ONE SHOT
Oficina principal de Charlie, piso 45.
Atardecer. La ciudad se extiende como un tapiz de luces doradas y primeras sombras.
Charlie, traje impecable de tres piezas, mira por el ventanal, un bourbon en la mano. Su rostro, normalmente impasible y calculador, muestra una tensión inusual. Golpes en la puerta, fuertes, impacientes.
Charlie sin volverse.
—Pasa, Babe. Sé que eres tú. Solo tú golpeas las puertas como si les debieras dinero.
La puerta se abre de golpe. Babe, con jeans ajustados, botas y una chaqueta de cuero desgastada, entra como una ráfaga de aire caliente. Su expresión es un nubarrón.
—¿Tienes cinco minutos o estás demasiado ocupado planeando tu próximo envío especial a zonas de conflicto?— La última frase la dice con desprecio, clavando los ojos en Charlie.
Charlie gira lentamente, una sonrisa fría y profesional en los labios.
—Los negocios son negocios, Babe. Y no es un tema que discutamos. ¿A qué debo el…placer?
Babe se acerca, ignorando la silla frente al escritorio, se planta frente a Charlie.
—Alex. Ese es el tema.
Charlie no se inmuta, pero sus dedos se ajustan levemente alrededor del vaso.
—¿Qué pasa con Alex? Es un socio valioso. Tranquilo, eficiente…Frío.
Babe suelta una risa corta y áspera.
—Frío, sí. Pero no contigo, al parecer. Lo vi salir de aquí anoche. Y no tenía la mirada de un socio.
Un silencio espeso cae entre ellos. Charlie mantiene la mirada, desafiante.
—Mi vida personal no es de tu incumbencia.
Babe da un paso más, reduciendo la distancia a menos de un metro. Charlie puede sentir la ira casi física que emana de él.
—¿Ah no? ¿Y cuando esa vida personal se empieza a filtrar a nuestras interacciones? A nuestros negocios. Cuando empiezas a tener la cabeza en otra parte porque el señor hielo te derritió un poco el cerebro. Eso me incumbe. A mi y a todos los que dependemos de que tu cabeza esté aquí, en esta oficina, y no en las nubes…o en la cama de alguien.
Charlie con la voz baja, peligrosa.
—Cuidado con lo que dices, Babe.
—No. Tú cuidado.— Señala con un dedo duro el pecho de Charlie, aunque sin tocarlo.— Yo ya te lo dije, Charlie. Palabras claras. “No soy plato de segunda mesa”. No estoy para ser la distracción cuando el princeso Alex está ocupado, ni para calentar tu silla mientras tú juegas a los besitos con el témpano ese. Yo valgo. Valgo mucho. Y si alguna vez…alguna vez…— Su voz se vuelve un susurro cargado de furia.— decides que quieres algo conmigo, tiene que ser todo o nada. No migajas. No sobras. Tienes que ser completamente mío. Porque yo…— sus ojos oscuros relampaguean.— no comparto lo que es mío. ¿Está claro?
Charlie lo mira, atrapado en la tormenta que es Babe. Hay una brutal honestidad en sus palabras que golpea más fuerte que cualquier amenaza de negocio. Contrasta violentamente con la calma calculada, los besos silenciosos y las conversaciones intelectuales con Alex. Con Alex es un juego de ajedrez. Con Babe es jugar con fuego en un polvorín.
Charlie traga en seco, la máscara del jefe despiadado se resquebraja por un instante, mostrando al hombre confundido de 27 años.
—¿Y por qué asumes que querría algo contigo? Eres irascible, insubordinado, gritas…
Una sonrisa torcida, casi feroz.
—Porque me miras como si no pudieras decidir si estrangularme o…otra cosa. Y porque, a diferencia del muñeco de porcelana, yo sí te hago sentir algo que no sea control. Te saco de tus casillas, Charlie. Y a un tipo como tú, que lo tiene todo medido, eso lo vuelve loco.
Se da la vuelta para marcharse, dejando la declaración suspendida en el aire cargado.
En la puerta, se detiene, sin mirar atrás.
—Elige. Pero elige sabiendo que no hay vuelta atrás. Conmigo no hay términos medios. O eres mío, o no me toques. Y si eliges a Alex…— finalmente gira la cabeza, su perfil duro recortado contra la luz del pasillo.—…asegúrate de que pueda mantenerte caliente cuando el hielo de él te congele el alma.
Sale, cerrando la puerta con un golpe seco que retumba en la lujosa oficina. Charlie se queda inmóvil, el bourbon olvidado en su mano. Mira hacia el ventanal, donde las luces de la ciudad parpadean como sus propios pensamientos caóticos. Por un momento, recuerda la calma de los labios de Alex, un refugio silencioso de su mundo criminal.
Luego, la imagen de Babe, ardiendo con una verdad desgarradora, llena el espacio.
Suspira, vacía el vaso de un trago. La confusión no es solo sentimental; es estratégica. Alex es predecible. Babe es un volcán. Y en su negocio, los volcanes, aunque peligrosos, pueden ser herramientas poderosas…o la causa de tu propia destrucción. Sabe que la decisión que tome no solo definirá su corazón, sino posiblemente el futuro de su imperio…y su supervivencia.
Sala de juntas, mañana siguiente. Luz fría de neón ilumina la larga mesa de caoba. Charlie está a la cabeza, traje gris perla, proyectando una autoridad impecable. A su derecha, Alex, impecable en un jersey de cashmere color arena, toma notas en una tablet con precisión quirúrgica.
Charlie se dirige al equipo de logística.
—…los contenedores del puerto 7 deben ser priorizados. Alex, ¿te encargas de la documentación aduanera?
Alex alza la vista, sus ojos claros encuentran los de Charlie. Una sonrisa pequeña, casi imperceptible, juega en sus labios.
—Por supuesto, Charlie. Ya tengo los contactos listos. Es un procedimiento…silencioso.— La palabra la pronuncia con una suave carga de intimidad, recordando su conversación privada de la noche anterior.
Charlie asiente, conteniendo una respuesta más personal. Su mirada, casi por inercia, se desvía hacia el otro extremo de la mesa. Allí está Babe, hundido en su silla, con una libreta de espiral barata y un bolígrafo mordisqueado. Parece a años luz de distancia. No mira a Charlie. No mira a nadie.
Su concentración en las cifras del informe trimestral es absoluta, monástica.
Charlie forzando su voz a permanecer neutral.
—Babe. El informe de seguridad para el envío de la próxima semana. Necesito tu evaluación de riesgos para esta tarde.
Babe alza la cabeza por primera vez. Sus ojos se encuentran con los de Charlie, pero son planos, profesionales, vacíos de la furia o el fuego del día anterior.
—Ya está casi listo. Lo tendrás en una hora.— Vuelve a bajar la mirada a sus papeles, sin un titubeo, sin un segundo de más en ese contacto visual.
Una punzada irracional de…algo…recorre el pecho de Charlie. ¿Frustración? ¿Molestia?
Babe no lo está desafiando. No lo está calentando. Lo está ignorando. Y de alguna manera, eso es mil veces más desconcertante. Charlie observa, hipnotizado, cómo Babe desliza un dedo por una columna de números, totalmente absorto.
De repente, el teléfono de Babe, sobre la mesa, vibra con un suave zumbido. Babe lanza un vistazo rápido a la pantalla. Y entonces ocurre.
Sonríe.
No es la sonrisa sardónica y desafiante que Charlie conoce. Es una sonrisa diferente. Más suave, genuina, casi…privada. Los ojos de Babe se arrugan ligeramente en las comisuras, y por un fragmento de segundo, toda su dureza se desvanece. Toca la pantalla con la yema del dedo, un gesto rápido, casi cariñoso, antes de volver el teléfono boca abajo y retomar su concentración en la libreta.
El aire se le atora a Charlie. Siente un calor repentino subirle por el cuello. ¿Quién demonios le mandó un mensaje para sacarle esa sonrisa? ¿Una conquista? ¿Alguien más?
La confusión de la noche anterior se solidifica en una bola de desasosiego ardiente en su estómago. Él, Charlie, dueño de esta empresa, de esta sala, de la vida de todos los presentes, acaba de ser reducido a un espectador invisible por una simple sonrisa dirigida a un pedazo de vidrio y circuitos.
Su voz, suave como la seda, corta la tensión que solo Charlie parece sentir.
—Charlie, perdona la interrupción. Sobre la ruta alternativa por el corredor norte…¿prefieres qué hablemos de los detalles en privado después?— Su mirada es comprensiva, invitadora. Un puerto seguro frente a la tormenta que Babe, sin hacer nada, ha desatado dentro de Charlie.
Charlie parpadea, arrancándose de su fijación en Babe. Su voz suena más áspera de lo que pretende.
—Sí. Sí, claro. En mi oficina.
La reunión continúa, pero Charlie ya no está del todo presente. Sus respuestas son automáticas. Sus ojos, traicioneros, vuelven una y otra vez a Babe, quien sigue en su burbuja de trabajo impenetrable. La sonrisa ha desaparecido, pero su eco quema en la mente de Charlie.
Al finalizar la reunión, todos se levantan. Alex se acerca a Charlie, colocando una mano leve en su brazo.
—Pareces distraído. ¿Todo bien? Anoche…pensé que habíamos dejado las cosas claras.— Su tono es bajo, íntimo, buscando reconectar el hilo que Babe parece haber cortado con su indiferencia.
Charlie mira la mano de Alex en su brazo, luego más allá, donde Babe recoge sus cosas sin prisa, sin una mirada hacia ellos.
—Sí. Sí, claro. Solo…muchos detalles.
Babe pasa cerca de ellos, camino a la puerta.
Por un instante, Charlie cree que por fin lo mirará, qué dirá algo, que reactivará el combate. Pero Babe solo ajusta la correa de su reloj de acero, sus ojos pasan por encima de Charlie y Alex como si fueran un cuadro en la pared, y sale del salón sin una palabra.
Charlie se queda ahí, con la mano cálida de Alex en su brazo y el frío espectro de la sonrisa de Babe ardiendo en su memoria. La calma de Alex ahora le parece no un refugio, sino una superficie quieta que refleja su propia confusión. Y el fuego de Babe, al apagarse súbitamente, ha dejado una inquietud más profunda y peligrosa que cualquier llamarada. ¿A quién le sonrió? Y lo más importante: ¿por qué a él, Charlie, le importa tanto la respuesta?
Alex apretando suavemente su brazo.
—¿Mi oficina, en media hora? Podemos…hablar de lo que sea necesario.
Charlie asintiendo mecánicamente, sus ojos aún clavados en la puerta vacía.
—Sí. Media hora.
Pero en su mente, ya no es la reunión con Alex lo que ocupa sus pensamientos. Es el enigma de una sonrisa robada, y el silencioso, demoledor poder de una indiferencia que ha logrado lo que ni las amenazas ni los desafíos habían conseguido: hacer que Charlie, el jefe, el contrabandista, el millonario, se sienta completamente y desconcertantemente insignificante.
Oficina de Alex. Diseño minimalista, tonos blancos y grises fríos. La luz del atardecer entra por una ventana panorámica, bañando todo en un tono ámbar pálido. Charlie está de pie, junto a un estante de acero, revisando distraídamente un informe impreso que Alex acaba de entregarle.
Alex con voz suave, eficiente.
—Con esos ajustes, el margen de error en la aduana cae por debajo del 0.5%. Es virtualmente imperceptible.— Se acerca, dejando su tablet sobre el escritorio de vidrio.— Como siempre, la precisión es clave.
Charlie asiente, sin levantar la vista del papel.
—Mhm. Buen trabajo, Alex.
Un silencio incómodo se instala. Alex observa a Charlie, cuyo ceño está ligeramente fruncido, sus pensamientos claramente a kilómetros de distancia. Alex da un paso más, reduciendo la distancia. El aire cambia, pasando de lo profesional a lo personal.
—Charlie…— Su voz es ahora un susurro sedoso.— Pareces tenso. Anoche logré…relajarte un poco. Quizás podamos intentarlo de nuevo.
