𝑪𝒂𝒑𝒊́𝒕𝒖𝒍𝒐 𝟏
.𝐴𝑙𝑒𝑛𝑎...
Nada en mi vida había sido fácil, pero a mis 18 años ya no esperaba que lo fuera, fui secuestrada y enviada a un burdel en Francia vendida como una simple mercancía siendo menor de edad. Mi única labor aquí era bailar y servir, no por mi propia voluntad, sino porque Madame Claire se negaba a vender mi virginidad. No era por bondad, sino porque yo era la atracción principal, la que le hacía ganar más dinero que cualquier otra chica. Aquí nos diferenciaban por medio de un pequeño tatuaje en la muñeca izquierda o por un shoker con los mismos dijes. "Las lunas y estrellas". Las lunas éramos todas aquellas vírgenes o de nuevo ingreso eso quería decir que solo podíamos entretener a los clientes sin llegar a más y las estrellas todas aquellas que tenían tiempo laborando, quienes estaban dispuestas a todo.
Estaba en una de las salas privadas, bailando para uno de los clientes favoritos de Madame. En lo personal, me daba asco estar a solas con él. Era un hombre corpulento, calvo y con un traje que le quedaba demasiado ajustado. Su olor a puro rancio y colonia barata me daba náuseas.
—¡Suélteme!—Grité, tirando de mi brazo. Su aliento a alcohol me golpeó el rostro mientras me acorralaba contra la pared.
—No te vengas a hacer la santa, sabes bien que ese papel no te queda—murmuró, su voz gorda y pesada. —Te pagaré el doble.
—No soy una santa, pero yo no estoy para eso—respondí, mi voz temblorosa. —Si está tan desesperado, mis compañeras están disponibles.
Su risa fue un sonido repugnante. —No las quiero a ellas. Te quiero a ti. Y te guste o no, me vas a complacer.
Me tomó con fuerza de los brazos y me arrastró hasta la cama. Me dejó caer con una brutalidad que me sacó el aliento y se subió sobre mí, su peso aplastándome.
—¡No!—Luché. Grité con todas mis fuerzas. —¡Ayuda! ¡Julián!
Pero mis súplicas se perdieron en el estruendo de la música y las risas del club.
—Cállate, maldita perra— rugió, su mano libre se cerró en mi cuello. El aire se me cortó, y por un segundo, todo se volvió oscuro. Con su otra mano, desabrochó su pantalón. Se acercó a mi cara, su nariz rozando mi mejilla. Forcé mi rostro lejos del suyo, el pánico una marea que me ahogaba. Sus labios intentaron encontrar los míos, mientras su mano serpenteaba debajo de mi vestido de lentejuelas, buscando mi intimidad.
No. Me negué. La rabia me invadió. Como pude, giré la cabeza y, con un último esfuerzo, clavé mis dientes en el lóbulo de su oreja. El sabor metálico de la sangre llenó mi boca. Lo mordí hasta que gritó.
—¡Maldita hija de puta! ¡Mira lo que me hiciste!
El golpe me llegó de repente, una bofetada que me dejó aturdida. Aproveché esos microsegundos de aturdimiento para soltarme y corrí hacia la puerta. Fui demasiado lenta. Me tomó de los tobillos y me arrastró de regreso.
—¡Déjame!—Grité, sin esperanza. Y entonces, como un milagro, la puerta se abrió de golpe. La silueta de Julián, el guardia de seguridad, apareció en la entrada.
Un hombre de aura imponente hombros anchos y antebrazos definidos sugieren que es capaz de controlar situaciones violentas con facilidad.
Su rostro es anguloso, con una mandíbula marcada y una expresión perpetuamente alerta. La pequeña cicatriz en su mejilla izquierda es un "recordatorio" de su pasado en servicio, dándole un aire de autenticidad y peligro.
Viste de forma práctica, una camiseta negra ajustada que permite libertad de movimiento y pantalones cargo verde oliva. Las placas de identificación que cuelgan de su cuello son el único vínculo visible con su vida anterior, un amuleto de identidad que no se quita.
Julián me quitó de encima a ese hombre llevándose lo y, segundos después, Jamila entró en la habitación. Ella era mi compañera y mi única amiga en este lugar. Su rostro estaba lleno de una preocupación que solo conocía.
—¿Te hizo algo?—preguntó Jamila mientras caminábamos de regreso a nuestra sala.
—No alcanzó a cumplir su cometido—le sonreí, una sonrisa vacía.
—Es un maldito. Creen que por ser 'superiores' tienen derecho a tratarnos así, a hacer lo que quieran con nosotras.
Entramos en nuestra sala, un pequeño espacio que era nuestro único refugio. Me senté frente al espejo, apoyando los codos.
—Ya estoy harta, Jamila. Ya no puedo más.
—Lo entiendo, yo también lo estoy. Pero no podemos hacer nada. Solo nos queda aguantar.
Se acercó a mí y puso su brazo alrededor de mis hombros.
—Lo sé. Así nos tocó, pero a veces me pregunto... ¿qué hubiera sido de mi vida si no me hubieran secuestrado?
Jamila apoyó su barbilla en mi cabeza. —Sé que no ha sido fácil para ti. Eras apenas una niña cuando llegaste aquí.
—Sí, 15 años, para ser exacta. Qué rápido pasa el tiempo. Quién diría que ya llevo tres años aquí—la miré por el reflejo del espejo. —Pero bueno, no pensemos en cosas tristes. Mejor me voy a preparar.
