Capítulo 1
Desde el primer instante en que lo viste te gusto.
Te volviste loca por el y me lo decías siempre.
Te quito las ganas de estar con otros chicos, de salir, de divertirte...
Y te dio el deseo de ser querida. De ser la única para él.
Eso me decías. Eso querías.
Querías estar con él.
Y estuvieron juntos.
Yo trate de entenderte, de comprenderte, de no dejarme llevar por el dolor, la incertidumbre y la tristeza.
Por las preguntas de:
¿Por qué el sí?
¿Qué tenía de especial?
¿Por qué a él sí lo quisiste y a mí nunca me miraste como a un hombre?
¿Por qué yo no?
¿Por qué nunca pude conmover tu corazón, Elisa?
Cuando me hablabas de él, sentía como si me estrujaran el corazón y lo lanzaran sobre agua hirviendo.
Ardía como el infierno, y ni siquiera te dabas cuenta.
Estabas ciega de amor por él, y ciega cuando se trataba de mi.
Y dolía. Siempre dolió.
Pero eso no era tu culpa. Era mi culpa.
Mi culpa por nunca haberte dicho lo que sentía. Por haberme fijado en ti. Por haberme enamorado en silencio y sin querer.
No era el amor por ti lo que me lastimaba, sino el dolor de no ser correspondido.
Me comía vivo como si yo fuera la presa y tu fueras el león que me devoraba el corazón aun latiendo.
A eso, le seguía mi cobardía de no tener el valor de decírtelo. De callarme lo que sentía para que no te alejaras de mi.
Pero mi propio silencio tuvo sus consecuencias.
Porque mientras tu te enamorabas, yo me hundía en mis pensamientos y mi angustia.
El miedo de que te dieras cuenta de lo que sentía me pesaba, pero a la vez mi propio silencio me asfixiaba.
Y no podía hacer nada, mas que ser solo un amigo. “Tú gran y querido Guille”
Yo estaba enamorado de ti. Desde adolescente.
Pero sabía que nunca me querrías de esa forma.
Yo no podía cambiar eso. No podía. Sabía que no podía.
Y eso era lo que dolía:
Saber que jamás me querrías de esa forma.
Qué hiciera lo que hiciera, tus sentimientos no cambiarían.
No necesitaba ser muy listo para entenderlo.
¿Cómo no iba a saberlo?
Había sido así desde el principio.
…
Todo esto empezó cuando éramos niños.
Nuestras madres eran amigas y, gracias a eso, nosotros jugábamos.
Pasamos tanto tiempo juntos que nos volvimos inseparables y, por ende, mejores amigos.
Éramos compañeros de travesuras.
Y como niños, yo nunca te había visto como algo más.
Para mí, eras Elisa, la chica con la que podía hablar de todo y con la que más me divertía.
Pero eso...
Empezó a cambiar cuando llegamos a la adolescencia.
Cuando la adolescencia tocó mi puerta, mi yo sentimental, confuso, impulsivo y a veces odioso, comenzó a aparecer. Y junto a ello, los sentimientos por ti.
Y se intensificaron a tal punto que ya no pude arrancarte del corazón.
Ya vivías ahí; te habías adueñado de él.
Pasaste de ser la niña pesada que se comía los mocos, a una flor tan bella que podía iluminar los paisajes más oscuros de mi mente.
Y todos esos sentimientos, los guardé dentro de mí.
Bajo llave, en una caja fuerte.
Para que nadie, ni tú, lo supieras.
Sabía por qué lo hacía.
Porque había algo que me aterraba: que nada volviera a ser lo mismo.
Hubo momentos en los que tuve el deseo de decírtelo, de estar contigo, de ver qué sucedía si me confesaba.
Pensé tantas veces en mandar nuestra amistad a la basura, para poder tocarte, besarte, perderme en tu piel...
Pero nunca intenté nada.
Sabía que si intentaba algo, podía romper nuestra amistad para siempre.
Y yo no quería eso.
Por eso callé y nunca lo supiste.
Porque no quería perderte.
….
Entonces, sin previo aviso, llegó él.
Como un huracán que lo arrasaba todo.
Cuando apareció, choqué de frente con la dura realidad:
Que el amor es doloroso. Muy.
Puede pasar de ser el sentimiento más hermoso que se puede experimentar, a uno que te estruja el corazón como si lo estuvieran secando hasta la última gota.
Puede doler más que una herida profunda, más que un corte a cuchillo hirviendo.
Lo supe gracias a ti y a el.
Lo comprobé al ver cómo lo mirabas, cómo suspirabas por el, cómo lo querías...
Y si... ¿Cómo no?
Él te hizo enamorarte por primera vez.
Te hizo querer cosas que no habías querido antes:
Cómo casarte y tener hijos.
Lo cual me sorprendió bastante.
Porque siempre habías detestado esas ideas.
Decías que era muy arcaico, y que no lo deseabas para nada.
Pero con la llegada de él, todo eso cambió. Tus pensamientos y deseos cambiaron.
Te enamoraste tanto que todo lo que alguna vez detestaste, en ese momento lo deseabas con todo tu ser.
Él te hizo pensar que era el indicado.
Te hizo sentir que te quería de la misma manera.
Pero... después de estar un tiempo de novios, él se fue.
Así nomás.
Un día se despidió, te dejó... y no volvió más.
Y así como se fue, se llevo tu felicidad.
Tus sonrisas. Tus esperanzas y anhelos.
Se fue, y tu te rompiste completamente.
Lloraste, gritaste y estuviste mucho tiempo así.
Trataste de sanar, de confiar, de reponerte, de conocer nueva gente.
