Capitulo 1: El Ruido Del Silencio
La biblioteca de la Universidad De Rangsit olía a papel viejo y a promesas no escritas. Era una noche de abril; el aire acondicionado zumbaba tan bajo que parecía un susurro constante. Las luces fluorescentes dejaron de parpadear hacía horas, como si también ellas se hubieran rendido ante la tensión que se respiraba entre los estantes de la planta baja.
En la mesa F-17 la última, pegada a la ventana que daba al jardín de bambú, dos chicas se devoraban con la mirada antes que con la boca.
Freen Sarocha apretaba el puntero del lápiz hasta que crujió.
-Tu hipótesis no sostiene ni tres segundos de análisis estadístico, Armstrong.
Becky Armstrong ni parpadeó.
-Y tu redacción suena a instrucción de lavadora barata. ¿Por tanto se concluye que concluimos? En serio, Sarocha, ¿así entregamos al decano?
El proyecto valía el cuarenta por ciento de la materia de Comunicación Científica. Llevaban tres semanas peleando: por las fuentes, por el color de las diapositivas, hasta por si usar sin embargo o no obstante. El profesor las había emparejado al azar; juraba que la química académica surgiría.
Química, desde luego, había. Pero la que explota, no la que enamora.
Freen se recostó en la silla, cruzando los brazos bajo el pecho. El jersey blanco se le subió unos centímetros, dejando ver la piel pálida y un ombligo que Becky había intentado no mirar y había mirado cada vez que se estiraba.
-Propón algo útil, entonces- dijo Freen -Porque si dejamos tu párrafo sobre la subjetividad cuántica del receptor, vamos a suspender hasta el semestre que viene.
Becky se incorporó, los codos sobre la mesa. Su voz era un látigo bajo.
-¿Sabes qué problema tienes? Que crees que útil significa lo que Freen dice.
-No, significa lo que no contradice la lógica básica.
-Tu lógica es un dictador con labial rojo.
Freen se puso en pie de un salto. La silla rodó hacia atrás, rechinando contra el linóleo.
-Al menos sé escribir sin citar tres poetas que nadie ha leído desde 1890.
Becky también se levantó. El bolígrafo que sostenía cayó al suelo y rodó hasta la estantería de Derecho Romano.
-¿Quieres que lo rehaga todo? ¿O prefieres que simplemente me quite de en medio y lo hagas tú sola, como siempre?
-Sería un alivio -siseó Freen-. Menos dramas, más datos.
Becky dio la vuelta a la mesa. Quedaron frente a frente, a veinte centímetros. El olor a té verde del champú de Freen se mezclaba con el jabón neutro que Becky usaba para no irritarse la piel.
-No todo es datos -susurró Becky-. Algunas cosas solo se entienden si las sientes.
-¿Sentir? ¿Tú? -Freen rió sin alegría-. La única cosa que sientes es tu propia razón.
Becky dio un paso al frente. Freen retrocedió y la mesa la frenó. El borde le golpeó la parte baja de la espalda; se dobló ligeramente, agarrándose al tablero. Becky aprovechó: colocó una mano a cada lado de las caderas de Freen, atrapándola.
-¿Segura de que sabes lo que siento? -Becky alzó una ceja.
Freen sintió un calor repentino en las orejas.
-Retrocede.
-Dilo sin temblar.
Freen no retrocedió. Se inclinó hacia adelante, casi rozando la nariz de Becky.
-Haces mucho ruido para alguien que no va a hacer nada.
Becky apretó los labios. El reto estaba claro.
Se agachó para recoger el bolígrafo o eso pareció, pero al enderezarse tropezó con el pie de Freen. El equilibrio se fue a la mierda. Becky tiró de la manga de Freen para no caer; Freen, a su vez, agarró el borde de la mesa. El resultado fue una coreografía torpe: Becky cayó de espaldas sobre los apuntes; Freen, tironeada por el peso, se tambaleó y aterrizó... justo encima.
Rodillas a cada lado de las caderas de Becky. Manos sobre sus hombros. Pulmones compartiendo el mismo aire.
El mundo se detuvo.