Alex se inclina, su rostro impecable buscando los labios de Charlie con la seguridad de quien espera una bienvenida. Pero justo antes del contacto, Charlie gira la cabeza, un movimiento brusco y evasivo. La expresión de Alex se congela.
Charlie con voz plana, sin emoción.
—No. No estoy de ánimo, Alex.
Alex da un paso atrás, la herida y la confusión nublando sus ojos claros por un segundo antes de que el hielo vuelva a formarse.
—¿De ánimos? ¿O es qué estás de ánimos para algo…o para alguien más?— Su tono se afila, perdiendo la calma calculada.— He notado cómo lo miras. Todo el día. Como un perro perdido. Es patético.
Charlie finalmente alza la vista. Sus ojos, que antes estaban distantes, ahora se enfocan en Alex con una intensidad repentina y gélida.
Alex continúa, un desdén sarcástico en su voz.
—¿En serio, Charlie? ¿Él? ¿El matón malhablado, el cerdo con patas qué solo sabe gruñir y causar problemas? ¿Eso es lo qué te tiene así, fuera de lugar? Porque déjame decirte que…
Charlie corta la frase con una voz que no alza el volumen, pero que cae como un mazo de acero. Su postura se endereza, la autoridad de jefe, del hombre que maneja mercancías de la muerte, llena la habitación de repente.
—Basta.
Alex se queda callado, sorprendido por el corte brusco.
Charlie avanza un paso, y ahora es él quien invade el espacio de Alex. Cada palabra es clara, cortante y deliberada.
—Ni se te ocurra volver a insultar a Babe en mi presencia. No lo pronuncies con esa boca sucia de desprecio. Él no tiene nada que ver con esto. Nada.
Alex recupera algo de su compostura, aunque una mancha roja de ira asoma en sus pómulos.
—¿Lo defiendes? ¿A él? Después de todo lo que…
Charlie lo interrumpe de nuevo, su mirada es una advertencia mortal.
—Lo que sea que vayas a decir, guárdatelo. Lo que hay o no hay entre Babe y yo…es asunto mío. Solo mío. Tu rol aquí es el de un socio. Un socio eficiente, sí. Pero un socio al fin. No te confundas.— Hace una pausa, dejando que el peso de las palabras caiga.— Y que esta sea la última vez que intentas despreciarlo o menospreciarlo. ¿Queda claro?
El silencio que sigue es helado, más frío que cualquier mirada de Alex. La máscara de calma del rubio se ha resquebrajado, mostrando una rabia y una humillación apenas contenidas. Charlie no espera una respuesta. Da media vuelta, sus pasos firmes resonando en el piso de mármol.
Alex fuerza las palabras entre dientes apretados, ya no seductor, solo amargo.
—Esto es un error, Charlie. Él te va a destruir. O tú a él.
Charlie se detiene en la puerta, sin volverse.
Su perfil es una línea dura contra la luz de la ventana.
Charlie habla con voz baja, pero cargada de una verdad que ni él mismo entiende del todo.
—Eso…también es asunto mío.
Sale, cerrando la puerta con un clic suave pero definitivo. El sonido parece aislar a Alex en su mundo de hielo y cálculos fallidos.
En el pasillo, Charlie camina hacia su oficina, pero su ritmo no es el de un vencedor. La adrenalina de la confrontación se desvanece, dejando un vacío turbulento. Ha dibujado una línea en la arena, ha defendido a Babe con una ferocidad que lo ha tomado por sorpresa incluso a él mismo. Pero Babe no está aquí para verlo. Babe está en algún lugar, probablemente sonriendo de nuevo ante su maldito teléfono, totalmente ajeno a la guerra que acaba de estallar en su nombre.
Charlie entra en su oficina, la lujosa caverna que de repente se siente enormemente vacía.
Se acerca al ventanal, la misma vista de la noche anterior, pero ahora el cielo es un lienzo de nubes tormentosas teñidas de rojo por el sol que se oculta.
"Él no tiene nada que ver", le dijo a Alex. Pero es mentira. Babe lo tiene todo que ver. Lo tiene tan enredado, tan fuera de control, que ahora está quemando puentes con la única persona que representaba orden y calma en su vida. Y por qué. Por una sonrisa que no fue para él. Por un desprecio que lo hizo sentirse invisible.
Apoya la frente contra el vidrio frío. La confusión ya no es un susurro; es un grito dentro de su cabeza. Ha elegido un bando en una batalla que ni siquiera sabe si Babe quiere pelear. Y lo peor es que, por primera vez en su vida calculada y peligrosa, Charlie no tiene ni idea de cuál será su próximo movimiento. Solo sabe que el nombre "Babe" ya no es solo una distracción. Es una declaración de guerra interna. Y acaba de encender la mecha.
Biblioteca de la mansión de Charlie. Noche.
Estanterías de roble hasta el techo, una chimenea crepitante proyecta sombras danzantes. Charlie, sin la chaqueta del traje, con la camisa desabrochada en el cuello y las mangas arremangadas, sostiene un vaso de whisky. Frente a él, en un sillón de cuero grande, Jeff, su hermano menor de 22 años, con un aire desenfadado y una sonrisa perspicaz, juega con una moneda antigua que tomó del escritorio.
—Entonces, déjame ver si entiendo.— Hace girar la moneda en sus dedos.— Por un lado, tienes al Príncipe del Hielo: Alex. Calculador, eficiente, te da besitos que no derriten ni un cubito y te habla de márgenes de error con voz de ASMR. Seguro, predecible…y tan emocionante como un informe de impuestos.
Charlie da un sorbo largo, frunciendo el ceño.
—No es tan simple. Alex representa el orden. Control. Algo que en mi línea de trabajo es un lujo.
Jeff ignora el comentario, concentrado en su teoría.
—Y por el otro lado…— Deja la moneda sobre la mesa con un clic.— Está el Huracán Babe. Te grita, te desafía, te dice que no será tu plato de segunda mesa, te hace sentir que estás a punto de ser estrangulado o besado—y la verdad, a veces es difícil distinguir cuál va primero—y hoy, lo mejor de todo, te ignoró por completo.— Señala a Charlie con la moneda.— Y eso, hermano mayor, te hizo más daño que cualquier grito.
Charlie se agita, caminando hacia la chimenea.
—No me ignoró. Estaba concentrado en su trabajo. Algo que, por cierto, debería aplaudirse. Y lo de la sonrisa…fue una simple distracción.
Jeff se ríe, un sonido claro y juvenil.
—¡Una distracción! Charlie, estabas a punto de echar humo por las orejas. Vi tu foto de seguridad en la sala de juntas.— Se inclina hacia adelante, los ojos brillando con diversión maliciosa.— Parecías un niño al que le habían quitado su juguete favorito. Eso no es molestia, Charlie. Eso es celos. Puros, crudos y sin filtrar.
Charlie gira bruscamente.
—¡Celos! Absurdo. ¿Celos de qué? ¿De un mensaje de texto?
—¡Exactamente! De un mensaje de texto que le arrancó una sonrisa que a ti no te dirige. Celos porque alguien, en algún lugar, logra sacarle ese lado que tú, el gran Charlie, no puedes alcanzar cuando él está en modo “no soy segunda mesa”. Y luego…— su voz baja, teatral.— lo de defenderlo frente al Príncipe de Hielo.
—Alex se pasó de la raya. Insultó a un miembro clave de mi organización. Fue un asunto profesional.
Jeff se levanta, caminando hacia su hermano.
—¿Profesional? Por favor, Charlie. Lo que dijiste no fue “Babe es un activo valioso”. Dijiste…— imita la voz grave y peligrosa de Charlie.— “Ni se te ocurra insultar a Babe”. Lo personalizaste. Lo hiciste tuyo. Fue protección. Tu lado protector, ese que casi nadie ve porque lo tienes enterrado bajo toneladas de contrabando y arrogancia, salió a flote como un perro guardián.
Charlie guarda silencio, mirando las llamas.
La negación que tenía lista se desvanece en su garganta. Las palabras de Jeff, dichas con la crudeza de quien no tiene nada que perder, empiezan a hacer eco en su propio caos interno.
—No sabes por cuál ir, Charlie.— Su voz se suaviza, perdiendo la burla.— Alex es el camino fácil. La calma, el control. Lo que crees que necesitas. Pero Babe…Babe es el volcán. Es desafiante, es intenso, es…real. Con Alex juegas a las parejas. Con Babe, luchas o ardes. Y tú, hermano, estás ardiendo desde que ese tipo entró en tu vida.
Charlie susurra, casi para sí mismo.
—Es…complicado.
Jeff sonríe, una sonrisa de genuina comprensión ahora.
—No, no lo es. Lo complicado eres tú tratando de meter en una ecuación algo que no es lógico.— Se acerca y pone una mano en el hombro de Charlie.— Estás enamorado de Babe. Solo que, atrapado entre el hielo que te calma y el fuego que te consume, te cuesta un mundo darte cuenta. La confusión no es entre ellos…es dentro de ti. Porque aceptar que quieres al volcán significa aceptar que estás dispuesto a quemarte.
Charlie cierra los ojos. Las imágenes se suceden: la furia en los ojos de Babe en su oficina, la sonrisa robada hoy, la sensación visceral de ira cuando Alex lo menospreció.
No es la calma de Alex lo que lo hace sentir vivo en este momento; es el caos que Babe despierta.
Charlie abre los ojos, mirando a Jeff.
—Y si me equivoco. Si todo esto es solo…una obsesión peligrosa.
Jeff encoge los hombros.
—¿Y qué? Tu vida entera es una obsesión peligrosa. Al menos esto podría hacerte feliz. O acabar contigo de una vez por todas.— Su sonrisa vuelve, pícara.— Pero no te va a dejar indiferente. Alex…Alex te dejaría cómodo, aburrido y, eventualmente, solo con tus armas y tu dinero.
Un largo silencio, solo roto por el crepitar de la leña. Charlie asiente lentamente, no en total aceptación, pero sí en rendición ante la evidencia que su hermano ha desenterrado.
—¿Qué hago ahora?
Jeff recoge su chaqueta.
—Eso, hermano mayor, ya no me toca a mí decírtelo. Pero un consejo: deja de mirar el teléfono de Babe. Y empieza a mirar al hombre. Y cuando lo hagas…asegúrate de saber qué vas a decirle. Porque con Babe, no valen los discursos del jefe. Solo valen las verdades. Aunque quemen.
Jeff sale de la biblioteca, dejando a Charlie solo con el fantasma de sus propias emociones, ahora nombradas, ahora imposibles de ignorar. Enamorado. Celoso.
Protector. Palabras ajenas a su vocabulario, pero que resuenan como un mantra en el silencio de la noche. Por primera vez, la confusión empieza a aclararse, no hacia la calma, sino hacia el centro mismo de la tormenta.
Oficina de Alex. Tres días después. Atardecer.
La luz tenue baña la oficina estéril. Alex tiene a Charlie contra el escritorio de vidrio, sus manos en el cuello de este, intentando recrear la intimidad que antes funcionaba.
Sus labios buscan los de Charlie con una urgencia metódica.
Alex entre besos suaves, calculados.
—Te extrañé…Estos días has estado tan distante…
Charlie responde mecánicamente, sus manos reposando sin convicción en la cintura de Alex. Pero su mente no está aquí. Está en el pasillo, dos días atrás, cuando Babe pasó a su lado después de una reunión. No dijo nada. Solo lo miró, y por una fracción de segundo, una sonrisa fugaz, casi imperceptible, jugó en sus labios. No era una sonrisa cálida. Era una sonrisa conocedora.
Como si supiera que Charlie había pasado la noche anterior dando vueltas en la cama, obsesionado con su propia sonrisa dirigida al teléfono.
Charlie rompe el beso, girando la cabeza.
—Alex…espera.
Alex frustrado, sus dedos se tensan.
—¿Qué pasa ahora, Charlie? ¿Otra vez «no estás de ánimos»?— Su voz gotea sarcasmo.— ¿O es qué necesitas que alguien te grite y te desafíe para poder sentir algo?
La mención, aunque indirecta, a Babe hace que Charlie se ponga rígido. Se aparta por completo, ajustándose la camisa.
—Esto…no está funcionando.
