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"𝐒𝐎𝐅𝐓𝐋𝐘"

Summary

❝𝐒𝐎𝐅𝐓𝐋𝐘❞ ...𝐄𝐧𝐭𝐫𝐞 𝐥𝐢𝐞𝐧𝐳𝐨𝐬 𝐲 𝐥𝐚𝐭𝐢𝐝𝐨𝐬 Engfa ha pasado meses sintiendo que falta algo en su arte. Ninguno de sus cuadros recientes consigue transmitir esa emoción que tanto la caracterizaba. Le falta una musa, alguien que la atrapé. Una tarde lluviosa, Charlotte aparece en su taller y le dice sin más preámbulos: "Solo tengo una hora". ⭑⭑⭑ Una historia corta, de 4 capítulos. Completamente de mi autoría.

Status
Complete
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

"Por qué me elegiste a mí"

Engfa es una artista plástica que se describía a sí misma como una persona introspectiva que busca la belleza oculta en las personas. Tiene su propio taller cerca de la ciudad en el que enseña a sus aprendices.

Los días eran cada vez más iguales. Café, bocetos, pintura y nada. Engfa se pasaba horas frente a sus lienzos, pero el color no le hablaba. La pasión se le escurría entre los dedos como agua. Lo que antes era impulso ahora era rutina.

Se sentía un poco vacía. Quería algo que la llamara, que la atrajera profundamente. Necesitaba inspiración divina, algo, alguien.

Engfa miró su lienzo y suspiró abrumada por sentirse así, sin más dejó caer la mano y dejó su pincel a un lado. Miró los colores de nuevo, pensando, soñando, anhelando.

El timbre de su taller sonó junto al chirrido característico de la puerta. Ella levantó la vista antenta y se encontró con los ojos de su hermana menor que sonreía cálidamente.

“¿Vas a ir?“, preguntó, avanzando hacia donde estaba sentada. “Ling y su novia estan libres y quieren comer algo con nosotras”, dijo, recordándole la invitación que les dieron.

Engfa pensó brevemente en sus amigas y luego habló.

“No lo sé, quiero seguir pintando...“, realmente no estaba convencida de eso porque ya no tenía tanta inspiración.

Plaifa se inclinó un poco más y miró el lienzo frente a su hermana mayor. “¿Qué se supone que estás pintando?“, preguntó con curiosidad sin apartar los ojos de la pintura.

Plaifa no tenía el don. Eso es lo que suele decir Engfa. Ella no entiende nada de esto, no entiende la magia de poder capturar sentimientos entre colores.

Engfa miró su propio trabajo. “Es el horizonte... A lo lejos sale el sol”, murmuró señalando el lienzo.

Plaifa lo miró con atención y lo entendió poco después, colores cálidos tan vivos: naranjas, rojos, amarillos a tonos más suaves: rosas, azules, morados mostraron lo que dijo su hermana.

“Sin embargo”, continuó hablando Engfa en voz baja. “No me gustó el resultado, faltan más detalles”, se levantó del banco de madera y su hermana rápidamente retrocedió dándole espacio para moverse.

“La verdad es hermoso, me encanta”, soltó tratando de hacerla sentir mejor y la verdad es que no estaba mintiendo en absoluto. Engfa siempre ha sido muy talentosa y a menudo se autocritica.

“Ni siquiera lo entendiste”, se rió amargamente.

“Sí, bueno no es mi culpa, no lo veía bien desde aquí, pero es hermoso, dámelo lo podré en mi cuarto”, se defendió sin mentir y se lo pidió sonriéndole dulcemente.

Engfa la miró con amor, su hermana siempre ha hecho todo lo posible para apoyarla aunque no suela entender la complejidad del arte. “Llévatelo, entonces, pequeña”, dijo y sonrió.

Plaifa lo tomó con cuidado, lo puso en su carpeta de tareas y luego en su bolso. “¿Entonces vendrás?” preguntó ahora, viendo cómo su hermana se quitaba el delantal lleno de manchas de pintura secas.

