose en pequeñas nubes blancas con cada exhalación.
Su mano, curtida por la intemperie y las cicatrices, apretaba el pomo de su espada de acero meteórico, cuya empuñadura estaba envuelta en cuero de bestia.
La hoja, enfundada a su espalda, parecía absorber la poca luz invernal.
Sobre su cabeza, una bandada de cuervos revoloteaba en círculos concéntricos, sus graznidos ásperos resonando en el silencio opresivo del bosque nevado.
No eran pájaros comunes; sus ojos brillaban con una inteligencia antinatural y seguían a Kaelen como extensiones oscuras de su propia voluntad.
Eran sus ojos en el cielo, sus mensajeros y, en ocasiones, su arma más inesperada.
El rastro era inconfundible. Pisadas del tamaño de un escudo, profundas en la nieve virgen, indicaban no solo el peso inmenso de la criatura, sino también su desesperada huida. Trozos de corteza arrancada de los árboles y arbustos destrozados marcaban el camino de una bestia herida, enfurecida y, por lo tanto, aún más peligrosa.
Un hedor acre a almizcle y carroña, mezclado con el dulzón aroma de la sangre coagulada, flotaba en el aire helado, guiando a Kaelen hacia su presa.
"No te escondas mucho tiempo, engendro", murmuró Kaelen, su voz un susurro ronco que apenas rompió el gemido del viento.
Un cuervo descendió y se posó en su hombro, picoteando suavemente el cuero de su hombrera antes de batir sus alas y volver a unirse al resto de la bandada. El cazador de monstruos sabía que se acercaba el final de la persecución. La tensión se acumulaba en sus músculos, un escalofrío que no era del frío, sino de la expectativa. Una criatura grande, poderosa, y ahora acorralada. Esto no sería una cacería sencilla.
El rastro terminaba de forma abrupta frente a una formación rocosa, una especie de cueva natural cuya entrada estaba oculta por gruesas cortinas de carámbanos de hielo que colgaban como colmillos de cristal. Kaelen se detuvo. El silencio del bosque ya no era tranquilo; era el silencio de algo que aguanta la respiración.
De repente, un graznido agudo de uno de sus cuervos lo alertó. No venía de frente, sino de arriba.
Kaelen alzó la vista justo cuando una masa de pelaje blanco y garras negras se lanzaba desde lo alto del risco. Era un Ursa, una bestia de cuatro ojos y lomo acorazado por placas óseas, cuya piel era tan blanca como la nieve que lo rodeaba. El impacto contra el suelo hizo que la tierra temblara, levantando una nube de polvo gélido.
La bestia rugió, un sonido que vibró en el pecho de Kaelen, y cargó con una velocidad antinatural para su tamaño. El cazador no retrocedió. Justo cuando las garras del monstruo estaban a centímetros de su rostro, Kaelen susurró una palabra en una lengua antigua.
—Vokun.
En un parpadeo, el cuerpo de Kaelen se deshizo en una explosión de plumas negras y sombras. El Ursa atravesó el vacío, golpeando el tronco de un pino centenario con un estruendo seco. Al mismo tiempo, la bandada de cuervos se materializó diez metros detrás de la bestia, y de entre el torbellino de alas emergió Kaelen, ya con la espada de acero meteórico desenvainada.
La hoja azulada dejó un rastro de luz en el aire gris.
—Demasiado lento para tener cuatro ojos —
Dijo Kaelen, aunque su tono era amargo, casi lamentando que una criatura tan majestuosa hubiera sido corrompida por la rabia.
El monstruo se dio la vuelta, con la mandíbula goteando una saliva espesa que se congelaba al tocar el suelo. Sus cuatro ojos rojos se fijaron en el cazador. Kaelen adoptó una postura baja, sintiendo el frío del acero en su mano y el latido de sus cuervos en su mente.
La verdadera danza acababa de comenzar.
El Ursa no era una bestia corriente; su piel estaba imbuida de una magia telúrica que hacía que el frío a su alrededor fuera casi sólido. Cuando el monstruo volvió a cargar, no lo hizo con fuerza bruta, sino con una embestida cargada de una furia gélida.
Kaelen esquivó el primer zarpazo con una pirueta lateral, pero la bestia, en un movimiento sorprendentemente ágil, lanzó un barrido con su cola acorazada. El cazador saltó, pero el aire frío que emanaba de la criatura entumeció sus reflejos por una fracción de segundo.
Fue entonces cuando ocurrió.
Una de las garras laterales del Ursa alcanzó a Kaelen en el antebrazo izquierdo, justo por encima del brazal de cuero. No fue un corte limpio; fue un desgarro gélido. La sangre roja y caliente saltó sobre la nieve blanca, pero antes de que pudiera gotear, la herida empezó a tornarse de un color azul pálido, como si el hielo de la bestia quisiera trepar por sus venas.
Kaelen ahogó un grito de dolor. Sintió el frío quemando su carne, una marca que sabía que nunca se borraría: la caricia del invierno.
—¡Basta! —rugió Kaelen, ignorando el dolor punzante.
