Antología de lo visceral

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Summary

No busques redención en estas páginas; aquí la esperanza murió hace tiempo. ​Antología de lo Visceral es una colección de relatos cortos que exploran la cara más cruda de la existencia. Personajes miserables y destinos consumidos por el peor lado de la existencia.

Genre
Horror
Author
Santiago
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Del Otro Lado

Aquel día del 98' estaba junto a mi hermana menor, paseando por las calles de Buenos Aires. En un punto del paseo, nos cruzamos con un pequeño parque. Mi pequeña acompañante me sugirió pasar el rato ahí, por lo que no tuve otra opción más que aceptar.

Yo estaba descansando en un columpio viendo cómo se divertía; ella, risueña como siempre, jugaba en un negro tobogán. Me llamó la atención la extraña decisión de usar un color tan deprimente en un juego para niños. Contrastaba fuertemente con los colores tan vivos de aquel lugar. Digo, yo no usaría negro; es como usar verde en un funeral, no es el lugar. En este punto del día me puse a divagar sobre el aspecto de mi alrededor, mientras observaba a mi hermanita con su melodiosa risa. Era una mañana típica como solo sabe ser Buenos Aires, por lo que soñar despierta era inevitable.

Silencio. Cuando entró en aquel tobogán, aquella risa fue reemplazada por un silencio seco e incómodo, una sensación que invadió mi cuerpo. Sentía agujas perforando mi piel sin cuidado, frías. A pesar de ello, mi cuerpo se calentó al instante, empezando a sudar mis manos, con ese pequeño tic tembloroso en mis dedos. Fui con pasos lentos, gritando su nombre. Lo único que se escuchaba era el sonido de manos chocando con fuerza aquel tubo oscuro; decidí asomarme por la salida y no hubo rastro de mi pequeña hermana.

Entré en aquel espacio oscuro, subí. Aún gritando su nombre. La oscuridad traspasaba mi piel, para solo transmitirme que el mundo gira sobre mí. El recorrido no acababa nunca; los segundos se transformaron en minutos y los minutos en horas. Cuando menos lo esperé, logré observar lo que parecía ser una luz, que al momento identifiqué como artificial. ¿Por qué estaba eso ahí? Me detuve, pero la luz no; siguió acercándose a mí, pero cada vez con un ritmo más violento. El sonido de manos chocando contra las paredes resonó duramente, casi igual a los golpes de mi difunto padre.

Sentía que el tobogán rodaba y yo me mantenía quieta; el mundo se movía mientras yo sufría. Me deslicé en busca de huir, algo parecía perseguirme, mi corazón se aceleró e intenté deslizarme más rápido. Solo pude correr unos metros en dirección contraria al tobogán, cayendo duramente al acolchado de pasto. Eso que me seguía se vio reflejado en las paredes del tobogán. Su extraña sombra, indigna de ser humana. Eso se detuvo de golpe casi al final del juego.

Observé. El parque estaba cambiado, se veía desnutrido en colores. El césped había subido lo suficiente para hacerme arañar las rodillas. Los juegos transmitían óxido con tan solo verlos; como si, al llegarlos a tocar, yo me oxidaría con ellos. Nada de esto me hizo temblar tanto como ver al tobogán reverberar en oscuridad, como si absorbiera todo a su alrededor. El cielo debería ser igual, ¿no? Incliné mi cabeza hacia él. Una noche sin una luna y sin estrellas, solo un orbe flotando de color verde enfermizo fingiendo ser el sol. Eso fue todo lo que vi.

Mi hermana no estaba por ningún lado. El camino por el que vinimos fue reemplazado por un denso bosque de árboles negros como el carbón, con hojas azules como el cuerpo muerto que era dominado por aquel orbe. La cosa seguía dentro del tobogán, emitiendo un leve sonido semiinaudible e indescriptible. Huí del lugar esperando encontrar a Luz, mi querida hermana. Intentar saber cuánto tiempo pasé buscándola es ridículo e imposible; mi celular decía una fecha incorrecta, marcaba el año 2000. Con mi estómago suplicando alimento, vagué por aquel interminable bosque; la sed me consumió, hasta que me volví a cruzar ese maldito parque.

No estaba más aquel monstruo en la entrada del tobogán. Me acerqué al escuchar a Luz jugando; su hermosa voz me iluminó en la penumbra. Pero el miedo me hizo meterme por el lado donde no estuvo el monstruo. Y para adentrarme con menos miedo, prendí una pequeña linterna de mano en mi bolsillo. Los apagones en casa eran usuales, y las palizas en la oscuridad también, por lo que la linterna era un buen refugio que llevar a donde sea. Decidí deslizarme, pero el silencio se filtró nuevamente en el juego; el vacío en mí se hizo más profundo, pero decidí continuar con la linterna. Empecé a escuchar a alguien gritando su nombre, mis respiraciones fueron tan rápidas como mi cuerpo; desesperada, chocaba mis manos con las paredes en un sonido estridente.

Sentí que pasaron días, semanas, años. Acepté mi destino y cerré mis ojos para que, cuando la muerte me visitara, no tuviera que verla.