Chapter 1
¿Puedes cogerme hoy?
No hay signos de interrogación que pesen tanto como esos.
Cinco palabras. Frías en la pantalla. Incendiarias en mi cuerpo.
No necesito releerlas para saber lo que provocan en mí. Basta con que aparezcan para que algo se rompa por dentro. Mi respiración cambia. Mi mente se desordena. Imágenes que no pedí —pero que reconozco— se abren paso con una claridad peligrosa. Sensaciones que no deberían existir regresan como si nunca se hubieran ido.
No es solo deseo.
Es la necesidad brutal de ser vista de una forma que nadie más me mira.
De ser tomada no como esposa, no como promesa, no como obligación… sino como impulso.
Ese mensaje no me toca la piel.
Me invade el pensamiento.
Me recuerda lo que soy cuando nadie me observa.
Y lo peor no es lo que dice.
Es que sabe exactamente cuándo decirlo.
Pero para entender el poder real de ese mensaje —para comprender por qué una simple vibración en mi teléfono es suficiente para desarmarme— tengo que llevarte al principio. Al momento en que todo dejó de ser inocente. Al instante exacto en que decidí cruzar una línea que ahora ya no sé cómo desdibujar.
Mi nombre es Renata.
Y en esta historia solo tienes dos opciones:
Júzgame…
o identifícate conmigo.
Vestido negro de mangas largas.
Tacones pronunciados.
Maquillaje sutil, casi discreto… salvo por el labial rojo. Ese no pide permiso.
Una fragancia que anuncia mi presencia antes de que alguien me vea.
Ya estaba lista.
Era hora de salir a la fiesta del novio de mi amiga. No soy especialmente sociable, pero hay compromisos que se cumplen sin cuestionarlos. Mi esposo ya estaba preparado, así que tomamos el coche y fuimos al lugar.
Apenas cruzo la puerta, la escucho.
—¡Amiga, por fin llegaste!
Su voz chillona atraviesa la música y el murmullo del lugar. Besos en la mejilla, abrazos exagerados, risas que no sé imitar. Ella es todo lo contrario a mí. Donde ella irrumpe, yo prefiero deslizarme. Donde ella llama la atención, yo intento desaparecer.
No me gusta sentir las miradas encima. Me pone nerviosa. Me vuelve torpe.
Aun así, felicito al cumpleañero, saludo rápido a los presentes y me refugio en lo conocido.
El ambiente está bien, no puedo negarlo. Tragos que se vacían con facilidad, risas ajenas, música que se pega al cuerpo. Bailo con mi esposo. Sonrío. Cumplo.
La noche avanza más rápido de lo que esperaba.
No suelo sostener contacto visual con desconocidos. Evito hacerlo. Es una regla silenciosa que me mantiene a salvo. Pero en algún punto —entre un giro, una pausa, un segundo fuera de ritmo— mis ojos se levantan… y chocan con otros.
No sé quién es.
No significa nada.
O eso creo.
Para mí, en ese instante, es solo alguien más.
Una presencia cualquiera en una fiesta ajena.
Sin saber —sin siquiera intuir— que más adelante se convertiría en el protagonista de esta historia.
Llegamos a casa cuando la noche ya pesaba en el cuerpo. Él me buscó con la urgencia conocida, esa que no pregunta, que asume. Yo no me negué. Nunca lo hacía. Era parte del acuerdo silencioso que habíamos construido con los años.
Nos besamos. La ropa cayó al suelo casi por costumbre. Nos conocíamos lo suficiente para no necesitar palabras. Sabíamos qué tocar, cuándo hacerlo, cómo provocar una respuesta en el otro. O al menos eso creíamos.
Se concentró en mí primero. En hacerme sentir. En llevar mi cuerpo a ese punto exacto donde la respiración se quiebra y la mente deja de pensar. Cerré los ojos. Me aferré a la sensación. Por unos instantes, no existió nada más.
Cuando el gemido escapó de mis labios, supe que había logrado lo que buscaba. Abrí los ojos y lo vi prepararse, ansioso, decidido. No había ternura en ese gesto, solo necesidad. Movimiento tras movimiento, hasta que su cuerpo se rindió sobre el mío.
Quedamos así. Inmóviles.
Cansados.
Con el alcohol aún recorriéndonos las venas.
La noche terminó como muchas otras: con dos cuerpos exhaustos compartiendo el mismo espacio… y un silencio que decía más de lo que cualquiera de los dos estaba dispuesto a admitir.