Sus ojos brillaron con una intensidad negra. Invocó a la bandada con un silbido estridente. Los cuervos descendieron como una flecha oscura, picoteando los cuatro ojos de la bestia y cegándola momentáneamente. En medio del caos de graznidos y pelaje blanco, Kaelen activó su Paso de Sombras.
Se desvaneció en plumas y reapareció directamente sobre el lomo del monstruo. Clavó su espada de acero meteórico con ambas manos en el espacio entre las placas óseas del cuello. La hoja rúnica brilló con un azul eléctrico al entrar en contacto con la carne corrupta. La bestia lanzó un último rugido que sacudió los árboles antes de desplomarse, tiñendo el suelo de una mezcla de sangre roja y una escarcha negra y espesa.
Kaelen descendió del cadáver, respirando con dificultad. Se sujetó el brazo herido; la marca de las tres garras ya no sangraba, pero la piel allí se había quedado blanca como el mármol, fría al tacto para siempre. Un recordatorio de que, en este oficio, cada victoria tiene un precio.
Recogió su espada, la limpió en el pelaje de la criatura y envainó el acero. Sus cuervos regresaron a las ramas altas, observándolo en un silencio respetuoso.
Kaelen se arrodilló sobre la nieve, que ahora comenzaba a teñirse de un púrpura oscuro bajo el cuerpo de la bestia. El dolor en su brazo izquierdo era una llama gélida que le nublaba la vista por momentos.
Con los dientes apretados, rompió un trozo de su capa y vendó la herida, notando cómo la piel blanca y marmórea bajo el desgarro parecía rechazar el calor de su propio cuerpo.
El silencio que siguió a la muerte del Ursa no fue de alivio. Sus cuervos, que normalmente graznarían victoriosos sobre el festín de carne, se quedaron repentinamente mudos. Uno a uno, descendieron de las ramas y se posaron en el suelo, formando un círculo perfecto alrededor de Kaelen, con las cabezas inclinadas como si saludaran a una reina.
—El acero meteórico siempre deja un rastro de olor a ozono en el aire. Es una fragancia que no he olvidado, Kaelen de Velen.
La voz era melodiosa pero cargada de una autoridad que hacía vibrar el aire. De entre la bruma blanca y la nieve que caía, una figura comenzó a materializarse. No caminaba sobre la nieve; la nieve parecía apartarse a su paso. Vestía una túnica de terciopelo verde tan oscuro que parecía negro, y sus ojos, del color de la obsidiana, reflejaban la luz de la espada de Kaelen.
El cazador intentó levantarse, apoyando su mano en el pomo de su arma, pero la mujer hizo un gesto sutil con la mano y Kaelen sintió que sus pies se anclaban al suelo, como si el mismo hielo lo sujetara.
—Has matado a la bestia, Cuervo —dijo ella, acercándose hasta quedar a escasos pasos. Su aliento no formaba vapor, a pesar del frío extremo—. Pero esto ha sido solo un trámite, un ejercicio para lo que vendrá. El destino tiene algo preparado para ti, y no se detendrá ante un simple cazador de monstruos.
—¿Quién eres? —logró decir Kaelen, con la voz rasposa—. No acepto contratos de fantasmas.
La hechicera sonrió de forma enigmática y extendió una mano enguantada. Al abrir la palma, un pequeño trozo de ámbar con una pluma negra petrificada en su interior comenzó a levitar.
—Aún no termina —continuó ella, ignorando su pregunta—. El Ursa era el guardián de una puerta que nunca debió abrirse. Al matarlo, has roto el sello. Mira hacia el norte, Kaelen.
Antes de que él pudiera responder, la mujer se deshizo en una ráfaga de viento helado que lo obligó a cubrirse el rostro. Cuando el viento amainó, ella había desaparecido, pero el trozo de ámbar cayó sobre la nieve virgen, brillando con una luz interna.
Kaelen levantó la vista hacia el norte. Sobre el horizonte, donde las montañas se unían con el cielo gris, una columna de humo negro y antinatural comenzó a alzarse, devorando la luz del sol.
El ámbar en el suelo empezó a vibrar con la misma frecuencia que el latido de su propio corazón herido.
La cacería no había terminado. Acababa de convertirse en una guerra.
II. LA LLEGADA AL BASTIÓN
Kaelen avanzaba con pasos pesados, el cansancio calando en sus huesos mientras seguía el rastro del humo negro que devoraba el horizonte. Tras horas de marcha silenciosa, el Bastión emergió entre la bruma como un mausoleo de piedra.
El horror lo recibió antes de cruzar el umbral. En la entrada, los restos de la guarnición fronteriza yacían esparcidos sobre la nieve sucia.
Lo que alguna vez fueron soldados orgullosos, ahora eran solo carne y despojos: cuerpos partidos por la mitad con las vísceras expuestas al aire gélido, torsos decapitados y rostros con las cuencas vacías, mirando fijamente hacia una oscuridad que ya no podían ver. El olor a hierro y muerte era tan espeso que se podía masticar.
