1. PRÓLOGO
JUNGKOOK
Espero impacientemente a que las puertas corredizas más lentas de la historia se abran y me dejen salir de este maldito hospital. Cada paso que doy hace que la piel sensible de mi pierna y costado arda horriblemente al rozar con la tela áspera de mis pantalones y mi camiseta. Lo racional sería bajar la velocidad o detenerme por completo. En su lugar, aprieto los dientes y me apuro en el cruce peatonal, con el sudor resbalando por mi espalda.
Las miradas curiosas de la gente se sienten pesadas sobre mí, sobre mi ropa gastada y los vendajes visibles. Los ignoro a todos. Unos pocos segundos más y llegaré a la zona de fumadores. Está rodeada de paredes de vidrio esmerilado que me ocultarán perfectamente de la fastidiosa trabajadora social y del resto de este puto mundo.
Los menores no deberían fumar, y menos después de lo que tu cuerpo sufrió; es tan irresponsable, imbécil y... bla, bla, puto bla.
La molesta voz chillona de la trabajadora social resuena en mis oídos. Le importo una mierda; su rostro de ratón se vuelve aún más horrible cada vez que clava sus ojos de cuentas en mí. Su personalidad cariñosa y preocupada siempre estaba presente frente a los médicos y enfermeras, pero tan pronto como entramos en el lobby del hospital, dejó salir a su verdadero yo. Mañana me darán de alta y me dejará caer como una papa caliente en algún lugar infestado de idiotas y asesinos de la felicidad. Porque soy uno de los chicos problemáticos, lo que sea que esa mierda signifique. Irredimible.
Bufé con desprecio, dando golpecitos en la base de mi paquete de Marlboro mentolados hasta que un cigarrillo se deslizó. Lo encendí rápidamente y llené mis pulmones con el humo tan necesario. Sé que es malo. Empezó cuando me uní a la pandilla de Apollo hace cinco meses. Él lo llamó un rito de iniciación. Como si darle a alguien un hábito cancerígeno pudiera llamarse rito, ese malnacido bastardo. Solo me uní a su pandilla porque vivir en las calles era difícil. Aun así, era mejor que quedarme en un hogar grupal donde me decían cuándo hablar, caminar, e incluso mear.
Di otra calada. Mi difunto padre fumaba como una chimenea. Al crecer, odiaba ese olor permanente a cenicero que impregnaba el aire, mi ropa, mis fosas nasales. ¿Y ahora? De hecho, compro esta mierda. La puta ironía. Eh, a quién le importa ya.
Miré las nubes grises y pesadas que salpicaban el cielo, dándoles la bienvenida, mientras daba otra calada. El movimiento hizo que mi mejilla se flexionara, y con ella el vendaje que cubría un lado de mi cara y mi oreja. Mis quemaduras ardieron, y mierda, dolía. Una rabia roja hirvió dentro de mi pecho al recordar cómo obtuve estas heridas. Necesitaba idear una forma cruel de devolverle todo a esos hijos de puta de la Pandilla Apollo y luego desaparecer.
Justo cuando ese sangriento pensamiento de venganza se formó en mi cabeza, mi teléfono comenzó a vibrar. Lo saqué de mi bolsillo. Ah, el mismísimo rey bastardo.
—Apollo —gruñí.
El silencio en la línea avivó las llamas dentro de mí.
—¿Sorprendido de escuchar mi voz?
—Lo estoy —masculló el cabrón.
Se hace llamar el rey de la pandilla, pero es solo un punky dando órdenes a un grupo de matones menores de edad. Yo fui uno de ellos, pero nunca respeté ni seguí sus órdenes sin cuestionar; me uní a la pandilla por necesidad. Y por eso envió a tres tipos a matarme, para darles un ejemplo a los demás. Idiota sin agallas.
—¿Reg te dijo lo grandiosamente que falló? Me sorprende que hayan encontrado sus pollas.
Él será el primero en morir, ya que intentó quemarme vivo.
—Tengo mis métodos.
Lo que significaba que torturó a Reg hasta que habló. Apollo es un pedazo de mierda desagradable.
