Single Chapter
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El sonido de la cafetera era lo único que rompía el silencio sepulcral de la cocina de mármol. Eran las siete de la mañana. En esa casa, el tiempo no fluía; se ejecutaba con precisión militar.
Taemin bajó las escaleras ajustándose los gemelos de oro. Vestía un traje de tres piezas, azul marino, impecable. Era la imagen misma del éxito: un hombre de negocios respetable, un pilar de la comunidad. Se sentó a la cabecera de la mesa y abrió el periódico mientras Jimin, en un silencio ensayado, le servía una taza de café negro.
—Hoy volveré tarde, Jimin—dijo Taemin, sin levantar la vista—. Tengo una cena con los socios y luego debo escoltar a Karina a esa gala de beneficencia. Es vital para mi imagen. Ya sabes que en este ambiente, un hombre sin una esposa al lado no llega a la presidencia.
Él asintió, manteniendo la mirada baja. Taemin siempre decía que Karina era solo un "trámite", una mujer que servía de pantalla para que ellos dos pudieran vivir su "situación" en privado. Pero ese "privado" se sentía cada vez más como una tumba.
—Por supuesto. La imagen lo es todo —respondió él. Su voz era plana, ocultando el fuego que ya empezaba a arder en su interior.
—No te pongas así. Es por nosotros. Algún día tendremos suficiente poder para no escondernos, pero por ahora... mantengamos las cosas en orden.
Taemin se levantó, le dio una palmada condescendiente en el hombro y salió de la casa. El motor de su auto de lujo rugió en la entrada. Él sabía que Taemin no iría directamente a la oficina; sabía que pasaría por el "Body Shop" para "liberar tensiones" antes de ponerse el disfraz de esposo perfecto de Karina.
El rugido del motor del auto de Taemin se desvaneció en el silencio sepulcral de la mansión. Jimin se quedó inmóvil en la cocina de mármol, las palabras de su pareja resonando en sus oídos: "Hoy volveré tarde... tengo que escoltar a Karina... es vital para mi imagen... un hombre sin una esposa al lado no llega a la presidencia". La mentira era tan densa que se podía masticar en el aire.
Jimin subió las escaleras, no hacia la habitación que compartía con Taemin, sino hacia la suya propia, un espacio sobrio que él había decorado para sí mismo, lejos de la ostentación de Taemin. Sacó de un cajón un sobre grueso con dinero en efectivo y las llaves de su coche, un modelo discreto que Taemin casi había olvidado que existía.
La dirección del "Body Shop" estaba garabateada en un trozo de papel que había encontrado en el bolsillo de Taemin hacía meses. Jimin no sabía qué esperar, pero el nombre sonaba a todo lo que Taemin decía despreciar, y por eso, le atraía.
Condujo por las calles iluminadas de la ciudad, sintiendo cómo el aire cambiaba, volviéndose más denso, más vibrante. El "Body Shop" no era un local elegante. Era una nave industrial camuflada, con un cartel de neón rojo parpadeante que anunciaba su existencia.
Jimin respiró hondo y entró. El contraste con la mansión de Taemin fue brutal. El lugar era una explosión de humo, música atronadora, luces estroboscópicas y cuerpos bailando sin inhibiciones. El aire olía a deseo, a rebeldía, a una libertad que Jimin nunca había experimentado.
Se abrió paso entre la multitud, sintiéndose torpe y fuera de lugar con su ropa sencilla. Llegó a la barra, buscando un rincón donde pasar desapercibido, cuando una voz profunda y melódica cortó el bullicio.
—Nunca había visto a nadie tan visiblemente perdido y, al mismo tiempo, tan peligrosamente intrigado.
Jimin se giró. Detrás de la barra, con una camisa abierta que revelaba tatuajes artísticos y una mirada penetrante, estaba Jungkook. Sus ojos oscuros se clavaron en los de Jimin, y en ese instante, el ruido del club se desvaneció. No fue un flechazo superficial, sino una conexión profunda, el reconocimiento de dos almas que entendían la soledad y la búsqueda de algo más.
—Supongo que tengo esa... cualidad —Jimin logró responder, sintiendo un calor inusual en el pecho.
Jungkook sonrió, una sonrisa ladeada que le hizo un guiño en el ojo.
