Desde el Basurero.

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Summary

El encuentro entre distritos y la batalla por el control del mercado. Ferrum se encuentra sumido en el caos de la ciudad Ranura.

Genre
Action
Author
Filrax
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

Chapter 1

Arco 1: Re Unificación de Ciudad Ranura

El encuentro.

El sol de Ciudad Ranura castigaba el Distrito Límite como cada tarde. Ferrum se balanceaba en la barra. Solo se escuchaba el vibrar del metal y el ruido de las olas.

Un leve ardor le recorrió la cicatriz que cruzaba su ojo izquierdo, expandiéndose por todo el cuerpo, hasta que la voz de su padre lo interrumpió.

—Hijo, hay un asunto importante. Te veo dentro.

La piel se le erizó. De un salto se descolgó, se limpió el sudor y entró a la casa poniéndose una remera vieja.

—¿Qué sucede, padre?

Masamune lo miró fijo a los ojos. El viento arrastró arena contra las paredes, llenando el silencio.

—Esta noche habrá un intercambio con el Distrito Ácido. Si a las 02:00 no estoy de vuelta, algo salió mal.

Ferrum frunció el ceño.

No creía que su padre le estuviera diciendo algo así.

—¿Otra vez el Distrito Ácido? ¿O será que..?

Masamune negó apenas con la cabeza. Dio un paso al frente y le entregó una carta doblada en dos. El papel estaba rígido, casi áspero.

—Si no vuelvo, te harás cargo de todo.

Ferrum tomó la carta. Al hacerlo, el pulgar le tembló sin que pudiera evitarlo.

—¿Qué es esto?

—Algo que no deberías necesitar todavía —respondió Masamune—. Cuídalo.

Al decirlo, le apretó las manos con fuerza.

Resultó ser el permiso de exportación, un papel notablemente antiguo y con un símbolo familiar.

Quiso gritar que no le importaba el comercio, que lo importante era su padre; pero el código de los suyos se impuso.

Enderezó la espalda y apretó la mandíbula, dejando un silencio sepulcral.

Masamune se levantó y se despidió sin mirar atrás.

Ferrum se quedó inmóvil, con la carta pesándole en la mano.

¿Obedecer… o asegurarme de que volviera con vida?

El sudor le recorrió el cuerpo mientras la duda lo carcomía por dentro. Afuera, los cuervos volaban en círculos.

El dolor de Ferrum crecía, el sol caía mientras tocaba ansiosamente el colgante de un tornillo que tenía como amuleto.

Sword hacía girar su alabarda de dos metros, arrancando chispas verdes, mientras Ferrum se preparaba para entrenar con sus compañeros.

—Mi padre está en peligro —dijo finalmente. Hizo una pausa, cuadrando los hombros y apretando los dientes.

—Esta noche va a pasar algo importante. Estaré ahí con o sin ustedes.

Sword detuvo el arma y sonrió con confianza.

—Tranquilo. En las buenas y en las malas estaremos a tu lado —dijo, extendiendo el brazo con el puño cerrado.

—Lo sé. Por eso hoy iremos al punto de intercambio y, si algo sucede, actuaremos al instante, por más complejo que sea —respondió, mientras esquivaba los golpes de Sword.

—A todo esto, ¿con quiénes se dará el intercambio? —consultó Hana, con un tono dulce y timido.

—Será con el Distrito Ácido. Esos tipos no me caen para nada bien —respondió Ferrum, girándose un momento para ver a Hana.

—¡No te distraigas! —le gritó Sword.

La alabarda descendió en un arco feroz, buscando el hombro.

El metal silbó en el aire, pero Ferrum, impulsado por la tensión que le recorría el cuerpo desde la charla con su padre, se deslizó por debajo del largo mango del arma, dejando que la punta se hundiera en la tierra seca, levantando una nube de polvo.

Aprovechando que Sword estaba comprometido en el ataque, Ferrum lanzó una barrida veloz que golpeó los tobillos de su compañero.

Sword cayó con un estruendo metálico contra el suelo. Antes de que pudiera reaccionar, Ferrum ya estaba sobre él, inmovilizando su brazo contra el piso en una llave de sumisión impecable.

—Te tengo —susurró Ferrum, con la respiración agitada. Sword se rindió de inmediato, golpeando el suelo con la mano libre.

Hana observaba desde un costado con las manos entrelazadas.

Al escuchar “Distrito Ácido”, un escalofrío le recorrió la espalda; conocía demasiado bien la crueldad de ese lugar.

—Esto no tiene buena pinta. Mejor vigilemos desde la distancia y preparemos un plan —propuso Hana, con tono preocupado.

***

Mientras tanto, Masamune se reunía con su mano derecha, Ralph, un enano con la barba siempre cubierta de espuma, habituado a lugares de entretenimiento.

—Ralph, ven aquí. A medianoche es la reunión, ¿sabes lo que tienes que hacer, verdad? —le dijo mientras le sacaba la jarra de la mano.