Pero sabía que seguías tratando de entender porque se había ido.
Por que te había dejado así. Por que había hecho eso. Por que no lograron quedarse juntos.
Fueron tantas las preguntas que hiciste sobre el, que yo no pude contestar ninguna.
Porque tampoco lo entendía. No entendía porque se había ido.
Y sabía que si te daba respuestas o ideas, eso te daría esperanzas, mas dolor, mas incertidumbre y ganas de buscarlo .
Por eso, preferí no decirte nada. Solo te escuche.
Deje que te desahogaras conmigo.
Te sostuve y te contuve. Te lamentaste, te explicaste, pediste ayuda y después..
Nada.
Solo una cosa: que te acompañara.
Y lo hice.
Cada día. Cada momento que pedías que estuviera ahí, lo hice.
Porque te amaba y te quería.
No de la misma manera que él.
Yo si te quería, y de verdad.
De una manera que jamás sabrías. Que jamás entenderías.
Cuando paso todo eso, me di cuenta de que:
Amaba estar junto a ti.
Sin tenerte.
Sin poseerte, sin atraparte.
Solo estando junto a ti.
Solo con estar a tu lado, era feliz.
Y no necesitaba nada más.
De hecho, tú eras feliz conmigo. Te reías. Te alegrabas, te enojabas, me gritabas y me abrazabas.
Nos queríamos. Bastante.
Aunque de formas muy diferentes.
Y ibas sanando al completo, cambiabas rápido de humor y ya no llorabas.
Eso, para mí, era suficiente.
Podía aguantar cualquier cosa, menos volver a verte tan triste.
Y creo que aprendiste algo de eso: que amar tanto a alguien podía doler mucho. Pero que con la gente adecuada a tu lado, puedes reponerte de cualquier cosa. Y yo también lo aprendí.
Y entendí otra cosa:
Que yo tenía muchos miedos.
Y había uno que siempre estaba latente con respecto a ti.
Y era el miedo a que dejáramos de hablar.
Pero no se cumplió... solo cambió de forma.
Cuando nos graduamos, yo ya había decidido qué quería estudiar.
Era un deseo que tenía desde chico: ser arqueólogo. Salir a explorar el mundo. Ese mundo que tenía tantas ansias de conocer. Siempre amé las sociedades antiguas, las ruinas y sus misterios. Y para trabajar de eso y cumplir ese deseo, tenía que dejar mi pueblo, irme de mi ciudad y... dejarte a ti.
Para cumplir ese sueño tenía que irme.
Quedarme iba a significar abandonarme a mí mismo.
Y no podía hacer eso sabiendo que allá afuera estaba mi futuro, un futuro lleno de experiencias nuevas y horizontes distintos.
Sabía que te iba a extrañar y que muchas cosas iban a cambiar.
Pero...
No podía abandonarme a mí, solo para quedarme contigo.
Te quería y adoraba muchísimo.
Pero también me amaba y me quería a mí.
Sabía que tarde o temprano encontrarías tu camino. Que te irías a otro lugar.
Que cuando supieras lo que querías hacer, lo harías sin dudarlo.
Y así fue.
Dijiste que querías ser profesora de Biología.
Me constaste que lo decidiste porque se te daban bien tratar con adolescentes y porque siempre te gusto la biología en general, y que en el fondo te motiva el hecho de que algún día podrías ser científica.
Y no pude estar más feliz por ti.
Feliz de que habías encontrado lo que querías ser, y una razón para irte del pueblo.
Una razón para seguir avanzando.
Pero eso significaba también algo mas;
Que nuestros caminos ya eran totalmente distintos. Que la brecha entre nosotros se había vuelto un abismo.
Que sería difícil volver a cruzarnos de nuevo, a menos que nosotros mismos lo queramos.
Los días antes de despedirnos, lloré muchísimo, durante toda la noche.
Sintiendo que probablemente nada iba a hacer lo mismo.
Pero me iba sabiendo algo: Que incluso si todo cambiaba, tú seguirías viviendo en mi corazón.
Porque fuiste parte de mí. Y yo fui parte de ti.
Por eso, el día en que me iba a tomar mi avión para irme a la universidad, hice que me prometieras algo muy importante.
Te dije que no me olvidaras. Que pasara lo que pasara, seguiría viviendo en tu corazón.
Me miraste, sonreíste y lloraste.
Y lo cumpliste. No me olvidaste.
Nos escribíamos de vez en cuando. A veces muy seguido, otras casi nada.
Hablábamos cuando podíamos.
Yo estaba muy ocupado estudiando y tú en otras cosas.
Pero jamás perdimos el contacto.
En la universidad, conocí gente nueva de distintos lugares y con diferentes perspectivas, historias y miradas.
Hice amigos.
Pocos, pero genuinos.
La ciudad era hermosa, grande y llena de posibilidades.
Y yo era feliz.
Había conocido chicas también, pero nada muy formal.
Amaba mi carrera, mi trabajo y a la gente que me rodeaba.
Realmente era feliz, lo juro.
Te extrañaba, a veces.
Te tenía en el corazón.
Jamás olvidaría todo lo que vivimos. Eras importante para mí y lo serías siempre.
Pero, dentro mío, había quedado esa duda, de si algún día, podría contarte de mi enamoramiento.
De lo que me pasaba.
No te lo diría para nada más, te lo diría para decirte lo que nunca pude por miedo.
Tal vez, algún día, pueda confesártelo.
Algún día...
Tal vez te burles de mi, tal vez me grites por no habértelo dicho nunca..
Tal vez...
…