Señales en la niebla rosa

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Summary

Para una protagonista fanática del terror, el límite entre la realidad y la pesadilla se desvanece incesantemente. Atrapada en sueños terroríficos y misteriosos, plagados de signos y señales, despertar no es una opción, sino una desesperada batalla. Personajes que pretenden ayudar siembran la desconfianza, como meros 'NPC's de un sueño constante. El despertar se antoja cada vez más inalcanzable, sumiéndola en un profundo desconcierto, hasta que un momento crucial ilumina su mente: la revelación de que todo es un sueño, desencadenando una nueva búsqueda por comprender la verdad de su realidad

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo I: La merienda

La luz de la tarde entraba por la ventana con una claridad casi artificial, iluminando cada rincón del comedor como si quisiera demostrar que en esta casa no había secretos. Yo estaba sentada en el centro exacto de la mesa, rodeada por un silencio que solo nosotros sabíamos mantener. A mis costados, mis padres tomaban su té como dos estatuas que cumplían una rutina sagrada.

Frente a mí, la merienda se veía perfecta. El aroma del té se mezclaba con el olor del orégano esparcido sobre el queso derretido. Pero mientras ellos estaban ahí, atrapados en la monotonía del pueblo, yo estaba en otro lugar.

Me quedé hipnotizada viendo las burbujas doradas y las manchas del queso sobre la tostada. Para cualquier otra persona era solo comida, pero para mí era un mapa. Las formas dibujaban relieves y caminos que mi mente ya había recorrido. Era una geografía idéntica a la que había visto en mi aventura de anoche, una señal que me conectaba directamente con el otro lado.

A pesar del calor del té y el ambiente acogedor de la cocina, un escalofrío me recorrió la espalda. Había pasado horas y aún recuerdo el frío de esa neblina. Esa niebla oscura, ese ente que me había observado en sueños, no se sentía como una fantasía. Se sentía como una advertencia. Mientras mis padres evitaban mirarse y seguían con sus gestos automáticos, yo entendía que ese mapa en mi tostada era una indirecta de la realidad que ellos intentaban ocultar bajo esta tarde perfecta.

-¿Te gusta la merienda, hija? -preguntó mi mamá, con esa voz suave que siempre usaba para tapar cualquier tensión.

Yo la miré, luego miré el mapa en el queso, y asentí. En este pueblo yo era el bichito raro, la que veía cosas donde no las había. Pero yo sabía que la niebla rosa de esta casa era solo una cortina, y que el frío de la noche anterior me estaba diciendo la verdad.

Ella dejó la taza vacía sobre la mesa, sintiendo que el silencio de su propia cocina era el único refugio real que le quedaba. Sin embargo, los deberes no esperaban. Tomó la pequeña lista de mandados que descansaba junto a la puerta, un trozo de papel que se sentía extrañamente pesado en su mano, y salió a la calle.

Al cruzar el umbral, el mundo la recibió con su habitual y perturbadora perfección. No corría ni un ápice de brisa. En el jardín delantero, las flores permanecían suspendidas en el aire, rígidas, como si hubieran sido esculpidas en cristal o cera; ni un pétalo se atrevía a ceder ante la gravedad, y sus colores eran tan vibrantes que resultaban dolorosos a la vista.

Mientras caminaba hacia el almacén, se cruzó con el cartero. El hombre ejecutó el mismo saludo de hace una hora: un movimiento de mano mecánico, preciso, acompañado de una sonrisa que no llegaba a los ojos. A lo lejos, vio a una vecina barriendo la vereda; el roce de la escoba contra el cemento producía un sonido rítmico, casi musical, pero el polvo no se levantaba, se quedaba adherido al suelo como si fuera parte del decorado.

—Buen día —dijo ella, probando la realidad con su voz.

—Buen día —respondieron tres personas al unísono, a distintas distancias, con el mismo tono plano y la misma cadencia.

La sensación de ser una intrusa en una pintura al óleo se intensificó. Al llegar a la esquina, se detuvo frente a un escaparate. Su reflejo se veía nítido, pero detrás de ella, el mundo parecía perder profundidad. Los árboles del fondo no eran más que manchas verdes perfectamente dispuestas, y el cielo, de un azul demasiado sólido, carecía de nubes.

Apretó la lista en su bolsillo y entró al almacén. El tintineo de la campana sobre la puerta sonó una sola vez y se extinguió en seco, devorado por la quietud de las estanterías donde cada frasco de mermelada estaba alineado con una simetría geométrica imposible. El tendero la miró, o mejor dicho, orientó su rostro hacia ella, esperando que ella diera el primer paso en aquel simulacro de normalidad.

Se acercó al mostrador de madera, que olía a un barniz tan fuerte que parecía recién aplicado. El tendero no parpadeaba. Tenía las manos grandes y nudosas perfectamente quietas sobre la superficie, como si fueran parte del mueble.

—Hola, Don Manuel —dijo ella, forzando una naturalidad que no sentía

—. Necesito lo que dice en la lista.

