PRÓLOGO : INFAITHFUL
El peso de la lujuria no se mide en placer, se mide en ruido.
Para los mortales, la infidelidad es un secreto susurrado, una mirada fugaz o un mensaje borrado a medianoche. Creen que sus traiciones mueren en la oscuridad de sus habitaciones. No saben que cada promesa rota viaja hacia abajo, transformándose en una estática densa y pegajosa que satura los cimientos del Abismo.
Vassago nunca había conocido el silencio. Pero lo de este siglo era diferente.
En la arquitectura del Infierno, la rama de la lujuria —esa que su padre, Asmodeo, gobernaba con una sonrisa cruel— estaba empezando a astillarse. El aire en el abismo se había vuelto irrespirable, cargado con el olor dulce y podrido de la deslealtad masiva. Ya no era un pecado; era una plaga. Un zumbido constante que hacía que la esencia de Vassago vibrara hasta el punto del dolor físico.
—Están ensuciando el equilibrio —susurró el demonio hacia la nada, mientras sentía una nueva oleada de estática golpeando su mente—. Se creen libres de consecuencias porque nadie los observa.
Vassago no buscaba castigar por moralidad. Él era el Controlador de Plagas. Y cuando una rama crece demasiado torcida, la única solución es la poda.
Hacía falta un verdugo en la superficie. Alguien que no solo matara, sino que enviara un eco de regreso al abismo para acallar el ruido. Alguien que usara el cuerpo de un hombre insignificante para dar una lección monumental.
El reloj de arena del destino de Daniel Harper se acababa de dar la vuelta. El joven de Kentucky aún no lo sabía, pero su carne estaba a punto de convertirse en el altar de un sacrificio necesario.
Es el comienzo de el control.