Capítulo 1
El destino de Nathan cambió el día que la tierra se tragó el viejo almacén de los muelles. Mientras los demás corrían para salvar la vida, él vio un brillo dorado entre los escombros y el lodo. Era un reloj de bolsillo, frío y extrañamente pesado, con inscripciones que parecían moverse como serpientes de oro.
Al tocarlo, Nathan no solo vio su reflejo en el cristal; vio una versión de sí mismo deshaciéndose lentamente en un polvo fino y oscuro.
—¿Qué tienes ahí, hermano? —la voz de Dante lo sacó del trance.
Dante, con su eterna gorra negra y su camiseta blanca manchada de grasa, lo miraba con sospecha mientras se limpiaba el sudor de la frente. Dante era la fuerza bruta del grupo, el protector silencioso, y siempre tenía el instinto alerta.
—Olvida la chatarra, el capataz dice que nos larguemos antes de que el edificio colapse por completo —añadió Dante, tironeándole del brazo.
Nathan guardó el reloj en su bolsillo, sintiendo un calor súbito e intenso contra su muslo.
—No es nada, Dante. Solo basura del viejo mundo.
Pero no lo era. Esa noche, en la soledad de su habitación, Nathan activó el mecanismo. El dolor fue indescriptible: sintió que sus huesos se volvían líquidos y su piel se estiraba como plástico bajo una llama. Al mirarse al espejo, su rostro ya no era el suyo. Tenía las facciones del capataz que lo maltrataba. Pero al volver a su forma original, una mancha de polvo negro quedó pegada a su pecho, una grieta que no se borraba con agua ni jabón.
—¡Nathan! ¡La cena está lista! —llamó Lira desde la pequeña cocina del apartamento.
Lira era la razón por la que Nathan no tiró el reloj al río esa misma noche. Ella era la luz de su vida, una adolescente llena de sueños y alegría, totalmente ajena a la oscuridad que empezaba a crecer en el cuerpo de su hermano. Ella soñaba con cielos azules, lejos de la niebla gris de Orizon.
Durante meses, Nathan usó el reloj en ricos para conseguir dinero y medicinas para Lira; se convertía en guardias para abrir caminos seguros donde Dante y él pudieran trabajar sin peligro. Se volvió una leyenda entre los callejones: "El Ladrón de Rostros".
Pero cada transformación le robaba un pedazo de vida.
—Estás pálido, Nathan —le dijo Dante una tarde, mientras entrenaban. Dante lo notaba todo. Su mejor amigo se detuvo y lo miró fijamente—. Y hueles a humo... a algo quemado. ¿En qué te has metido de verdad?
Nathan miró a Dante, el guerrero que siempre lo había cubierto en las peleas. Estuvo a punto de confesarlo todo, de mostrarle el reloj y las grietas negras que ya le llegaban a la clavícula. Pero el cielo se oscureció de repente con un brillo antinatural.
Una sombra gigantesca se proyectó sobre la ciudad: el Señor Diamantes acababa de anunciar su voluntad. Quería un mundo perfecto, inmóvil y frío, donde cada habitante fuera convertido en una estatua de cristal eterno.
Nathan apretó el reloj en su bolsillo. El tiempo de jugar a ser otros se había acabado. Si quería que Lira y Dante tuvieran un futuro real, tendría que destruir al hombre de diamante. Aunque eso significara que el polvo negro terminara de borrarlo a él por completo.