—Yo soy Jungkook. Y este es mi santuario. ¿Qué te trae a mi iglesia del pecado?
Jimin dudó un segundo, pero la sinceridad en los ojos de Jungkook lo desarmó.
—Estoy buscando algo que no sé dónde está, pero sé que no está donde vengo. Mi nombre es Jimin.
Jungkook le sirvió una bebida exótica, de un color azul brillante.
—Bebe esto. Te ayudará a ver con otros ojos.
Y así, en medio del caos del "Body Shop", Jimin le contó a Jungkook todo. Le habló de Taemin, del matrimonio de fachada con Karina, de la mansión silenciosa, de las palabras condescendientes, de la doble vida, de las humillaciones disfrazadas de "sacrificios por el futuro". Le habló de cómo se sentía asfixiado, un secreto inconfesable, una sombra en la vida de un hombre que se creía intocable.
Jungkook escuchó en silencio, su mirada nunca abandonando a Jimin. Cuando este terminó, Jungkook suspiró.
—Taemin, dices. Un hombre que quiere el cielo en público y el infierno en privado. Eso es una clásica historia de "Unholy".
—¿Unholy? —preguntó Jimin.
—Sí. Impío. Un show que desenmascara la hipocresía. Y tengo justo la idea. —Jungkook se inclinó sobre la barra, su voz bajando a un susurro conspirativo—. Este club es un escenario. Y tú, mi precioso Jimin, tienes todo el potencial para ser la estrella principal. Taemin construyó su imperio sobre mentiras. ¿Qué te parecería si usamos ese mismo escenario para demolerlo?
Jimin lo miró, sintiendo cómo una chispa se encendía en su interior. La idea de venganza, de justicia, pero sobre todo, la idea de reclamar su propia historia, lo llenó de una energía nueva.
—¿Cómo? —preguntó Jimin, con una mezcla de miedo y emoción.
Jungkook sonrió.
—Necesitamos un espectáculo. Un gran espectáculo. Algo que le muestre a Taemin que el "hogar" que creyó seguro, ahora es el arma que lo destruirá. Y tú... tú serás la "esposa perfecta" que él tanto valora, pero transformada en su peor pesadilla.
Jimin recordó el vestido de seda y la peluca que Taemin le había comprado para "ciertas ocasiones". Una idea descabellada, pero poderosa, empezó a germinar en su mente.
—Estoy dentro —dijo Jimin, y por primera vez en mucho tiempo, la sonrisa que se dibujó en sus labios no era de sumisión, sino de una promesa peligrosa.
Desde la barra, Lisa se acercó, escuchando la conversación.
—¿Un nuevo show para desenmascarar a un falso santo? Me apunto. Tengo las mejores ideas para el vestuario. Y los bailarines perfectos.
Jungkook le guiñó un ojo a Jimin.
—Bienvenido a la familia "Unholy", Jimin. La liturgia de la verdad está a punto de comenzar.
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Durante las siguientes semanas, Jimin llevó una doble vida más peligrosa que la de Taemin. Durante el día, era la sombra silenciosa en la mansión; pero en cuanto Taemin salía hacia sus "reuniones de negocios" con Elena, Jimin corría al taller, no para arreglar autos, sino para reconstruirse a sí mismo.
El Body Shop a puerta cerrada era un hervidero de creatividad y furia.
—Necesitamos que la luz no sea solo iluminación, Jungkook, tiene que ser un interrogatorio —decía Lisa, desplegando bocetos de vestuario sobre la mesa de mezclas—. Si Jimin va a bajar esa escalera, cada foco debe disparar directamente a la culpa de Taemin.
Jimin estaba en el centro de la pista de baile, rodeado de espejos. Llevaba tacones altos y el corsé que formaba parte del disfraz de "esposa". Jungkook caminaba a su alrededor, corrigiendo su postura con manos firmes pero increíblemente gentiles.
—No bajes la mirada, Jimin —le susurró Jungkook al oído, y Jimin sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío del local—. Taemin te ha enseñado a mirar al suelo para que no veas sus mentiras. Aquí, en mi mundo, la mirada es lo que somete al otro. Mírame a mí como si fueras el dueño de cada centímetro de este lugar.