—Sí, hip… yo hago de señuelo y tú haces lo que mejor sabes. ¿No era así? —respondió Ralph con voz tomada por el alcohol.

—Maldito Ralph, ¿acaso ya no puedo confiar en ti? Desde que murió tu esposa vives en la luna. ¿Qué pensaría ella si estuviera aquí? —Masamune suspiró, cansado.

—Te repito el plan: cuando estemos cara a cara con Ángel “Anaconda” y sus guardias, usa tu martillo.

—Masamune, dices cosas muy hirientes. Hip. Si ella estuviera aquí, seguramente estaría bebiendo conmigo, jajaja. Lo tengo: romper el piso... —balbuceó Ralph antes de quedarse dormido.

Masamune lo subió a su espalda para llevarlo a su casa. En el camino se encontró con Sai, el otro ayudante que iría a la reunión con ellos.

—Sai, cuando estemos en el punto, mantente atrás. Ralph romperá el piso y yo actuaré. Luego de eso, prepara los vehículos y nos iremos de allí.

—Sí, mi jefe. Estaré pendiente de lo que ocurra. ¿Por qué está cargando con Ralph? —preguntó Sai.

—No sabe controlarse con el alcohol. Dice que fueron un par de cervezas, se tomó varios litros él solo, maldito desgraciado.

—No se preocupe por eso, jefe. Déjeme hacerme cargo de él desde aquí. Vaya a descansar para la noche —dijo Sai, cargando al enano sobre su propia espalda.

***

Ya entrada la noche, Masamune se preparó para ir al lugar del encuentro. Tomó sus dos katanas y se las ajustó a la cintura, mirando fijamente al cuadro de una foto de él y Ferrum.

El punto estaba en la frontera entre el distrito Ácido y el Límite, en el antiguo helipuerto.

De un lado estaban Ángel, Paganas y Outlaw. Del otro, Masamune, Ralph y Sai.

Al verse ambos líderes, liberaron su sed de sangre. El ambiente se volvió pesado, casi irrespirable.

Incluso los animales, a kilómetros de distancia, se alejaban: su instinto les decía peligro.

No muy lejos de allí, desde lo alto de un cerro, Ferrum, Hana y Sword observaban la situación con prismáticos.

A Ferrum se le aceleraba el corazón. La duda lo carcomía.

—Tiene poca seguridad. Podemos actuar rápido —comentó Ferrum.


—Pero no descartemos subordinados de Ángel alrededor. En la oscuridad, hay que estar atentos.

Días antes del encuentro…

En un recinto subterráneo, en algún punto del Basurero.

en la penumbra, el lugar se iluminaba con un aura naranja. Frente a eso, varios representantes de distintos distritos aguardaban en silencio.

—Maestro, el plan está avanzando. Con este último paso, al quitar a Masamune del medio, tomaremos el control del Límite y podremos expandir el mercado de exportación —comentó Ángel.

—Mi sombra te estará vigilando siempre, Ángel. —comentó el ser.

—Sí, como usted ordene, maestro—respondió Ángel, inclinándose.

De vuelta en el presente…

—Tienes mi... —Masamune es interrumpido.

—Dale la carta a mi subordinado y te daré lo tuyo —ordenó Ángel.

—¿Quién te crees que eres, maldita basura? ¡Si mi maestro quisiera, ya estarías muerto! —gritó Sai, fuera de sí.

—Está bien. No importa —respondió Masamune, mirándolo fijamente a los ojos.

Ángel giró apenas la cabeza. Un subordinado se acercó y, justo cuando iba a recibir la carta, una bala lo atravesó de lado a lado.

El disparo había salido del revólver de Ángel, sin una sola vacilación.

La bala continuó su trayectoria hacia Masamune. Por instinto, desenfundó sus katanas y logró desviar el proyectil en el aire.

En ese mismo instante, Ralph golpeó el suelo con su martillo. La tierra se abrió en un enorme boquete y una densa nube de polvo metálico y gases filtrados del Distrito Ácido brotó de las grietas, nublando la visión y volviendo el aire asfixiante.

—¡Diablos, Ralph, se te fue la mano! —exclamó Masamune.

—¡JAJAJA, LO SIENTO! —gritó Ralph, saltando hacia atrás junto a Sai.

Tal como estaba previsto, Sai preparó los vehículos.

Al mismo tiempo, desde lo alto del cerro, Ferrum, Hana y Sword advirtieron el estallido y comenzaron a descender a toda velocidad.

Ferrum ciente una electricidad recorrer su columna.

—¡Vamos, hay que apurarnos! A este ritmo llegaremos tarde —advirtió Ferrum.

—Lo sabemos. Iremos lo más rápido posible —aclaró Hana mientras se montaba en una escoba mágica, con una expresión de determinación mezclada con terror.

Ferrum, por su parte, subió a la moto Sánchez junto a Sword, que ya estaba listo para la acción.