—Supongo que tu plan no salió como esperabas. La próxima vez, te sugiero que intentes matarme tú mismo —siseé, apretando mi mano herida. El dolor ardiente me enfureció aún más.
—Puedes contar con ello, Jungkook. Correr es inútil. —Sonaba tan rematadamente engreído, pero podía imaginar claramente su rostro poniéndose rojo, los puños cerrándose, los ojos entrecerrados llenos de odio—. Te di la bienvenida, te saqué de la calle, te di un trabajo, te alimenté, y todo lo que pedí a cambio fue que siguieras mis órdenes.
¿Órdenes? Más bien cada capricho enfermo de él.
—¡No lastimo niños ni mutilo animales por placer! —escupí entre dientes apretados.
Soltó uno de sus gruñidos de rabia.
—¡Me importa una mierda! Fuiste una molestia absoluta desde el primer día.
—Y va a empeorar, Apollo.
Se rio entre dientes, esa risa de Joker loco que me irritó hasta el hartazgo.
—Ya estás muerto.
—¡Vigila tu espalda, idiota!
Terminé la llamada y, con manos temblorosas, volví a meter el teléfono en el bolsillo de mis pantalones. Dije muchas bravuconadas, pero la verdad era que estaba solo, y Apollo tenía una pandilla entera detrás de él.
Cuando la primera gota de lluvia golpeó mi nariz, un chico apareció en la entrada de la zona de fumadores. Era larguirucho, vestía una camiseta holgada que exponía su delgado hombro izquierdo y unos vaqueros negros ajustados. Gritaba dinero y prepotencia con su andar seguro, la nariz respingada y las botas de cuero con punta de acero.
Debo parecer la basura que soy a su lado. No es ninguna novedad para mí. Vengo de la escoria de la tierra. Está en mis genes. Debo asumirlo.
Él no sacó un cigarrillo, sino que se quedó parado a mi lado, tecleando en su brillante iPhone. Pude ver un vendaje que cubría su espalda, asomándose por debajo de su camisa. Era un paciente como yo, pero apostaría a que nunca había puesto un pie en una de las habitaciones de cuatro camas que estaba compartiendo en este momento. Debe haber una zona VIP o algo así.
Las gotas de lluvia siguieron cayendo lentamente, pero ninguno de los dos se movió. Hacía un puto calor, un poco de lluvia podría ayudar a refrescar el aire. O tal vez era solo que me gustaba la sensación húmeda, el olor intenso y la vista purificadora de esta. Me transportaba a tiempos un poco menos de mierda.
—¿Es tu primer rodeo? —Una voz se deslizó en mis pensamientos.
Por el rabillo del ojo, vi al chico, sus ojos en forma de almendra todavía fijos en su teléfono. No había nadie más aquí aparte de nosotros, así que su pregunta debía ir dirigida a mí. Sin embargo, no tenía ganas de contestar. Vine aquí a encontrar algo de puta paz. Tiré la colilla de mi cigarrillo hacia el cenicero; golpeó el borde de metal y luego cayó al suelo.
—Tipo callado, ¿eh? —afirmó, guardando su teléfono para desenvolver un chicle—. No lo fuiste hace unos minutos en el teléfono cuando amenazaste de muerte a Apollo. Por cierto, ese es el nombre más patético que existe. Odio a ese cabrón.
Me tensé al instante. Dijo que lo odia, pero ¿y si Apollo lo envió? Los menores de edad con el cerebro lavado eran lo suyo.
—¿Tienes por costumbre escuchar a escondidas?
—Hablabas tan alto que mi primo pudo haberte oído desde Japón.
Le di un gruñido molesto. Aún alerta, volví a agarrar los cigarrillos y encendí otro. Como no podría volver a fumar hasta esta noche, cuando planeaba huir, mejor que me diera mi dosis completa ahora.
Lo miré mientras daba una larga calada. Ojos de color marrón intenso, pómulos altos y cabello negro grueso, verde en las puntas.
—¿Te hizo eso Apollo? ¿Convertirte en un extra de una película de zombis?
