¿LO DESARMAMAOS?
El conocimiento es poder.”
Eso es lo único que recuerdo.
Luego, silencio.
Alguien lloraba.
Silencio otra vez.
Manos que me alzaban, senti el olor a flores, el calor más seguro que jamás sentí.
Después... nada.
La arena cubría cada rincón del desierto. En la mitad del círculo de montañas, la tribu sur sobrevivía refugiada en cavernas protegidas por antigua hechicería. No por ley, ni por castigo, sino porque fuera de ellas nadie puede sobrevivir.
Si mirabas al frente, solo veías polvo y arena. La tierra era tacaña: producía lo justo para no morir.
Por eso, los exploradores y cazadores de la tribu eran los únicos autorizados a salir del poblado. Ellos se encargaban de la cacería y de rastrear recursos.
Pero incluso los mejores exploradores no eran nada sin los “Técnicos”.
En todo el pueblo solo existía una.
Shantal.
Ella era la encargada de crear, reparar y mejorar el equipamiento de los cazadores. Sin sus manos, ninguna expedición duraba demasiado.
estas eran las inclimencias de la tribu del sur pero se acercaba un dia en especial el tercer ciclo
Allí vivía Vlad.
Era huérfano, aunque nunca se sintió solo. Ese día no era uno cualquiera: era su primer Kuntu, la tradición donde los niños aprendían las tareas de la tribu y escuchaban a los ancianos.
Vlad estaba nervioso. Siempre había querido hacer amigos. Siempre había querido pertenecer.
—Toc, toc.
El sonido lo hizo saltar. Corrió hacia la puerta, pero se detuvo en seco.
—¡Vlad! Quédate quieto... no muevas un músculo —ordenó la señorita Shantal.
Ella pasó a su lado limpiándose las manos, lanzándole una mirada severa por el rabillo del ojo. Vlad obedeció, inmóvil como una estatua.
—Señorita Shantal, muy buenos días —saludó un hombre vestido como explorador.
Llevaba una chaqueta pesada, una correa cruzándole el pecho y una hombrera negra y reluciente sujeto al hombro.
—David... ¿cómo está tu familia? —respondió ella.
La conversación continuó, pero Shantal cerró la puerta lo suficiente para que Vlad no escuchara. Eso no le gustó.
Soy Vlad... ya soy grande... voy a ir al Kuntu, pensó.
Subió al segundo nivel y se asomó por la ventana superior. Solo alcanzó a oír fragmentos:
—Ciclo... —Equipamiento... —Cita...
La puerta se cerró.
—Vlad, baja —ordenó Shantal.
Él obedeció, aunque la miró con enojo.
—¿Qué pasa? ¿Por qué estás molesto? —preguntó ella.
—Porque te irás de cita con ese hombre y me dejarás solo.
Shantal lo miró con ternura. Se agachó, lo levantó y comenzó a hacerle cosquillas.
—¿Cómo voy a dejar a mi valiente guerrero?
David había traído la lista para el Kuntu... y un regalo.
Sobre la mesa había un objeto cuadrado, envuelto en tela verde. Shantal lo descubrió con cuidado.
Una caja musical.
Al girar el mecanismo, una melodía suave llenó el ambiente. Por un instante, el tiempo pareció detenerse. Vlad notó tristeza en los ojos de su cuidadora, pero al mirarlo, ella sonrió.
—¿Lo desarmamos? —dijo, con una mirada malevola.
—¡Yo traigo el kit de precisión! —gritó Vlad, corriendo entre risas.
Se quedaron toda la noche estudiando aquel objeto tan curioso que emitía sonido.
Vlad tomaba apuntes con cuidado en un cuaderno tan pequeño como el, un regalo que recibió de shantal hace muchos años donde almacenaba información que consideraba relevante.
Aquella fue la única vivienda de la tribu del sur que mantuvo la luz encendida hasta entrada la noche. Desde dentro se escuchaban risas, preguntas y el sonido metálico de herramientas chocando entre sí.
La mesa estaba cubierta de pequeños mecanismos, resortes y piezas diminutas, ordenadas y desordenadas al mismo tiempo, mientras ambos intentaban comprender cómo funcionaba aquel artefacto.
Aquella noche:
En el este, un fusil rompía el silencio. —Tráiganme más balas , que este no se me escapa ... —se escuchó decir.
En el oeste, unos puños golpeaban la roca sin descanso. —¡Sáquenlos ya! ¡Ya, ya, ya! —rugía una voz entre jadeos.
En el norte, una lanza era afilada con paciencia. Un ligero resbalón dejó una herida abierta en la mano que la sostenía, y una lengua probó su propia sangre.
Aún no lo sabía, pero el destino ya había comenzado a moverse y el tercer ciclo reclamaba a un nuevo campeón.