Jimin levantó la barbilla. Sus ojos se encontraron con los de Jungkook en el reflejo de un espejo. La conexión que habían sentido la primera noche se intensificaba con cada ensayo. Ya no era solo un plan; era una danza de seducción mutua.
—Así —murmuró Jungkook, su voz volviéndose ronca—. Que el miedo cambie de bando.
Mientras tanto, Lisa y su equipo de inteligencia (hackers del bajo mundo que frecuentaban el club) trabajaban en las pantallas gigantes.
—Tenemos las grabaciones del taller, las fotos de la constructora y los audios de Taemin con Elena —anunció Lisa con una sonrisa maliciosa—. Es una obra de arte del engaño. Cuando Jimin dé la señal, el club entero verá la verdadera cara del "santo".
Jimin se acercó a la mesa de Lisa, tocando las telas de seda roja que usaría para el show.
—Él cree que soy de cristal —dijo Jimin, mirando las pantallas—. Cree que si me rompo, solo habrá pedazos inútiles en el suelo. No sabe que el cristal roto también corta.
Jungkook se acercó por detrás y puso una mano en su cintura, un gesto que ya se estaba volviendo natural.
—No vas a romperte, Jimin. Vas a estallar. Y nosotros vamos a estar aquí para recoger las cenizas de su imperio.
La preparación no solo era física o técnica; era mental. Jungkook pasaba horas con Jimin después de los ensayos, compartiendo cafés fríos en la barra vacía, escuchando los miedos de Jimin y reemplazándolos con una confianza nueva. Cada noche que Jimin regresaba a la mansión antes que Taemin, lo hacía con la satisfacción de quien sabe que está colocando los explosivos bajo los cimientos de una prisión.
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La noche del ensayo general, el "Body Shop" estaba bañado en una penumbra nerviosa. La energía era eléctrica, una mezcla de anticipación y el peso de lo que estaba por venir. Todos se movían con una precisión casi militar, ajustando luces, verificando proyecciones y afinando el audio.
Jimin se encontraba en la base de la gran escalera, vestido con el atuendo completo: el vestido de seda rojo, la peluca castaña meticulosamente colocada y un maquillaje impecable que ocultaba su rostro, transformándolo en la "dama" que Taemin creía poseer. Pero debajo de esa fachada, su corazón latía como un tambor de guerra.
Jungkook estaba en la cabina de sonido, su mirada fija en Jimin. Cuando la primera nota de "Unholy" estalló en los altavoces, Jimin comenzó su ascenso. Cada paso era una victoria silenciosa. La letra de la canción, con su crudeza y su crítica a la hipocresía, se sentía como un himno personal.
Los bailarines, con sus cuerpos esculpidos y movimientos fluidos, se movían alrededor de la escalera, creando un aura de lujuria y juicio. Jimin sintió cómo la música lo poseía. Al llegar a la cima, su figura se alzó majestuosa bajo los focos. La pantalla gigante parpadeó con las primeras imágenes distorsionadas de Taemin, un preludio de la revelación.
El descenso fue el momento clave. Jimin bajó cada escalón con una sensualidad gélida, su mirada perforando la oscuridad, buscando el punto exacto donde Taemin se sentaría. Jungkook, desde la cabina, ajustaba las luces para seguir su trayectoria, su presencia era una fuerza invisible que guiaba a Jimin. Sus ojos se encontraban a menudo, una chispa innegable pasando entre ellos, un lenguaje silencioso de apoyo, deseo y una tensión casi sexual que flotaba en el aire.
Cuando Jimin llegó al último peldaño, los bailarines lo rodearon. La música se detuvo abruptamente, dejando solo un eco vibrante. En ese silencio, Jimin se quitó la peluca con una gracia ensayada, revelando su propio cabello. Fue un momento de pura liberación, incluso en el ensayo.
Lisa aplaudió desde un rincón, mientras los demás coreógrafos y técnicos asentían.
—¡Perfecto, Jimin! ¡Estuvo más potente que nunca! Esa mirada... matadora.
Jimin bajó del escenario, aún con la peluca en la mano, sus mejillas enrojecidas no solo por el esfuerzo. Caminó hacia Jungkook, quien ya había salido de la cabina de sonido, una sonrisa de admiración en sus labios.
