Lo Que El Poder Desea

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Summary

Alessandro fue vendido para pagar las deudas de su padre. Dante Moretti lo reclamó como propiedad—una mentira hermosa vestida de seda y secretos. Pero cuando la verdad sale a la luz, Dante no huye. Convierte a Alessandro en Alessandra, su cautiva perfecta, su obsesión. Lo que empieza como supervivencia se transforma en algo más oscuro: un vínculo forjado en sangre, construido sobre miedo y sellado con deseo prohibido. Cuando estalla la guerra entre familias mafiosas, Alessandra debe elegir—seguir siendo un peón en un juego mortal, o convertirse en la reina que gobierna junto al hombre más peligroso vivo. De cautiva a asesina. De Alessandro a Alessandra Moretti. Algunas jaulas son prisiones. Otras son tronos.

Status
Complete
Chapters
30
Rating
5.0 2 reviews
Age Rating
18+

Capítulo 1: Deuda de Carne

La lluvia caía como plomo derretido sobre las calles mugrientas del distrito industrial. El Mercedes negro de Dante Moretti se detuvo frente al almacén abandonado con un siseo de frenos hidráulicos. El motor ronroneaba bajo, como un animal conteniendo el aliento. Dentro, Dante se ajustó los puños de la camisa negra impecable, los gemelos de plata brillando bajo la luz tenue del salpicadero. A sus 38 años, era la definición de control: alto, hombros anchos que tensaban la tela del traje hecho a medida, cabello negro peinado hacia atrás, y una mandíbula que parecía tallada en granito. Sus ojos, color acero helado, no parpadeaban cuando olía sangre.

Bajó del auto sin prisa. Dos de sus hombres —gigantes con abrigos largos— lo flanquearon. El tercero abrió la puerta trasera del almacén de un empujón. El hedor a óxido, orines viejos y miedo los golpeó de inmediato.

Allí estaba Viktor Hale, atado a una silla de metal oxidado en el centro del espacio vacío. La cara ya hinchada por golpes previos, sangre seca en la comisura de la boca. Sus manos temblaban sobre los reposabrazos, los dedos índice y medio de la izquierda ya amputados a la altura de la segunda falange. Los muñones estaban envueltos en trapos sucios que se empapaban de rojo fresco. Viktor jadeaba, los ojos vidriosos por el alcohol residual y el dolor.

Dante se detuvo a tres pasos. Se quitó los guantes de cuero negro uno por uno, doblándolos con precisión quirúrgica.

—Viktor —dijo con voz baja, casi amable—. Pensé que habíamos acordado que la próxima vez que te viera sería para enterrarte.

Viktor levantó la cabeza. Intentó sonreír, pero solo salió un gorgoteo.

—D-Dante… por favor… tengo el dinero… pronto… las apuestas, el licor… se me fue de las manos, pero—

Dante chasqueó la lengua. Uno de sus hombres le pasó un cutter industrial, el filo reluciendo bajo la bombilla colgante. Dante lo tomó sin mirarlo.

—No quiero excusas. Quiero mis siete millones. Con intereses. —Se acercó más—. O lo que sea que valgas.

Viktor sollozó. Las lágrimas se mezclaron con la sangre que goteaba de su nariz.

—Tengo… tengo algo mejor. Mi hijo. Mi hija. Alessandra. Es… es hermosa. Delicada. Puedes quedártela. Como pago. Te juro que vale más que el dinero.

Dante arqueó una ceja. Sacó su teléfono, abrió una foto que uno de sus informantes le había enviado semanas atrás: una figura esbelta, cabello largo castaño oscuro cayendo en ondas hasta la mitad de la espalda, rostro de rasgos suaves, pómulos altos, labios llenos, ojos grandes y expresivos. Vestía ropa sencilla, jeans y sudadera, pero nada podía ocultar la androginia etérea. Parecía una muñeca frágil en un mundo de fieras.

Dante sintió algo retorcerse en el pecho. No era lástima. Era hambre.

—Tráiganla —ordenó sin apartar la vista de la foto.

Viktor se derrumbó más en la silla.

—No… no lo lastimes… es todo lo que tengo…

Dante se inclinó hasta quedar a la altura de los ojos de Viktor.

—Todo lo que tienes ahora es mío. Incluida tu hija.

Minutos después, la puerta se abrió de nuevo. Alessandro entró empujado por uno de los hombres. Llevaba las manos atadas a la espalda con bridas de plástico. El cabello largo le caía sobre la cara, ocultando parcialmente los ojos hinchados por el llanto reciente. Su cuerpo era delgado, casi frágil: cintura estrecha, hombros suaves, piernas largas pero sin músculo definido. La sudadera holgada no lograba disimular la delicadeza de sus formas. Parecía una chica de veintitrés años asustada. Nadie corrigió la suposición.

