PECADO MADRE: Tu Cara Es Su Espejo. ©

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Summary

"Emma, tienes la cara de mi violador. Y hoy voy a arrancártela para que Dios por fin me perdone". Diana es una santa en la iglesia, pero una carnicera en casa. Para ella, su hija no es una persona; es la evidencia viva de una violación que debe ser purificada con cloro y oraciones. Emma es una atleta de élite, fuerte y rápida, pero nadie corre más que el odio de una madre que usa la Biblia para justificar la tortura. Diana no quiere una hija; quiere un reemplazo, y ha decidido que hoy, Emma ha dejado de ser carne para convertirse en un sacrificio. ¿Cómo escapas de la mujer que te dio la vida solo para poder quitártela? En esta casa, el pecado se paga con sangre y NO HAY SALIDA. ‎⚠️ ADVERTENCIA: CONTENIDO ADULTO.

Status
Ongoing
Chapters
18
Rating
4.5 2 reviews
Age Rating
18+

I

‎Prólogo:

Escuché el metal del destornillador astillando la madera y supe que el último muro había caído. Mi madre no entró para pelear. Entró con la mirada de quien entra a una tienda a reclamar un producto defectuoso.‎‎

Desmontó la cerradura, la tiró al suelo y se quedó ahí, de pie, escaneándome de arriba abajo. No había amor, no había odio; solo una evaluación técnica.

‎‎-He desperdiciado dieciséis años odiándote, Emma -dijo, con una voz tan plana que me heló la sangre-. Qué tonta fui. Me obsesioné con lo que me quitaste y no vi lo que me diste: un reemplazo.‎‎

Me tomó del rostro con fuerza, girándome la cabeza hacia el espejo que colgaba en la pared. Me obligó a mirar nuestro reflejo.

‎‎-Mírate. Tienes mi mandíbula. Mis ojos. Mi piel antes de que la vida me la pudriera. Eres el envase perfecto, Emma. Pero te sobran demasiadas cosas. Te sobra voluntad, te sobran secretos y te sobra ese nombre.‎‎

Me soltó y salió del cuarto tarareando una canción de cuna, dejándome ahí, temblando frente al hueco vacío de mi puerta. En ese momento lo supe: mi madre no quería matarme. Quería ser yo.‎‎

-A partir de hoy, la puerta se queda abierta -sentenció desde el umbral-. Porque ya no hay nada tuyo que yo no pueda tomar.‎‎

Bienvenida a casa, Emma. El monstruo ya no vive en el armario. El monstruo se mira en el espejo y ve tu cara...‎


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Capítulo I:

Tengo la sangre de un violador y la cara de una santa. Es una combinación de mierda, si me preguntas.‎‎

El sudor no es algo bienvenido en esta casa. En el mundo de Diana, el sudor es una secreción del pecado, un rastro animal que ensucia el aire que ella se esmera en purificar con incienso, cloro y ese desinfectante barato que te quema la nariz nada más cruzar el umbral. Pero ahí estaba yo, en el garaje, sintiendo cómo las gotas me bajaban por la nuca y se perdían en el elástico de mi camiseta del equipo. El corazón me golpeaba las costillas con una furia sorda, recordándome que estaba viva, aunque fuera por puro accidente. No pedí nacer, pero aquí estoy, ocupando un espacio que mi madre desinfecta cada mañana con la mirada, como si mi sola presencia fuera una mancha de grasa en un mantel blanco de domingo.

‎‎Acababa de terminar mi última serie de potencia. Soy rápida, soy fuerte; soy la estrella del equipo de atletismo de mi escuela, un prodigio que devora los doscientos metros como si el suelo estuviera en llamas. El deporte fue mi escape, el único lugar donde mi cuerpo no era una “ofensa” o un recordatorio de algo sucio, sino una herramienta de precisión. Le saco veintidós centímetros de altura a mi madre. Soy una montaña de dieciséis años que ha construido su propia armadura de músculo, pensando, de forma ingenua, que si me volvía lo suficientemente grande, exitosa y valiosa para el mundo exterior, la mirada de asco de mi madre dejaría de atravesarme.‎‎

