El vaso de la verdad purificación

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Summary

En un mundo donde el agua es una sentencia de muerte, la sed no es el único enemigo.Kael sobrevive a bordo del Tifón, un barco que navega entre arrecifes de chatarra y mareas ácidas. Tras la muerte de su madre, hereda un medallón de cuarzo y una verdad peligrosa: el agua purificada que venden los Picos es, en realidad, un veneno diseñado para controlar a la humanidad.Perseguida por los Yerar y guiada por el misterioso brillo del cuarzo, Kael deberá encontrar el legendario Vaso de la Verdad antes de que el mundo se convierta en cenizas. ¿Podrá una joven mecánica desafiar a los dueños del mundo, o terminará evaporada como el resto de la historia?El secreto no está en beber... sino en despertar.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
13+

Capítulo 1: El sabor del óxido

El sonido era lo peor. Un chirrido rítmico, metálico y agónico que anunciaba el final de otra jornada fallida. Kael golpeó el costado del Silbador con el puño cerrado. La vieja máquina de destilación, un armatoste de tuberías remendadas y vapor, solo respondió con un estertor de calor y un goteo lento. Demasiado lento.—No me hagas esto hoy —susurró Kael. Limpió el sudor de su frente con el dorso de una mano tiznada de grasa, dejando una mancha oscura sobre su piel.Se acercó al depósito de salida. El líquido que caía no era transparente; tenía un tinte amarillento y ese hedor punzante a azufre que indicaba lo inevitable: los filtros de resina estaban saturados. Aquello no era agua; era un veneno más lento que el de la marea exterior.—¡Kael! —el grito de Nami desde la cubierta inferior llegó acompañado por un estrépito de metal—. ¡La presión está cayendo por debajo del mínimo! ¡Si el núcleo se enfría, no habrá forma de reiniciar el sistema!Kael no respondió. Sus ojos estaban fijos en la pequeña cabina al fondo de la sala de máquinas, donde una cortina de lona sucia, rígida por el salitre, separaba el ruido del motor de lo poco que llamaban hogar. Entró con el pulso martilleando en sus oídos.Allí, sobre un camastro hecho de cables trenzados y mantas raídas, yacía su madre. Elena. Su piel, que alguna vez tuvo el color de la arena bajo el sol, ahora era de un gris ceniciento, marcada por las costras oscuras y agrietadas del "Secamiento". Sus respiraciones eran silbidos cortos, como si sus pulmones estuvieran llenos de cristal molido.Kael se arrodilló a su lado, sosteniendo el cuenco con el agua amarillenta.—Bebe, mamá. Solo un poco más —suplicó. Sus manos, expertas en ajustar tuercas imposibles, temblaban como ramas al viento.Elena abrió los ojos. La lucidez luchaba contra una densa niebla de dolor. Al ver a su hija, empujó el cuenco con una debilidad que rompió el corazón de Kael.—Guárdalo... para ti... —Su voz sonaba como papel de lija arrastrándose sobre madera—. Mi tiempo ya se ha evaporado, Kael.—No digas eso. El Silbador volverá a rugir. Nami dice que podemos llegar al mercado de los Picos en dos días y conseguir suero real...—No habrá más mercados para mí. —Elena buscó la mano de su hija y, con un esfuerzo sobrehumano, la llevó hacia el cuello de Kael, donde el medallón de cuarzo descansaba como un secreto pesado—. Escúchame bien. El agua que nos venden... es muerte destilada. Los Picos no nos salvan, nos marchitan para que sigamos siendo esclavos de su cuentagotas.Una ráfaga de tos violenta sacudió el cuerpo de Elena, que se sentía liviano, como si sus huesos fueran de madera seca.—Toma el medallón... —continuó Elena, recuperando un aliento que ya no le pertenecía—. Sigue el brillo. Tu padre... él no murió por un accidente. Los Yerar sabían dónde estaba el Vaso. Prométeme... prométeme que no dejarás que el mundo muera bajo sus mentiras.—Te lo prometo, mamá. —Las lágrimas de Kael rodaron, dejando surcos limpios en su piel sucia—. Lo juro.Elena sonrió, una mueca débil que parecía mirar hacia un océano que ya no existía. Soltó un último suspiro, largo y cansado, y su mano cayó pesadamente sobre el camastro.El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el rugido flaqueante de los motores del Tifón afuera. El frío del cuarzo en el pecho de Kael empezó a transformarse en un calor punzante, como una brasa encendida.Nami entró corriendo, deteniéndose en seco. El pánico en su rostro se disolvió en una tristeza muda.—Kael... los motores... —Bajó la voz—. Lo siento. Pero si no nos movemos ahora, la marea ácida nos arrastrará hacia los arrecifes de chatarra. Estaremos acabados antes del amanecer.Kael se puso de pie. No se limpió las lágrimas; dejó que la sal se secara en su rostro como una armadura. Ajustó su cinturón de herramientas con un tirón firme.—Prepara los motores, Nami —dijo Kael, y su voz tenía el filo del acero nuevo—. No vamos al mercado. Vamos al observatorio. Vamos a terminar lo que ellos empezaron.