“Está bien, vamos, tal vez encuentre algo que me inspire afuera”, dijo llena de esperanza de que así fuera.

Plaifa sonrió y ambas se fueron de allí tomadas de la mano.


Engfa y Plaifa ya estaban a punto de llegar a la cafetería, solo tenía que cruzar la calle dos veces más y llegaban. Ambas se detuvieron de repente para cruzar la calle, había muchos autos, pero esta vez pasaron la espera riendo, Plaifa le estaba contando sobre un pequeño accidente que había ocurrido días atrás en la casa de sus padres.

Engfa ya no vivía con sus padres, sin embargo suele visitarlos mucho, Plaifa y ella siguen siendo muy cercanas a pesar de que no viven en la misma casa.

Engfa extraña eso pero ama su vida tranquila y solitaria, le encanta cuando su hermana la visita en su taller o en su apartamento, le encanta escucharla, ambas no paran de reírse ahora mismo mientras intentan mirar a lo lejos.

Ambas ya podían ver la cafetería cuando cruzaron la calle. El viendo se sentía tan fresco en sus rostros.

Seguían riendo y hablando, de vez en cuando Engfa miraba a su alrededor en busca de la inspiración de sus sueños.

Dieron unos pasos más y finalmente llegaron a la cafetería. Al cruzar la puerta, las envolvió el aroma acogedor del café recién hecho y el murmullo suave de conversaciones ajenas. El lugar era amplio, con ventanales que dejaban entrar la luz de la tarde.

“¡Ahí están!“, exclamó Plaifa, señalando una mesa al fondo donde Lingling y Orm ya las esperaban.

Las dos mujeres sonrieron al verlas acercarse.

Lingling y Orm eran prometidas y realmente son las mejores amigas de Engfa desde la universidad, sin embargo, desde que Plaifa las conoció, no las dejó, también se volvieron en sus mejores amigas. Sus cómplices. A pesar de la diferencia de edad que tenían, Plaifa las ama y las chicas la aman a ella.

Siempre salen a comer al centro comercial o la ayudan con sus tareas cuando están libres o en la ciudad. Ambas son abogadas y tienen su propio bufete de abogados juntas, debido a eso sus días son agitados, no siempre tiene un día libre como hoy.

Lingling agitó la mano y Orm ya se estaba levantando para darles un abrazo. “¡Pensé que llegarían tarde!“, bromeó Orm, mientras abrazaba a Engfa con fuerza.

“¡Si nuestra artista no tenía muchos ánimos hoy!“, dijo Plaifa con una risita mirando a su hermana mayor.

Todos tomaron asiento después de los saludos y pudieron tomar sus cafés.

“Suena deprimente”, se burló Lingling, riéndose mientras tomaba un sorbo de su café.

“Siento que he perdido mi inspiración, chicas”, respondió Engfa dramáticamente.

La conversación fluyó con naturalidad. Hablaron de sus semanas, de la inspiración perdida de Engfa, del caso complicado que Lingling y Orm estaban manejando, de una profesora que no dejaba en paz a Plaifa, y de un chico que le coqueteaba por mensajes, aunque ella insistía en que solo era “amable”.

“Amable no es mandarte una selfie en el gimnasio”, dijo Orm, alzando una ceja.

“¡Gracias! ¡Alguien lo entiende!“, añadió Engfa un poco sería.

“Alguien está celosaaaa”, comentó Lingling, mirando a Engfa.

“¡Es mi hermana pequeña, por supuesto que lo estoy!“, exclamó Engfa, mirando a Plaifa.

“Pero él solo es amable, basta”, dijo Plaifa de nuevo, cubriendo su rostro sonrojado.

Pero entonces, algo cambió. En medio de las risas y bromas, Engfa dejó de hablar. Su sonrisa se congeló por un instante. Giró apenas el rostro, como si algo o alguien de la nada hubiera jalado su atención.

Su mirada de repente se centró en una persona en la distancia. Una persona que la atrapó y la hizo perder el equilibrio. Su corazón se aceleró sin entenderlo.