Levantó una ceja hacia mí mientras se deslizaba un largo trozo de goma de mascar roja en la boca. Canela por el fuerte olor. Sus ojos revolotearon por todo mi rostro, deteniéndose en mi oreja quemada y deformada y la visible piel roja.
Lo fulminé con la mirada. La gente me había estado mirando o evitando mi cara durante las últimas dos semanas, especialmente cuando no tenía los vendajes. Sé que parezco un puto monstruo, pero nadie me lo había dicho a la cara de forma tan descarada y grosera.
Me sonrió con aire de suficiencia mientras sentía que todos los músculos de mi cuerpo se tensaban.
—¡Vete a la mierda!
Mi insulto pareció emocionarle. De toda la gente que pude conocer, tenía que ser este maldito loco. Me moría de ganas de convertir su cara sonriente en un desastre gelatinoso, a pesar de que las quemaduras en mi brazo y mano izquierdos todavía me dolían.
¡A la mierda! Di un paso hacia él, pero me detuve cuando pronunció:
—Yo no lo haría, si fuera tú.
—¿Por qué? —siseé, queriendo aún más golpearlo en su arrogante cara.
—No sería una pelea justa... para ti.
Bufé. Era un poco más bajo y más pequeño que yo. ¿Pensaba que perdería por mis quemaduras? He tenido cosas peores. Mucho peores.
Levanté los puños, listo para mostrarle lo equivocado que estaba, cuando dos tipos con trajes negros llenaron la entrada de la zona de fumadores. Me miraron a mí y luego al chico. Uno de ellos dijo algo en un idioma extranjero. Sonó a japonés. Me recordó al dueño de la pequeña tabaquería cerca del antro donde solía vivir. Cuando iba a comprar cigarrillos para mi padre, el viejo siempre estaba sentado detrás del mostrador viendo una película de samuráis en su pequeño televisor.
El chico contestó. Su tono era áspero y severo, como si él fuera el que estaba al mando. Los dos hombres hicieron una reverencia y se marcharon, moviéndose a pocos metros en la acera. Pude ver los bultos en los costados de sus chaquetas; llevaban armas. Crecer entre matones me hacía detectar fácilmente cosas de las que un chico de quince años no debería ser consciente.
¿Quién carajos es este tipo?
—¿Aún quieres golpearme? —preguntó, masticando ruidosamente ese chicle.
—Más que antes —admití. Mi vida ya es una mierda, un poco más no me dolerá tanto.
Se rio entre dientes, la viva imagen de la despreocupación. Tenía sentido, aunque nada más lo tenía. Tenía a dos hombres armados esperando para joderme, ¿por qué iba a tenerle miedo a un bicho raro medio herido como yo?
—¿Cuál es tu nombre?
Como no respondí, agregó:
—Te vi con esa tipa en la entrada del hospital… La trabajadora social. Ella estaba hablando de tu accidente y planes futuros. — Enfatizó la palabra.
¿Qué escuchó? Intenté recordar lo que esa maldita me había dicho. Entrecerré los ojos con sospecha hacia él.
—¿Me seguiste hasta aquí?
—Por favor. Solo me apetecía un poco de humo de segunda mano.
Así que sí me había seguido.
—Luego comenzaste a prometer sangre y dolor por teléfono, y se puso más interesante. —Hizo una pausa, sus ojos moviéndose entre los míos—. ¿Qué tal si te doy una ayudadita?
Bufé con incredulidad. ¿Quién carajos era este tipo?
—¿Una ayudadita?
—Para eliminar a ese cabrón.
—¿Apollo? —¡¿Estaba bromeando?! Joder, estaba loco—. ¿Por qué?
Hizo un chasquido con el chicle en su boca.
—Tengo algo de energía en ebullición para desahogar y una cuenta sangrienta que saldar con él. Odio a ese idiota con toda mi alma.
Así que para él también era personal. Apollo era un psicópata al que le gustaba lastimar a la gente; tenía bastantes enemigos.
—¿Fuiste parte de su pandilla?