Kaelen cruzó el patio principal, ignorando el rastro de muerte bajo sus botas. Su brazo izquierdo, la marca del invierno, no solo dolía; ardía con una vibración interna, un pulso de hielo que parecía gritar ante una presencia cercana. De pronto, un rugido gutural brotó de las entrañas de la tierra, haciendo que el suelo temblara y que el polvo de los siglos cayera de las vigas del bastión.
Sin miedo, con la sangre de un cazador fluyendo más rápido que su dolor, Kaelen se adentró en las fauces del fuerte. Encontró un pasadizo que descendía hacia las mazmorras, un corredor húmedo donde la oscuridad parecía tener peso. Al final del túnel, tras una puerta de hierro reventada como si fuera papel, el espacio se abrió en una inmensa cavidad subterránea.
Se detuvo al borde de un precipicio interno. Abajo, en la penumbra del gran salón, descansaba la criatura. Era una mole de pelaje plateado grisáceo que brillaba con un fulgor metálico bajo la luz del humo negro. Sus colmillos, del tamaño de cimitarras, goteaban una sustancia viscosa, y sus garras descansaban sobre los restos de lo que parecía haber sido su banquete real.
Kaelen no perdió tiempo en escaleras. Invocó su Paso de Sombras; su cuerpo se deshizo en un torbellino de plumas negras y humo, materializándose en el fondo del abismo a una distancia prudente de la bestia. El aire allí abajo olía a azufre y carne vieja.
Con el acero meteórico ya en mano y el rostro endurecido por la fatiga, Kaelen rompió el silencio sepulcral.
— ¡Despierta, maldita bestia! —rugió, y su voz resonó en las paredes de piedra como un trueno.
La bestia abrió sus párpados, revelando unas pupilas verticales que brillaban como oro fundido en la penumbra. Al detectar la presencia del cazador, no atacó de inmediato; dio un salto prodigioso hacia atrás, con una agilidad impropia de su tamaño, aterrizando con un estruendo que hizo que el polvo del techo cayera sobre los hombros de Kaelen. Soltó un rugido ensordecedor, una onda de choque que hizo vibrar las placas de metal de la armadura del brujo.
Kaelen ni siquiera parpadeó. El miedo era un lujo que había perdido hacía muchos años, junto con su humanidad. Blandió su espada de acero meteórico; la hoja rúnica silbó en el aire pesado de la mazmorra, proyectando reflejos azulados sobre las paredes de piedra húmeda.
El cazador adelantó un pie, afirmando su postura a pesar del dolor punzante en su brazo herido, y apuntó la punta del acero directamente al corazón de la criatura.
— ¡Ven aquí, engendro de malnacidos! —gritó Kaelen, su voz cargada de un veneno desafiante—. ¡Muéstrame de qué color es tu sangre!
La bestia cargó. No fue un movimiento animal, sino una masa de pelaje plateado y odio que cortó el aire como un proyectil. Para cualquier otro hombre, habría sido el fin, pero Kaelen sintió cómo el mundo se ralentizaba; sus sentidos, agudizados por el dolor y la adrenalina, convirtieron el tiempo en barro.
En el último milisegundo, se disolvió en una explosión de plumas negras. Reapareció en el aire, justo sobre el lomo de la criatura. El acero meteórico descendió con un impacto seco, hundiéndose en la carne densa y corrupta. Kaelen sintió la resistencia de las fibras musculares antes de dar una voltereta hacia atrás, arrancando la hoja en un rastro de sangre espesa y oscura.
Aterrizó con la gracia de un depredador, pero la criatura apenas se inmutó. La bestia se giró con una lentitud amenazante, ignorando la herida en su lomo que ya empezaba a supurar una mezcla de sangre y ese extraño vapor grisáceo. Sus ojos de oro fundido se clavaron en el cazador con una inteligencia maligna.
Kaelen escupió a un lado, sintiendo cómo el sudor frío le recorría la nuca y el brazo herido le enviaba punzadas de advertencia. Limpió el exceso de sangre de su espada con un movimiento rápido del brazo.
— Bueno... Esto tomará más tiempo de lo que esperaba —masculló entre dientes, ajustando el agarre en la empuñadura de cuero.
La bestia, ciega de furia, embistió de nuevo. Era una masa de toneladas de músculo que Kaelen esquivó con un paso lateral preciso, apenas un parpadeo. El monstruo no pudo frenar su inercia y se estrelló contra el muro de la mazmorra con un estruendo brutal. El techo de piedra gimió y una lluvia de polvo y fragmentos de roca cayó sobre el suelo húmedo.
Antes de que la criatura pudiera recuperar el aliento, Kaelen dibujó un arco letal con su acero meteórico. El corte fue quirúrgico, separando la gruesa cola plateada del cuerpo de la bestia en un solo tajo. La sangre oscura y caliente salpicó las losas de piedra y las botas del cazador.
Kaelen retrocedió un par de pasos, girando la espada para sacudir el exceso de fluido y sosteniendo el trozo de carne cercenada frente a los ojos de la criatura. Una sonrisa amarga y cargada de veneno se dibujó en su rostro.
