LALISA.
Apenas noto cómo los labios rosados de Serena se tragan mi polla. No es que no tenga talento: su puño rodea mi base mientras su palma me acaricia las pelotas, trabajándome al mismo tiempo. Es una de las mejores del sector y sabe lo que quiero. Una descarga rápida y sin complicaciones, que me deje en paz, pero por mucho que me tome hasta el fondo, mi cuerpo se niega a responder.
No me avergüenzo de pagar por lo que quiero, que es el anonimato. En el pasado intenté aventuras ocasionales, dejé claro que era una simple cuestión de necesidades físicas, pero nunca dejaron de pedirme más. Soy la heredera de la fortuna Manoban, no puedo culparlas por intentarlo. La única motivación más fuerte que la codicia es la venganza.
Por eso me pasé a los servicios. Sin sentimientos, sin despedidas incómodas, puramente transaccional. Era la solución perfecta y la que necesitaba desesperadamente hoy, después de que la señorita Kim se echara hacia atrás su cabello naranja claro, se inclinara sobre la mesa de la sala de conferencias, me clavara su mirada feroz y exigiera que le prestara atención.
Como si no la tuviera ya.
Como si ella no fuera la única razón por la que estaba en esa reunión.
Sí, soy la propietaria de los Boston Bruins, pero también lo soy de muchas empresas y no participo en reuniones de relaciones públicas.
Tengo gente para hacerlo. Cuando le dije a mi hermano que iba a ir hoy, me miró con complicidad. Lo mandé a la mierda antes de que pudiera pronunciar una sola palabra.
Los hombres que ocupan mi puesto no asisten a las reuniones diarias, pero otros hombres que ocupan mi puesto no están obsesionados con sus empleadas que parecen duendecillas.
Ella es joven y fresca, con una chispa de vida que no tengo por qué codiciar. La arruinaría en cuanto la tocara. La sangre que mancha permanentemente mis manos la cubriría, ensuciando lentamente cada centímetro hasta apagar su luz.
Pero, mierda, quería pasar por encima de la mesa y taparle la boca cuando siseó: “Sí, señora” con una ceja levantada.
No me molesto en fingir que no fue por eso por lo que elegí este lugar para las actividades de esta noche.
Serena se echa hacia atrás con un chasquido y me ve con unos pálidos ojos verdes que desearía que fueran de un cálido marrón.
― ¿Estás bien? ¿Estoy haciendo algo mal?
―Estás bien. ―Empuño su cabello y la guío de nuevo hacia mi polla, decidida a encontrar mi liberación.
Me concentro en el lugar donde Jennie estaba sentada en la mesa de conferencias. Imagino la escena de esta mañana, pero esta vez, en mi mente, no oculto mis emociones.
Esta vez, me pongo de pie, acecho alrededor de la mesa y aprieto el pecho de Jennie contra la dura superficie.
Su falda cubierta de flores se desliza fácilmente sobre sus caderas mientras mis palmas envuelven sus muslos, revelando su trasero perfecto.
Un gemido retumba en mi pecho ante la fantasía, y Serena me chupa con más fuerza, sabiendo que está funcionando.
Casi puedo sentir el escozor de mi palma cuando mi mano aterriza con fuerza en el redondo trasero de Jennie, dejando una perfecta huella roja. He querido marcarla desde el primer día que nos conocimos.
Estaba de pie en el pasillo, con las manos en las caderas y la cabeza ladeada. Tenía los ojos redondos y el pecho le subía y bajaba demasiado rápido para ser normal, pero lo disimuló y me rodeó sin decir palabra.
Mierda, necesité fuerza de voluntad para no jalarla y estamparla contra la pared. Nunca había respondido a nadie como a ella.
Ansío saber los sonidos que hará cuando le meta la polla hasta el fondo. La haré suplicar por más hasta que grite mi nombre mientras me clavo en su alma.
Gimo entre mis dientes apretados, con las caderas golpeando con más fuerza la boca de Serena y la tensión recorriéndome la columna vertebral. Cada músculo se aprieta a medida que mi liberación aumenta dolorosamente. Me balanceo con más fuerza y Serena me toma con maestría, pero no es suficiente.
No es lo que mi cuerpo anhela.
Gruño de frustración, dispuesta a quitarla de mi polla y renunciar a esta noche, cuando se abre la puerta de la sala de conferencias y un grito ahogado resuena en el espacio.
Jennie está de pie en la puerta, la luz del pasillo ilumina la mitad de su cara. Se ha recogido el cabello, dejando al descubierto la suave columna de su cuello, y la sigo hasta donde sus pechos se encharcan por encima del escote del vestido como si ya no pudieran contenerse.
Quiero arrancárselo y sentir lo perfectamente que encajarían alrededor de mi polla, oír los sonidos que haría mientras me follo sus tetas.
Ella rompe mi control, volviéndome primitiva.
No debería quererla. Debería vender el equipo de hockey y alejarme de ella, pero en vez de eso, como la hija de puta que soy, mis ojos se desvían hacia su boca.
La cual se abre de golpe.
De repente, imagino que los labios que rodean mi pene son los suyos. Emite sonidos de necesidad mientras me succiona más profundamente. Su cabello anaranjado se aprieta en mi puño y sus bonitos ojos marrones se humedecen cuando llego al fondo de su garganta.
Gimo por lo bajo, con las pelotas apretadas mientras una imagen tras otra de mi chica arrodillada asalta mis pensamientos.
Pero la verdadera Jennie cierra los labios, rompiendo la ilusión. Me aparto de la cálida boca de Serena y, de inmediato, empuño mi polla mientras mi atención queda completamente capturada por esta mística duendecilla.