Alex ríe, un sonido seco y frío.
—Claro que no. Porque tu cuerpo está aquí, pero tu cabeza…tu cabeza está donde ese animal salvaje te la lleve. Es patético, Charlie. Te has vuelto predecible de la peor manera.
Charlie no lo niega. Solo mira a Alex, y en sus ojos ya no hay conflicto, solo una certeza cansada.
—Lo siento, Alex.
Sale de la oficina sin mirar atrás. La puerta se cierra con un suave clic, el sonido de un capítulo que termina sin estruendo.
Pasillo principal. Al día siguiente. Hora pico.
Charlie camina rápido, acompañado por su asistente, repasando la agenda. De repente, la multitud de empleados se abre y ahí está Babe, saliendo de la sala de servidores con una herramienta en la mano y una mancha de grasa en la mejilla. Sus ojos se encuentran con los de Charlie.
Babe asiente, profesional.
—Jefe.
Charlie se detiene en seco, el corazón dando un vuelco absurdo.
—Babe. Todo en orden con los servidores de seguridad.
Una ceja se levanta ligeramente.
—Siempre.— Hay una pausa. Luego, esa sonrisa. La misma de los pasillos. No es amplia, no es cálida. Es una curva sutil en los labios, acompañada de una mirada que parece ver a través de la fachada de Charlie, a través de las noches de insomnio, a través de la ruptura con Alex. Es una sonrisa que dice «Lo sé».— Si me disculpas, tengo trabajo.
Y sigue caminando, dejando a Charlie paralizado en medio del pasillo, con el latido del corazón retumbando en los oídos. Su asistente lo llama dos veces antes de que reaccione.
—Señor Charlie…¿La conferencia con los inversores de Singapur?
Charlie tosiendo, forzando la voz.
—Sí. Sí, continúa.
Oficina de Charlie. Noche. Una semana después.
Charlie está solo. Frente a él, en la pantalla de su computador, está el informe de seguridad impecable de Babe. Pero no lee las palabras. Mira la firma digital al final: «Babe. Departamento de Seguridad Física y Cibernética.» Traza la pantalla con un dedo, frustrado, obsesionado.
Charlie para sí mismo, en voz baja.
—¿Qué quieres de mí?…¿Por qué me miras así?…¿Por qué ahora solo eres profesional, después de soltar aquel discurso de «todo o nada»?…
Recuerda la voz ronca de Babe: «Sí quiero a un hombre, debe ser completamente mío… A mí no me gusta compartir lo mío, Charlie.»
De pronto, la puerta de su oficina, que creía cerrada con llave, se abre. Babe está en el marco, sin llamar, con su ropa de trabajo y una expresión impenetrable.
Charlie se pone de pie de un salto, sorprendido.
—¿Cómo entraste?
Babe encoge el hombro, acercándose con calma.
—Las cerraduras son mi especialidad. Lo sabes.— Se detiene al otro lado del escritorio, apoyando las manos en la madera pulida.— Vine a entregarte el informe físico. Pensé que te gustaría tenerlo.— Lo desliza sobre el escritorio. No es necesario; ya está digital.
Charlie lo mira, desafiante, desesperado por romper esa calma profesional.
—¿Y la sonrisa?
Babe parpadea, fingiendo inocencia.
—¿Disculpa?
—Esa sonrisa que me lanzas en los pasillos. Esa que…parece que estuvieras riéndote de mí por dentro. ¿Qué significa, Babe?
Babe lo observa por un largo momento. El aire se electriza. Finalmente, una sonrisa diferente se forma en sus labios. No es una sonrisa conocedora. Es más peligrosa. Más directa.
—Significa que veo tu batalla, Charlie. La veo desde lejos. Y es…interesante. Ver al gran jefe, el hombre que lo controla todo, perder el control por algo tan simple como una sonrisa. O la falta de ella.
Charlie avanza, rodeando el escritorio, desafiando la distancia.
—¿Y eso te divierte? ¿Jugar conmigo?
Babe no retrocede. Su mirada se vuelve intensa, el fuego asomando bajo la ceniza del profesionalismo.
—No estoy jugando, Charlie. Yo nunca juego. Te di mis condiciones. Son claras. Hasta que no tomes una decisión real, no una basada en celos o frustración, esto…— hace un gesto entre ellos.— es solo trabajo. Y yo sonrío cuando veo algo que valga la pena observar. Nada más.
Se da la vuelta para irse, pero Charlie atrapa su brazo. El contacto es eléctrico, una descarga que recorre a ambos.
Charlie con voz ronca, cargada de todo lo no dicho.
—¿Y si ya tomé una decisión?
Babe vuelve la cabeza, su perfil duro contra la luz de la lámpara. Su mirada baja hacia la mano de Charlie en su brazo, luego regresa a sus ojos.
—Entonces demuéstralo. Con hechos, no con miradas perdidas ni peleas con el témpano.— Libera su brazo con un movimiento suave pero firme.— Cuando estés listo para entrar al volcán…ya sabes dónde encontrarme. Pero ven preparado para quemarte, Charlie. Porque yo no doy segundas oportunidades.
Sale, dejando la puerta abierta y a Charlie más confundido—y más decidido—que nunca. La batalla interna ha terminado. Ahora sabe qué quiere. Pero la guerra, la verdadera guerra por conquistar a Babe, acaba de declararse. Y las reglas las pone el fuego.
Oficina de Alex. Mañana fría y despejada.
Charlie entra sin ceremonia. Alex está sentado tras su escritorio de vidrio, su expresión es una máscara de hielo agrietado.
No hay preámbulos.
—Alex. Esto tiene que terminar. De manera definitiva.
Alex deja su pluma con un clic preciso.
—¿"Esto"? Define "esto", Charlie. Porque lo que había entre nosotros ya se esfumó hace semanas. Solo quedaba el fantasma.
Charlie asiente, sin desviar la mirada.
—Tienes razón. Y es mi culpa. Permití que la confusión nublara mi juicio profesional. Ya no más. A partir de ahora, nuestra relación será estrictamente la de Jefe y empleado. Nada más.
Una sonrisa fría y desdichada se dibuja en sus labios.
—¿Empleado? Creí que era un "socio valioso". Parece que mi valor ha desaparecido.
—Tu valía para la empresa es incuestionable. Pero cualquier expectativa personal fuera de este edificio, queda anulada. Es lo más justo para ambos.
Alex se levanta, caminando hacia la ventana.
—Justo.— Ríe sin humor.— Nunca fuiste justo, Charlie. Solo eres un hombre que finalmente eligió su incendio. Espero que valga la pena cuando todo arda.
—Esa es mi responsabilidad. La tuya es seguir haciendo tu trabajo impecablemente. Como siempre.
Sin más, Charlie sale. No hay apelación, no hay negociación. Es un decreto. La puerta se cierra, y con ella, la última sombra de duda sobre su camino.
Taller de Seguridad, subsuelo de la empresa. Tres días después.
El lugar huele a aceite, metal y café fuerte.
Babe, con overol desabrochado en la cintura y una camiseta negra, está soldando una pieza de un equipo de comunicación cifrado.
Charlie aparece en la puerta, con las manos en los bolsillos del pantalón de un traje caro que grita fuera de lugar aquí.
Babe sin levantar la vista, el visor de soldadura bajado.
—Si vienes a apurar el informe, te dije que para el viernes.
—No vengo por el informe.
Babe detiene la soldadora, levanta el visor.
Su mirada es cauta, curiosa.
Charlie saca un pequeño paquete rectangular, envuelto en papel simple, de su bolsillo interior.
—Pregunté. Jeff…tiene un don para sacar información. Dijo que coleccionabas esto.
Babe se limpia las manos en un trapo sucio y toma el paquete. Al desenvolverlo, encuentra una edición prístina, primera edición de "Fahrenheit 451" de Ray Bradbury. Su libro favorito. Uno que mencionó de pasada en una conversación sobre sistemas de censura hace meses. Lo mira, luego mira a Charlie. No sonríe, pero algo se suaviza en sus ojos.
—¿Un soborno, jefe?
Charlie negó con la cabeza, serio.
—Un reconocimiento. A tu mente. A lo que te gusta. Nada más.
Babe pasa los dedos por la portada, un gesto casi reverente.
—Es…una buena edición. Gracias.
Asiente, guardando el libro con cuidado en un estante libre de grasa. La distancia física sigue ahí, pero por primera vez, hay un puente tangible.
Tejado del edificio. Atardecer de la semana siguiente.
Charlie encuentra a Babe aquí, donde a menudo va a fumar y a mirar la ciudad. Lleva dos tazas de cartón.
Babe arquea una ceja.
—¿Traes café del de la esquina? El de abajo sabe a agua sucia.
Charlie le extiende una taza.
—Con dos azúcares. Como te gusta.
Babe la acepta. Sus dedos rozan los de Charlie. Un contacto breve, eléctrico. Toma un sorbo, cierra los ojos un instante.
—Está bien. Gracias.
Charlie se apoya en la barandilla, a su lado, sin invadir su espacio.
—No voy a pretender que sé cómo hacer esto, Babe. No soy bueno con…gestos. Pero quiero que sepas que lo intento. En serio.
Babe mira de reojo, esa sonrisa conocedora asomando.
—Lo noto. El libro. El café. Pasaste por mi taller a preguntar por la nueva alarma…— Sacude la cabeza.— Es raro ver al Tigre de Acero actuar como un cachorro torpe.
Charlie se sonroja, algo que no le ocurría desde la adolescencia.
—¿Cachorro torpe?
La sonrisa de Babe se amplía, es genuina ahora, llega a sus ojos y los hace brillar con una luz que Charlie nunca le había visto.
—Sí. Torpe. Pero…— da otro sorbo de café.— sincero. Es un buen cambio.
Es la primera vez que Babe acepta algo, que no pone una barrera inmediata. Charlie siente una oleada de esperanza tan violenta que casi lo aturde.
—No voy a rendirme, ¿sabes? Por mucho que pongas esa cara de gruñón.
Babe mira hacia el horizonte, donde el sol se hunde entre los rascacielos.
—Nadie te lo está pidiendo.— Pausa.— Pero las palabras son fáciles, Charlie. Yo necesito ver. Necesito creer.
Charlie giró para enfrentarlo, su voz es un susurro cargado de determinación.
—Entonces mírame. Porque cada gesto, cada libro, cada taza de café…es para ti. Solo para ti. No hay nadie más. No lo habrá.
Babe sostiene la mirada. El aire entre ellos palpita con promesas no dichas y batallas pasadas. En los ojos de Babe, tras la cautela, Charlie puede ver un destello de esa misma felicidad feroz y contenida que él siente ardiendo en su propio pecho. No es un "sí".
Pero ya no es un "no". Es un "sigue intentándolo". Y para Charlie, en este momento, es suficiente.
Babe rompe el momento, dándole un golpe suave en el brazo con el puño cerrado.
—Se está enfriando el café, jefe. No lo malgastes.
Charlie sonríe, una sonrisa amplia y real, y da un sorbo de su propio café. No importa que ya esté frío. Sabe a victoria. Al comienzo.
Taller de Seguridad - Lunes por la mañana
Charlie entra con dos bolsas de papel. Babe está desmontando un complejo sistema de cámaras, con los brazos cubiertos de grasa hasta los codos.
Babe sin mirar.
—Si es otro libro raro, te advierto que ya no tengo espacio en el estante.
Charlie coloca una bolsa al lado de las herramientas.
—Es mejor que un libro. Son tacos al pastor de "El Güero". Los auténticos, de ese puesto callejero que dijiste que eran los mejores de la ciudad.
Babe deja caer la llave inglesa. Se limpia las manos rápidamente en un trapo y abre la bolsa. El aroma a especias, cebolla y piña inunda el aire. Mira a Charlie con genuino asombro.
—¿Cómo diablos…? Ese puesto está a 45 minutos de aquí en el mejor de los casos, y solo abre de noche.
Charlie se encoge de hombros, intentando parecer casual.
—Jeff tiene sus contactos. Y yo tengo mis…persuasiones. Pensé que podrías desayunar algo que no fuera café quemado y resignación.
