ALAS

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Summary

En el mundo de los Sidhe, la piedad es un mito y la belleza es un arma. Joud no es una chica normal, aunque ha pasado toda su vida intentando serlo entre grasa de motor y guantes de cuero. Sin embargo, cuando las alas que siempre temió finalmente aparecen en medio del fragor del combate, descubre que es la pieza clave de una guerra ancestral. Atrapada entre un fugitivo de sangre plateada y un cazador que la desea tanto como la odia, Joud aprenderá la lección más amarga de la mitología celta: nadie te enseñará a volar como aquel que quiere cortarte las alas.

Genre
Fantasy
Author
Josefina
Status
Complete
Chapters
26
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1: HIERRO Y SANGRE PLATA

El olor a grasa quemada y gasolina era lo único que mantenía a Joud Hyland anclada a la tierra. A sus diecinueve años, el taller "Los Pinos" era su mundo. Un mundo de cuatro paredes de lámina, herramientas oxidadas y el rugido constante de los motores.

Joud se ajustó los guantes de cuero. Nunca se los quitaba, ni siquiera en el calor sofocante del verano. Sus compañeros se burlaban, decían que tenía manos de princesa, pero ella sabía que no era vanidad. Era supervivencia. Cada vez que su piel rozaba el metal desnudo, una quemadura invisible le recorría los nervios, un rechazo visceral que su cuerpo sentía por el hierro.

—Joud, tienes una visita —gritó su jefe desde la oficina.

Ella se limpió el sudor de la frente con el antebrazo. Al final del pasillo, junto a una camioneta desmantelada, vio una figura que no encajaba. Era un hombre con el rostro curtido por el sol y los hombros hundidos por la culpa.

—Papá —susurró Joud. Sus manos, fuertes por años de apretar tuercas, temblaron.

—Has crecido, Joudy —dijo el hombre, sin atreverse a mirarla a los ojos—. Pero ellos también han crecido. El tiempo se acabó.

—Siete años, papá. Te fuiste siete años.

—Me fui para que no te encontraran. Pero la deuda de los Hyland no se paga con dinero, Joud. Se paga con sangre. Y tú ya tienes la edad.

Antes de que ella pudiera responder, un escalofrío sobrenatural recorrió el taller. El aire, antes denso y caliente, se volvió gélido. Joud parpadeó y, por un segundo, el Glamour de la realidad se agrietó ante sus ojos. Las bombillas de luz parpadearon y, en lugar de sombras normales, vio figuras altas y plateadas moviéndose entre los estantes de herramientas.

—No les digas tu nombre —le advirtió su padre con voz rota—. Si un extraño te lo pregunta, miente.

Esa noche, Joud intentó ignorar el miedo caminando hacia la zona alta de la ciudad, donde las luces de las discotecas ocultaban las estrellas. Necesitaba aire, pero lo que encontró fue el inicio de su fin.

Afuera de una fiesta exclusiva, en un callejón que olía a lluvia y perfumes caros, vio algo que nadie más parecía notar. Un chico estaba derrumbado contra un contenedor de basura. Era joven, de piel pálida, y vestía una camisa negra desgarrada.

Para los transeúntes, era solo un borracho más. Pero Joud vio la verdad.

Sobre su piel, una serie de tatuajes blancos brillaban con una luz propia, como si estuvieran grabados con hielo. El chico jadeaba, presionando una herida en su costado. De entre sus dedos no brotaba sangre roja, sino un líquido espeso y brillante: mercurio líquido, sangre de plata.

—Ayúdame... —susurró el chico.

Joud se arrodilló a su lado, olvidando por un segundo sus guantes. Al tocarlo, una descarga eléctrica le recorrió la columna. En ese instante, el mundo cambió. El callejón se estiró, las paredes de ladrillo parecieron transformarse en árboles de obsidiana y el cielo se tiñó de un violeta violento.

—Vaya, vaya... —una voz de seda y escarcha cortó el aire—. Así que aquí estaba la pequeña heredera. Jugando a ser humana entre la chatarra.

Joud se puso de pie de un salto. Frente a ella, apoyado contra una farola, estaba él. Era alto, de una belleza que dolía mirar, con ojos que parecían dos pozos de agua congelada. Llevaba un arco largo a la espalda y una sonrisa que era más peligrosa que cualquier cuchillo.

—¿Quién eres? —preguntó Joud, con el corazón martilleando contra sus costillas.

El desconocido dio un paso hacia la luz. Sus movimientos eran los de un depredador, elegantes y letales.

—Soy el que te ha estado buscando en cada sombra —dijo él, inclinando la cabeza—. Pero no te asustes todavía, pajarito. Esas cicatrices que sientes en la espalda, ese peso en tus hombros... son tus alas queriendo salir.

Él sacó una flecha de cristal y la apuntó directamente al corazón de Joud.

—¿Quieres un consejo, Joud Hyland? —ella se estremeció al oír su nombre en labios de un extraño—. Corre. Vuela si puedes. Porque nadie te enseñará a volar como aquel que está deseando cortarte las alas.

En ese momento, el dolor en la espalda de Joud se volvió insoportable. Un crujido de huesos resonó en el callejón mientras algo, hecho de luz y furia, comenzaba a brotar de sus hombros.