—Sí, mejor... Oye, te golpeó muy feo. Te abrió el labio—dijo, acariciando mi labio inferior.
—¿Qué?—pregunté confundida, mirándome al espejo. Había un rastro de sangre en mi boca. —Tranquila, esta sangre no es mía.
Su ceño se frunció. —¿Entonces de quién es?
—Para tratar de quitármelo de encima, le mordí el lóbulo de la oreja—tomé una botella de agua para enjuagarme la boca.
—¡No te creo! ¡Tuviste agallas, nena! No cualquiera tiene los ovarios para hacer eso.
Comenzó a maquillarme, haciendo menos notorias las marcas en mi piel.
—No iba a permitir que me abusara. No por ser bailarina o dama de compañía pueden aprovecharse así de una.
—Pero eso no lo entienden—terminó de retocar mi maquillaje.
Nuestra plática se interrumpió cuando escuché mi nombre en los altavoces. 'Lena' el nombre de pila que me dieron aquí, un diminutivo de mi nombre. Solté un suspiro y solo reí.
—El deber me llama.
Salí de la sala, escuchando los elogios del presentador que me daba una entrada estelar. Me encantaba ser el centro de atención. Subí al escenario. El aire es denso, huele a humo y a electricidad caliente de los focos. La luz azul, intensa y fría, me envuelve y me aísla en esta plataforma hexagonal que es mi mundo. Cierro los ojos un segundo. La música comienza. Es Música Electrónica Melódica, con un synth profundo y un ritmo constante que entra directamente en mi pecho y me ordena moverme.
Me inclino hacia el poste, mi silueta oscura contra ese muro de luces brillantes. Es la reverencia a mi único compañero. La gente, allá afuera, no me ve, solo ve una sombra en movimiento. Eso es lo que quiero: ser un espíritu de la danza.
El beat sube, y yo subo con él. Me impulso con una fuerza explosiva. Siento cómo mis manos se aferran al cromo, mis muslos presionan. Estoy volando. Mis rodillas se doblan, luego mi cuerpo se extiende en el aire en ese salto hacia el costado, una flecha flotando.
Escucho la exclamación. Es un coro de "¡Oh!" ahogados, la sorpresa en sus voces es la fricción que necesito para mantenerme. Veo los ojos en la oscuridad, fijos en mi ascenso, en esa aparente facilidad con la que desafío el suelo. Es el público reaccionando a la fuerza pura, a la suspensión en el aire que niega toda lógica.
El movimiento se ralentiza, el drop melódico inunda la sala. Me quedo arriba, mi cuerpo creando esa línea de belleza retorcida, mis piernas extendidas en un split aéreo. En este momento, la mirada del público no es de juicio, es de admiración sincera. Sé que están entendiendo el lenguaje de la fuerza y la flexibilidad que estoy hablando.
El synth se vuelve melancólico, profundo. Es tiempo de bajar. Me deslizo suavemente, controlando la velocidad de mi caída con la tensión de mi piel contra el poste. El descenso es tan importante como el ascenso. Es la suavidad después de la tormenta.
Toco la plataforma. La luz azul parece intensificarse, los focos dorados sobre mí se vuelven más brillantes, coronándome. Me doy la vuelta, mis manos sobre la cabeza, en una pose final de poder sereno. La música muere en un eco profundo.
La liberación del público es total. El estruendo de los aplausos me golpea como una ola de calor, mezclado con gritos y silbidos agudos. Es la validación. Es mi recompensa. Por un momento, en esta plataforma de cuatro luces y un poste, fui invencible.
Doy el último paso fuera de la plataforma. La oscuridad me traga de nuevo, es una cortina de terciopelo espeso que huele a polvo. El ruido del público sigue siendo un zumbido furioso detrás de mí, como el mar rompiendo en la orilla, pero ya no me pertenece.
El contraste es brutal. Hace un segundo, mi cuerpo era fuego bajo los focos; ahora, la adrenalina me abandona en oleadas de escalofrío. Me apoyo contra una caja, mis músculos tiemblan. No es el cansancio, es la descarga. Cada fibra de mí está vibrando por haber estado estirada hasta su límite. Siento la quemazón en mis palmas por la fricción del cromo y el leve ardor en mis muslos por la tensión. Es un dolor honesto que amo.
—Lo hiciste increíble, sin duda alguna eres la mejor— halaga
—Gracias, gracias. Sabes que el pole dance es algo que se me da muy bien— hago una reverencia y suelto a reir leve.
—Eres una presumida—cruza los brazos— Pero sabes que asi te quiero
Se abalanza para abrazarme
—Bueno vamonos a descansar— engancha su brazo al mío
—Vamos
Al llegar a nuestra Sala Me quito las plataformas ya me estaban matando los pies eso de trabajar 12 hrs con tacones de aguja de 20 cm (8pulgadas) no es bueno para la columna, suelto un suspiro y comienzo a cambiarme por algo más cubierto, son las 5 de la mañana hora a la que acostumbramos a salir. Tome mi bolso y salí junto con Jamila que no solo es mi compañera de trabajo, sino también mi roomie.
—Estoy muerta— deje caer mi bolso a un lado del sofá
—¿Gustas algo de comer?
—No gracias, lo que quiero es descansar, me voy a dormir— comence a caminar hacia el pasillo donde estaba mi cuarto
—Descansa nena.
—Bye— alce la mano mientras entraba a mi cuarto...