Babe toma un taco y le da un mordisco.
Cierra los ojos un instante, un gruñido de puro placer escapando de su garganta. Es el sonido más erótico que Charlie ha escuchado en su vida.
Babe con la boca llena.
—Esto…esto es un acto de guerra sucia, Charlie. No se juega con los tacos de un hombre.
Charlie sonríe, recostándose contra una mesa de trabajo.
—No es un juego. Es un recordatorio. De que estoy prestando atención. A lo que dices, a lo que te gusta. A todo.
Babe lo mira mientras mastica, ese destello de felicidad feroz asomando de nuevo, mezclado con una incredulidad encantada.
—Estás loco. Completamente loco.
—Solo por ti.
Oficina de Charlie - Miércoles por la tarde
Babe entró sin anunciarse, con un informe.
Charlie está en una llamada tensa en francés, negociando un envío. Su rostro es una máscara de impasibilidad, pero sus nudillos están blancos de apretar el teléfono. Babe se queda quieto, observando.
Charlie cuelga bruscamente y se frota los ojos, el estrés palpable en sus hombros..
—Mierda.
Babe avanzando.
—Problemas con el "distribuidor" de Marsella.
Charlie asiente, exhausto.
—Siempre problemas.— Mira a Babe, y sin pensar, la verdad se le escapa.— A veces odio esta vida, Babe.
Es una confesión enorme, vulnerable. Algo que Charlie jamás le diría a Alex. Babe no se burla. No se aleja. Deja el informe en el escritorio y se acerca.
Babe con voz más suave de lo habitual.
—Pero es la vida que elegiste. Lo que eres bueno haciendo.— Hace una pausa.— Y no la odias tanto cuando tienes a quien proteger con ella, ¿o sí?
Charlie alza la vista, sorprendido. Babe lo está mirando con una intensidad nueva, no desafiante, sino…comprensiva. Casi protectora.
—Tal vez…tal vez ahora tengo una razón mejor para hacerla bien. Una razón que no es solo dinero o poder.
Babe sostiene su mirada, y por un momento, no hay distancia. Solo dos hombres en la tormenta, reconociéndose mutuamente. Babe asiente, una vez, como si hubiera recibido una confirmación importante.
—El informe. Todo está verde. Duerme un poco, jefe. Pareces un fantasma.
Sale, pero deja la puerta entreabierta, y un silencio menos pesado en la habitación.
Aparcamiento privado - Viernes por la noche
Charlie encuentra a Babe junto a su motocicleta, una Bestia negra y cromada, intentando arrancarla. El motor solo tose.
Babe patea la rueda con frustración.
—¡Maldita sea!
Charlie se acerca, con una sonrisa.
—¿Problemas con la reina?
Babe gruñe.
—No es momento, Charlie.
Charlie saca un pequeño estuche de su bolsillo y se lo tiende.
—Aquí.
Babe lo abre. Dentro hay una llave de bujía de aleación de titanio, de alta gama, exactamente el modelo que su moto necesita.
Mira la pieza, luego a Charlie, sin palabras.
Charlie rasca su nuca, un gesto inusualmente tímido.
—Dijiste la semana pasada que la necesitabas, pero que el fabricante tenía meses de retraso. Llamé a unos…contactos en Alemania.
Babe toma la bujía, el peso perfecto en su mano.
—Esto…esto cuesta una fortuna. Y los contactos en Alemania no son "contactos", son la fábrica.
Charlie se encoge de hombros.
—Para ti no es una fortuna. Es una bujía. Para que tu reina vuelva a rugir.— Su voz baja, llena de significado.— Quiero oírla rugir.
Babe lo mira, y la última capa de distancia profesional se resquebraja. No hay sonrisa conocedora, ni cautela. Hay algo crudo, real y abierto en su rostro.
Babe sacude la cabeza, una risa ronca escapando.
—Dios, Charlie…¿Qué estás haciendo conmigo?
Charlie da un paso adelante, ya sin miedo.
—Lo único que sé hacer cuando quiero algo con toda mi alma. Perseverar. Demostrarte que mis palabras tienen peso. Que cuando dije que eras mío y yo tuyo…lo decía en serio.
El aire chispea. Babe no retrocede. Su mirada recorre el rostro de Charlie, buscando mentiras, encontrando solo esa terquedad ardiente que lo ha vuelto loco desde el principio.
Babe susurra.
—Todavía no has dicho las palabras, Charlie.
Charlie inhala profundamente, tomando la mano de Babe, la que sostiene la bujía, y envolviéndola con las suyas. El metal frío entre sus palmas calientes.
—Te quiero, Babe. No estoy confundido. No estoy jugando. Te quiero a ti, solo a ti, con todo tu fuego y tus condiciones. Y voy a seguir diciéndolo, y demostrándolo, cada maldito día, hasta que me creas.
Babe se queda inmóvil, la declaración resonando en el silencio del aparcamiento.
Luego, lentamente, gira su mano para entrelazar sus dedos con los de Charlie, apretando la bujía entre ellos.
Babe con su voz gruesa, cargada de una emoción que ya no oculta.
—Eres el hombre más terco e insoportable que he conocido.— Hace una pausa, sus ojos brillando.— Y la bujía…es perfecta.
No dice "te quiero" de vuelta. No dice "sí". Pero el apretón en la mano de Charlie, la rendición en sus ojos, y la aceptación total en su gesto, dicen más que mil palabras. Por primera vez, Charlie no siente la distancia.
Siente el calor del volcán, muy cerca, y está listo para arder.
—¿Y la moto?
Una sonrisa de lobo, verdadera y desenfrenada, se extiende por el rostro de Babe.
—Mañana. Hoy…— tira suavemente de la mano de Charlie, alejándolo de la moto.— tienes otras cosas que hacer. Como explicarme cómo diablos conseguiste esto en una semana.
Y guiándolo de la mano, Babe lo lleva de regreso al edificio, la bujía guardada como un talismán, la distancia finalmente rota, y un nuevo entendimiento, ardiente y prometedor, ardiendo entre ellos.
Oficina de Charlie - Un mes después. Una tarde lluviosa.
La lluvia golpea los ventanales. Charlie está revisando contratos, sumergido en el mundo de acero y amenazas veladas. La puerta se abre sin aviso. Es Babe. No lleva overol. Va con jeans ajustados y una sudadera negra con capucha, el pelo despeinado por la humedad. Trae el olor a lluvia y a él mismo.
Babe se acerca al escritorio, ignorando por completo la silla del visitante.
—¿Sigues aquí? Es casi de noche.
Charlie deja el bolígrafo, una sonrisa inmediata iluminando su rostro.
—Los envíos no se coordinan solos. ¿Y tú? Pensé que hoy tenías día libre.
Babe apoya las manos en el borde del escritorio, inclinándose hacia adelante. Su mirada es una mezcla de diversión y algo más oscuro, más intencional.
—Lo tenía. Pero se me ocurrió que tal vez el jefe necesitaba un descanso.— Su voz es un susurro ronco.— Un verdadero descanso.
Charlie siente que el aire se espesa. Babe se mueve lentamente, rodeando el escritorio hasta quedar a su lado. No toca, solo invade el espacio con una confianza nueva, seductora.
Babe se inclina, sus labios a centímetros del oído de Charlie.
—Todo ese papel…te va a volver loco.
Antes de que Charlie pueda responder, Babe se endereza. Pero en el movimiento, sus labios rozan, con una precisión deliberada, la comisura de los labios de Charlie. Es un contacto fugaz, cálido, cargado de promesas.
Un beso que no es beso, un roce que lo incendia todo.
Charlie contiene la respiración, el papel olvidado entre sus dedos.
—Babe…
Babe ya se está alejando hacia la puerta, una sonrisa de pura seducción y diversión en su rostro, un brillo triunfal en los ojos.
—No trabajes demasiado tarde. Alguien tiene que probar esos nuevos tacos que "descubriste". Te espero abajo en diez minutos. Si no bajas, me los como todos.
Sale, dejando a Charlie con el fantasma del roce en su piel y el latido del corazón acelerado. Toca la comisura de sus labios, donde el fuego de Babe acaba de marcar su territorio.
Cocina de la mansión de Charlie - Dos meses después. Noche.
Jeff los dejó hace rato, con una mirada cómplice. Charlie lava los platos de la cena (algo simple que cocinaron juntos, un desastre que sabía a gloria). Babe está recostado contra la isla de la cocina, observándolo con una expresión suave, relajada.
—Nunca pensé ver al gran Charlie, señor del contrabando, lavando un sartén quemado.
Charlie lanza una sonrisa por encima del hombro.
—Hay muchas cosas que no sabías de mí. Y que voy a disfrutar mostrándote.
Babe se acerca silenciosamente. Rodea su cintura con los brazos por detrás, apoyando la barbilla en su hombro. Charlie se tensa por un segundo, luego se relaja, hundiéndose en el contacto. Es la primera vez que Babe inicia una cercanía así, tan doméstica, tan posesiva.
Babe susurrando contra su cuello.
—¿Cómo qué?
Charlie gira lentamente dentro de su abrazo, enfrentándolo. Sus manos, aún húmedas y jabonosas, se posan en las caderas de Babe.
—Como que me gusta más esto que cualquier cena de cinco estrellas.— Se inclina, buscando sus labios, pero Babe gira la cabeza, una sonrisa juguetona en los labios.
—Ah, ah…no tan rápido.
En vez de en los labios, Babe coloca otro beso deliberado, suave, en la otra comisura de la boca de Charlie. Es lento, sensual, y se aleja solo lo suficiente para ver el efecto en los ojos oscurecidos de Charlie.
Su voz es un ronroneo satisfecho.
—Te gusta que te torture así, ¿verdad, jefe? Poco a poco.
Charlie resopla, una mezcla de frustración y deseo absoluto.
—No es tortura si es contigo. Es…entrenamiento. Para cuando finalmente decidas darme un beso de verdad.
Babe ríe, un sonido profundo y genuino que llena la cocina, y acerca sus labios al oído de Charlie.
—¿Quién dice que estos no son de verdad? Son los más reales que he dado en mi vida. Cada uno es una promesa, Charlie. Y a mí…me gusta hacer las cosas con intención.
Se separa, dándole una palmadita en el trasero antes de volver a la isla, dejando a Charlie prendido, con las comisuras de los labios ardiendo y el corazón atrapado en la garganta.
Helicóptero privado de Charlie - Un atardecer, tres meses después.
Están volando de regreso de una "revisión de seguridad" en una de las instalaciones portuarias más remotas. El sol se pone en un estallido de naranjas y púrpuras. Babe, en el asiento del copiloto, mira el horizonte, relajado.
Charlie por el intercomunicador interno, su voz suena íntima en los auriculares de Babe.
—¿Estás contento con las modificaciones?
Babe asiente, mirándolo.
—Sí. Están bien. Eres rápido aprendiendo, para ser un civil con manos de contable.
Charlie sonríe.
—He tenido un maestro exigente.
Babe desabrocha su cinturón de seguridad y se mueve con la confianza de un gato en el espacio reducido, arrodillándose frente al asiento de Charlie. El piloto, bien pagado, mira fijamente al frente.
Babe quita suavemente los auriculares a Charlie.
—Cierras los tratos con palabras, ¿verdad, Charlie? Con charlas suaves y amenazas veladas.
Charlie con la garganta seca.
—Es…una herramienta.
Babe asiente, su mirada bajando a los labios de Charlie.
—Yo cierro mis tratos con acciones. Con certeza.— Se inclina. Charlie espera el roce en la comisura, el juego de siempre. Pero esta vez, Babe pasa justo al lado de sus labios, su aliento caliente en su piel, y susurra.— Te he hecho esperar mucho, ¿no?
La voz de Charlie es un hilo.
—Cada segundo ha valido la pena.
Babe finalmente, esta vez, no se detiene en la comisura. Captura los labios de Charlie en un beso verdadero, profundo, consumidor. No es un roce. Es una posesión. Un sello. Cuando se separa, ambos jadean. Babe le acaricia el labio inferior con el pulgar, su sonrisa es de fuego líquido, de conquista y entrega total.