Qué estúpida fui. Pensé que el tamaño físico importaba en una casa donde el aire siempre parece estar a punto de congelarse.‎‎

Me quité las gafas para limpiarlas con el dobladillo de la camisa empapada. Sin ellas, soy vulnerable; el mundo se vuelve una mancha de colores borrosos y luces desenfocadas. Me miré en el espejo picado del garaje, el único que Diana no ha tapado con una sábana o quitado de la pared, y ahí estaba él. No yo, sino él. Diana y yo somos casi la misma persona: tenemos la misma mandíbula afilada que parece cortada con un escalpelo, la nariz recta y aristocrática, los pómulos altos que nos dan un aire de realeza caída en desgracia. Somos un calco, una copia exacta bajo un castigo diferente. Tenemos el mismo cabello negro, denso y liso, que ella siempre lleva recogido en un moño tan apretado que parece tirarle de las sienes y yo dejo caer sobre mis hombros en un desorden que ella detesta porque le recuerda a la violencia, al caos de aquel callejón. Pero luego está el error genético. Sus ojos son negros, opacos, como dos pozos de petróleo que no reflejan nada; los míos son de un azul cristalino, casi eléctricos. Los ojos del hombre que la arrastró a un callejón hace dieciséis años al salir de la iglesia.

‎‎-Emma. Deja de mirarte. La vanidad es el alimento de los demonios.‎‎

La voz de mi madre me hizo dar un salto, a pesar de que debería estar acostumbrada a sus apariciones. Diana tiene el talento de moverse sin desplazar el aire, como si fuera una sombra proyectada por una vela en una habitación cerrada. Apareció en la puerta de la cocina sin hacer ruido. Diana es hermosa, de una belleza que te deja sin aire, pero es una belleza muerta, como la de un pájaro disecado.‎‎

Siempre me ha recordado a una muñeca de porcelana que ha pasado décadas guardada en una caja de seda: impecable, suave a la vista, pero gélida al tacto. Si alguna vez cometes el error de rozar su piel, sientes un frío que parece venir de una tumba, como si estuviera hecha de mármol y no de carne.‎‎

-Solo estaba descansando, mamá. Gané las eliminatorias hoy -dije, tratando de que mi voz no sonara como la de una niña pequeña suplicando una migaja de atención que nunca llegaría.

‎‎-No ganaste nada -soltó ella, sin moverse un milímetro del umbral, con las manos entrelazadas sobre su falda-. Solo alimentaste tu soberbia. Esa fuerza que tanto presumes no es más que el pecado de tu padre manifestándose en tu carne. Él también creía que su fuerza le daba derechos sobre lo que no era suyo. Él también corría para alcanzar lo que Dios no le había dado.‎‎

Mamá se dio la vuelta con una elegancia que me hacía sentir como un gigante torpe en una casa de cristal. Ella viene de una familia de esas que usan la Biblia para golpear en lugar de para consolar. En su pueblo, la religión no era amor, era un mazo. Cuando se quedó embarazada de mí a los dieciséis, sus propios padres no la abrazaron ni buscaron justicia. La marcaron. La llamaron “mancha” y la echaron a la calle con una Biblia y una maleta vieja, diciéndole que su única redención sería cargar con la “semilla del mal” en absoluto silencio. Y ella se tomó el mandato en serio. Se obsesionó con la limpieza y el orden, como si pudiera desinfectar su pasado a base de oraciones y amoníaco. Convirtió nuestra casa en un quirófano y a mí en su cicatriz perpetua.‎‎

-Lávate. Hueles a esfuerzo, hueles a calle -añadió desde la cocina-. Sofía viene mañana a comer. Dijo que te traería un regalo por tu cumpleaños de la semana pasada, aunque no sé para qué quieres más cosas que te distraigan de la oración.‎‎

Cerré los ojos un momento, sintiendo un alivio real. Sofía. Ella era mi único respiro, el único vínculo que me quedaba con la cordura. La única amiga de mamá, una mujer de risa fácil y manos cálidas que siempre me miraba como si yo fuera un ser humano y no un recordatorio de un crimen. Sofía es el único puente de Diana con el mundo real, y el hecho de que trajera un regalo mañana era lo único que me ayudaba a aguantar el nudo de amargura que tenía en la garganta. Estaba emocionada, de verdad. Quizás fuera ese par de zapatillas de correr que le había mencionado o un libro nuevo.