— Me parece que te quedaste sin estabilidad, maldito engendro —soltó Kaelen con un tono burlón, dejando caer la cola al suelo de piedra como si fuera un despojo sin valor—. Veamos cómo te mantienes en pie ahora.
La bestia, ignorando su falta de equilibrio, clavó sus garras en la piedra y comenzó a trepar por los muros con una velocidad antinatural, posicionándose en el techo como una araña monstruosa.
— ¿Pero qué mierda hace? —masculló Kaelen, apretando los dientes mientras seguía la sombra plateada con la mirada.
La criatura se lanzó desde lo alto, una masa de toneladas cayendo como un meteoro. Kaelen rodó por el suelo en el último segundo; el impacto de la bestia reventó las losas de piedra, abriendo una hendidura profunda y levantando una nube de esquirlas y polvo.
Aprovechando la confusión, Kaelen se plantó a media distancia. Sus ojos brillaron con un vacío absoluto.
— Blindsyn... —susurró.
Desde la oscuridad de las vigas superiores, la bandada de cuervos descendió como flechas de obsidiana. Los graznidos inundaron la mazmorra mientras los pájaros picoteaban con saña los ojos dorados de la criatura. En medio del caos de plumas y alaridos de la bestia cegada, algo se rompió dentro de Kaelen.
La adrenalina, mezclada con el dolor gélido de su brazo, estalló en sus venas. Envainó su espada con un movimiento violento y, con una fuerza que desafiaba su propia anatomía, arremetió contra el monstruo. En un arranque de potencia bruta, Kaelen aferró a la bestia por el cuello y el torso, levantándola del suelo un instante eterno antes de estamparla contra las rocas.
Sin dejar que respirara, Kaelen se montó sobre el pecho de la criatura y comenzó a descargar puñetazos feroces. Cada golpe era un "bombazo" de carne contra hueso, un sonido seco que resonaba en el silencio de la mazmorra. No era solo fuerza; era odio puro convertido en martillos de piel y nudillos.
Tras una serie de golpes brutales, el sonido del acero contra la piedra fue reemplazado por el crujido de hueso rompiéndose. Kaelen, poseído por una furia ciega y una fuerza que parecía drenada de las sombras mismas, descargó un último impacto devastador. Con un estallido húmedo y seco a la vez, el cráneo de la bestia cedió, colapsando bajo el peso de sus puños.
La criatura soltó un último espasmo, un temblor que recorrió su inmenso cuerpo plateado antes de quedar inerte en el fondo del cráter.
Kaelen se apartó con torpeza, tambaleándose. Se dejó caer a un lado del cadáver, sobre las losas frías de la mazmorra que ahora estaban bañadas en una mezcla de sangre oscura y fluidos gélidos. Su pecho subía y bajaba con violencia, y cada bocanada de aire viciado le quemaba los pulmones. Soltó un suspiro exhaustivo, un sonido ronco que arrastraba todo el cansancio de los últimos años.
Allí, en el silencio sepulcral que siguió a la carnicería, solo se escuchaba el goteo de la sangre y el leve aleteo de sus cuervos regresando a las sombras. Kaelen miró su mano: sus nudillos estaban destrozados, pero el frío de su brazo herido empezaba a calmarse, como si la muerte de aquel engendro le hubiera dado un breve respiro.
El Bastión había quedado, por fin, en silencio. Kaelen contempló el cadáver deforme a sus pies mientras el humo negro, aquel que lo había guiado hasta allí, continuaba asfixiando la poca luz del día. Pero, por ahora, el silencio era su única recompensa.
Limpió su rostro manchado de sangre, envainó su voluntad junto a su acero y se preparó para lo que sea que ese rastro oscuro le tuviera reservado a continuación.
III. EL TRIBUTO DEL CUERVO
Diez días habían pasado desde que el Bastión quedó atrás, convertido en una tumba de piedra y silencio. Ahora, la nieve bajo las botas de Kaelen ya no era blanca; era una alfombra grisácea y sucia, manchada por la ceniza que caía de un cielo que parecía haber olvidado el sol.
El recuerdo del rugido del Ursa-Glaciar y de la bestia plateada se había convertido en un eco lejano, devorado por el cansancio de la marcha. Kaelen ya no contaba los kilómetros ni las noches sin dormir; su única brújula eran los cadáveres que encontraba en el camino, restos humanos que servían de hitos en su viaje hacia las profundidades del norte. Cada cuerpo congelado era un recordatorio de que se acercaba al corazón de la tormenta, a ese rastro oscuro que se negaba a darle tregua.
Kaelen hundió la mano en uno de sus bolsillos de cuero y sus dedos rozaron el trozo de ámbar. Lo sacó con lentitud, dejando que la luz grisácea del norte se filtrara a través de la resina. La pluma negra en su interior parecía flotar en un vacío eterno, tan quieta y letal como el recuerdo de la mujer de verde.