—Las palabras están bien, Charlie. Pero esto…esto es lo que querías, ¿no? Todo o nada.
Charlie no puede hablar. Solo asiente, atrapando la mano de Babe y llevándola a sus propios labios para besarla. La barrera ya no existe. El juego de seducción ha terminado. El volcán ha erupcionado, y Charlie está más que dispuesto a arder en sus llamas para siempre.
Babe recupera su asiento, con una sonrisa de completa y absoluta felicidad salvaje.
—Ahora…llévame a casa, jefe. Tenemos que practicar más este…cierre de trato.
Y mientras el helicóptero se dirige hacia la ciudad iluminada, Charlie sabe que finalmente ha conquistado lo que más importaba. No con promesas vacías, sino con paciencia, con acciones, y con la certeza de que, en el fuego de Babe, ha encontrado su verdadero hogar.
Dormitorio principal de la mansión. Medianoche.
La habitación está sumida en una penumbra azulada, rota solo por la luz de la luna que se filtra por las altas ventanas. La puerta del baño está entreabierta, dejando escapar un haz de luz cálida y el sonido del agua deteniéndose. Babe sale, el torso desnudo aún perlado de gotas. Charlie, ya en la cama, con un pantalón de pijama de seda negra, lo observa con una intensidad que hace que el aire se espese.
Babe secándose el pelo con una toalla.
—¿Qué miras? Te conozco esa mirada, Charlie.
Su voz es un susurro grave, cargado.
—Te miro porque eres mío. Y no puedo creerlo a veces.
Babe lanza la toalla al suelo, un gesto desafiante y provocador. Esa es toda la invitación que Charlie necesita. Se levanta de la cama con la fluidez de un depredador y cierra la distancia en dos zancadas largas.
—Contra la pared. Ahora.
No es una pregunta. Es una orden suave, pero irrevocable. Babe sostiene su mirada, el desafío brillando en sus ojos, pero obedece, dejándose empujar suavemente contra el frío papel pintado de seda. Charlie lo captura en un beso que no tiene nada de suave. Es voraz, devorador, un reclamo de años de tensión acumulada. Sus manos agarran las caderas de Babe, apretando a través de la toalla.
Babe jadeando contra sus labios.
—Así…así me gusta. Sin rodeos.
Charlie responde deshaciendo el nudo de la toalla con tanta destreza que cae al suelo.
Sus manos recorren la espalda desnuda de Babe, bajan por la hendidura de su columna, se aferran a sus glúteos desnudos. El gemido que sale de Babe es puro incentivo.
Charlie separándose solo un centímetro, su aliento caliente en la boca de Babe.
—Te necesito. Ahora. De todas las maneras.
La devoción en sus ojos al mirar hacia arriba, con Babe entre él y la pared, es casi religiosa.
—Enreda tus piernas en mi cintura, mi amor.— Su voz es áspera con el deseo.— Quiero sentir todo tu peso.
Babe, con un gruñido de impaciencia, obedece, enroscando sus piernas alrededor de la cintura de Charlie. El contacto piel con piel es electrizante. Charlie se levanta, sosteniéndolo sin esfuerzo, empujándolo más firmemente contra la pared. Una mano sostiene firmemente a Babe; la otra, húmeda con saliva, baja entre sus cuerpos.
Babe enterrando su cara en el cuello de Charlie, mordiendo la piel allí.
—Charlie…hazlo.
Charlie susurrando contra su oreja, mientras un dedo, luego dos, encuentran su entrada y comienzan a presionar, metiéndose con firmeza pero sin prisa.
—Lo sé. Sé lo que necesitas…mi amor. Necesitas esto.— Los dedos se hunden completamente, un movimiento lento y penetrante que arranca un grito ahogado a Babe.— Necesitas que te abra, que te prepare para mí. Para que sientas cada centímetro cuando esté dentro.
Charlie comienza una masturbación metódica y profunda con sus dedos, un movimiento de entrada y salida que es a la vez posesivo y reverente. Su boca no descansa: devora la de Babe, luego se traslada a su cuello, chupando y mordiendo marcas que solo él verá. Babe le corresponde con igual ferocidad, sus dientes en la mandíbula de Charlie, sus labios en su boca, susurrando obscenidades entre besos.
Babe jadeando.
—Más…Di más. Quiero oír tu voz.
Charlie jadeando, los dedos moviéndose más rápido, más húmedos, el sonido obsceno llenando el espacio entre ellos.
—Eres tan estrecho…tan caliente para mí. Me vas a volver loco cuando esté dentro.— Muerde el lóbulo de la oreja de Babe.— Vas a gemir mi nombre hasta que se te rompa la voz, mi amor. Vas a apretarme como si tu vida dependiera de ello…y voy a mirarte mientras te lleno, mientras te hago completamente mío.
Los dedos de Charlie se curvan, buscando y encontrando ese punto que hace que Babe se arquee violentamente, un grito desgarrado saliendo de su garganta. Charlie ahoga el sonido con otro beso profundo, bebiéndose su éxtasis.
Charlie con voz temblorosa con el esfuerzo y la emoción.
—Eso es…Mira lo hermoso que eres para mí. Todo esto…— acentúa el movimiento de sus dedos.— es mío. Esta reacción…es mía. Eres mío, Babe. Solo mío.
Su rostro está vuelto hacia la luz de la luna, los ojos cerrados, la boca entreabierta en éxtasis.
—¡Tuyo! ¡Sí, Charlie, tuyo! ¡No pares…por favor, no pares!
La escena es una danza cruda de posesión y entrega. La pared sostiene a Babe, Charlie lo sostiene, y sus dedos, trabajando incansablemente, prometen una unión más profunda, una consumación que ambos han estado esperando desde el primer desafío. El aire está cargado con el sonido de sus respiraciones entrecortadas, los gemidos ahogados, las palabras obscenas y los susurros de "mi amor", que Charlie repite como un mantra, sellando cada jadeo, cada temblor de Babe, como su propiedad más preciada.
Continuación en el dormitorio.
Charlie, con un movimiento fluido y poderoso, despega a Babe de la pared, llevándolo en sus brazos hacia la cama. La luna ilumina ahora los torsos sudorosos, los músculos tensos. Babe cae sobre las sábanas de seda negra, sus piernas aún enredadas alrededor de Charlie, quien se posiciona entre ellas, su mirada ardiente fija en el rostro de su amado.
Charlie con voz ronca, una promesa en cada sílaba.
—¿Listo para mí, mi amor?
Sin esperar respuesta, Charlie alinea su cuerpo y, con un solo embiste controlado pero implacable, se hunde en Babe hasta el fondo.
El grito que escapa de Babe no es de dolor, sino de una sobrecarga de sensación, de la intensidad de ser tomado de manera tan completa y definitiva. Es un sonido que resuena en la habitación y se clava en el alma de Charlie.
—¡Charlie! ¡Dios…!
Charlie se congela por un instante, embobado en la sensación abrumadora. Un escalofrío recorre su espina dorsal. Luego, una sonrisa lenta y peligrosa se dibuja en sus labios. Es la sonrisa del cazador que ha capturado a su presa, del hombre que ha encontrado su hogar en el cuerpo de otro. Siente el interior de Babe, ardiente, ajustado, palpitando a su alrededor, y es la sensación más perfecta que ha experimentado.
Charlie con un gruñido visceral.
—Así…así es. Eres perfecto. Me ajustas como un guante hecho solo para mí.
Babe, aún recuperando el aliento, ve esa sonrisa en los ojos de Charlie. No es una sonrisa de triunfo vano, sino de una posesión tan profunda que raya en lo espiritual. Le causa escalofríos, del tipo que nace en la base de la columna y se extiende como fuego líquido por todo su cuerpo. Esa sonrisa lo derrite y lo enciende a la vez.
Babe susurrando, la voz cargada de una emoción que lo desarma.
—Mi amor…
Los ojos de Charlie destellan. Se inclina, apoyando las manos a cada lado de la cabeza de Babe, su movimiento aún detenido pero la tensión eléctrica entre ellos palpable.
Charlie ordenando, su voz es un latigazo suave pero firme.
—Repítelo.
Babe atrapado en su mirada, repite, cada vez con más convicción.
—Mi amor…Mi amor…Eres mi amor, Charlie.
Es como si las palabras liberaran a Charlie.
Comienza a moverse, un ritmo poderoso y posesivo, cada embestida una reafirmación de su reclamo. Su boca no descansa: besa, chupa, muerde y lame la boca de Babe, luego su cuello, la oreja, bajando para tomar un pezón entre sus labios, mordisqueando y lamiendo hasta que Babe se arquea con un gemido.
Babe responde con la misma ferocidad, sus manos agarrando los hombros de Charlie, su boca atacando el cuello, los pectorales, mordiendo la carne dura y sudorosa, marcándolo como suyo. Sus uñas se clavan en la espalda de Charlie, dejando surcos rojos y ardientes, un recordatorio tangible de su pasión.
Charlie jadeando entre besos y mordiscos.
—Eres tan profundo…me tomas todo…mi amor.— Una embestida particularmente violenta.— Siento que me vuelves loco…que me extraes el alma con cada gemido.
Babe gimiendo, las lágrimas de pura emoción asomando en sus ojos.
—¡Más fuerte! ¡Siento que te pierdo…que no estás lo suficientemente dentro!
Charlie con un gruñido, cambia el ángulo, buscando más profundo, más posesivo.
—Siempre estoy dentro de ti. En cada pensamiento, en cada respiración…— Su ritmo se vuelve más rápido, más desesperado.— Te amo, Babe…Te amo con todo lo que soy, con todo lo negro y retorcido que hay en mí.
Las lágrimas de Babe se desbordan, pero su sonrisa es feroz.
—¡Y yo te amo a ti! ¡A ti, Charlie! ¡A todo!
El acto se vuelve más violento, más posesivo.
Los golpes de cadera de Charlie son sonoros, el crujido de la cama a un ritmo obsceno. Es sexo, pero es más: es un pacto, una guerra, una fusión. En el clímax de la intensidad, con sus frentes sudorosas juntas y sus miradas enredadas, Charlie suelta la pregunta que ha estado latiendo en su corazón desde que supo lo que sentía.
Charlie con voz quebrada por la emoción y el esfuerzo.
—Sé mi novio, mi amor. Sé el segundo jefe al mando, mi igual en todo…mi pareja en esta vida de mierda y en cualquier otra que elijamos.
Babe lo mira, los ojos brillando con lágrimas, la sonrisa más genuina y deslumbrante que Charlie ha visto floreciendo en su rostro. No hay duda, no hay barrera.
—Sí. Sí quiero. Contigo…contigo siempre, Cachorro.
La palabra, que nació de una burla y se convirtió en un término de cariño íntimo, rompe algo en Charlie. Con un último gemido gutural, hunde su rostro en el cuello de Babe, el ritmo volviéndose frenético, posesivo hasta el final, mientras ambos se desintegran y reconstruyen el uno en el otro, sellando con sus cuerpos la promesa que acaban de hacer: ser pareja, ser iguales, ser uno. La violencia del acto se transforma en la ternura más feroz, y en el silencio jadeante que sigue, solo queda el calor de sus cuerpos entrelazados y la certeza de un futuro juntos.
Dormitorio de Charlie - Amanecer.
La primera luz del amanecer filtraba suaves tonos dorados y rosados a través de las persianas, pintando rayas de luz sobre las sábanas de seda negra revueltas. Charlie, aún sumergido en la pesadez del sueño y el agotamiento placentero de la noche, sintió una sensación persistente, como un leve cosquilleo en su piel. Algo…o alguien, lo estaba mirando.
Sus párpados, pesados, se abrieron lentamente. Y allí estaba.
Babe, recostado de lado sobre el codo, con la cabeza apoyada en su mano. Estaba despierto, completamente despierto, y lo observaba con una intensidad que no tenía nada de la furia de antaño. Era una mirada tranquila, profunda, cargada de una ternura posesiva que hizo que el corazón de Charlie diera un vuelco lento y pesado. El pelo oscuro de Babe estaba desordenado, sus ojos, esos ojos que solían lanzar dagas, ahora estaban suaves, recorriendo cada rasgo del rostro de Charlie como si lo estuviera memorizando. Al ver que Charlie abría los ojos, una sonrisa lenta, genuina y desarmante se extendió por sus labios.
