Carla - 1
Un espresso sin azúcar, por favor. Traje mi propia azúcar, nunca me ha gustado la de este lugar. Gracias, moría por un café. En el hospital tienen prohibido servir productos con cafeína a los internos. Bueno, tienen prohibido muchas cosas. Los cigarrillos también, pero esos sí que los conseguía y eso que ni fumo.
Es raro estar aquí afuera otra vez. Todo se siente demasiado brillante, demasiado normal; la gente camina como si nada y no tengo a una enfermera vigilándome cada momento, preguntando si tomé mi medicación o si no tomé de más.
Esta cafetería queda de camino a la casa de mis abuelos, aunque vine porque necesitaba estar en un lugar donde nadie me conociera; aunque ya he venido un par de veces, sé que paso desapercibida. No me gusta cuando me miran con cara de ‘pobrecita’ o de ‘esta chica está loca’.
¡Ay! Está muy caliente. Me quemé la lengua. Debí haber esperado un poco antes de darle un sorbo.
Como te decía, mis abuelos me están esperando. Dijeron que podía tomarme mi tiempo, que no había prisa. Mi abuela me abrazó en la puerta del hospital y no me soltaba. Mi abuelo solo asentía, con esa mirada triste que tiene desde que tengo memoria. Ellos siempre han estado ahí para mí.
Mi papá no vino con ellos; él solamente me ha llamado. Me preguntó cómo estaba, si necesitaba algo. Le dije que no. Nunca necesito nada de él, o al menos eso le digo. ¿Tú crees que un padre así cuenta como padre? En fin. La verdad es que nunca me ha dado lo que realmente necesito, así que para qué pedirlo. Solo dinero, nada más. Toda mi vida ha sido así: él trabajando y yo, criándome entre mis abuelos.
Mi mamá ni siquiera sabe que estuve internada. Bueno, probablemente ni siquiera sabe que existo la mayor parte del tiempo. Me abandonó cuando era bebé. Por las drogas, ya sabes. Esa es toda la historia que me han contado. Como si con eso bastara para explicar por qué una madre deja a su hija. A veces la odio. A veces solo siento lástima. A veces me gustaría estar con ella y poder sentir su cariño.
Mis abuelos me dicen que soy igual a ella. En lo físico, dicen... y espero que solo en eso. Tengo sus ojos, su pelo oscuro y el mismo lunar en el cuello. A veces me miro al espejo y me pregunto si ella también se miraba así, si también sentía este vacío que no se llena con nada. Sí, también sentía que todo era demasiado o muy poco, sin término medio. Tal vez por eso ha estado desde muy joven en el mundo de las drogas, no lo sé.
Allá en el hospital todo sabía a nada. La comida, el aire, incluso las palabras de los doctores. Todo diseñado para no alterar a nadie, para mantenerte en una línea gris donde no sientes demasiado. Odiaba estar ahí dentro, pero también tenía miedo a salir.
Adentro todo estaba controlado. Horarios fijos, rutinas, pastillas a las mismas horas. No podía hacerme daño, no podía arruinar nada más. Afuera, en cambio, todo depende de mí. Y ya sabes, no me va muy bien con eso. Mi novio debe estar odiándome ahora mismo.
Bueno, no sé si todavía es mi novio. Probablemente no. No sería la primera vez, en todo caso. No me ha llamado después de lo que pasó. Tampoco vino a visitarme. Mi abuela dice que preguntó por mí una vez, al principio, pero que mi papá le dijo que era mejor que me dejara tranquila. No sé si eso es verdad o si solo lo dice para que no me sienta peor.
Él es bueno, ¿sabes? Es de esas personas que realmente son buenas, aunque le falta tener algo más de paciencia conmigo. A veces pienso que es demasiado bueno para mí y hago cosas por sabotear la relación; él realmente se las cree y se molesta mucho por eso, hasta que terminamos discutiendo de verdad.
En fin, no sé qué voy a hacer ahora. ¿Podrías traerme otro igual, por favor? Gracias, creo que me quedaré un rato más; aún me da mucha vergüenza tener que volver a casa y fingir que nada ha pasado. Tampoco tengo cara para enfrentarme a él.
Al menos aquí nadie sabe que soy una chica que acaba de salir del psiquiátrico.