—Estuviste... increíble —dijo Jungkook, su voz baja y cargada. Sus ojos oscuros escanearon el rostro de Jimin, deteniéndose en sus labios—. Literalmente, te comiste el escenario.
Jimin sintió un escalofrío familiar. La forma en que Jungkook lo miraba, tocaba, hablaba... era una constante desde que se conocieron. Siempre había habido esa chispa, esa cercanía física y emocional. Pero el miedo, como una vieja herida, seguía ahí.
Lisa se acercó, interceptando el momento.
—Jimin, ¿podemos hablar un segundo? A solas.
Jimin asintió, siguiéndola a un rincón apartado. Lisa fue directa, con la franqueza que la caracterizaba.
—Okay, vamos a ser honestas. La química entre tú y Jungkook está explotando cada vez que ensayan. No soy ciega. Tú tampoco lo eres.
Jimin desvió la mirada, sintiéndose repentinamente pequeño.
—No sé de qué hablas, Lisa. Jungkook... él es así. Amable. Siempre ha sido muy bueno conmigo.
—Amable, sí. Pero la forma en que te mira no es "amabilidad", Jimin. Es... él te mira diferente. Como si fueras la única persona en la habitación. Y la forma en que tú le respondes...
La inseguridad de Jimin se disparó, como si un interruptor se hubiera encendido.
—No, Lisa. Te equivocas. Él solo... él es buena persona. Sabe por lo que he pasado con Taemin. Sabe lo débil que me volví. Me tiene lástima. Me está ayudando. No es... no puede ser nada más.
Lisa suspiró, frustrada pero comprensiva.
—¿Lástima? ¿En serio? ¿Crees que Jungkook, el rey de este "reino impío", pierde el tiempo en "lástima"? Él no es así.
—Pero... yo soy un desastre —murmuró Jimin, su voz temblorosa—. Taemin me vació. Me hizo sentir invisible. No soy el tipo de persona que atrae a alguien como Jungkook. Él es fuerte, poderoso... y yo... si no hubiera venido aquí, si no hubiese pasado todo esto... él nunca habría actuado así. Solo está siendo amable conmigo por mi situación. Eso es todo.
Lisa puso una mano en el hombro de Jimin.
—Jimin, escúchame. Taemin te rompió la confianza en ti mismo. Pero no te rompió. Jungkook te ve, el verdadero tú. No el que Taemin quería ocultar. Y no te está teniendo lástima. Si te mira así, es porque le gustas. Punto.
Jimin la miró, la duda y el anhelo batallando en sus ojos. Las palabras de Lisa eran un bálsamo y una amenaza al mismo tiempo. ¿Y si era verdad? ¿Y si no era lástima? Pero el miedo a la decepción, a volver a ser un objeto en la vida de alguien, era un muro difícil de derribar.
—Ahora ve y descansa —dijo Lisa, su voz más suave—. Mañana es el gran día. Enfócate en eso. Lo demás... ya veremos.
Jimin asintió, pero mientras se cambiaba el vestido por su ropa de calle, la conversación con Lisa no dejaba de resonar. La mirada de Jungkook. Sus toques. ¿Podría ser...? O solo era la debilidad de un hombre que se había aferrado a la primera mano que le ofrecía ayuda.
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La mañana del gran show, la mansión amaneció sumergida en una luz dorada y engañosa. Jimin terminó de anudar la corbata de Taemin frente al espejo del vestidor principal. Sus manos, que horas antes habían estado practicando movimientos de cabaret sobre un escenario de neón, ahora se movían con la precisión de un sirviente perfecto.
Taemin lo miró a través del reflejo y, por una vez, no había frialdad en sus ojos, sino una satisfacción radiante. Le puso las manos sobre los hombros, apretando con una familiaridad que a Jimin le revolvió el estómago.
—Hoy es un gran día, Jimin —dijo Taemin con una voz suave, casi cariñosa—. La junta directiva está impresionada con los números. Mi camino a la presidencia de la constructora está despejado.
—Me alegro mucho por ti, Taemin —respondió Jimin, manteniendo su voz plana, la máscara de "pareja abnegada" perfectamente ajustada.