Su voz era ronca por el sueño, pero cálida como la miel.
—Buenos días, Cachorro.
La palabra, dicha con esa suavidad matinal, hizo que una oleada de calor y pertenencia inundara a Charlie. No pudo evitar que una sonrisa de pura diversión y ternura se dibujara en su propio rostro. Con un gruñido juguetón, se estiró bajo las sábanas, sintiendo cada músculo dolorido y satisfecho.
Su voz también ronca, cargada de sueño y afecto.
—Así que tienes un lado lindo después de todo…Con lo gruñón y cascarrabias que eras antes.— Su sonrisa se volvió una mueca de picardía). Aunque lo sigues teniendo, solo que ahora…ahora poseo el pack completo. El fuego, la furia, la lealtad…y esta ternura de la mañana. Todo mío.
Babe soltó una risa baja y genuina, un sonido que resonó en el pecho de Charlie como la mejor de las melodías. Sacudió la cabeza, pero no negó nada.
—Tú también lo eras, y lo sigues siendo. Maldito idiota terco y posesivo.— Su tono no tenía la más mínima acritud; era un hecho, una declaración de amor.— Me despertaste con tus ronquidos.
Charlie fingió ofenderse, pero sus ojos brillaban.
—Yo no ronco. Eres tú el que habla en sueños. Dijiste algo sobre…¿domar un tigre?
Un rubor apenas perceptible subió por el cuello de Babe, que respondió dándole un leve empujón en el hombro. Fue el impulso que Charlie necesitaba. Con la velocidad y fuerza que aún lo sorprendían a sí mismo por la mañana, atrapó la muñeca de Babe y, en un movimiento fluido, lo giró sobre la espalda, cubriendo su cuerpo con el suyo, atrapándolo debajo de su peso. Las sábanas se enredaron más a su alrededor.
Un destello de desafío familiar apareció en sus ojos, mezclado con una anticipación ardiente.
—¿Ya empezamos? Es temprano, jefe.
Charlie inclinándose, sus labios a un centímetro de los de Babe, su voz un susurro cargado de promesa.
—Nunca es demasiado temprano para reclamar lo que es mío. Y para recordarte…quién manda aquí.
Babe no protestó. Solo emitió un suspiro ronco y hundió las manos en el pelo desordenado de Charlie, tirando de él hacia abajo para unirse en un beso lento, profundo y húmedo. No había prisa. Solo la languidez del amanecer y la familiaridad ardiente de sus cuerpos.
Charlie, mientras exploraba la boca de Babe con su lengua, bajó una mano entre ellos.
Encontró a Babe ya medio despierto, sensible, y completamente receptivo para él.
Un gruñido de satisfacción salió de su garganta. No necesitaba más preparación; la intimidad de la noche anterior y la conexión palpable entre ellos lo hacían fácil. Con una mano guiándose, se posicionó y, manteniendo el contacto visual con esos ojos oscuros que nunca dejaban de hipnotizarlo, se hundió dentro de Babe en un solo movimiento, lento pero implacable.
Babe arqueó la espalda, un jadeo ahogado escapando de sus labios contra los de Charlie.
—Charlie…ahí…
Era diferente al sexo posesivo y violento de la noche. Esto era más…doméstico. Íntimo. Un reencuentro silencioso, una reconfirmación.
Charlie comenzó a moverse con un ritmo pausado y profundo, cada embestida una caricia interna que hacía que Babe cerrara los ojos y se aferrara a él.
Charlie susurrando entre besos suaves que dejaba en la comisura de su boca, en su pómulo.
—Te tengo…mi amor…Aquí, dentro de mí…y debajo de mí…Es donde perteneces.
Babe abriendo los ojos, su mirada turbia por el placer.
—Sí…Siempre…Aquí. Solo aquí.
No hubo más palabras necesarias. Solo el sonido de su respiración sincronizada, el crujido leve de la cama, los suspiros y gemidos ahogados que se mezclaban con la luz cada vez más brillante del amanecer.
Charlie se perdió en la sensación de tener a Babe así, rendido y receptivo, disfrutando cada centímetro de su posesión matutina. Era posesivo, sí, pero era una posesión mutua, un intercambio de calor y pertenencia que iba más allá del simple acto físico.
El clímax los alcanzó de manera suave pero intensa, una ola de calor que los recorrió a ambos, sellando el nuevo día con la misma promesa con la que habían sellado la noche.
Charlie se derrumbó sobre Babe, enterrando su rostro en su cuello, inhalando su esencia mezclada con sudor y sueño.
Babe acariciando suavemente el pelo húmedo de Charlie.
—Definitivamente…el mejor paquete completo que he tenido.
Charlie rió, una vibración profunda contra el pecho de Babe, y lo apretó con más fuerza, sabiendo que, por primera vez en su vida complicada y peligrosa, el amanecer traía consigo no problemas o amenazas, sino la calidez y el fuego de su hogar, finalmente encontrado.
Comedor principal de la mansión. Mañana soleada.
La luz inundaba la mesa de roble donde Charlie y Babe desayunaban en un silencio cómodo. Babe, con una camiseta holgada de Charlie, devoraba unos huevos revueltos con voracidad. Charlie, ya vestido con un traje de seda gris perla, lo observaba con una sonrisa tonta, tomando sorbos de su café negro.
Charlie con tono suave.
—Deberías usar mi ropa más seguido. Te queda bien.
Babe alza una ceja, con la boca llena.
—Es solo una camiseta, Cachorro. No empieces.
Charlie ríe.
—Nunca voy a parar.— Pausa, su tono se vuelve más serio.— Hoy en la empresa…quiero dejar las cosas claras.
Babe asiente, sabiendo a lo que se refiere.
Termina su jugo de naranja de un trago.
—Está bien. Pero déjame hablar a mí también.
Sala de juntas, empresa. Media hora después.
Charlie había convocado a una reunión rápida con los jefes de departamento y personal clave. Todos estaban presentes, incluido Alex, sentado al otro extremo de la mesa con una expresión impasible. La tensión en la sala era palpable, cargada de curiosidad.
Charlie de pie a la cabecera, su autoridad natural llenando el espacio.
—Todos. Breve anuncio. A partir de hoy, Babe— hace un gesto hacia donde él está, de pie a su lado derecho.— asume el puesto oficial de Segundo Jefe al Mando. Sus órdenes tendrán el mismo peso que las mías.
Un murmullo de asentimiento recorre la sala.
No era una sorpresa total; muchos habían visto la evolución.
—Además…— toma la mano de Babe con naturalidad, un gesto que sorprende a más de uno.— Babe y yo somos pareja. Esto no afectará negativamente las operaciones, pero quiero que lo tengan claro.
Ahora sí hay un leve revuelo, rápidamente acallado. Todas las miradas se vuelven hacia Babe, expectantes.
Babe suelta la mano de Charlie y da un paso al frente. Su postura es relajada pero firme, su voz clara y sin adornos.
—Que sea su pareja y el segundo jefe no cambiará las cosas dentro de estos pasillos.— Mira a cada uno a los ojos.— Tendré poder, sí. Seré el igual de Charlie en la toma de decisiones. Pero eso no significa que me voy a sentar en una oficina de lujo a dar órdenes sin ensuciarme las manos. Seguiré haciendo mi trabajo, el mismo que he hecho siempre: asegurarme de que esta empresa y su gente estén seguras.
Hace una pausa, y su tono adquiere una ligera pero inconfundible advertencia.
—Pero eso también significa que espero un respeto mutuo. Todos saben muy bien que yo no soy de dejarme humillar o menospreciar. Trátenme como lo que soy: su compañero y, ahora, su segundo al mando. Y yo les garantizo lealtad y protección a cambio. Nada más, nada menos.
Sus palabras, directas y honestas, tienen el efecto deseado. Se ven asentimientos genuinos, incluso algunas sonrisas aliviadas entre los empleados. Siempre habían notado la tensión eléctrica entre Charlie y Babe, la frustración de su jefe y la ferocidad del jefe de seguridad. Verlos alineados, en paz, era como si la empresa entera respirara aliviada.
Charlie con una sonrisa de orgullo apenas contenida.
—Bien. Todos a sus puestos.
La reunión se disuelve. Los empleados se van murmurando, pero con una energía positiva. Cuando la sala casi está vacía, Alex se acerca. Camina con su habitual elegancia, pero hay una ligereza en sus pasos que antes no estaba.
Alex se detiene frente a ellos, una sonrisa pequeña pero genuina en sus labios.
—Me alegra escuchar eso oficialmente. Los felicito a ambos.
Extiende su mano hacia Charlie. Charlie, después de un segundo de sorpresa, la estrechó con firmeza.
Alex mira directamente a Charlie, su voz baja pero clara.
—No seas idiota, y valóralo.— Una mirada significativa hacia Babe.— Una persona como él no se encuentra dos veces en la vida.
Luego, Alex se vuelve hacia Babe y le ofrece el puño. Babe, sin dudarlo, choca su puño contra el de Alex con un gesto de complicidad que deja a Charlie boquiabierto.
Alex guiñándole un ojo a Babe.
—Cuida de ese idiota, ¿sí? Y no le des demasiado café, se pone insufrible.
Babe sonríe, una sonrisa relajada.
—Lo tengo bajo control. Cuídate, Alex.
Alex asiente y se retira hacia su oficina, dejando a Charlie con la boca ligeramente abierta, mirando su espalda.
Charlie cruza los brazos, girando hacia Babe con expresión de incredulidad.
—¿Desde cuándo se llevan tan bien? ¿Y ese…choque de puños?
Babe finge inocencia, jugando con el cuello de la camisa de Charlie.
—¿Nos llevábamos mal?
Charlie le da un leve pellizco en la cintura.
—Babe. Responde.
Babe ríe, rindiéndose.
—Hace unas semanas. Una noche que Alex no podía ir a casa porque su auto estaba en el taller y estaba lloviendo a cántaros. Lo vi salir, maldiciendo en ese perfecto inglés suyo. Lo llevé en mi moto.
Charlie arquea una ceja.
—¿En la moto?
Babe asiente.
—Hablamos. De nuestras…diferencias. De lo que pasó. Fue una conversación incómoda, honesta. Nos pedimos disculpas, cada uno a su manera. Y desde entonces…empezamos a llevarnos bien. Es un tipo inteligente, Charlie. Y ha estado viéndose con alguien, un profesor de arte o algo así. Parece feliz. Me alegro por él.
Charlie lo mira, procesando la información.
Un peso que ni siquiera sabía que cargaba se le desprende de los hombros. Ver a Babe y a Alex en paz, ver a Alex moviéndose hacia su propia felicidad…era el cierre perfecto.
Charlie suspira, tirando de Babe hacia sí por la cintura.
—Eres increíble. ¿Sabías?
Babe se deja abrazar, apoyando la cabeza en el hombro de Charlie.
—Lo sé. Y tú eres un idiota. Pero eres mi idiota.
Charlie ríe contra su pelo.
—Y tú mi gruñón. Mi segundo a cargo. Mi pareja.— Lo besa suavemente en la sien.— Mi todo.
Desde la puerta de su oficina, Alex observa la escena por un segundo, una verdadera sonrisa en sus labios antes de entrar y cerrar la puerta, listo para su propio día, en su propio camino, en paz.
Oficina de Charlie - Tarde del mismo día
El ritmo en la empresa había vuelto a la normalidad, pero con una vibra diferente, más ligera. Charlie estaba revisando un informe en su computadora cuando Babe entró, ya sin la camiseta prestada y con su habitual atuendo de trabajo, aunque llevaba puesta la llave de bujía de titanio en un cordón alrededor del cuello, como un talismán.
Babe se deja caer en la silla frente al escritorio con familiaridad.
—El sistema del muelle 7 está actualizado. A prueba de idiotas, o al menos, de idiotas promedio.
Charlie sonríe sin levantar la vista.
—¿Incluyéndome a mí?
Babe con tono seco, pero ojos brillantes.