Lo había recogido de la nieve casi por instinto, justo antes de que el frío del Bastión lo reclamara. Durante los últimos diez días, el ámbar no había dejado de vibrar contra su costado, un latido rítmico que a veces se sincronizaba con el dolor de su brazo herido. No era un amuleto de protección; era un ancla, un vínculo que lo arrastraba hacia el origen de aquel humo negro.
A veces, en el silencio de las noches de ceniza, Kaelen creía escuchar un susurro proveniente de la pluma petrificada. No eran palabras, sino una dirección, una presión constante en su mente que lo obligaba a seguir caminando cuando sus piernas le rogaban que se detuviera.
A medida que Kaelen avanzaba, la niebla de ceniza se desgarró para revelar lo imposible. Allí, suspendida sobre un abismo de roca y escarcha, flotaba una ciudad de agujas negras y castillos deformes. No era una visión celestial; era una fortaleza colosal sujeta a la tierra por cadenas gigantescas de hierro frío, cuyos eslabones, gruesos como troncos de roble, gemían y crujían bajo la furia del viento del norte, como si la tierra misma intentara arrastrar esa aberración de vuelta al suelo.
En ese instante, la realidad de Kaelen se volvió un infierno de sensaciones. El ámbar en su mano comenzó a vibrar con una violencia tal que amenazaba con astillarse, emitiendo un calor febril que contrastaba con el frío ambiente. Casi en perfecta sincronía, su antebrazo izquierdo —donde la herida del Ursa aún se mantenía como una costra de hielo negro que se negaba a cerrar— estalló en un ardor eléctrico.
Era una coreografía macabra: el latido del ámbar en su palma y el pulso de la herida en su antebrazo marcaban el mismo ritmo. Kaelen apretó los dientes, sintiendo cómo el sudor se le congelaba en la frente mientras veía las venas oscuras ascender desde la costra hacia su codo, como raíces buscando el corazón.
Aquella ciudad no era solo un destino; era el nexo. La pluma negra dentro de la resina parecía agitarse, apuntando hacia las alturas encadenadas como si reclamara su lugar de origen.
— Ya estamos aquí... —susurró Kaelen con la voz rota por el cansancio, mientras sus ojos se clavaban en la ciudad que devoraba el humo negro.
El suelo bajo sus botas respondió al latido del ámbar. Un círculo de runas febriles se encendió en la piedra, envolviendo a Kaelen en una columna de luz fría que lo elevó hacia las alturas, depositándolo en las escaleras de mármol negro de la entrada. Al cruzar el umbral, la ciudad se sentía como un sepulcro vacío, pero el aire estaba cargado de una estática opresiva. Entonces, su antebrazo estalló en un dolor insoportable, una señal de advertencia que no pudo ignorar.
De la nada, el aire se rasgó. Portales de sombras se abrieron como heridas en la realidad, y de ellos surgieron diez soldados no muertos, sus armaduras oxidadas y sus huesos envueltos en jirones de tela podrida.
Kaelen no retrocedió. Desenvainó su acero meteórico y la carnicería comenzó.
Embistió al primero con la inercia de una avalancha; antes de que el cadáver pudiera levantar su escudo, la cabeza voló por los aires. Con un giro fluido, su espada trazó un arco que separó el brazo del segundo atacante, y antes de que el miembro cayera al suelo, el tajo de regreso le segó el cuello. Al tercero lo desarmó con un golpe brutal y, aprovechando su apertura, le clavó la espada en el cráneo con la contundencia de un hacha, quebrando el hueso seco.
El cuarto recibió un tajo doble que le cercenó las piernas; cuando el no muerto cayó de rodillas, Kaelen le hundió el acero desde arriba, clavándolo al suelo. El quinto intentó una estocada, pero Kaelen fue más rápido, cortándolo en diagonal; las vísceras negras y secas se derramaron por la piedra mientras el cuerpo se partía en dos. Agarró al sexto por el cuello de su coraza y le estampó la frente en un cabezazo que hizo crujir el metal; una vez en el suelo, la punta de su espada terminó el trabajo entre ceja y ceja.
Giró sobre su eje, lanzando una patada lateral que reventó la rodilla del séptimo, obligándolo a inclinarse. Sin detener el impulso, Kaelen encadenó una patada tornado cargada con todo el peso de su cuerpo; el impacto fue como el de una maza de guerra, haciendo que la cabeza del no muerto estallara en astillas de hueso.
Al octavo le partió la cintura y, en el mismo movimiento, pasó la hoja por encima para decapitarlo. El noveno cayó bajo un tajo horizontal que no le dio tiempo ni a jadear. Finalmente, frente al último, Kaelen envainó su espada con un chasquido metálico. Sus puños, cerrados como mazos de hierro, descargaron una serie de golpes contundentes que abollaron el peto del soldado. Con un último golpe de revés que lo mandó al suelo, Kaelen terminó la danza levantando su bota y aplastando el cráneo del no muerto contra el mármol, como si fuera una fruta podrida.
Tras aplastar el cráneo del último no muerto, el estrépito de la batalla fue devorado por una quietud absoluta. Kaelen permaneció inclinado sobre sus rodillas un momento, con los pulmones ardiendo y el sudor enfriándose rápidamente sobre su piel. A lo lejos, el único sonido era el lamento metálico de las cadenas gigantescas, vibrando con un zumbido sordo que hacía estremecer los cimientos de la ciudad flotante.
