Y vivieron felices por... ¿Siempre?

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Summary

Todos conocemos las historias de los hermanos Grimm: princesas que duermen, manzanas envenenadas, besos que despiertan y finales felices eternos. Pero ¿y si ese "felices por siempre" no fuera más que una línea escrita por alguien más? En el corazón de cada historia se esconde un mundo oculto: el de los narradores, guardianes invisibles que tejen y protegen cada cuento. Cuando un pequeño cambio -un descuido nacido de la envidia- hace tambalear el relato más icónico de todos, la reina malvada gana... y el destino de generaciones enteras queda en jaque. Ahora, en Fairy Tale High, los hijos de héroes, villanos y secundarios aprenden a cumplir sus roles bajo la vigilancia estricta de los nuevos guardianes. Dapple White sueña con su príncipe y su final perfecto. Pero cuando un misterioso nuevo alumno llega de un cuento olvidado, y una amiga rebelde empieza a cuestionar las reglas, las grietas en la historia comienzan a aparecer. ¿Puede un amor imposible reescribir el destino sin destruir todo lo que toca? ¿O algunos cuentos están condenados a repetirse... para siempre? //Una historia de rebeldía, secretos familiares y finales que nadie vio venir. Inspirada en el espíritu de Ever After High, pero con un giro propio y más oscuro.

Genre
Romance
Author
DarkNoire
Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

Prologo: Una historia diferente a las demas.

“Érase una vez...” una frase mágica que resuena en los cuentos de hadas, donde princesas y príncipes encantadores se entrelazan con madrastras malvadas y criaturas fantásticas. Este mundo de fantasía no está tan distante de la vida diaria como la tuya o la de cualquiera. Pero quienes relatan estas historias, quienes las recogen y las dan vida en nuestro mundo, habitan otro universo: los narradores. Cada relato tiene su propio narrador, que puede contarlo desde la perspectiva del protagonista o desde un enfoque omnisciente.

En el universo de los narradores existen habilidades especiales que les ayudan a construir o modificar esos magníficos —y a veces imponentes— mundos. Estas facultades permiten manipular emociones, crear situaciones o dar forma a detalles que hacen que una historia cobre verdadera vida. Sin ellas, los narradores aún podrían relatar; con ellas, pueden tejer relatos completamente nuevos.

En esta ocasión nos centraremos en el mundo de los cuentos de hadas. Este reino onírico y lleno de posibilidades era custodiado por la familia Grimm, descendientes de los célebres hermanos que dieron origen a muchos de los relatos más icónicos. A pesar de su linaje, los Grimm no usaban sus habilidades para inventar nuevas historias, sino para preservar fielmente las originales... hasta que llegaron tres hermanos que romperían ese equilibrio para siempre.

Estos tres hermanos se convirtieron en los nuevos cuidadores y narradores de los cuentos de hadas. Cada uno recibió su libro de narrador: un tomo en blanco que les permitía escribir la historia a su cargo y, al mismo tiempo, les otorgaba una habilidad única. Con los libros en sus manos, la hermana mayor adquirió la capacidad de crear y manipular escenarios, desde el castillo más majestuoso hasta el rincón más sombrío de una choza. El segundo hermano obtuvo la facultad de crear personajes —no solo figuras de fondo, sino protagonistas carismáticos con matices propios—. Y el tercero, el menor, recibió una habilidad que nadie había visto antes: «¿Qué pasaría si...?».

Al recibir sus libros, se les encomendó llevar a cabo el relato fundacional de los Grimm: la hermosa historia titulada «Blancanieves». Sin embargo, en la mente del segundo hermano surgió un pensamiento cargado de envidia: «¿Por qué debo compartir este lugar con ellos? ¿Por qué no puedo dejar mi propia huella en esta historia...?».