—Especialmente a ti, Cachorro. Eres el jefe idiota más propenso a meterse en líos.
Charlie finalmente alza la mirada, y la expresión en su rostro hace que Babe se enderece ligeramente. No es la mirada del jefe, ni la del amante posesivo de la mañana.
Es algo más suave, más vulnerable.
—Hoy…cuando hablaste en la reunión. Lo hiciste perfecto.
Babe encoge un hombro, un gesto que no logra ocultar un atisbo de satisfacción.
—Solo dije lo que era necesario. No quiero que te vean como un jefe blando por estar conmigo, ni que me vean como un trepador.
Charlie se levanta y se acerca, apoyando las manos en los brazos de la silla de Babe, encerrándolo.
—Nunca podrías ser eso. Y nadie que te conozca pensaría eso.— Su voz baja.— Lo que dijiste sobre el respeto…Tenías razón. No solo por ti. Por nosotros.
Babe asiente, serio por un momento. Luego, una sonrisa pícara se dibujó en sus labios.
—Aunque ser el "segundo jefe al mando" tiene sus…ventajas. Por ejemplo, puedo ordenar que cambien el café de mierda de la sala de descanso.
Charlie ríe.
—Considera que es tu primera orden ejecutiva.— Se inclina y le da un beso rápido.— Ahora, segundo jefe, tengo una propuesta.
Babe arquea una ceja.
—¿Otra? Ya tienes mi sí para todo, sabes.
—Esto es diferente. Quiero que vengas conmigo a la subasta benéfica de mañana. La del Museo de Arte Moderno.
Babe parpadea, sorprendido. Esa clase de eventos son el territorio de Charlie: trajes caros, champaña, conversaciones insípidas y redes de contactos útiles. No el suyo.
—¿En serio? ¿No sería mejor llevar a Alex? Él sabe cómo…comportarse en esos lugares.
Charlie le acarrea la mandíbula con el pulgar.
—No quiero a Alex. Quiero a mi pareja. Quiero que el mundo, mi mundo, te vea a mi lado. No como mi guardaespaldas, ni como mi jefe de seguridad. Como mi igual.— Hace una pausa.— Además, podrás burlarte de todos los oligarcas aburridos conmigo.
Un brillo de diversión y algo más, tal vez emoción, aparece en los ojos de Babe.
—Tendría que usar un esmoquin. Odio los esmóquines.
—Te compro uno. Te verás increíble. Y te prometo que, a medianoche, te llevaré a ese puesto de tacos que te gusta, con el esmoquin puesto y todo.
La imagen es tan absurda y tan ellos que Babe no puede evitar reír.
—Está bien. Pero si alguien me llama "señorito" o me pregunta por mis "inversiones", le parto la nariz.
Charlie le da otro beso, esta vez más largo.
—Lo permitiré. Será nuestro primer evento oficial como…— busca la palabra.
Babe completó la frase, con una suavidad inusual.
—Como Charlie y Babe. Punto.
Charlie sonríe, sintiendo una felicidad tan completa que casi duele.
—Punto.
Pasillo principal - Al final del día
Mientras se preparaban para salir, Charlie tomó la mano de Babe con naturalidad. El gesto no pasó desapercibido por los empleados que aún quedaban, pero ahora solo recibió sonrisas o asentimientos discretos.
Al pasar frente a la oficina de Alex, la puerta estaba abierta. Alex estaba hablando por teléfono, su voz era diferente, más relajada. "…sí, la galería a las ocho está perfecta. Te recojo." Colgó y al verlos, les hizo un breve gesto de despedida con la mano.
Babe le devolvió el gesto. Charlie asintió.
En el ascensor privado, con las puertas cerradas, Charlie apretó la mano de Babe.
—¿Nervioso por mañana?
Babe suspira, fingiendo fastidio.
—Solo por el esmoquin.— Luego, en serio.— No. Contigo no.
Charlie lo mira, y en ese instante, ve no solo al hombre fogoso y desafiante que conquistó, sino al compañero que eligió para todo lo que vendrá.
—Yo tampoco.
El ascensor descendía, pero Charlie sentía que, con Babe a su lado, su mundo solo podía ascender. La confusión había terminado. La batalla había sido ganada. Y la vida, la complicada, peligrosa y maravillosa vida que habían construido, acababa de comenzar de verdad.
Gran Salón del Museo de Arte Moderno - Noche
La luz era tenue, estratégica, iluminando esculturas de vidrio soplado y cuadros abstractos que valían más que la mansión de Charlie. El aire olía a perfume caro, champán y una ligera hipocresía. La élite de la ciudad, trajeada y enjoyada, pululan con sonrisas de plástico.
Y en medio de todo eso, como un toro en una cristalería, estaba Babe.
Vestía un esmoquin de diseño italiano, negro azabache, que Charlie había elegido personalmente. Le encajaba como un guante, acentuando sus hombros anchos y su espalda poderosa. Pero la tensión en su mandíbula era palpable. Parecía un felino elegantemente disfrazado, listo para arrancarse la corbata de seda y saltar por la ventana en cualquier momento.
Charlie, a su lado, en un esmoquin de corte similar pero con un aire de pertenencia natural, deslizaba su mano por la espalda baja de Babe.
Charlie susurrando cerca de su oído.
—Relájate, mi amor. Son solo lagartos con mucho dinero. Piensa en los tacos después.
Babe sin mover los labios, mirando fijamente a un magnate que los observaba con curiosidad.
—Ese tipo me ha mirado tres veces. Si me llama "joven promesa", le reviento la botella de champaña en la cabeza.
Charlie una risa baja y genuina.
—Te amo.
Un mayordomo se acercó con una bandeja.
Charlie tomó dos copas de champán y le pasó una a Babe.
Babe tomándola como si fuera una herramienta sospechosa.
—Odio esto.
Charlie choca suavemente su copa contra la de Babe.
—Por nosotros. Y por la rápida huida que haremos.
La subasta comenzó. Charlie participó con gestos discretos, adquiriendo una escultura minimalista que sabía que Babe odiaría, pero que era una inversión excelente. Babe se limitó a observar, sus ojos escaneando la sala no como un convidado, sino como el jefe de seguridad que era, evaluando salidas, caras, posibles amenazas.
En un momento de pausa, se acercó el Señor Harrington, un viejo "socio" de negocios turbios de Charlie, con una sonrisa dentada.
—Charlie, mi querido amigo.— Su mirada deslizándose sobre Babe con interés.— Y este debe ser el famoso…¿asociado? del que todos hablan.
Babe antes de que Charlie pudiera responder, extendió la mano con una sonrisa que no llegaba a los ojos.
—Babe. Segundo jefe al mando. A cargo de la seguridad…y de otras cosas.
El apretón de manos fue firme, quizás demasiado. Harrington parpadeó.
Harrington forzando una risa.
—¡Ah, formidable! ¡Un hombre de acción al lado del estratega!— Se volvió a Charlie, bajando la voz.— Un poco…rudo para este ambiente, ¿no crees, Charlie?
El aire alrededor de Charlie se enfrió diez grados. Babe, sin embargo, no se inmutó.
Solo tomó un sorbo de champán.
Su voz era suave como el terciopelo, pero cortante como el cristal.
—Al contrario, Harrington. Es el ambiente el que a veces se queda corto. Babe es mi pareja. Y mi igual. En todo. Ahora, si me disculpas, vamos a pujar por el próximo lote.
Dio media vuelta, guiando a Babe con una mano en su espalda. Babe caminó a su lado, una sonrisa genuina de satisfacción en sus labios.
Babe susurrando.
—"Se queda corto". Me gustó.
Charlie sonriendo.
—Era verdad.
Pasaron junto a un grupo donde estaba Alex, conversando animadamente con un hombre alto y de aire intelectual, con gafas de carey.
Alex los vio, les hizo un leve gesto de reconocimiento y continuó su conversación, relajado. Babe le devolvió un leve asentimiento.
La subasta continuó. Cuando subastaron un reloj de bolsillo vintage de principios de siglo, Charlie vio cómo los ojos de Babe se fijaban en él por un segundo de más. Era un detalle pequeño, pero Charlie lo captó.
Cuando llegó su turno, Charlie levantó la palma con discreción. Hubo otra puja. Charlie subió. Otra más. Con una calma absoluta, Charlie pujó una cifra que hizo que hasta el subastador parpadeara. Silencio. "¡Vendido al señor de la mesa 12!"
Babe lo miró, entre sorprendido y reprobador.
—Charlie, eso fue…
Charlie interrumpiéndolo suavemente.
—Para ti. Para que guardes tu llave de bujía en algo que valga la pena.— Le pasó discretamente el reloj de bolsillo, que acababan de traer.— No todo lo que brilla aquí es falso, amor.
Babe tomó el reloj, pesado y frío en su mano.
Lo observó, pasando el pulgar sobre el grabado. No dijo "gracias". No hizo falta. El brillo en sus ojos, la forma en que cerró la mano alrededor del metal, era más elocuente que cualquier palabra.
Babe al cabo de un momento, su voz era extrañamente gruesa.
—Los tacos. Ahora.
Charlie ríe, aliviado y feliz.
—Como ordene el segundo jefe.
Salieron del salón, ignorando las miradas curiosas. En el vestíbulo, mientras el mayordomo les traía sus abrigos, una mujer con un vestido deslumbrante se acercó coqueta a Charlie.
—Charlie, hace tanto…¿No me presentas a tu…amigo?
Charlie sin siquiera mirarla de lleno, ayudando a Babe a ponerse el abrigo.
—Mi pareja, Babe. Babe, esta es la Sra. Leland. Disculpa, tenemos una cita urgente con unos…asuntos de alto nivel.
Sacó a Babe del museo, y la fría aire nocturna los recibió como una liberación. A la vuelta de la esquina, como había prometido, estaba el puesto de tacos "El Güero", iluminado por una bombilla amarilla.
Babe, todavía con el esmoquin impecable, se acercó al mostrador.
Taquero con ojos como platos.
—Güey…¿una boda o un funeral?
Babe con una sonrisa amplia y real, la primera de la noche.
—Hambre. De todo. Y para él también.— Señaló a Charlie, que observaba la escena con puro amor.
Sentados en un taburete de plástico, con el humo del asador envolviéndolos, Babe mordió su primer taco con un gemido de placer. Charlie lo miraba, el reloj de bolsillo vintage asomando por el bolsillo del chaleco de Babe, la mancha de salsa ya en su impecable corbata.
Babe con la boca llena.
—Mil veces mejor que esa mierda de museo.
Charlie asintiendo, tomando un taco.
—Sin duda. Pero valió la pena.
Babe lo miró, serio de repente.
—¿Por el reloj?
Charlie negó con la cabeza.
—Por ver tu cara cuando salimos de ahí. Por poder hacer esto.: Hizo un gesto con el taco entre ellos.— Por ser nosotros, aquí, ahora. Con todo el mundo de porquería a nuestras espaldas y esto…— señaló el puesto, los tacos, a Babe.— delante.
Babe no dijo nada. Solo extendió su mano, engrasada, y la entrelazó con la de Charlie sobre el mostrador de forma sucia. No importaba el esmoquin, las joyas, las miradas.
Importaba el calor de sus manos unidas, el sabor auténtico de la comida, y la certeza de que, sin importar el escenario —un museo lujoso o un puesto callejero—, estaban exactamente donde debían estar: juntos, en su propio y perfecto mundo.
Oficina de Charlie - Lunes por la mañana, cuatro meses después.
La dinámica es visible. El escritorio de Charlie tiene ahora una segunda silla idéntica a la suya al otro lado, frente a un monitor de seguridad en tiempo duplicado. Babe está allí, con auriculares, hablando por el canal interno.
Babe con voz profesional, clara.
—Equipo Delta, el contenedor verde en el muelle 4 necesita un escáner de rayos gamma antes del mediodía. No, no es una sugerencia. Es la orden. Háganlo.
Cuelga y mira a Charlie, que observa desde su lado del escritorio con una sonrisa.
—"No es una sugerencia". Me gusta. Les das miedo.
Babe se quita los auriculares, una sonrisa de medio lado.
—Bueno, alguien tiene que ser el malo. Tú ya tienes el rol del cerebro frío y calculador. Yo soy el puño.