— Agh... como quisiera estar ahora en una cálida cabaña... —masculló Kaelen, con una voz cargada de ironía y agotamiento, mientras limpiaba la sangre negra de sus nudillos en sus pantalones raídos.
Pero el alivio fue efímero. Un escalofrío que no provenía del viento recorrió su nuca. Entre las sombras de los arcos góticos y las estatuas derruidas, sintió una mirada. No era la sed de sangre ciega de los no muertos; era algo antiguo, pesado y consciente que lo observaba desde las profundidades del mármol.
— Bueno, parece que eso tendrá que esperar —susurró para sí mismo, ajustando el agarre de su espada mientras se ponía en pie.
Kaelen se adentró en las fauces de la ciudad. El humo negro, espeso y aceitoso, no se dispersaba aquí; fluía como un río oscuro entre los edificios, naciendo directamente de una gran aguja en el centro neurálgico de la metrópolis. Cada paso que daba resonaba con un eco hueco, como si la ciudad misma estuviera conteniendo el aliento, esperando a que el cazador llegara al corazón de su pesadilla.
Kaelen se abrió paso hacia el corazón de la metrópolis como una exhalación de muerte. Los no muertos que infestaban las avenidas de piedra no fueron rivales, sino simples obstáculos que su acero meteórico apartó con una eficiencia aterradora. No hubo duelos, solo el sonido seco de los tajos y el crujir de los huesos viejos bajo sus botas. La ciudad era un matadero silencioso, y Kaelen era el carnicero.
Tras dejar tras de sí un rastro de ceniza y armaduras vacías, llegó finalmente ante las grandes puertas de la aguja central. Eran de un hierro tan negro que parecía absorber la poca luz que quedaba. Sin un rastro de duda, Kaelen empujó las hojas colosales; el metal gimió sobre sus bisagras, revelando un escenario que desafiaba cualquier cordura.
El salón no tenía techo; se abría directamente a un cielo convulso donde el humo negro se retorcía en un remolino violento, como un ojo de tormenta que vigilaba el mundo. El suelo no era de piedra, sino un océano de cenizas blancas y armas rotas de miles de guerreros que, en eones pasados, habían osado desafiar aquel lugar solo para ser devorados.
En el centro de ese cementerio de acero, sentado sobre un trono forjado con las voluntades de los caídos, aguardaba el Rey. No era un hombre, sino una presencia física: una armadura de placas negras, segmentada y antigua, de cuyas grietas goteaba ceniza constante y un humo aceitoso que se arrastraba por el suelo como un animal vivo.
Kaelen se detuvo a unos pasos, sintiendo cómo su antebrazo herido latía con una furia casi insoportable. El Rey no se movió, pero el aire en la sala se volvió tan pesado que cada bocanada de aire quemaba los pulmones del cazador.
— Te he estado esperando, Kaelen de Velen —la voz del Rey no salió de una garganta; retumbó en las paredes, un sonido profundo y absoluto, como el rugido de un león mezclado con el crujido de una montaña desmoronándose—. Te he observado desde que pusiste un pie en mi reino de ceniza.
El Rey comenzó a levantarse del trono con una lentitud ceremonial. El humo negro que emanaba de su armadura se agitó, volviéndose más espeso y violento.
— No tienes idea de cuánto he ansiado este momento... —dijo, mientras caminaba hacia el borde del estrado—. El momento en que apague tu luz, destruya tu carne y absorba tu esencia hasta que no quede nada de ti que el mundo pueda recordar.
Con un movimiento que desafió la pesadez de su armadura, el Rey saltó desde el trono, aterrizando en el centro del salón con un estruendo que hizo vibrar el acero de las armas rotas en el suelo. Quedó arrodillado un instante, con un puño clavado en la ceniza, antes de erguirse lentamente, ganando una estatura imponente que parecía llenar el vacío de la sala.
— Tienes algo especial en tu sangre, algo que ni siquiera tú alcanzas a comprender, Cuervo —susurró el Rey, y esta vez la voz sonó como mil susurros de muertos—. Pero nunca lo descubrirás. Tu viaje termina en este osario. Hoy, simplemente, vas a morir.
— Muchos han dicho lo mismo... —respondió Kaelen, dejando escapar una risa seca que terminó en un rictus de desprecio—. Y ahora, todos ellos son solo parte de la ceniza que ensucia mis botas.
Kaelen flexionó las piernas para impulsarse, con la mano volando hacia la empuñadura de su espada, dispuesto a terminar la conversación con acero. Pero el Rey no desenvainó. Simplemente levantó una mano enguantada en metal negro con una parsimonia insultante.
De repente, el mundo de Kaelen se detuvo. Una fuerza invisible y devastadora le golpeó el pecho, clavando sus pies al suelo. No era solo aire; era como si la densidad de la ciudad entera se concentrara en su garganta. La ceniza que flotaba en el aire comenzó a arremolinarse violentamente alrededor de su cuello, apretándose con la fuerza de una soga de hierro.