—¿Tan estúpido te parezco? —Una indirecta clara hacia mí. Me hizo erizar el pelo de la nuca—. Afortunadamente, tú sí lo fuiste. TTener a un tipo que conoce los puntos débiles de la banda significa victoria segura para mí al destrozarle la fea cara.
—¿No escuchaste la llamada? Quiere matarme. Él me causó estas quemaduras.
Señalé mi cara y mi cuerpo con la mano.
—No soy ciego. Ciertamente no terminaste en este hospital por la comida. Además, es imposible no ver tu cara chamuscada.
—Como si tú te vieras mejor —lo interrumpí, apretando los dientes ante el horrible recuerdo de la insoportable sensación de mi piel derritiéndose, el terrible olor a quemado, mis gritos desgarradores. La angustiosa comprensión de que estaba a punto de morir. Sin embargo, no morí.
Desafortunadamente, él siguió hablando.
—Sí me veo mejor. Deja de señalar lo obvio. Apollo fue por ti y fracasó; ahora es tu turno de ir por su yugular. Mi urgencia de ayudarte simplemente proviene de la infinita bondad de mi corazón.
Se presionó ambas manos, perfectamente arregladas, sobre su corazón en un gesto melodramático. Mi mirada seria no vaciló mientras ponía una expresión de vete a la mierda en mi rostro.
Dejó caer los brazos.
—Muy bien, intentó jugar conmigo, y ahora se la devolveré diez veces más. El hijo de puta no sabe contra quién se está metiendo.—Señaló su espalda, donde estaban los vendajes. ¿Se lo hizo Apollo a él?—. Estarás bien conmigo. Puedo hacer lo que me dé la regalada gana con una familia rica y poderosa que me respalda.
Lancé una mirada a los dos hombres corpulentos parados en la acera y luego deslicé mis ojos sobre su ropa de diseñador. Su familia debía estar jodidamente forrada.
—No me digas.
—Todas las personas que conozco quieren usarme o están cagadas de miedo.
Su declaración me recordó una vez más los vendajes.
—Yo no. Yo solo quiero lastimarte un poco… mucho —le dije, dando la última calada antes de arrojar la colilla al cenicero. Esta vez acerté.
Él sonrió. Sí, era un maldito lunático.
—¿Un poco mucho? Nadie había sido tan adorablemente franco conmigo, como un conejito suicida. Es… refrescante.
¡¿Adorablemente?! ¿Conejito?
—¿Qué tal si te refresco la cara? —gruñí, cansado de esta tontería. Mi vida de mierda me esperaba. Necesitaba regresar antes de que enviaran a uno de los guardias de seguridad del hospital tras de mí.
—Úsame. Tengo poder de fuego y hombres que pueden ayudar con mí-con tu, venganza.
La llovizna no se convirtió en un aguacero. En su lugar, estaba muriendo lentamente mientras los pensamientos se disparaban dentro de mi cabeza.
—Puedes hacerlo fácilmente sin mí, ya que tu familia es tan poderosa y rica.
—Puedo, pero técnicamente estoy yendo un poco por mi cuenta aquí. Mi familia no lo sabe y quiero que siga así. Tengo suficientes hombres, y con tu información sería pan comido, sangriento y espantoso.
Lo miré por un momento. Realmente no me importaba su vida, pero parecía demasiado fácil.
—¿Cuál es la trampa?
—Tienes que seguir mi liderazgo. —Vi el chicle rojo asomándose por la esquina de su gran sonrisa.
Me burlé en respuesta.
—¿Es difícil de tragar? Permíteme ponerlo de esta manera: pareces un solitario… un solitario muerto caminando. Apollo tiene demasiados cómplices y sabe que vas por él. Si no te mata antes de que siquiera formes un plan para atacarlo, lo hará mientras intentas todo por tu cuenta. El cabrón es una mierda, pero es astuto.
—Pareces conocerlo bien. —La sospecha resurgió dentro de mi estómago.
—Frecuentamos los mismos círculos cuando estoy en Nueva York.
Lo que significaba que era parte de una organización criminal. ¿Otra pandilla? Esos hombres que lo protegían se veían demasiado elegantes y formales.