Deslizó el papel sobre la madera. El hombre no bajó la vista para leerlo inmediatamente; en su lugar, mantuvo su mirada fija en los ojos de ella durante un segundo de más. Cuando finalmente tomó la lista, sus dedos rozaron los de ella: estaban fríos, con una textura lisa, carente de la calidez de la piel humana.

—Harina, azúcar, velas —recitó Don Manuel. Su voz no salía de su garganta, parecía emanar del aire alrededor de él

—. Una selección necesaria para una tarde tan... estática.

—Sí, supongo —respondió ella, mirando de reojo las estanterías. Notó algo extraño: las etiquetas de los productos no tenían letras, sino manchas de colores que, de lejos, daban la ilusión de ser marcas conocidas, pero de cerca eran solo trazos abstractos

—. Don Manuel, ¿notó que afuera las flores no se mueven?

El hombre se detuvo en seco mientras alcanzaba un paquete de azúcar. Se quedó de espaldas a ella, con el brazo extendido en un ángulo imposible.

—Las flores están donde deben estar

—dijo él, girando solo el torso, con una elasticidad inquietante

—. ¿Por qué querría que algo se moviera, si ya hemos alcanzado la posición ideal?

Él dejó los productos sobre el mostrador. No los apoyó, los "encajó" en el espacio con una precisión milimétrica. Al final, extendió la mano esperando el pago, pero su palma estaba completamente blanca, sin las líneas de la mano, como si el artista que lo diseñó hubiera olvidado terminar esa parte del dibujo.

—¿Va a querer algo más? —preguntó él, y por primera vez, una pequeña grieta apareció en su sonrisa de porcelana

—. ¿O va a seguir haciendo preguntas que no están en la lista?

Ella buscó en el bolsillo de su campera y sacó los billetes que su mamá le había dado antes de salir. Eran billetes de 2010, con ese tacto de papel usado y el olor metálico de haber pasado por muchas manos. Al dejarlos sobre el mostrador, el contraste era evidente: el dinero se veía real, desgastado, con arrugas y manchas de café, mientras que todo lo que la rodeaba en el local de Don Manuel parecía recién impreso en una hoja de diseño impecable.

Don Manuel no tomó el dinero de inmediato. Acercó su mano blanca y lisa a los billetes y los rozó con la yema de los dedos, casi como si estuviera leyendo braille.

—Tu madre siempre tan precavida —comentó él, sin desviar la vista del dinero

—. Aunque este pago es por lo que te llevás en la bolsa... no por lo que te llevás en la cabeza, ¿verdad, Elena?

Ella sintió un escalofrío que le recorrió la espalda. El nombre, pronunciado por él, sonó como un eco dentro de una catedral vacía.

—¿A qué se refiere? —preguntó ella, retrocediendo un paso.

—Hace 3 meses  —dijo Don Manuel, levantando por fin la mirada. Sus ojos parecían dos cuentas de vidrio oscuro

—. En ese campo de trigo azul donde corrías sin poder gritar. El cielo se desarmaba en piezas de rompecabezas, ¿no es así?

Es un sueño recurrente, un poco cliché para alguien con tu imaginación, pero muy vívido.

Ella se quedó helada. Ese sueño no se lo había contado a nadie, ni siquiera lo había escrito todavía en su diario. Era una imagen privada, una historia que solo existía en el refugio de su mente mientras dormía.

—¿Cómo sabe eso? —susurró, sintiendo que el aire del local se volvía más espeso, casi sólido.

Don Manuel tomó los billetes de 2010 y, al contacto con su piel, el papel pareció perder su color, volviéndose tan gris y plano como el resto del local.

—Aquí los secretos pesan tanto como los mandados —respondió él con una calma atroz

— Tené cuidado al volver. Cuando las historias se imaginan con demasiada fuerza, empiezan a desbordarse por las grietas de la vereda. Saluda a tu madre de mi parte. Decile que el cambio... se lo queda el silencio.

Elena cruzó el umbral y, de golpe, el mundo hizo click. Como si alguien hubiera apretado "play", el cartero terminó de bajar la mano, la vecina sacudió el polvo y la brisa por fin movió las flores. El simulacro se puso en marcha justo cuando ella dejó el local, una sincronía que nunca antes había notado con tanta claridad.

Caminó rápido, sintiendo un nudo en el estómago. Si Don Manuel sabía lo del sueño del campo azul de hace tres meses, ¿qué más sabía? El miedo a que sus secretos fueran públicos la hizo pensar en Martina. Nadie en el pueblo sospecharía jamás que la "niña tímida" le había pegado a su compañera por decirle rara; Marttina simplemente no entendía que la “X” podía ser un valor imaginario si no apresurabas el resultado. Elena se había escudado siempre en su silencio, y nadie dudó de ella.

Pero ahora, esa fachada de timidez se sentía de papel.

Si él sabe lo que sueño, sabe quién soy de verdad, pensó, apretando la bolsa de los mandados. El pueblo ya no se sentía como su hogar, sino como un escenario que se alimentaba de lo que ella escondía.

Dobló la esquina hacia su casa, con la urgencia de encerrarse y comprobar si su diario, el único lugar donde era ella misma, seguía siendo solo suyo.