Allí, cerca de la barra, una chica luchaba contra el caos que ella misma había creado. Su pelo estaba recogido en un moño desordenado, y vestía una bata blanca mal doblada sobre un conjunto informal. Con una taza de café temblando en una mano y su celular pegado al oído, parecía haber salido corriendo de una guardia nocturna.

De repente, al girar, tropezó con su propio bolso y parte de su café se volcó sobre la mesa. La chica se quedó congelada un segundo, como evaluando si gritar o llorar, y luego simplemente suspiró, se limpió con una servilleta, regresó con paso decidido al mostrador y pidió otro café como si nada hubiera pasado.

Engfa la observaba en silencio, inmóvil.

“¿Todo bien?“, preguntó Lingling, notando el cambio en su expresión.

Engfa parpadeó. La estudiante ya se iba, saliendo con su nuevo café en mano, apurada pero aún con aire despistado.

Engfa parpadeó más rápido, totalmente sorprendida. Como es posible, nadie se detuvo a ver ese pequeño y hermoso caos que sucedió.

Todo ha sido tan rápido, pero para ella todo fue tan lento.

“Sí... sí, todo bien”, respondió Engfa, aunque en su voz tembló una sombra.

Pero por dentro, algo se le había revuelto. No era solo que la chica le resultara graciosa. Había algo más. Algo en sus ojos, o en su forma de salir corriendo sin mirar atrás, que la había golpeado con fuerza.


Engfa se quedó con eso en la cabeza, se quedó atrapada con ese hermoso y divertido caos. Hoy era otro día, Plaifa no estaba allí y tampoco llegaría a su taller.

El corazón de Engfa latía como si estuviera emocionada.

Solo suspiró, no podía dejar de pensar. Necesitaba verla al menos de nuevo. Después de pensarlo más, Engfa se levantó de allí, su lienzo frente a ella todavía estaba en blanco, había estado allí pensando en lo que sucedió ese día.

Han pasado dos días desde eso. ¿Qué le pasa a ella? Tal vez ni siquiera la vuelva a ver, pero aún así tomo sus llaves y salió de allí.

Esta vez tomó su auto y condujo hasta la misma cafetería. Cuando llegó y salió de su auto, Engfa sintió pequeñas gotas de lluvia caer sobre ella, mojando su cabello y ropa.

“Genial”, le susurró al viento, mientras caminaba rápidamente hacia la cafetería. No era una expresión sarcástica. Le encantan los días lluviosos y tomar café.

Entró en el lugar, se sentía tan acogedor y cálido, ya hacía frío afuera así que este era un gran plan. Miró a su alrededor cuidadosamente buscando ese hermoso caos andante. Sin embargo, no había muchas personas en el lugar.

Engfa suspiró un poco molesta y sin más preámbulos, caminó hacia a la barra para pedir un café y tal vez un postre.

Cuando los recibió, buscó una mesa, llegó allí y tomó asiento. Miró a su alrededor mientras tomaba un sorbo de su café, luego miró la lluvia ligera que caía afuera a través de las grandes ventanas. Sin darse cuenta, alguien se sentó a su lado.

Engfa no se movió ni se percató de ello, pero la personita tampoco hizo mucho ruido. Se quedó en silencio, parece avergonzada de sentarse a la mesa de Engfa, sin ser invitada, pero estaba tratando de esconderse.

Sin embargo, Engfa finalmente se despertó de su ensoñación y la miró solo para dar un brinco.

“¡Dios! ¿Quién eres tú?“, exclamó Engfa, con los ojos bien abiertos al ver a una niña frente a ella.

“Perdón... solo me senté aquí“, respondió la niña, algo avergonzada.

“Ya veo”, dijo Engfa, soltando una risa nerviosa. “¿Pero por qué?”

“Me estoy escondiendo, en realidad. Prometo no hacer ruido. Solo voy a tomar mi libro”, lo levantó para mostrárselo. “Y meter la cabeza aquí“, agregó, abriéndolo y preparándose para sumergirse en la lectura.

Engfa miró a su alrededor sin entender de dónde ha venido la pequeña.