‎‎La cena fue, como siempre, un ejercicio de tortura silenciosa. El único sonido era el tic-tac del reloj de péndulo en el pasillo y el roce metálico de mi tenedor contra la porcelana blanca. Diana no comía. Nunca la veía comer realmente delante de mí; solo desmenuzaba la comida con sus dedos largos, delgados y pálidos mientras me observaba por encima de su taza de té, con una intensidad que me hizo sentir un poco incómoda, pero lo achaqué a su locura de siempre.

‎‎-Cumpliste dieciséis hace una semana, Emma -dijo de pronto, rompiendo la calma.‎‎

-Sí, mamá. Ya lo sabes.‎‎

-La misma edad -susurró, y por primera vez en años, me miró directo a los ojos. No hubo desprecio, hubo una fijeza extraña, casi como si estuviera calculando algo-. A los dieciséis me quitaron mi cuerpo, Emma. Me lo ensuciaron y me robaron la luz. Tuve que cargar con una carga que no era mía. Pero el Señor es justo, y me ha mostrado que el tiempo de la deuda ha terminado.‎‎

-No sé de qué deuda hablas. Solo es un cumpleaños, mamá. No te pongas mística ahora -le dije, poniendo los ojos en blanco mientras me levantaba para dejar el plato en el fregadero.‎‎

-Es el fin de un ciclo -respondió ella, levantándose también. Caminó hacia el pasillo y escuché el tintineo metálico de sus llaves. No cerró ninguna puerta, solo se quedó allí, acariciando el metal de las llaves-. Tu fuerza, tu estatura... crees que te pertenecen porque te esfuerzas. Pero nada de lo que tienes es tuyo, Emma. Es un préstamo que me hiciste con mi propia juventud. Creciste porque yo te dejé mi espacio.

‎‎Me reí un poco, una risa nerviosa. ¿Cómo iba a tener miedo? Le saco veintidós centímetros. Mis brazos son fuertes y mis piernas son las de una corredora de élite. Podría tumbarla de un empujón si quisiera. Ella es una mujer de cristal que parece que se va a quebrar con un suspiro. Me dio lástima, la verdad. Pensé que su fanatismo y el trauma de su pasado finalmente la estaban volviendo un poco más excéntrica de lo normal. “Pobre mamá“, pensé mientras subía las escaleras, “se está perdiendo en sus propios rezos”.‎‎

Subí a mi habitación con la mente puesta en el regalo de Sofía y en el entrenamiento de velocidad del día siguiente. Me acosté y me tapé hasta la nariz, sintiendo el cansancio agradable que te deja el deporte en los huesos. Estaba a punto de quedarme dormida, pensando en lo bien que me vería con las zapatillas nuevas que esperaba que Sofía me trajera, cuando escuché un ruido suave en el pasillo.

‎‎No fue un golpe, ni un grito. Solo pasos. Unos pasos lentos que se detuvieron justo frente a mi puerta. Me quedé quieta, esperando que entrara a regañarme por alguna tontería, pero no lo hizo. Se quedó allí, en silencio absoluto. Lo único que escuchaba era su respiración pausada al otro lado de la madera y, de vez en cuando, el tintineo metálico de sus llaves chocando entre sí.‎‎‎

Me dio un escalofrío completo que me bajo por toda la columna, pero me di la vuelta para no mirar la puerta. ” Solo está rezando por mi alma otra vez, ¿verdad? “, pensé, cerrando los ojos.

No sabía que afuera, en el pasillo a oscuras, mi madre no estaba rezando para que yo estuviera bien. Estaba ahí pegada, pasando la mano por la madera, de arriba abajo, tocando el marco para ver cuánto medía . Y hablaba sola. Discutía con el aire, entre dientes y quejándose con una voz que ni siquiera parecía la suya.

Me puse la almohada contra la oreja para no oírla. Mañana llegaría Sofía, algo de normalidad. Estaba segura de que en cuanto ella llegara, todo iba a ser un día normal. Tenía que serlo...