Taemin se giró y le acarició la mejilla. Fue un gesto inusualmente tierno, de esos que solían confundir a Jimin meses atrás, haciéndole creer que quizás sí había amor entre las grietas del control.
—Hoy es la cena con la familia de Karina, Jimin —dijo Taemin, dándole una palmadita en la mejilla, un gesto que pretendía ser cariñoso pero que se sentía como el toque a una mascota—. Es crucial. Su padre va a confirmar el apoyo financiero para la constructora. Karina es... bueno, ya sabes. Es la imagen que necesito proyectar. Inteligente, de buena familia. La esposa perfecta para un futuro presidente.
Jimin mantuvo la mirada baja, su voz apenas un susurro.
—Lo entiendo, Taemin. Ella es lo que el mundo espera ver.
—Me alegra que seas tan maduro al respecto —Taemin sonrió, sintiéndose generoso—. Por eso me gusta volver aquí contigo. Eres mi refugio, mi lugar seguro. Ella es solo un negocio, tú eres el descanso.
Taemin se puso el saco y revisó su reloj.
—Después de la cena, iré al Body Shop. Ya sabes que mis socios y yo cerramos los mejores tratos allí. Ese club tiene la discreción que hombres como yo necesitamos. Volveré muy tarde, así que no me esperes despierto. Mañana, cuando todo esto pase, te compraré ese reloj que viste el otro día. Te mereces un premio por ser tan... comprensivo.
Jimin sintió una punzada de ironía. Taemin hablaba del club como si fuera su fortaleza inexpugnable, ignorando que los muros de esa fortaleza ahora eran de cristal para Jimin.
—Que tengas una noche productiva, Taemin —dijo Jimin, forzando una sonrisa suave.
Taemin le dio un beso rápido en los labios, un beso que Jimin antes anhelaba y que ahora le sabía a traición pura. El arquitecto salió de la mansión con su aire de invencibilidad, dejando a Jimin solo en el silencio.
Jimin se limpió el rastro del beso con el dorso de la mano.
—Discreción —susurró Jimin para la habitación vacía—. Vas a desear que ese lugar hubiera sido mucho menos discreto esta noche.
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El neón rojo del cartel parpadeaba con un zumbido eléctrico que a Taemin siempre le había parecido el sonido de la libertad. Estacionó su auto de lujo en el callejón trasero, lejos de las luces de la avenida principal. Se ajustó el nudo de la corbata frente al espejo retrovisor y sonrió. Fuera de ese callejón, era el vicepresidente de una constructora, el esposo ejemplar de Karina y el orgullo de su círculo social. Pero aquí dentro, las reglas de la "santidad" no existían.
Salió del auto y caminó hacia la puerta metálica. El aire olía a aceite de motor quemado, tabaco y un perfume dulce y barato que se le pegaba a la piel. El portero le asintió con un respeto que Taemin pagaba generosamente cada semana.
—Bienvenido de nuevo, señor, su mesa está lista para su reunión —dijo el hombre de la puerta.
Taemin no respondió. No necesitaba hacerlo. Entró en el pasillo oscuro y sintió cómo el bajo de la música empezaba a vibrar en su pecho. Cruzó el umbral hacia la sala principal del "Body Shop". Era un caos hermoso de cuerpos, humo y luces estroboscópicas. Caminó hacia la barra, pidiendo un whisky doble. Desde su posición, observaba el escenario con una mezcla de deseo y desprecio. Le gustaba este lugar porque era sucio, porque era todo lo que su vida pública no era.
«Él nunca lo entendería», pensó Taemin, dándole un trago a su vaso. «Él es demasiado... hogareño. Demasiado frágil. Necesita la seguridad de esas cuatro paredes. Pero yo necesito esto. Necesito el peligro para sentirme vivo antes de ir a esa aburrida cena con Karina». Se sentía poderoso al saber que podía sumergirse en esta depravación y luego volver a su mansión, a su café matutino servido por su compañero silencioso y sumiso que lo esperaba en casa sin hacer preguntas. Un grupo de bailarines pasó a su lado, sus cuerpos sudorosos brillando bajo los focos. Taemin los miró con superioridad. Para él, toda esa gente eran simples actores en su película privada.
El Body Shop estaba a reventar. En la zona VIP, en un palco que dominaba la pista, Taemin se sentó rodeado de hombres en trajes caros. Se sentía poderoso, el dueño de la noche.