En el lugar de la pelea, Masamune saltaba de piedra en piedra, avanzando directo hacia Ángel con la intención de cortarlo. Ángel retrocedía.

—¡Ven hasta mí si tienes las bolas, maldito idiota! —gritó Ángel mientras disparaba su su Colt Anaconda. Masamune bloqueó los impactos y siguió moviéndose entre las rocas hasta acortar la distancia.

Al verse acorralado, Ángel activó su poder espiritual, aumentando la potencia de sus dos revólveres.

Disparó al aire como distracción, llenando la noche de estruendos.

Antes de que pudiera alcanzarlo, fue interceptado por Pagans y Outlaw.

—¡Alto ahí, Masamune! ¡De aquí no pasas! —gritó Pagans mientras desenvainaba su xifos y atacaba.

Masamune giró con agilidad y bloqueó el golpe, empujándolo hacia atrás. Sin embargo, Outlaw aprovechó la apertura y lanzó un puñetazo directo al rostro.

El impacto dio en la mejilla derecha de Masamune, que salió despedido, ppero se incorporó de inmediato y volvió a lanzarse al ataque.

Pagans arremetió de frente. En el cruce, Masamune ejecutó una barrida veloz y siguió de largo para sorprender a Outlaw, que aguardaba justo detrás.

Estaba lo suficientemente cerca para asestar un golpe letal cuando un disparo de Ángel lo interceptó. La bala impactó en sus costillas.

Masamune se desplomó, cayendo pesadamente al suelo.

A la distancia, Ferrum y los suyos comenzaron a sentir cómo la llama de su padre se debilitaba.

Sai reaccionó al instante para ayudar a su líder, pero el enano lo interceptó. Con una fuerza brutal, le propinó un puñetazo directo al rostro, lanzándolo contra las motos estacionadas detrás. Sai cayó inconsciente.

Ralph lo alzó con frialdad, cargando el cuerpo inconsciente de Sai.

Entonces ocurrió lo impensable.

El borracho se colocó junto a Ángel y, cargando a Sai sobre el hombro, comenzaron a descargar su furia sobre Masamune, que yacía indefenso en el suelo.

Ángel, Pagans y Outlaw se sumaron al ataque.

En la mente de Masamune solo quedó un recuerdo: su hijo.

Los golpes continuaron hasta que el cuerpo de Masamune cedió por completo. Quedó tendido en la tierra, mientras sus agresores se perdían en la oscuridad del desierto.

Cuando Ferrum y los suyos llegaron al lugar, Masamune seguía inmóvil, rodeado por un charco de sangre que se extendía sobre la tierra seca.

—¡Padre! ¿Qué ha sucedido? —gritó Ferrum, rompiendo en llanto—. Ángel… te juro que lo pagarás.

Con las manos temblorosas, Ferrum dio vuelta el cuerpo de su padre y lo acomodó en su regazo. Masamune, con su último aliento y la mirada nublada, buscó la de su hijo para entregarle sus palabras finales:

—Ciudad Ranura alguna vez estuvo unificada… Tú puedes liderar y devolver su gloria.

Tras pronunciar su voluntad, la mano de Masamune perdió toda fuerza y sus ojos se cerraron para siempre.

Ferrum regresó a su hogar en silencio, acompañado por Hana y Sword, sin que ninguno se atreviera a pronunciar una sola palabra.

A la mañana siguiente, el dolor se había transformado en una inquietud punzante. Su fuego ardía siempre que la tristeza o la ira lo consumían, Ferrum se internaba en el desierto para despejar su mente.

En los confines del desierto, solo se podía escuchar a Ferrum, hablándose a sí mismo, culpándose por ser débil y no haber podido rescatar a su padre.

Mientras atravesaba una zona desconocida a las afueras del distrito Límite, la arena comenzó a vibrar violentamente.

De imprevisto, una escolopendra gigante emergió de las profundidades, abriendo un enorme boquete en el suelo. Ferrum, atrapado justo encima, no tuvo tiempo de reaccionar y cayó al vacío.

Al recuperar el sentido, se encontró en una oscuridad casi total. Solo un débil haz de luz solar marcaba el agujero por el que había caído.

—Qué suerte tuve de que no me comiera… Qué forma tan patética de morir —murmuró, dando media vuelta.

No se veía nada. Un frescor recorría el lugar oscuro; la muerte se podía oler.

Con un pedernal, logró sacar una chispa y encender una antorcha vieja que colgaba de la pared.

Escondidas en la oscuridad, un grupo de momias lo atacó: algunas a puñetazos, otras con armas punzantes.

Ferrum, con dificultad pero sin cansarse, las derrotó una a una.

A medida que avanzaba, fue encendiendo las demás, revelando una ruina antigua cuyas paredes narraban una historia olvidada… una que parecía haber estado aguardándolo.

En el centro de la sala, emergía un altar de piedra. Sobre él descansaba un único libro, cubierto de polvo y grietas del tiempo.

El título decía:

“Sucesor”.