Freen notó algo duro, largo, presionando justo debajo de su propio vientre. Parpadeó. Se movió un milímetro para confirmar. No era un bolígrafo. Tampoco un teléfono. Era cálido, palpitante, y crecía con cada segundo que pasaba.
Sus labios se separaron en un murmullo inaudible.
-¿Qué...?
Becky se quedó inmóvil, los ojos desorbitados.
-Freen... espera. No es lo que piensas.
Freen bajó la mirada. El sudor le empapaba la sien.
-Explícame -susurró-. Ahora.
Becky tragó. La garganta le ardía.
-Soy intersexual -dijo tan bajo que pareció un susurro del aire acondicionado-. Nací con... con pene. Pero soy chica. Solo que mi cuerpo... no es el estándar.
Freen parpadeó una, dos, tres veces. Becky esperaba cualquier reacción: burla, asco, risa nerviosa.
Nada.
Freen inclinó la cabeza. Su aliento rozó la mejilla de Becky.
-¿Y eso... es malo? -susurró.
Becky cerró los ojos.
-No. Pero la gente... se asusta.
Freen se movió lentamente, solo un desliz de cadera. El roce hizo que Becky contuviera el aire.
-Yo no me asusto- dijo Freen -Me... curiosidad.
Becky abrió los ojos.
-¿Curiosidad?
-Mucha. -Freen apoyó ambas manos sobre los antebrazos de Becky, clavando las uñas con suavidad-. ¿Duele?
-¿Qué?
-Esto. -Freen se deslizó un poco más, hasta que el largo de Becky quedó atrapado entre ambos cuerpos, presionado por la tela del pantalón de Becky y la falda plisada de Freen.
Becky soltó un jadeo que sonó más fuerte de lo permitido en una biblioteca.
-No... no duele.
-¿Te gusta? -Freen sonrió con media boca, la que Becky odiaba... y deseaba.
Becky apretó los puños sobre la mesa.
-Si te sigues moviendo... no respondo de lo que pase.
Freen se mordió el labio inferior.
-Entonces no respondas. -Y se movió de nuevo, esta vez con intención clara: un vaivén lento, circular, que hizo que Becky arqueara la espalda.
Los papeles bajo Becky se arrugaron. Un libro cayó al suelo con un thud sordo.
-Freen... -Becky susurró, ronco-. Esto es... muy público.
Freen miró a su alrededor. La mesa quedaba en un rincón ciego de las cámaras; el pasillo lateral estaba desierto; la bibliotecaria nocturna escuchaba audiolibros de autoayuda con auriculares enormes.
-Nadie nos ve -susurró Freen-. Pero si quieres... podemos ser rápidas.
Becky rió, incredulidad mezclada con deseo.
-¿Rápidas? Tú no conoces el significado de rápido.
Freen bajó una mano, deslizó los dedos por el cuello de Becky, entre los botones de la camisa.
-Enséñame.
Becky sujetó la muñeca de Freen.
-¿Segura?
-De que quiero esto? -Freen apretó más fuerte con las caderas-. Sí. De que quiero que me folles aquí, encima de los apuntes de comunicación científica? También.
Becky soltó una risa ahogada.
-Eres una loca.
-Tu loca. -Freen besó la punta de la nariz de Becky-. Ahora, cállate y abróchate el cinturón.
Becky no llevaba cinturón. Solo unos pantalones de chándal gris que, en cuanto Freen bajó la cremallera, dejaron ver el bulto tenso bajo unos bóxers negros.
Freen se incorporó lo suficiente para bajarse la falda. La tela plisada cayó como un pétalo. Debajo, unas bragas de encaje azul marino, ya húmedas.
Becky la miró, los ojos negros, hambrientos.
-Date la vuelta.
-¿Qué?
-Date la vuelta, agárrate a la mesa y abre las piernas. -La voz de Becky era un ronroneo peligroso-. Si quieres que te folle, lo hago a mi manera.
Freen sintió que el estómago se le caía a los pies. Obedeció. Se giró, palmas contra la madera, glúteos apretándose contra el bulto de Becky.
Becky se bajó los pantalones solo lo necesario. Su pene, ahora libre, se elevó contra el vientre de Freen, caliente, grueso, palpitante. Becky envolvió a Freen por detrás, una mano en su cuello, la otra bajándole las bragas apenas hasta mitad de muslo.