—Bienvenidos al mejor show de la ciudad —dijo Taemin a sus socios, pidiendo una botella del whisky más caro—. Aquí es donde la moral se queda en la puerta.
De repente, una luz cenital iluminó el palco superior, aquel que siempre estaba vacío o reservado para "invitados especiales". Taemin entrecerró los ojos. Había una silueta sentada allí. Una figura elegante, vestida de seda, con una peluca castaña perfectamente peinada que recordaba vagamente a las mujeres de los anuncios de los años cincuenta. Estaba de espaldas, observando el club con una quietud que resultaba inquietante.
—Vaya, parece que hoy tenemos a la realeza en el palco —comentó al barman que servía la mesa, señalando hacia arriba.
—Es un invitado de Jungkook —respondió el hombre sin mirar—. Llegó temprano. Dice que viene a ver el show principal.
Taemin se rió, sintiendo una punzada de envidia por la exclusividad del palco, pero rápidamente la desechó. Se sentía invencible. En su mente, él era el arquitecto de su propio destino; tenía a una mujer para su imagen, a un hombre para su hogar y este club para sus vicios. Todo estaba bajo control.
Lo que Taemin no sabía es que esa figura elegante era solo un señuelo o que, detrás de la cortina roja del escenario, el verdadero Jimin estaba terminando de ajustarse el arnés de cuero bajo el vestido de seda. Jungkook se acercó a él, poniendo una mano firme en su hombro.
—Está ahí —susurró Jungkook, su aliento rozando la oreja de Jimin—. Justo donde dijiste. Está celebrando su victoria antes de tiempo.
Jimin cerró los ojos un segundo, sintiendo el miedo de Lisa y su propia inseguridad ("¿Y si Jungkook solo me tiene lástima?"), pero al abrirlos, la imagen de Taemin besándolo por compromiso esa mañana borró toda duda.
—Que empiece la música —dijo Jimin con una voz de acero.
Jungkook le dio un apretón suave en el hombro, un gesto que era mitad apoyo profesional y mitad posesión silenciosa, y se dirigió a la cabina. Las luces del club se apagaron de golpe. Las notas iniciales de "Unholy" retumbaron, haciendo vibrar los vasos de cristal en la mesa de Taemin. Taemin dejó su copa de lado, intrigado. El show de esta noche se sentía diferente.
La música cambió de ritmo. Un coro de voces casi religiosas empezó a resonar por los altavoces, mezclándose con un ritmo industrial pesado. Jungkook apareció en el escenario, envuelto en plumas y cuero, con una sonrisa que prometía caos.
—¡Bienvenidos, pecadores! —gritó Jungkook, y su mirada pareció clavarse por un segundo en Taemin—. Esta noche, el show no es para nosotros. Esta noche, el show es para aquel que cree que sus secretos están a salvo.
Tae levantó su vaso hacia Jeon, divertido, ignorando por completo que la figura del palco superior acababa de girar levemente la cabeza para observarlo. Él no podía verle la cara, pero si hubiera podido, habría notado que los labios de esa "mujer" de seda estaban pintados de un rojo tan intenso que parecía sangre fresca.
Taemin dio el último trago a su whisky. Estaba listo para ser entretenido. No tenía idea de que, para el final de la noche, él sería la atracción principal.
Jeon apareció en el centro del escenario, rodeado de una neblina densa que olía a incienso y cuero. El ritmo de "Unholy" comenzó a retumbar, un pulso bajo que parecía sincronizarse con los latidos del corazón de Taemin. El público rugió, pero Taemin se quedó inmóvil, con el vaso de whisky a medio camino de los labios.
—Mummy don't know daddy's getting hot... at the body shop, doing something unholy... —la voz de Jungkook llenó el lugar, arrastrando las palabras con una elegancia maliciosa.
Taemin soltó una risita nerviosa. "Pobre diablo", pensó, refiriéndose al hombre de la canción. "Dejar a los niños en casa para venir aquí... al menos yo soy más discreto".
Mientras las bailarinas lo rodeaban y bailaban descaradamente a su alrededor restregándose por todo su cuerpo, Taemin sentía que era el puto Dios del mundo, alguien que podía manipular a las personas sin tener que pagar las consecuencias, pero eso acababa hoy.