“¿Puedo preguntar de quién te escondes?“, preguntó Engfa, llena de curiosidad.

“De mi hermana mayor. No quiero molestarla. Está ocupada y me trajo con ella, pero la dejé sola. Creo que lo necesita. Solo quiero quedarme aquí un rato. Si te molesto, puedo irme a otra mesa...”

Engfa negó con la cabeza, comprensiva.

“¿Puedo hacerte dos preguntas?”

La pequeña asintió brevemente, aunque con cierta cautela.

" ¿Cómo te llamas? ¿Y cuántos años tienes?”

“Snack... tengo 13 años”, respondió con una sonrisa nerviosa.

“¿Y viniste sola hasta aquí, Snack?” Preguntó ligeramente preocupada.

La niña negó con la cabeza, aunque no era cierto.

Engfa iba a decir algo más, pero Snack se adelantó.

“Solo quiero estar en silencio y no molestar a nadie. Tú parecías una buena opción. Si sigues hablando o preguntando, me voy”

La rapidez y franqueza de la respuesta dejaron a Engfa un poco sorprendida. Abrió los ojos, pero asintió.

“Está bien, tranquila Snack. Quédate. Solo quería presentarme”

“Hazlo”, respondió la pequeña sin levantar la mirada del libro.

“Soy Engfa Waraha. Amo pintar y también leer. Por cierto, me gusta tu libro, es muy bueno”, señaló con una sonrisa amable.

Snack sonrió contenta. Aunque quería preguntarle más sobre la pintura, decidió guardar silencio, tal como había prometido. Metió su rostro en su libro, envolviéndose en sus páginas.

Engfa la observó en silencio, aún sin creer del todo lo que acababa de pasar.

Hasta que la vio a lo lejos por la ventana. Era la estudiante de medicina del otro día. Su silueta cruzaba la calle bajo la lluvia, bata blanca, bolso al hombro, auriculares colgando. No había razón para fijarse en ella. Y, sin embargo, no pudo evitarlo.

La chica irrumpió corriendo en el lugar, acaparando la atención de las pocas personas que estaban allí.

Engfa alzó la vista, atrapada por la escena. Su rostro empapado, el cabello chorreando agua... Era un desastre hermoso. Caótico, pero cautivador.

Se acercó directamente a la barra, pidió cinco cafés y algunas galletas, sin mirar a nadie. No parecía interesada en el entorno, solo estaba allí para cumplir con lo suyo. Aquella indiferencia, esa prisa sin explicación, solo aumentaban el magnetismo que Engfa sentía por ella.

Estaba tan absorta en observarla que apenas reaccionó cuando su pequeña compañera de mesa susurró algo.

“¿Sucede algo Snack?“, preguntó Engfa, sin apartar del todo la mirada.

“Nada”, respondió la pequeña, escondiéndose aún más tras su libro.

Engfa esbozó una sonrisa y volvió a mirar justo a tiempo para ver cómo la desconocida tropezaba con sus propios pies. Luego se fue, como lo había hecho antes, igual de rápido, igual de inexplicablemente.

Engfa se quedó quieta, con el corazón latiendo con fuerza. Había esperado tanto por volver a verla, y aunque solo fue un instante, valió la pena. No entendía por qué, pero esa chica despertaba algo en ella. Había una historia detrás de sus prisas, detrás de esa mirada que no buscaba contacto. Engfa quería comprenderla. Quería pintarla.

Quería plasmar lo que no podía entender, capturar lo que su presencia le hacía sentir. Más allá del caos, más allá de lo fugaz... quería conocerla.

“¿Quién eres?“, susurró Engfa en voz baja, con la mirada perdida en la ventana mientras veía desaparecer a la chica bajo la lluvia.

“¿Te refieres a mi hermana?“, preguntó de pronto Snack, levantando la vista de su libro.

“¿Qué?“, exclamó, girando hacia ella con sorpresa.

“Esa chica es mi hermana”, respondió con naturalidad, dejando el libro a un lado.

“¿Tu hermana?“, murmuró sin poder creerlo.