Kaelen soltó la espada, sus manos subieron instintivamente a su cuello, intentando arrancar unos dedos invisibles que no estaban allí. Sus pies dejaron de tocar el suelo, elevándose varios centímetros mientras sus pulmones gritaban por un aire que ahora era solo polvo y humo.
El Rey dio un paso al frente, su armadura goteando sombras, disfrutando de la agonía del cazador.
— Te lo advertí, Cuervo —la voz del Rey resonó dentro del cráneo de Kaelen, fría como la tumba—. Hoy no hay gloria para ti. Hoy, simplemente, dejas de existir.
Justo cuando la visión de Kaelen empezaba a llenarse de estática blanca y sus pulmones estaban a punto de colapsar, el ámbar en su bolsillo reaccionó. No fue un brillo tenue; fue una detonación de energía muda. Una onda de choque invisible barrió la sala, golpeando la fuerza del Rey como un martillo. La ceniza que asfixiaba a Kaelen se disipó en un instante, desmoronándose como arena seca.
Kaelen cayó pesadamente de rodillas. El impacto contra el mármol fue seco, pero ni siquiera el dolor pudo evitar que soltara un rugido sordo mientras sus manos buscaban desesperadamente su garganta, tragando bocanadas de aire frío que le cortaban el pecho como cuchillas.
Sus dedos, aún temblorosos, se cerraron con una fuerza renovada alrededor de la empuñadura de su espada. Usando el acero como apoyo, se puso en pie lentamente, escupiendo una mezcla de sangre y polvo gris. Sus ojos, ahora inyectados en sangre, se clavaron en el Rey con un odio gélido.
— Basta de trucos baratos... —gruñó Kaelen, con la voz rota y áspera—. Es hora de que te pongas serio y luches como el rey que dices ser. Desenvaina tu acero o muere como un cobarde entre tus sombras.
El Rey no respondió con palabras. En su lugar, comenzó a caminar hacia Kaelen con una pesadez autoritaria. El humo negro que goteaba de su mano derecha comenzó a condensarse, retorciéndose sobre sí mismo hasta solidificarse en una hoja larga de una sustancia similar a la obsidiana, pero que parecía palpitar con una oscuridad antigua.
Cuando solo cinco metros los separaban, el Rey rompió su marcha ceremoniosa y embistió con una velocidad inhumana. El primer choque fue un estallido de violencia pura; el acero rúnico de Kaelen contra la hoja negra del Rey produjo un chirrido que habría ensordecido a cualquier hombre común.
Chocaron una y otra vez en un torbellino de chispas y fuerza bruta. Cada impacto del Rey se sentía como el peso de una montaña, pero Kaelen, impulsado por una rabia fría, encontró el hueco. En un movimiento preciso, su espada trazó un arco letal que cortó el aire y encontró la armadura del monarca, abriendo un tajo profundo que obligó al Rey a retroceder varios pasos, sus botas chirriando contra el suelo cubierto de armas rotas.
El Rey llevó una mano enguantada a la abertura de su armadura, sintiendo cómo el humo negro se escapaba por el tajo, intentando sellar la brecha.
— Interesante... —murmuró el Rey, y su voz sonó más hueca que antes, como si el aire se le escapara por la brecha—. Cada vez me sorprendes más, Cuervo.
Kaelen, al ver que su acero podía dañar aquello que parecía invulnerable, dejó que una sonrisa cargada de veneno se dibujara en su rostro. No perdió el tiempo en palabras. Se lanzó de nuevo hacia adelante, y las espadas volvieron a chocar, creando una danza de chispas y sombras donde el único sonido era el lamento del metal golpeando el metal.
El Rey dio un salto hacia atrás, ganando distancia con una agilidad antinatural, y golpeó el suelo con la palma de su mano. Al contacto, el océano de ceniza bajo sus pies rugió; de las profundidades del polvo surgieron púas colosales, negras y afiladas como colmillos de obsidiana, que estallaron hacia el techo. Kaelen se vio obligado a danzar entre la muerte, esquivando cada estocada de piedra y ceniza que brotaba del suelo en un intento por empalarlo.
Comprendiendo que no podía acercarse por tierra, Kaelen susurró una orden al vacío:
— Blindsyn.
De las sombras que devoraban las esquinas del salón, emergió una bandada de cuervos de plumaje negro como la brea. Las aves se lanzaron en un torbellino de graznidos y garras contra el Rey, picoteando las hendiduras de su armadura y forzándolo a detener su ataque de púas para cubrirse el casco.
Aprovechando la ceguera de su enemigo, Kaelen invocó su siguiente truco.
— Vokun —susurró, y su cuerpo se deshizo en plumas negras.
Reapareció instantáneamente en la espalda del Rey, emergiendo de la nada misma. Sin dudar, descargó toda su fuerza y hundió su espada rúnica en la espalda de la armadura negra. El acero atravesó la coraza con un crujido seco, hundiéndose hasta la empuñadura en el pecho del monarca.