Alessandro vio a su padre atado, los muñones sangrantes, y un sollozo se le escapó.

—Papá…

Viktor no lo miró. Solo murmuró:

—Haz lo que él diga, hijo… por favor…

Dante se enderezó. Caminó hacia Alessandro con pasos lentos, deliberados. El chico retrocedió hasta chocar contra la pared. Dante extendió una mano y, con dos dedos, le levantó la barbilla. La piel era suave, casi sedosa. Los ojos de Alessandro, Alessandra —grandes, color avellana con motas doradas— estaban llenos de lágrimas.

—Bonita —murmuró Dante, más para sí mismo—. Muy bonita.

Alessandro tembló. Intentó hablar, pero la voz se le quebró.

—No… no soy… por favor…

Dante ignoró el balbuceo. Se volvió hacia Viktor.

—La deuda está saldada. Temporalmente. Si intentas algo, si hablas con alguien… —Sacó el cutter y, sin aviso, cortó la oreja derecha de Viktor de un tajo limpio. El lóbulo cayó al suelo con un sonido húmedo. Viktor gritó, un alarido animal que rebotó en las paredes.

Alessandro se tapó la boca con las manos atadas, ahogando un gemido.

Dante limpió el filo en la camisa de Viktor y se lo guardó.

—Llévenla al auto —ordenó a sus hombres, refiriéndose a Alessandro—. Y a este… —miró a Viktor— déjenlo vivo. Por ahora.

Mientras arrastraban a Alessandro hacia la salida, el teléfono de Dante vibró. Contestó.

—¿Qué?

Una voz al otro lado, tensa:

—Jefe, capturamos al soplón. Estaba negociando con los Russo. En el almacén viejo de la avenida 7. Quiere hablar. Dice que tiene información.

Dante sonrió por primera vez. Una sonrisa fría, sin calor.

—Perfecto. Vamos para allá. Manténganlo vivo.

Colgó y miró a Alessandro, que ya estaba siendo metido al asiento trasero del Mercedes.

—Tú vienes conmigo, preciosa. Vas a ver cómo pago mis deudas de verdad.

El convoy se desvió. Quince minutos después, llegaron al almacén enemigo. Un edificio derruido, ventanas rotas, olor a gasolina y metal quemado. El soplón estaba atado a una viga, ya desnudo de cintura para arriba, moretones frescos en el torso. Dos hombres de Dante lo custodiaban.

Alessandro fue obligado a quedarse en el auto, las manos aún atadas, mirando por la ventana tintada. Desde allí vio todo.

Dante se acercó al soplón. Sacó un cuchillo Bowie de su funda en la bota. El filo era dentado, diseñado para desgarrar.

—¿Con quién hablabas, Marco? —preguntó Dante con calma.

El hombre escupió sangre.

—Vete a la mierda, Moretti.

Dante suspiró. Sin preámbulo, clavó el cuchillo en el muslo izquierdo del tipo, girándolo para abrir la herida. La sangre brotó en chorro caliente, salpicando los zapatos de Dante. Marco gritó, un sonido gutural que se convirtió en sollozos.

—Mala respuesta.

Dante sacó el cuchillo y lo limpió en la cara del hombre. Luego, con precisión quirúrgica, cortó la oreja izquierda. El cartílago crujió. Sangre corrió por el cuello del soplón como una cascada roja.

Alessandro se tapó la boca, los ojos muy abiertos. Lágrimas silenciosas rodaron por sus mejillas. Vio cómo Dante seguía: un corte limpio en el abdomen, no lo suficientemente profundo para matar rápido, solo para exponer músculo y grasa. El soplón se convulsionó, gritando hasta que la voz se le rompió en gorgoteos.

Finalmente, Dante se inclinó al oído del hombre.

—Dile a los Russo que la próxima vez mando cabezas.

Y con un movimiento rápido, le cortó la garganta. La sangre arterial salpicó en arco, golpeando el piso con sonido de lluvia pesada. El cuerpo se desplomó, convulsionando unos segundos antes de quedarse quieto.

Dante se limpió las manos en un trapo que le pasó uno de sus hombres. Se volvió hacia el auto. Sus ojos encontraron los de Alessandro a través del vidrio. El chico estaba pálido, temblando, los labios entreabiertos en shock.

Dante abrió la puerta trasera y se sentó a su lado. El olor a sangre y pólvora invadió el habitáculo.

Alessandro no se movió. Solo susurró, voz rota:

—No… no me mates… haré lo que sea…

Dante lo miró largo rato. Extendió una mano ensangrentada y le apartó el cabello de la cara con sorprendente delicadeza.

—No voy a matarte, preciosa. —Su voz era baja, casi tierna—. Vas a ser mía. Toda mía.

Alessandro cerró los ojos, lágrimas cayendo. El auto arrancó hacia la mansión.