Los ojos de Jennie están fijos en mi puño, que acaricio de la base a la punta. La luz se refleja en sus pezones endurecidos, y un rubor le sube por el pecho y le sonroja las mejillas mientras me asimila. Debería estar asqueada, pero mi chica está cautivada.
Se hunde los dientes en el labio inferior mientras asimila cada caricia. Mis caderas se sacuden hacia adelante y un gemido de dolor escapa de su garganta, llevándome al límite.
El orgasmo se apodera de mí y un escalofrío recorre mi espina dorsal mientras mi semen cubre mi mano.
Sus ojos siguen mis movimientos mientras tomo un pañuelo del bolsillo y me limpio. No aparta la mirada cuando vuelvo a taparme pero dejo el botón desabrochado.
Doy un paso adelante, acortando la distancia que nos separa con pasos seguros. Sus ojos se abren de par en par cuando entro en su espacio, pero no se mueve. Atrapada como un conejo, congelada en su sitio mientras avanzo hacia ella hasta que las puntas de sus zapatos se encuentran con las mías.
Tiene que echar la cabeza hacia atrás para seguir mirándome, y yo me inclino hacia ella, lo bastante cerca como para que nuestras respiraciones se mezclen.
No puedo evitar tocarla y le rozo el labio inferior con el pulgar, liberándolo de su maltrato, y luego le meto la punta. Su suave lengua recorre la áspera almohadilla de mi dedo y un calor abrasador me recorre, el sabor de mi semen llena su boca.
Se sobresalta, con los ojos muy abiertos por el susto, y tropieza. La tomo del brazo y la estabilizo.
―Bienvenida de vuelta ―susurro las palabras.
El shock se convierte en miedo, se convierte en mortificación, y ella prácticamente chilla:
―Lo siento.
Luego se da la vuelta y huye.
Me tenso ante la necesidad de perseguirla, de apretarla contra la pared y deslizar mis dedos por sus bonitas bragas para ver si está tan mojada para mí como creo. Trago saliva y respiro por la nariz. Mi ratoncita aún no está lista para mí, pero ya es demasiado tarde para detenerme.
Una tos femenina viene detrás de mí.
― ¿Ella es la razón por la que llamaste? ―me pregunta Serena. Va completamente vestida, con una camisa de seda metida por dentro de una falda lápiz perfectamente entallada. Parece propia de reuniones de juntas directivas; es todo lo que Jennie no es.
Haciendo de ella todo lo que no quiero.
―No volverá a ocurrir.
Asiente y ve al suelo, donde mi semen mancha la alfombra.
―Vete tú. Yo limpiaré.
Paso mi mando por el ascensor. Está codificado para venir directamente a mí, saltándose todos los pisos. Si tengo suerte, la traerá de vuelta a mí.
La frustración me lame la piel cuando los vagones llegan vacíos y tengo que esperar a que llegue al piso de abajo. Para cuando salgo por las puertas delanteras, su cabello brillante desaparece en un Uber. Me paso la lengua por los dientes de arriba, presionando lo suficiente para sentir los bordes afilados, y giro el cuello. No me gusta que se suba a autos con desconocidos, y esa será la última vez.
―Chanyeol ―le digo a nuestro guardia de seguridad. Lleva aquí diez años y sé que puedo confiar en él―. Hay una señorita Serena en mi piso. No será un problema, pero asegúrate de que se vaya.
―Lo haré, jefa.
El valet detiene mi auto sin que se lo pida. Entrando y saliendo del tráfico, sigo la débil silueta del auto azul marino en el que viaja hasta que lo sigo unos metros por detrás.
Sé que no debo seguirla de cerca. Me entrenaron para permanecer invisible, pero no soporto la idea de perderla de vista.
Así, si su conductor se desvía del camino más rápido, lo sabré inmediatamente. Sé dónde vive, y sé la mejor manera de llegar ahí.
Esta mujer ha estado rondando mis sueños, jadeando mi nombre, y se ha convertido rápidamente en mi obsesión.
Llego a su apartamento unos instantes después de ella y veo cómo sale del auto y se dirige a la puerta. Tarda unos segundos preciosos en desbloquearla, tiempo más que suficiente para que alguien se acerque a ella, y un músculo se me tensa en la mandíbula.
Localizo el contacto de mi hermano Jungkook en el tablero y pulso “Llamar”.
― ¿Qué pasa? ―Suena cansado, y me doy cuenta de que es casi la una de la madrugada. ¿Qué hacía mi chica en la oficina tan tarde?
―Tengo trabajo ―le respondo, con los ojos aún clavados en la puerta.
Él no lo cuestiona.
― ¿Personal o de negocios?
―Personal.
―Oh, ¿quién es él? ―Parece interesado.
―Ella. ―Resoplo, sabiendo ya que me va a echar mierda por esto. Él tararea y puedo oír su suspiro.
―Sabes que solíamos usar nuestras habilidades para controlar a la Sociedad. ¿Ahora acechas a una chica? Hablando de usar tu poder para el mal.
―Siempre fue para el mal ―digo, con la voz baja. Peligrosa. Hay una quietud en el auto que trasciende hasta mi hermano. Ambos aprendimos jóvenes la crueldad de ser los señores de la Orden de los Santos. Estuve a punto de perderlo, y me convertí en la mismísima Satán, renunciando a una parte de mi alma para recuperarlo.
Mi hermano se aclara la garganta.
―Entonces, ¿a quién estamos acechando?
―A mi futura esposa.