Érase una vez, en un reino muy lejano, una reina malvada que había logrado lo que su madre y las anteriores reinas malvadas habían fracasado en conseguir: sumergir a la joven Blancanieves en un profundo hechizo de sueño eterno. La única esperanza de Blancanieves para despertar radicaba en un príncipe de cabellos rubios y ojos azules, quien montaba su veloz caballo rumbo a la cabaña de los siete enanos, decidido a salvarla y derrotar a la reina malvada.

—¡Rápido, tenemos que despertarla! — exclamó el príncipe con voz llena de desesperación, aunque no podía evitar pensar que, a pesar de que aquel era el día que le correspondía, parecía llegar con un día de retraso.

El galope acelerado del caballo dejaba huellas profundas en el camino que conducía a la cabaña. Algo no estaba bien. El joven príncipe no sabía con certeza por qué se había retrasado; todo había sucedido de manera tan apresurada que sentía como si el tiempo se hubiera acortado de repente. Más inquietante aún, había alguien que intentaba cambiar su destino y alterar la historia.

A medida que se acercaba, el cielo se oscurecía con una nube siniestra que se posicionaba sobre el bosque. El príncipe sabía que algo estaba mal, pero tenía la certeza de una cosa: solo debía besar a Blancanieves, y al hacerlo todo volvería a la normalidad, trayendo consigo el final feliz que todos anhelaban.

—Falta poco, aguanta, amigo —animó al caballo, apremiándolo a llegar lo más rápido posible.

Al llegar a unos pocos metros de la cabaña, se encontró con una escena aterradora: el refugio acogedor ahora lucía devastado. Con horror, vio a los enanos tendidos sin vida en el suelo y los restos destrozados esparcidos por doquier.

Desmontando apresuradamente, ató el caballo a un árbol cercano y se adentró en aquel bosque ahora en llamas. Cada paso era un puñal en su corazón mientras contemplaba el triste panorama de sus amigos caídos. La desesperación lo embargó, pero sabía que debía actuar rápido; Blancanieves lo necesitaba más que nunca.

Impactado por la crueldad de la escena y sin ver a la malvada reina, pensó que era tarde, que ella había ganado y tenía a Blancanieves. Pero una leve tos le dio una chispa de esperanza. Siguiendo el sonido, reconoció al séptimo enano, Gruñón, quien, a pesar de sus heridas, comenzaba a moverse con dificultad. Corriendo hacia él, el príncipe se arrodilló y le ofreció su agua.

—¿Qué pasó? —preguntó, con la voz tan desesperada como el estado del enano.

—Todo fue un caos... —respondió Gruñón entre tosidos—. Al volver de la mina esperábamos encontrar a Blancanieves rendida por la manzana envenenada, pero vimos nuestro hogar en llamas... Pensamos que la reina, enloquecida por no perder como sus antecesoras, la había asesinado, pero ella... no lo hizo...

—¿Qué hizo entonces? —lo apremió el príncipe, sintiendo que el tiempo se deslizaba entre sus dedos.

—Le dio la manzana sin resistencia... Pero esta vez no esperó a que la atacáramos. Se quedó y comenzó a atacarnos lentamente... Sabíamos que si protegíamos a Blancanieves y tú la despertabas, todo volvería a la normalidad. La sacamos y la ocultamos... Pero mató al resto, dejándome a mí como único sobreviviente...

Con el aliento cada vez más débil, Gruñón miró al príncipe con ojos suplicantes.

—Déjame... Solo tú puedes salvarnos...

—Pero... —intentó protestar el príncipe.

—Solo hazlo... La princesa está en el mismo lugar de siempre... Ahora repara esto...

El príncipe, con un nudo en la garganta, asintió con un gesto doloroso. Se quitó la túnica y la colocó como almohada bajo la cabeza del enano, decidido a reparar todo este embrollo.

Mientras avanzaba, la preocupación lo invadía. ¿Qué estaría planeando la reina? ¿Por qué había atacado a los enanos de esa manera, pero había dejado con vida a uno?