Snack asintió con una pequeña sonrisa, pero su expresión cambió al instante. “¿Por qué la mirabas tanto?“, lanzó de repente, mirándola directo a los ojos.

Engfa sintió que se le encendía el rostro, completamente tomada por sorpresa.

“Yo... ehhh... no lo sé... curiosidad”, balbuceó, bajando la mirada por un momento.

La pequeña rió suavemente, aunque no parecía del todo convencida.

“Es linda, ¿verdad? Pero siempre anda de prisa”, dijo, y su sonrisa se apagó un poco.

Engfa asintió, aún intrigada.

“¿Por qué?”

“Es estudiante de medicina. Último año”, explicó con un suspiro. “¿No lo notaste? Es un caos”, dijo con tono de obviedad.

Engfa rió por su tonta pregunta y por la respuesta de la pequeña.

“Sí, esa es mi hermana”, continuó Snack mientras se ponía de pie de repente. “Creo que tengo que irme”

Engfa la miró, confundida.

“Espera, está lloviendo. ¿Adónde vas?”

“Al hospital, el que está a unas cuadras de aquí. Mi hermana está haciendo turnos ahí. Se suponía que yo debía esperarla en la sala, con sus compañeros pero algunos estaban más ocupados qué ella y otros solo estaban dormidos mientras podían hacerlo... y cuando estaba ahí, se cayó algo de repente, todos me vieron, pero no fue mi culpa”, añadió con ojos vidriosos. “Ella me gritó un poco antes”

Engfa sintió una punzada en el pecho al verla así.

“Lo siento... seguro que no fue su intención. Vamos, te llevaré. ¿Confías en mí para acompañarte?” Preguntó antes de hacer algo e intentar ayudarle.

La pequeña asintió con una leve sonrisa.

“Bien...“, se levantó también. “Tal vez encontremos a tu hermana en el camino”, comentó Engfa, intentando suavizar el ambiente.

“No, me va a regañar otra vez. Mejor vamos directo y hacemos como que nada pasó. Por favor...”

Engfa dudó un segundo y luego asintió.

“De acuerdo... Pero, ¿podrías decirme cómo se llama tu hermana?”

“Charlotte”, respondió con voz suave.

Engfa repitió el nombre en su mente mientras se dirigían a la puerta. Charlotte... Ahora tenía un nombre para ese caos hermoso.

⭒⭒⭒

La lluvia golpeaba los cristales del auto mientras Engfa manejaba con cautela. A su lado, Snack iba en silencio, abrazando su libro con fuerza. De vez en cuando lanzaba una mirada a la ventana, como si esperara que su hermana apareciera de la nada.

“¿Estás bien?“, preguntó Engfa suavemente.

La pequeña asintió no convencida, sin girarse del todo.

“Sí. Gracias por llevarme, creo, pero en otra ocasión no te ofrezcas si no sabes realmente el camino”

Engfa la miró brevemente con pena. “Lo siento, me perdí un poco pero ya vamos a llegar”

“Sí, minutos después, tal vez mi hermana ya notó mi ausencia” Se quejó y Engfa se sintió peor.

Un par de minutos después, llegaron frente al hospital. Engfa estacionó cerca de la entrada de personal y apagó el motor.

“¿Quieres que te acompañe hasta adentro?”

Snack negó con la cabeza, pero no hizo ningún movimiento por salir. Miró hacia la puerta iluminada con expresión de duda.

“¿Y si... está muy enojada?”

Engfa sonrió con calidez.

“Entonces dile que te quedaste conmigo. Me puedes echar la culpa, no me importa”

La pequeña soltó una risa tímida, la primera genuina desde que salieron.

“De verdad, eres rara”

“Lo sé“, rió Engfa también. “Pero te salvé de la tormenta, así que tal vez eso me dé puntos”

“Pero te perdiste...” Ella soltó abrumada.

“Lo siento de nuevo... vamos, te acompañó, creo que es lo mejor” Cogió un paraguas que por milagro tenía ahí en su auto.

Sin más salieron las dos. Engfa la cubrió bien para que no se mojara.