Hubo un momento donde el espectáculo tomó un giro extraño.
La música llegó a un puente pesado y oscuro.
Un grupo de bailarines entró en escena cargando un marco dorado gigante. Dentro del marco, una pareja de actores empezó a representar una pantomima: un hombre con un traje idéntico al de Taemin y una mujer con un vestido de gala sospechosamente parecido al que Karina usaría esa noche. La pareja sonreía mecánicamente hacia el público, saludando como si estuvieran en una alfombra roja.
De pronto, la música dio un golpe seco. El actor que interpretaba al esposo se dio la vuelta y, con un movimiento coreografiado, "abofeteó" a una sombra que representaba a un amante oculto, empujándolo hacia un rincón oscuro del escenario, fuera de la vista de la "esposa".
Taemin sintió un escalofrío. Era una coincidencia, por supuesto. Todos los hombres poderosos tenían secretos. Pero la precisión de los gestos, la forma en que el actor se ajustaba los gemelos de oro exactamente como él lo hacía... empezó a irritarlo.
—Doing something unholy... —cantaba el coro, y las luces rojas parpadearon violentamente sobre Julián.
En ese momento, Lisa emergió desde una plataforma elevada, envuelta en diamantes y rodeada de bailarines que sostenían planos de construcción y maquetas de edificios. Taemin palideció. Él era el vicepresidente de una constructora. Ver maquetas de edificios en un show de cabaret se sentía como una burla directa a su profesión.
Lisa señaló hacia el palco superior, donde la figura de seda permanecía inmóvil, observando desde las sombras.
—He's got a girl in Miami, he's got a girl in New York... —la letra cambió ligeramente, o al menos eso le pareció a Taemin—. He's got a man in a mansion, crying on the floor...
Taemin dejó el vaso sobre la mesa de mármol del palco con un golpe seco. El hielo tintineó contra el cristal, un sonido agudo que se perdió en el bajo. Sus manos empezaron a sudar. Miró a su alrededor, buscando una señal de que alguien lo estaba observando, pero todos los ojos estaban puestos en el escenario. Se sintió pequeño, expuesto, como si las paredes del "Body Shop" se estuvieran estrechando sobre él.
Miró hacia el palco superior una vez más. La figura de la "esposa" de seda se puso de pie lentamente. No gritaba, no lloraba; solo estaba ahí, en una pose de mando absoluto. Taemin sintió una punzada de reconocimiento en la forma en que esa persona sostenía los hombros, una elegancia que le resultaba dolorosamente familiar, pero que su mente se negaba a procesar.
—Esta canción va por los que construyen imperios sobre cimientos de mentiras —susurró Jungkook al micrófono, aunque su voz retumbó por todo el sistema de audio como un trueno.
—Es imposible —se dijo Taemin en un susurro, tratando de recuperar su arrogancia mientras el aire le faltaba—. Él está en casa. Él es predecible. Él es mío.
En ese momento, la música alcanzó un clímax ensordecedor. Taemin quiso irse, quiso correr hacia su auto y desaparecer, pero sus pies estaban clavados al suelo. La figura de seda roja comenzó a descender de la escalera, caminando con una elegancia letal directamente hacia el sector donde él estaba.
Cada paso era deliberado. El vestido de seda rozaba los escalones con un siseo que, para Taemin, sonaba como una sentencia de muerte. Los focos rojos siguieron la trayectoria de la figura, bañándola en un resplandor carmesí que ocultaba sus facciones tras el velo, pero resaltaba la impecable peluca castaña y la postura rígida de una "esposa de sociedad".
—Miren eso —susurró uno de los socios de Taemin, hipnotizado—. Es la perfección hecha carne. Qué mujer tan... pura.
Taemin apretó los puños hasta que sus nudillos blanquearon. "Pura". Esa palabra le quemaba los oídos. Él creía saber lo que era la pureza: era el silencio de su mansión, era la obediencia de su compañero, era la vida aburrida que él "sacrificaba" cada noche. Pero esta persona que bajaba las escaleras no irradiaba sumisión; irradiaba una autoridad gélida que lo estaba asfixiando.
