Capitulo 1
La luz del atardecer teñía las calles de tonos anaranjados y morados mientras Maya estacionaba su coche frente a la casa de Ross. Una sensación de anticipación, mezclada con una pizca de preocupación, le recorría el cuerpo. Ross había estado extraña los últimos días, distante en sus mensajes, y Maya había sentido la necesidad imperiosa de verla, de asegurarse de que estaba bien.
Ross, una Alfa de complexión fuerte y presencia imponente, siempre había sido el pilar de su pequeño grupo. Pero incluso los pilares más sólidos podían agrietarse. Maya, una Omega de carácter dulce pero terco, sabía que detrás de esa fachada de fortaleza, Ross escondía una vulnerabilidad que solo ella podía percibir.
Al acercarse a la puerta, no necesitó tocar el timbre. Un aroma denso, embriagador y profundamente familiar se filtró por cada rendija de la casa, golpeando sus sentidos con la fuerza de una ola. Era un olor a tormenta inminente, a tierra mojada y a algo intensamente dulce y picante a la vez. El aroma de un celo Alfa. Y no uno cualquiera. Era el de Ross.
El corazón de Maya comenzó a latir con fuerza contra sus costillas. Como Omega, su biología estaba programada para responder a esa llamada primaria, una sirenita que cantaba directamente a su sangre. Una humedad familiar comenzó a acumularse entre sus piernas y un calor súbito le subió por el cuello hasta teñir sus mejillas de rosa.
—¿Ross? —llamó, su voz un poco más temblorosa de lo que hubiera querido. Abrió la puerta, que estaba descuidada—. ¿Estás en casa?
No hubo respuesta, solo ese aroma que se hacía más denso, más urgente, con cada paso que daba hacia el interior. La casa estaba en penumbras, las persianas semi cerradas. Siguió el rastro invisible hasta la puerta semiabierta del dormitorio.
Allí, la escena le quitó el aliento.
Ross estaba arrodillada en el centro de la cama grande, con el torso desnudo y tenso. Su respiración era entrecortada, jadeante. Como todas las Alfas, su cuerpo era una fascinante paradoja: sus hombros eran anchos, sus brazos musculosos, y un torso definido que, sin embargo, se suavizaba en un par de pechos generosos y sensibles, que ahora se elevaban y descendían con cada inhalación agitada. El sudor le brillaba sobre la piel, pegando mechones de su cabello oscuro a la sien y la nuca.
Pero lo que más conmovió a Maya fue la expresión en su rostro. Ross tenía los ojos cerrados con fuerza, la mandíbula apretada en un claro gesto de agonía y lucha interna. Sus puños aferraban las sábanas deshechas como si fuera lo único que la anclaba a la realidad. Maya podía ver la tensión en cada músculo de su abdomen, y más abajo, la evidente y abultada prominencia que distorsionaba el ajustado pantalón de deporte que llevaba. Su celo la estaba consumiendo por dentro, una fiebre implacable que demandaba liberación.
—Ross… —susurró Maya, ya desde el umbral, su propia voz cargada de un deseo que comenzaba a desbordarse.
Los ojos de Ross se abrieron de golpe. No eran los ojos claros y seguros que Maya conocía, sino unos pupilas dilatadas, oscuras, devoradas por una necesidad animal. Olfateó el aire, y el aroma de Maya, dulce como la miel y las flores silvestres, pareció impactarla físicamente. Una sacudida recorrió su cuerpo.
—Maya… —rugió, su voz áspera, rota por la fiebre del celo—. Vete. Tienes que… irte. Ahora.
Maya negó lentamente con la cabeza, avanzando hacia la cama como si se acercara a una fiera herida. Sabía los riesgos. Un Alfa en celo podía ser irracional, posesiva, brutalmente intensa. Pero también sabía que Ross jamás, bajo ninguna circunstancia, le haría daño real. Y sobre todo, sabía que no podía dejarla sola en medio de esa tormenta.
—No voy a irme —dijo con una calma que no sentía—. No te dejaré pasar esto sola.
—No sabes lo que pides —la voz de Ross era un quejido—. No… no puedo controlarme. Te necesito… de una manera que te asustará.
Maya llegó al borde de la cama. Alargó una mano temblorosa y posó sus dedos sobre el ardiente brazo de Ross. El contacto fue como un chispazo. Ross emitió un gruñido gutural, y su mano se cerró alrededor de la muñeca de Maya con una fuerza que hizo que a esta se le escapara un jadeo. No era dolorosa, pero era innegablemente dominante.
—Yo también te necesito —confesó Maya, mirándola sin miedo, permitiendo que su propio aroma Omega, su esencia sumisa y calmante, se mezclara con la tormenta de Ross—. Déjame ayudarte. Déjame cuidarte.
La lucha en los ojos de Ross fue palpable. La bestia interior quería tomar, reclamar, dominar. Pero la mujer que amaba a Maya se aferraba a un último hilo de cordura.
—Maya… por favor…
Fue esa súplica, esa vulnerabilidad cruda en la voz de la fuerte Alfa, lo que rompió los últimos diques de contención de Maya. Se inclinó, ignorando el fuego que recorría su propio cuerpo, y acercó sus labios al oído de Ross.
—Está bien, Alfa mía —murmuró, usando el título como un hechizo—. Suelta el control. Yo te aguanto.
Esa fue la clave. Con un sonido que era mitad rugido, mitad gemido de alivio, Ross se rindió. Su boca encontró la de Maya en un beso que no fue de ternura, sino de pura y desesperada necesidad. Era posesivo, húmedo y salvaje, lleno del sabor de su agonía. Su lengua invadió la boca de Maya reclamando cada rincón, mientras sus manos comenzaron a recorrer el cuerpo de la Omega con una urgencia febril, tirando de su ropa para despojarla de ella, buscando la piel que ardía bajo la tela.
Maya se entregó al beso, al fuego, a la abrumadora presencia de su Alfa. Sabía que la tormenta apenas comenzaba. Ross, liberada, iba a reclamarla con toda la intensidad de su celo, y Maya, su Omega, estaba más que dispuesta a ser tomada.