En ese momento mientras caminaba, la puerta del hospital se abrió y una figura familiar para la pequeña salió, cubriéndose la cabeza con la capucha de su abrigo blanco. Caminaba rápido, claramente preocupada.

Era Charlotte. Snack la vio y se encogió.

“Es ella”, murmuró.

Charlotte se acercó rápidamente a ellas con el ceño fruncido.

“¿Snack? ¿Donde estabas? Te dije que... ¿Quién es usted?“, preguntó ahora mirando a Engfa.

Charlotte parpadeó enojada, confundida.

Engfa la miró, casi sin respirar. Tan cerca, tan real.

“Hola soy Engfa. Estaba lloviendo, tu hermana apareció sola en la cafetería. Pensé que podría traerla” Explicó brevemente.

Charlotte la observó unos segundos más, luego suspiró, frustrada, pero no con enojo real.

“Gracias... Lo siento si te causó problemas”

“No fue ningún problema”, dijo Engfa, mirando de reojo a Snack. “Fue... interesante, es una buena niña, pasamos un buen rato, estuvo conmigo en cada momento”

Charlotte ladeó la cabeza, intrigada por esa respuesta. Algo en sus ojos parecía suavizarse.

“Bueno... será mejor que entremos. Snack, ven”

La niña se despidió de Engfa con una sonrisa de complicidad y Charlotte iba a quitarse la capucha para entregarse a Snack, pero Engfa la detuvo.

“No hagas eso, las dejaré hasta allá para que no se mojen”, dijo suavemente.

Charlotte se detuvo por un momento pensando en ello, pero no tenía mucho tiempo, así que solo suspiró y se acercó a ellas.

Cuando llegaron a las puertas de cristal del hospital, se alejaron. Snack fue la primera en hacerlo, entrando en los pasillos del hospital trató de huir de su hermana mientras Charlotte solo se quedó allí y miró a los ojos a Engfa.

“¿Nos hemos visto antes?“, preguntó, como si intentara recordar.

Engfa la miró fijamente.

“Sí. Dos veces, aunque nunca lo supiste” Comentó.

Charlotte frunció el ceño otra vez, sin saber si reír o incomodarse. Pero antes de que pudiera responder, Engfa añadió:

“Soy artista. A veces la inspiración aparece de golpe. Y tú... apareces muy seguido”

Charlotte se quedó sin palabras. Y aunque quiso decir algo, solo asintió, sin más uno de sus compañeros lentamente la llamó.

“Gracias por todo Engfa, gracias de verdad por cuidar a mi hermana, tengo que irme ahora”, rió apenada. “Adiós, gracias de nuevo” Se alejó con una sonrisa.

Engfa la observó desaparecer por la entrada iluminada, como antes en la cafetería. Pero esta vez... tenía su nombre. Charlotte. Y la certeza de que no era la última vez que la vería.

Desde ese día hasta hora Charlotte, fue una constante en sus pensamientos. Siempre apurada, siempre leyendo, siempre con ese rostro cansado y esos ojos que parecían mirar más allá de lo inmediato.

Charlotte no volvió a hablar con ella después de esa pequeña interacción que tuvieron ese día en el hospital. Engfa no se rendía, aquí estaba de nuevo esperando que la mirara. Y no es que Charlotte la ignore al propósito, realmente ella ignora todos alrededor, simplemente cada vez que entraba a esa cafetería, hacía lo mismo, tomaba su pedido, sus cafés, sus galletas y se escapaba, a veces entraba leyendo, estudiando algo que nunca levantaba la mirada más allá y Engfa realmente no se atrevía a interrumpir su mundo a pesar de que se moría por hacerlo.

Engfa se convirtió en una presencia discreta en la cafetería. Cuaderno en mano, simulaba dibujar cualquier cosa, pero la verdad era otra. La dibujaba a ella. No podía evitarlo. Desde la forma en que torcía el gesto al concentrarse hasta cómo se recogía el cabello sin darse cuenta

Hasta que un día Charlotte finalmente entró en la cafetería sin correr. Fue un breve momento, Charlotte, esta vez no tenía prisa, era su primer día libre, sus ojos después de mucho tiempo recorrieron el lugar con calma y se encontró con una chica tranquila en la esquina.