-¿Lubricada? -susurró Becky.
-Desde la discusión -respondió Freen, sin vergüenza.
Becky sonrió contra su oreja.
-Eres imposible.
-Y tú estás perdiendo el tiempo.
Becky guió su longitud entre los muslos de Freen, deslizándose una vez, dos, sin penetrar, solo frotando, empapándose del deseo ajeno. Freen apretó los labios para no gemir.
-Más -susurró Freen-. Por favor.
Becky separó un poco más las piernas de Freen, inclinó la cadera y, muy despacio, empezó a entrar.
Freen apretó los párpados. La sensación era nueva: calor, presión, un ardor delicioso que le subía por la columna. Becky avanzó con cuidado, milímetro a milímetro, hasta que Freen empujó hacia atrás, tomando la iniciativa.
Becky contuvo un gruñido.
-Joder...
-Shhh -Freen se rió, temblando-. Biblioteca, recuerda.
Becky agarró con fuerza la cintura de Freen y empezó a moverse: lentos embates que hacían crujir la mesa. Los apuntes volaban. Un libro de estadística cayó al suelo, abierto en la página de desviación estándar.
Freen apoyó la frente contra la madera, respirando por la boca. Cada golpe la hacía ver estrellas. Becky aceleró el ritmo, el sudor empapándoles la ropa pegada.
-¿Así? -susurró Becky-. ¿Te gusta así?
-Más fuerte -rogó Freen-. Pero... sin que se enteren.
Becky rió, desesperada.
-Eres una contradicción ambulante.
Envolvió a Freen con un brazo, la otra mano bajó hasta encontrar el clítoris, húmedo, hinchado. Freen se agarró a la mesa como si fuera un salvavidas.
El orgasmo llegó en silencio: Freen apretó los labios hasta hacerse daño, el cuerpo temblando, la pelvis presionando contra los dedos de Becky. Becky siguió empujando, una, dos, tres veces más, hasta que también ella se derrumbó, la frente contra la espalda de Freen, un gemido ahogado en la camiseta.
Quedaron así, jadeando, sudorosas, medio vestidas. Afuera, un estudiante tosió lejos. La bibliotecaria cambió de capítulo de su audiolibro.
Becky fue la primera en hablar.
-¿Viva?
Freen soltó una risa que sonó a llanto.
-Casi no.
Becky se retiró con cuidado, ayudó a Freen a enderezarse. Ambas se acomodaron la ropa a trompicones, sin mirarse.
Freen rompió el silencio.
-Entonces... ¿eso era tu manera?
Becky se rascó la nuca, sonrojada.
-¿Te gustó?
-Me encantó. -Freen le dio un beso rápido en la comisura de los labios-. Pero la próxima quiero probar la mía.
Becky alzó una ceja.
-¿Tienes una manera?
Freen sonrió, pícara.
-Te sorprendería.
Se abrocharon mutuamente los botones, se peinaron con los dedos, recogieron los apuntes arrugados. El proyecto quedó hecho un desastre, pero en la última hoja, Freen escribió con bolígrafo rojo:
Conclusión: la comunicación científica es más efectiva cuando se practica sin ropa.
Becky rió hasta tener que taparse la boca.
Cuando salieron del pasillo, la bibliotecaria ni los miró.
En la escalera, Becky tomó la mano de Freen.
-Oye... ¿te gustaría salir conmigo? Una cita. Con ropa, esta vez.
Freen apretó esos dedos, fuerte.
-Obviamente que sí.
-¿Y el proyecto?
-Lo entregamos mañana. -Freen se encogió de hombros-. Después de todo, ya demostramos nuestra tesis.
Becky la besó debajo del letrero de Silencio.
-No prometo no discutir.
-Ni yo. -Freen sonrió-. Pero ahora tenemos un método de resolución de conflictos mucho más... placentero.
Se alejaron cogidas de la mano, los pasos resonando en el corredor vacío.
Detrás, la biblioteca guardaba su secreto entre páginas y latidos.
Y en la mesa F-17, un libro de estadística seguía abierto en la página de la desviación estándar... que, para Freen y Becky, ya no era tan estándar después de todo.