Charlie se levanta y se acerca, masajeando los hombros tensos.
—Mi puño favorito. ¿Planes para el almuerzo? Podríamos…
Babe lo interrumpe, señalando la pantalla.
—Reunión con los coreanos en 20 minutos. Y después, revisión del nuevo protocolo de ciberseguridad.— Mira a Charlie a los ojos, su tono se suaviza.— Pero pediremos ese ramen que te gusta. Aquí. En nuestra oficina.
La palabra "nuestra" hace que el corazón de Charlie se contraiga de felicidad. Asiente, dando un beso rápido en la coronilla de Babe antes de volver a su silla. El equilibrio era eso: órdenes y ramen, protocolos y besos robados.
Cocina de la mansión - Miércoles por la noche.
El aroma a ajo y jengibre llena el aire. Babe, con un delantal ridículo que dice "Kiss the Chef" (que Charlie compró para molestarle), está salteando verduras. Charlie, con las mangas de la camisa remangadas, corta carne con concentración, pero no mucha habilidad.
Babe sin mirar.
—Más delgado, Cachorro. Pareces cortando troncos, no tiras de res.
Charlie frunce el ceño, intentando hacerlo mejor.
—Es más difícil de lo que parece. Tú haces que parezca fácil.
Babe se acerca por detrás, rodeándolo con sus brazos, tomando sus manos para guiar el cuchillo.
—Así. Suave, pero firme. Como cuando manejas una negociación tensa.— Su voz es un susurro en su oído.— O como cuando me tocas.
Charlie se ruboriza, pero sonríe. Aprenden. A cocinar, a vivir juntos. A veces se quema la cena. A veces terminan ordenando pizza sobre los ingredientes desechados, riendo en el suelo de la cocina. Es perfecto.
Charlie dejando el cuchillo, gira dentro del abrazo.
—¿Te imaginas? Si nuestros enemigos nos vieran ahora…
Babe lo besó, saboreando el sabor a salsa de soja en sus labios.
—Les daría un ataque. El temible Charlie y su perro rabioso, domesticados por un wok y un delantal estúpido.
Charlie ríe.
—No domesticados. Elegidos. Esto lo elegimos nosotros.
Gimnasio privado en la mansión - Sábado por la mañana.
Sudor, músculos tensos, el sonido de los guantes de boxeo golpeando al saco de entrenamiento. Babe está entrenando, su cuerpo es un monumento de potencia controlada. Charlie, desde el banco, lo observa mientras revisa una tablet. Pero su atención no está en la pantalla.
Babe deteniéndose, jadeante.
“¿Vas a mirar todo el día o vas a entrenar?
Charlie deja la tablet.
—Prefiero mirar. Es un espectáculo mejor que cualquier cosa.
Babe se acerca, sudoroso, y le quita la tablet de las manos.
—Nah. Equilibrio, ¿recuerdas? Si yo sudo, tú sudas.— Le lanza unos guantes.— Ponte estos. Te voy a enseñar a defenderte de verdad, no solo con chequeras y amenazas.
La lección es caótica. Charlie es fuerte, pero Babe es técnica pura. Lo hace tropezar, lo corrige, sus manos ajustando la postura de Charlie, a veces de manera muy profesional, a veces con caricias que no tienen nada que ver con el boxeo.
Charlie jadeando, apoyado contra las cuerdas.
—Esto…es para que pueda defenderte.
Babe acercándose, limpiando una gota de sudor de la sien de Charlie con el pulgar.
—Yo puedo defenderme solo, idiota. Es para que, si algún día te toca cubrirme la espalda en un callejón sucio, sepas moverte. Para que estemos equilibrados…incluso en la pelea.
La declaración, práctica y profundamente romántica, le da a Charlie una segunda ráfaga de energía. El entrenamiento se vuelve más intenso, más un baile de confianza que una pelea.
Dormitorio - Domingo por la tarde. Lluvia.
Están en la cama, una maraña de sábanas y piernas entrelazadas. Babe está dormitando, su cabeza sobre el pecho de Charlie, quien traza suavemente los contornos del tatuaje en su hombro con los dedos. La tablet de Charlie está a un lado, mostrando informes, pero está ignorada.
Babe con voz ronca por el sueño.
—¿No vas a revisar eso? Es el envío de la próxima semana.
Charlie continúa su trazo.
—Puede esperar. Esto no.
Babe abre un ojo, mirándolo.
—Te has vuelto blando.
Charlie sonríe, sin negarlo.
—Solo contigo. Con el resto del mundo, sigo siendo de acero.— Hace una pausa.— Es el equilibrio, ¿ves? El acero para el mundo. Y todo mi lado blando…es solo para ti.
Babe no responde con palabras. Se ajusta más contra él, su brazo rodeando su cintura con posesividad. La lluvia golpea la ventana.
No hay urgencia, no hay grandes pasiones en ese momento. Solo la quietud profunda de dos personas que han encontrado su ritmo, su espacio compartido entre el caos de su trabajo y la paz de su hogar. Saben que mañana habrá llamadas urgentes, amenazas veladas, decisiones de vida o muerte. Pero también saben que, al final del día, habrá otra cena quemada o perfecta, otro entrenamiento, otro domingo de lluvia en esta cama. Han logrado lo más difícil: construir una vida normal dentro de lo anormal. Y lo han hecho juntos, como iguales, como pareja.
Como Charlie y Babe.
Sala de estar de la mansión - Noche cerrada
El suave resplandor azul del televisor era la única luz, iluminando a Charlie y Babe entrelazados en el sofá grande. Alguno de los dos había puesto un documental sobre motores, pero hacía rato que nadie prestaba atención. La mano de Charlie dibujaba círculos perezosos en el muslo de Babe, quien tenía la cabeza apoyada en su hombro.
Babe bostezando, estirándose como un gato grande.
—Tengo antojo de algo fresco.
Charlie mirándolo con una chispa en los ojos.
—¿Cómo qué?
—Fruta. Piña, tal vez.
Charlie asintiendo, un plan formándose en su mente.
—Vamos.
Se levantaron, las manos encontrándose de manera natural. Babe llevaba solo una de las camisas de seda de Charlie, la que le gustaba por lo suave que era contra la piel. Le llegaba a la mitad de los muslos. Charlie, con unos pantalones de dormir de algodón oscuro, lo guió hacia la cocina, iluminada solo por la luz de la nevera al abrirla.
El aire frío los rozó. Babe se inclinó para sacar el recipiente de piña fresca cortada. En ese momento, la luz blanca de la nevera bañó sus largas piernas desnudas, la curva de sus glúteos apenas cubierta por la seda.
Fue demasiado para Charlie.
Con un movimiento fluido y rápido, cerró de un golpe la puerta de la nevera, sumiendo la cocina en una penumbra rota solo por la luz tenue del pasillo. Antes de que Babe pudiera protestar, Charlie lo atrapó por la cintura, girándolo y empujándolo contra la encimera de mármol frío. No hubo preámbulo. Su boca capturó la de Babe en un beso que no era de cariño, sino de hambre pura, devoradora. Un gruñido sorprendido se ahogó en la garganta de Babe, pero no hubo resistencia. Sus manos se enredaron en el pelo de Charlie, devolviéndo el beso con la misma ferocidad instantánea.
Charlie jadeando contra sus labios, sus manos deslizándose bajo la camisa, palmeando la piel desnuda de sus glúteos.
—Te necesito…ahora.
Babe con un gemido ronco, mordiendo el labio inferior de Charlie.
—¿Aquí? La piña…
Charlie cortándolo con otro beso brutal.
—Puede esperar. Tú no.
Agarró a Babe con fuerza por los muslos y lo levantó como si no pesara nada. Babe, entendiendo al instante, enredó sus piernas alrededor de la cintura de Charlie, aferrándose. Charlie lo llevó unos pasos y lo empujó contra la pared fría de la cocina, con un golpe sordo que hizo vibrar los cuchillos colgantes. Con una mano sosteniendo a Babe, la otra se metió entre sus cuerpos, desatando la cuerda de sus pantalones de dormir y liberando su erección, dura y palpitante.
No hubo preparación más allá de la saliva que Charlie pasó sobre sí mismo y el roce previo. Con un gruñido gutural de posesión, alineó su cuerpo y, en un solo y potente embiste, se hundió en Babe hasta el fondo.
Un grito agudo y desgarrador se le escapó, su cabeza se fue hacia atrás contra la pared con un golpe seco.
—¡Charlie! ¡Mierda…!
Era ajustado, casi dolorosamente estrecho, pero ambos lo preferían así. Salvaje, inmediato. Charlie no esperó a que se adaptara. Comenzó a moverse con un ritmo duro, brutal, cada embestida tenía un impacto que hacía temblar la pared. El sonido de sus cuerpos chocando, húmedo y obsceno, llenó la cocina silenciosa.
Charlie con los dientes apretados, mirando cómo el rostro de Babe se retorcía en placer y sobrecarga.
—Mío…así…todo mío…mi amor.
Con un movimiento brusco, agarró el cuello de la camisa de seda que Babe llevaba y tiró hacia abajo con fuerza. La tela fina se rasgó con un sonido crujiente, dejando al descubierto el pecho de Babe, su piel a la luz tenue. Charlie bajó la cabeza, capturando un pezón entre sus labios, chupando, mordiendo con fuerza, marcándolo.
Babe gimiendo, sus uñas se clavaron en los hombros de Charlie, buscando anclaje.
—¡Ahí! ¡Más fuerte!
Charlie obedeció. Su boca era un torbellino: besaba, mordía, lamía la boca de Babe, luego descendía por su cuello, chupando moretones que sabía que estarían allí mañana, marcas de su posesión. Babe le correspondía con la misma violencia, sus dientes encontrando el cuello de Charlie, sus pectorales, su mandíbula, dejando marcas que serían el secreto mejor guardado bajo los trajes de mañana.
Babe jadeando en su oído, cada palabra un gemido agudo y arrastrado que electrizaba la columna de Charlie.
—¡Charlie…! ¡Más duro…! ¡Siéntelo…! ¡Te necesito…!
Su ritmo se volvió frenético, animalístico, los golpes contra la pared más fuertes.
—¡Dilo! ¡Grita mi nombre! ¡Di que eres todo mío!
Babe con los ojos llenos de lágrimas de pura sensación.
—¡Tuyo! ¡Soy tuyo, Charlie! ¡Siempre!
Fue esa rendición, ese grito desgarrado, lo que hizo que Charlie perdiera el último resto de control. Con un gruñido final que venía de lo más profundo de su ser, se hundió hasta el hueso y se dejó llevar, mientras Babe, estrujado entre él y la pared, gritaba su nombre en un éxtasis violento y compartido.
La quietud que siguió fue pesada, rota solo por sus respiraciones jadeantes. Charlie, temblando, mantenía a Babe contra la pared, su frente apoyada en el hombro de este. La camisa rasgada colgaba de los hombros de Babe. El aroma a sexo y sudor reemplazaba al de la piña fresca.
Su voz era un crujido ronco.
—Te rompí la camisa.
Una risa temblorosa y agotada salió de él.
—Idiota posesivo…era mi favorita.
Charlie lo besó suavemente, un contraste brutal con lo anterior.
—Te compro cien.— Se separó con cuidado, sintiendo cómo Babe se desenredaba de él, las piernas temblorosas.— ¿Y la piña?
Babe, todavía apoyado contra la pared, miró hacia la nevera, luego de nuevo a Charlie, con una sonrisa torcida y satisfecha.
—Creo que…ya tengo mi dosis de algo fresco y dulce por esta noche, Cachorro.
Charlie rió, un sonido bajo y feliz, y lo recogió en brazos de nuevo, esta vez con ternura, llevándolo de vuelta al sofá, a su nido, a su equilibrio perfectamente desequilibrado.
¡FIN!
Dedicado a @Edith992 la idea que me habías pedido, hice lo que pude y espero te guste…Gracias por el apoyo…
la verdad que estuvo muy buena..!!! ojalá hagas partes 2🤭🤭
uff estuvo muy buena 🤩
me encantó 😍👏👏