Algo acudió a su memoria: no era la primera vez que la veía. Lo sabía.

Su expresión cambió, frunció ligeramente el ceño y luego ladeó la cabeza, como si necesitara enfocar un recuerdo.

“Espera...“, murmuró para sí, tomando su café. “Esa chica...“, caminó.

Charlotte sin pensarlo demasiado caminó directamente hacia ella. Engfa, atrapada en medio de un trazo esperándola ver, no se dio cuenta de que Charlotte ya había llegado a la cafetería y que ya caminaba hacia ella, no hasta que fue demasiado tarde.

“Eres tú“, dijo Charlotte, deteniéndose frente a su mesa. Su tono no era acusador, pero sí directo.

Engfa alzó la mirada, sobresaltada. La sostuvo apenas un segundo, luego bajó la vista al cuaderno, toda ella se estremeció.

La punta del lápiz tembló.

“Hola...” Su rostro ardía, su corazón se detuvo. Realmente no lo esperaba.

“Entonces eres tú...” Charlotte, esbozando una sonrisa que aún llevaba sorpresa. “Fuiste tú quien llevó a mi hermana al hospital ese día. Te recuerdo. Ella me contó todo... y ahora te reconozco”

Engfa no dijo nada. Asintió apenas. Su garganta parecía seca de repente.

“Gracias de nuevo, por cierto”, añadió Charlotte con más suavidad. “Me asusté mucho cuando no lo vi, me dijo que eras buena aunque un poco rara”, rió nervosa por decir eso.

Engfa no sabía qué decir, había esperado tanto tiempo por este momento y ahora no sabía qué hacer. Solo hubo silencio. Ella se maldijo un poco por ello.

Charlotte parpadeó algo incómoda, desviando la mirada hacia el cuaderno, miró. Engfa trató de cerrarlo con disimulo, pero no fue lo suficientemente rápida.

“¿Esa... soy yo?”

Engfa tragó saliva.

La pregunta era más un descubrimiento que una acusación. Charlotte entrecerró los ojos y observó los trazos. Ahí estaba: su rostro, su postura al tomar su café y al leer, la curva de su sonrisa, incluso el gesto que hacía cuando se amarraba el cabello sin notarlo.

No era uno, sino varios dibujos.

Engfa sintió cómo el corazón le martillaba el pecho mientras Charlotte miraba las páginas.

“Lo siento... no debería haberlo hecho. Solo... no podía evitarlo”, dijo en voz baja, como si confesara un delito.

Charlotte no respondió de inmediato. Su mirada recorría los dibujos, uno por uno. Había algo íntimo en ellos, como si cada trazo le revelara algo de sí misma que ni siquiera ella conocía.

“No están mal”, dijo finalmente, con una pequeña sonrisa en las comisuras de los labios. “Aunque esa no es mi mejor cara”, señaló uno, divertida.

Engfa se rió con nerviosismo, aliviada de que no se alejara indignada.

“No pensé que me recordarías... ni que vendrías a hablarme”

“¿Y perderme la oportunidad de conocer a la chica misteriosa que me dibuja a escondidas?” Charlotte lo soltó de la nada y se cruzó de brazos, ahora sí claramente divertida. “No. Además... creo que quiero saber por qué me elegiste a mí”

Engfa levantó la vista y la miró por fin sin esconderse.

“Porque no sabía cómo dejar de mirarte”

Charlotte se quedó en silencio. Su sonrisa no se desvaneció, pero algo en su expresión se volvió más suave y la vez más seria.

“Entonces”, dijo al fin, sentándose frente a ella. “Cuéntamelo. Desde el principio” Pidió.

Y Engfa, por primera vez, soltó el lápiz... y empezó a hablar.


Hola este one fue inspirado en esa imagen de Engfa mi amor 👇 me pasé toda la tarde escribiendo esta idea, espero que te haya gustado...

¿Qué te pareció?

¡Gracias por leer! 💗

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