Al llegar al ataúd de cristal, su corazón se detuvo por un momento. Allí yacía Blancanieves, intacta y hermosa, con un ramo de flores blancas en las manos. Sin embargo, lo que realmente atrajo su atención fue la daga de color negro, envuelta en una funda del mismo tono, que reposaba en la cintura de la joven princesa.

—Eso es nuevo... —murmuró con extrañeza, observando el brillo siniestro de la hoja.

Sin prestarle demasiada atención, levantó el ataúd de cristal con sumo cuidado, colocó las manos debajo de la cabeza y la espalda de Blancanieves y, con la misma delicadeza, acercó sus labios a los de ella en un intento de romper el hechizo. Mientras lo hacía, rezaba silenciosamente a los hermanos Grimm, suplicando que su beso fuera suficiente para detener la expansión de la maldad de la reina.

Pasaron los segundos... y al separarse, nada. Blancanieves no despertaba. La confusión y el miedo lo invadieron al ver cómo la oscuridad de la reina se extendía cada vez más. Desesperado, volvió a besarla una y otra vez —en los labios, en la mejilla, en la mano, en la frente—, pero el hechizo permanecía intacto. Tormentas se desataban en el horizonte, rayos iluminaban el cielo y llamas rugían en la distancia: un caos en respuesta a la magia oscura.

—¿Qué está sucediendo? ¿Por qué no despierta? —preguntó con temor, sintiendo que todo estaba perdido.

Hasta que una voz acompañada de un fuerte trueno resonó:

—No despertará... porque no está enamorada de ti.

Confundido, levantó la mirada. Era un niño de unos ocho años, con cabellos castaños, ojos cafés y ropas negras y cafés.

—¿Qué haces aquí, niño? ¿A qué te refieres con que no está enamorada de mí?

—Lo que escuchaste. Ella está enamorada de alguien más, y el beso solo funciona si...

—Es un beso de verdadero amor... —terminó la frase el príncipe, dándose cuenta de la cruda verdad.

—Exacto. Los príncipes anteriores y Blancanieves lograron romper el hechizo porque ella nunca había experimentado un amor después del desprecio de su madrastra. Consideraba a los enanos solo como amigos. El príncipe de esa época la despertó porque se enamoró a primera vista, y eso bastaba. Pero ahora que hay alguien más en su corazón, es diferente...

—¿De quién está enamorada?

El niño abrió lentamente los labios y reveló la identidad del misterioso hombre que había robado el corazón de Blancanieves.

—No sé cómo ni por qué, pero él acaba de cambiar toda tu historia... y tu final feliz.

—Entonces, ¡traigámoslo! Si él también... —intentó el príncipe con optimismo, pero el niño lo interrumpió.

—Está muerto.

El príncipe, sin cuestionar cómo sabía todo aquello, dejó a Blancanieves acostada nuevamente y se arrodilló. Era el fin de su cuento. La historia de Blancanieves estaba a punto de convertirse en la historia de la reina malvada. La desesperanza lo inundó.

—Entonces... ¿ha ganado? Después de tantas generaciones de reinas malvadas, finalmente ganó... —murmuró, asombrado.

El niño se acercó, extendiendo su mano izquierda. De ella apareció un libro mayormente en blanco, salvo por unas pocas páginas anotadas con el título: «Blancanieves».

—No precisamente... —respondió, y al alzar la mirada el príncipe vio cómo de la mano derecha del niño emergía una pluma resplandeciente.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó, aún más desconcertado.

—Arreglando tu mundo... —replicó el niño, creando un aura de luz que envolvió a Blancanieves, al príncipe y al resplandor distante del castillo de la reina. Mientras pasaba las páginas del libro a gran velocidad, la historia narrada hasta ese momento comenzaba a borrarse. La pluma se acercó al papel en blanco, dispuesta a reescribir el destino de todos ellos... aunque sabía que, al hacerlo, el precio podría ser más alto de lo que nadie imaginaba.