La culpa no es mía
Tenía doce años cuando pasó todo.
Yo estaba con mis amigos hasta tarde en la noche. Esa noche escuché voces afuera de mi casa; hablaban bajo, como cuando los adultos no quieren que uno escuche sus chismes. Me escondí detrás de la puerta. No entendí mucho, solo algunas palabras: “cuerpo… en las calles… la avenida…”.
Entonces vi a mi mami. Se llevó la mano a la boca y empezó a llorar.
No sé qué le dijeron exactamente; pensé que la estaban molestando, así que fui a defenderla.
Me descubrió ahí parado y no me regañó. Me abrazó fuerte, tan fuerte que me dolían los brazos. Yo no sabía qué estaba pasando, pero al abrazarla sentí su tristeza y empecé a llorar también, sin saber por qué.
Al día siguiente me pidió que me quedara en casa. Dijo que alguien vendría a cuidarnos. Luego se fue.
No volvió hasta la mañana siguiente.
Cuando regresó, tenía los ojos hinchados, el cabello desordenado y olía fuerte, a tierra y sudor. No dijo nada. Solo me acarició la cabeza y se metió al cuarto. Cerró la puerta y empezó a gritar. Esto me está asustando… nunca la había visto así.
Después de eso, mi mamá cambió.
yo me pregunto: ¿dónde está papá?
A veces se olvidaba de darnos de comer. Mi hermana se quejaba de hambre. Yo solo sabía preparar sándwiches y calentar leche. Eso hacía. Me sentía responsable, pero también muy triste.
¿Dónde está papá?
Salía a jugar con mis amigos junto a mi hermana para no estar en casa. Pero la gente me miraba diferente. Decían cosas cuando pasaba: —Pobrecito…
No entendía por qué.
Empecé a escuchar susurros.
—Pobresitos que hará la madre.
— ¿Entonces es verdad que lo asesinaron? Pensé que solo era un rumor
— No, no, anoche encontraron el cuerpo del guardián nocturno tirado en medio de la calle.
— Oye se más discreta.
¿Estaban hablando de mi papá?
Salí corriendo a casa dejando a mi hermana con mis amigos. Quería saber dónde estaba mi papá. Quería saber por qué decían tantas mentiras. Mi mamá estaba sentada, mirando al suelo. Le pregunté.
Me lo contó.
— Es surreal. No puedo llorar. Parece mentira. Mi cabeza no lo cree. Me siento como un espacio en blanco: no me entra.
Año 1839
Li Qiang acaba de cumplir dieciocho años, oficialmente “lo bastante mayor” como para no depender de su madre… al menos eso le gusta pensar. Tiene un trabajo como cartero. Li Qiang es un tipo extrovertido: le gusta dar conversaciones, camina por el pueblo y anda en paseos nocturnos, aunque eso a su madre no le gusta.
Le encanta ir de un lado a otro entregando cartas. No por las cartas en sí, sino porque cada paso es una pequeña oportunidad de viajar lejos.
Eso sí, no puede irse del todo. Tiene una hermana menor, y alguien tiene que asegurarse de que no se meta en problemas.
Su madre a veces se queda mirando a la niña con expresión melancólica; le recuerda demasiado a su difunto. Pero Li Qiang ya sabe cómo romper esos silencios incómodos.
—Mamá, no sigas así de abatida. Si papá te viera en este estado, él se pondría aún más triste que tú —comenta con nostalgia—. O te sacaría a bailar para animarte. Seguro que haría ambas cosas.
Eso suele sacarle una risa a su madre, y con eso a él le basta.
—Tu padre podría aparecer en cualquier momento.
—Síp, madre, por eso no pongas esa cara. A papá no le agradaría verte con ese bello rostro tuyo triste.
— ¿Soy hermosa?
— La más bella de este lugar... Me tengo que ir.
Mientras recorre el pueblo con su bolsa de cartas colgándole del hombro, Li Qiang silba cualquier canción que se le cruce por la cabeza. Saluda a los vecinos, acepta frutas “de regalo” un gran honor recibirla y se detiene a charlar más de lo debido.
—Trabajar duro es importante —se dice a sí mismo—, pero trabajar con estilo lo es más.
8 de abril de 1839
A las 8:30 pm. La úlima entrega de la noche Qiang entregó la carta a un anciano, quien la tomó con manos temblorosas y murmuró:
—Gracias.