Sin embargo, el Rey ni siquiera se inmutó. No hubo grito de dolor, ni debilidad.
— No podrás hacerme daño con eso, Cuervo —sentenció la voz del Rey, resonando desde el interior del yelmo como un eco en una cripta.
Con una calma aterradora, el soberano caminó hacia adelante, dejando que la espada de Kaelen se deslizara fuera de su cuerpo como si solo fuera un clavo oxidado. Se dio media vuelta lentamente, encarando al cazador mientras la herida en su espalda volvía a supurar ese humo negro y denso.
El Rey alzó su hoja de obsidiana, acumulando una fuerza que parecía distorsionar el aire a su alrededor para un golpe final devastador. Kaelen, observando la mole de metal y humo, comprendió con una claridad gélida que el acero rúnico no bastaría; para derribar a un dios, se requería un tributo de carne.
Cuando la espada negra descendió en un arco de muerte, Kaelen no esquivó. En su lugar, lanzó su brazo izquierdo —aquel marcado por la Ursa— para recibir el impacto. El sonido fue seco y horrible: el filo de obsidiana atravesó cuero, músculo y hueso, cercenando el brazo de Kaelen del codo hacia abajo.
El Rey, sorprendido por la brutalidad del sacrificio, quedó expuesto, con su guardia abierta durante un segundo eterno. Kaelen, ignorando el estallido de agonía que subía por su muñón, metió la mano derecha en su bolsillo y extrajo el Ámbar. Siempre había sentido que aquella piedra era más que una baratija desde que los elevó hacia la ciudad, y ahora sabía por qué.
Con un rugido de rabia, Kaelen hundió el Ámbar directamente en la grieta que su tajo anterior había dejado en la armadura del monarca. Al contacto con la esencia del Rey, el artefacto comenzó a brillar con una luz violenta y errática, empezando a absorber el "alma" y el humo negro que daban vida a la armadura. El Ámbar se sobrecargó en un parpadeo, incapaz de contener tanto poder, y estalló en una deflagración cegadora.
La onda expansiva lanzó a Kaelen hacia atrás mientras el Rey se desintegraba. Una neblina densa y sofocante de ceniza pura se apoderó del aire, ocultándolo todo, mientras el Cuervo perdía la consciencia, hundiéndose en una oscuridad absoluta.
Mientras la consciencia se le escapaba, Kaelen vio una figura recortada contra la asfixiante neblina de ceniza. Era ella. La misma silueta espectral que le había entregado el Ámbar y que lo había perseguido en sus visiones desde el principio. Se mantenía allí, impasible ante la destrucción.
— Cuervo… Cuervo… —su voz no era un sonido, sino un eco frío que vibraba dentro de su cráneo—. Has derrotado al Rey de las Cenizas. Pero aún no termina. Dirígete hacia el Sur, Cuervo. Allí te espera tu próximo destino.
Kaelen luchó contra el desmayo, parpadeando con desesperación para enfocar la vista a través del dolor y el humo. Sus labios, manchados de sangre y polvo, se curvaron en una expresión de puro desprecio.
— ¿Destino?... ¿Qué destino? —escupió Kaelen, su voz rompiéndose en un gruñido—. ¡Maldita mujer! ¡Estoy harto de tus malditos juegos! ¡Dime qué quieres de mí de una vez!
La mujer no se movió, pero su presencia pareció oscurecerse aún más entre la niebla.
— Pronto lo entenderás, Kaelen de Velen. Pronto...
Con esas palabras finales taladrando su mente, la resistencia de Kaelen se quebró. Su cuerpo herido no pudo más y se desplomó en el vacío de la inconsciencia, dejando que la oscuridad lo reclamara por completo.
El tiempo dejó de tener sentido hasta que el silencio fue total. La ciudad, que una vez desafió a las nubes encadenada al cielo, yacía ahora sobre la tierra, convertida en un cadáver de piedra y hierro retorcido. Entre los restos humeantes de lo que fue un imperio, Kaelen se encontraba tendido, sepultado por la ceniza.
Sus ojos se abrieron con pesadez, desenfocados y llenos de arena. Se levantó con torpeza, tambaleándose mientras la confusión golpeaba su mente tanto como el dolor físico. Al recuperar la conciencia por completo, la realidad lo golpeó: el vacío donde solía estar su antebrazo izquierdo.
Sin soltar un solo quejido, con la frialdad de quien ya lo ha perdido todo, Kaelen tomó un trapo sucio y andrajoso que encontró entre los restos. Con los dientes y su única mano, se lo anudó con fuerza alrededor del muñón que el Rey le había dejado, apretando hasta que el dolor le devolvió la lucidez.
Con el brazo amputado y el cuerpo roto, Kaelen abandonó la ciudad en ruinas. Sus botas crujían sobre los escombros mientras se alejaba, caminando sin mirar atrás hacia un lugar donde pudiera lamerse las heridas. Frente a él, el sol se hundía pesadamente en el horizonte, tiñendo el mundo de un rojo sangre mientras el Cuervo de Velen comenzaba su largo y agónico viaje hacia el Sur.