—Entonces, no eres de estos lados.
—No. Y Apollo prolongó mi maldita estancia. Ya debería haber regresado a Los Ángeles —dejó salir más información.
Los Ángeles. Eso está lejos… pero ¿lo suficientemente lejos?
—Oye, me estoy haciendo viejo aquí. Voy a divertirme,¿quieres ser parte de esto?
Sonaba aburrido y listo para irse. Rodó el chicle entre sus dedos y luego lo tiró al cenicero. Este tipo era un maniático desquiciado y sediento de sangre, y probablemente la única persona que podría ayudarme a derribar a Apollo. Esta decisión podría cambiar el curso de mi vida.
—¿Qué tienes que perder? —preguntó con indiferencia, quitándose una pelusa invisible de su camisa.
¿Perder? Aparte de mi vida. Miré hacia abajo mientras la imagen de la carita sonriente de Jaeshik aparecía frente a mis ojos. No había visto a mi hermanito desde que se mudó a Boston hace un año. Pero siempre estaba en mi cabeza. Me preguntaba si estaba comiendo bien, durmiendo, teniendo problemas en la escuela. ¿Necesitaría más dinero? Había estado enviando casi todo lo que gané en los últimos seis meses a Bailey, la anciana que se llevó a Jaeshik a Boston. A veces nos escribimos; mi hermanito no lo sabía. Le pedí que no se lo dijera. Él querría venir a quedarse aquí conmigo, y no podía meterlo en mi lío. Quería que tuviera una vida mejor. Una buena vida.
—Tengo una condición —dije de repente. Suspiró, exasperado.
—Suéltala.
—Llévame contigo a Los Ángeles después de que acabemos con Apollo.
No se rió ni se burló. Simplemente se quedó mirándome. Era bajo y delgado, pero su mirada estaba llena de ese tipo de confianza que uno no gana al crecer; era innata.
—De acuerdo.
—¿De acuerdo?
Esto se sentía como una oportunidad única en la vida para mí, y ¿todo lo que decía era de acuerdo? ¿Me estaba tomando el pelo?
¿Iba a matarme tan pronto como nos ocupáramos de Apollo? Esa era probablemente su intención, pero ¿tenía otra opción?
—¿Qué? —Me miró extrañado—. Si no te matan, eres bienvenido a venir. Ahora mismo mis instintos te dan el visto bueno. Y en caso de que me equivoque, simplemente me desharé de ti.
Hablaba de matarme con tanta indiferencia.
—Estás tan loco como un perro.
Me dio una sonrisa malvada.
—Tengo un buen presentimiento sobre esto.
Su brazo de repente se envolvió alrededor de mi cuello en un movimiento de camaradería. Como yo era más alto, tuvo que estirar su torso para alcanzarme.
El cielo se estaba despejando mientras salíamos de la zona de fumadores.
—El auto está allí. —El chico señaló un elegante BMW negro que estaba parado con el motor encendido en una zona prohibida cerca de la acera—. ¿Dejaste algo en el hospital?
Miré el edificio alto y gris por un momento antes de negar con la cabeza. Tomé mi teléfono y mi billetera, que solo contenía cien dólares, antes de salir de la habitación del hospital. No poseía nada más.
—¿Cuál es tu nombre? —pregunté.
Me dio una palmada en el hombro antes de dejar caer el brazo.
—Jimin. Pero me gusta más Perro Loco. ¿Y tú?
—Jungkook.
Nos detuvimos frente al auto. Jimin esperó a que uno de los hombres abriera la puerta trasera. Cuando entró en el auto, dudé antes de seguirlo, pero luego me obligué a entrar. Dejé que mi cuerpo se relajara contra el suave asiento de cuero. Olía a dinero y poder allí dentro.
—Probablemente debería contarte sobre mi familia antes de que comencemos esta… sociedad. ¿Alguna vez has oído hablar de la yakuza?
Mientras seguía hablando, un viejo dicho me vino a la cabeza.
Por cada persona que pierdes en el camino, ganas otra.
Pero ¿podría alguien más llenar realmente el espacio vacío que dejó mi hermanito?