Asintió con su sonrisa habitual y se despidió, emprendiendo el camino de regreso a casa para ver a su hermana. Quería llegar pronto, quizás contarle alguna anécdota ligera del día para alegrarla.
Sin embargo, en el trayecto, un sonido lo detuvo: alguien quejándose, seguido de chillidos agudos de una niña. Por curioso, el tonto fue hacia donde se escuchaban los llantos, adentrándose en un callejón oscuro. Allí vio la escena peligrosa: un hombre enmascarado apuñalando a una joven que parecía tener unos 23 años. La mujer se retorcía en el suelo, sangre brotando de su herida, mientras la niña, aterrorizada, intentaba huir pero era retenida por otros dos hombres –secuestradores, sin duda–.
Qiang no lo pensó dos veces. Se lanzó hacia adelante para defenderla, embistiendo al atacante con toda su fuerza.
El cuerpo de la joven dejó de moverse.
Li Qiang se quedó ahí, de rodillas, sin darse cuenta manchandose la sangre de ella. El lugar fue en un callejón oscuro perfecto para robar a un despistado. Intentó hablarle, aunque sabía que ya no podía escucharlo.
—Oiga… respire… por favor…
Sus labios temblaban. Nunca había visto morir a alguien así. Tan cerca. Tan vivido.
Escuchó pasos.
Primero uno. Luego varios. Voces apagadas que se acercaban con curiosidad, murmullos de la poca gente que escucho.
—¿Qué fue ese grito?
—Vino de por aquí.
—Apúrense, algo pasó.
Qiang se puso de pie de golpe. Miró alrededor, buscando a la niña, buscando a los hombres enmascarados. No había nadie. Solo él y el cuerpo.
La primera persona en asomarse fue una mujer mayor. Al verlo, soltó un grito seco.
—¡Cielo santo!
Retrocedió de inmediato y se llevó la mano al pecho. Detrás de ella, otros comenzaron a amontonarse en la entrada del callejón.
Faroles. Miradas que iban del cadáver a las manos ensangrentadas del joven.
—¿Qué hiciste? —preguntó alguien.
—No… no fui yo —dijo Qiang, con la voz rota—. Yo intenté ayudarla.
—Está muerta… —susurró otro, agachándose apenas para mirar el cuerpo
— La apuñalaron.
Las palabras comenzaron a volar, rápidas.
—¿Y la niña?
—escuche que una niña gritaba.
—No está… se la llevaron.
Las miradas se clavaron en él.
—Claro.
— ese no es el cartero alegre?
—Verdad… quién hubiera pensado que sería el asesino que ronda por aquí… muy bien pensado.
—Tan joven… y asesina. No tuvo la enseñanza de sus padres.
—Así que… ¿el asesino todo este tiempo estuvo frente a nosotros?
—Primero mata a An Ning… y luego secuestran a la prima.
—¡Asesino!
Qiang dio un paso atrás.
—¡No! Había otros hombres, estaban enmascarados, huyeron por allí —señaló con desesperación—. ¡Pueden atraparlos todavía!
Pero ya no era una explicación, era una excusa para ellos.
—Mírenlo, está cubierto de sangre.
—¿Qué más prueba quieren?
—¡Agárrenlo antes de que escape!
Alguien intentó sujetarlo del brazo. Otro lo empujó contra la pared. El golpe hizo que el sombrero de paja cayera al suelo, rodando unos pasos antes de detenerse. El farol iluminó su rostro, joven, asustado, sudoroso.
El murmullo creció. La gente se apretaba más. Qiang sintió cómo el aire se le iba.
—Su frente no está rapada…
—No lo está.
Entonces recordó a su difunto padre.
Se soltó con un tirón desesperado. Empujó a uno, luego a otro.
—¡Se escapa!
—¡Atrápenlo!
Corrió sin mirar atrás. El pueblo... mis vecinos... ¿me cazarán como a una bestia? La niña, ¿dónde está? Tengo que encontrarla, probar que no fui yo. Pero primero, casa... no, no puedo volver. Lo lamento.
No sabía a dónde iba.
Así, manchado de sangre ajena y condenado sin juicio, Li Qiang dejó atrás su hogar.
Y con ello, la vida que conocía.