Jungkook y Lisa se abrieron paso en el centro de la pista, flanqueando la base de la escalera. Jungkook extendió una mano tatuada y enguantada para recibir a la figura cuando llegó al último peldaño. El contraste entre el chico malo del club y la figura de seda era una bofetada a la moral de Taemin.
—Demos la bienvenida a la dueña del espectáculo —anunció Jungkook, y el club se quedó en un silencio absoluto, roto solo por el latido residual del bajo.
El show no estaba terminando. Estaba a punto de volverse personal. Taemin vio cómo la figura soltaba la mano de Jungkook y daba un paso directo hacia su mesa, quedando a solo unos metros de distancia. El olor del perfume de la figura llegó hasta él... y no era el perfume barato del club. Era el perfume que él mismo le había comprado a Jimin para su aniversario.
Taemin se inclinó hacia adelante, entrecerrando los ojos mientras el corazón le daba un vuelco violento. Esa postura, la forma en que la seda caía sobre los hombros... se parecía demasiado a lo que él dejaba en casa cada noche. Pero su mente se negaba a aceptarlo. Su Jimin era un ser frágil, un pájaro enjaulado que apenas sabía alzar la voz. Era imposible que estuviera allí, bajo esas luces pecaminosas.
La figura se detuvo justo frente a él, separada solo por la barandilla de cristal del palco. Con un movimiento felino y cargado de un desprecio gélido, Jimin estiró la mano y tomó la copa de whisky de Taemin. El club quedó en un silencio tenso, solo roto por el pulso eléctrico de la música de fondo.
—¿Te resulta familiar el personaje, Taemin? —La voz de Jungkook resonó por todo el sistema de audio, amplificada y distorsionada como la de una deidad juzgadora—. El santo que reza de día y se pierde de noche.
Taemin se puso de pie de un salto, su rostro pasando de la confusión a una furia pálida que le deformaba las facciones.
—¿Qué es esto? —rugió, mirando hacia la cabina donde Jungkook lo observaba con un desprecio soberano—. ¡Jungkook, detén esta farsa! ¿Quién es esta persona? ¡¿QUIÉN CARAJOS ERES TÚ?! —gritó, señalando a la figura roja.
La figura no respondió con palabras. En su lugar, levantó una mano —una mano masculina, fuerte, que Taemin reconoció al instante por la cicatriz casi invisible en el nudillo— y señaló con parsimonia hacia la pantalla gigante que colgaba sobre el escenario.
La pantalla se encendió con un estallido blanco. No hubo música, solo imágenes granuladas de cámaras de seguridad que hablaban por sí solas: Taemin en el taller, besando a una mujer que no era Karina ni el hombre que lo esperaba en casa; Taemin en su oficina, firmando documentos que desviaban fondos de la constructora bajo el nombre de Jimin para incriminarlo si el fraude estallaba; y finalmente, un audio nítido de Taemin riendo mientras le decía a Karina por teléfono que Jimin era "solo un empleado doméstico con beneficios" al que patearía a la calle tras conseguir la presidencia.
El club estalló en un murmullo de burlas y risas despreciativas. Taemin sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Sus socios se alejaron de él como si estuviera infectado.
—¡Apaguen eso! —gritó Taemin, pero su voz era un chillido desesperado contra el estruendo de la música que volvía a subir—. ¡Esto es una trampa! ¡Jungkook, detén esto ahora!
Jungkook lo miró desde arriba con una piedad fingida, inclinando la cabeza con una sonrisa cruel.
—Oh, Lee. Nosotros no pusimos las cámaras. Nosotros solo pusimos el escenario. El guion lo escribiste tú, año tras año, mentira tras mentira.
Jimin, bajo el velo, soltó una risa seca, un sonido roto y liberador que Taemin jamás le había escuchado. Sin decir una sola palabra, Jimin bebió el whisky de la copa de Taemin de un solo trago y, con una mirada fija en los ojos aterrados de su antiguo opresor, dejó caer el cristal. El vaso se hizo añicos contra el suelo, justo a los pies de Taemin, simbolizando el fin de su imperio de mentiras.
—Tú dijiste que yo era frágil —dijo Jimin, su voz empezando a filtrarse por los altavoces—. Dijiste que necesitaba la seguridad de esas cuatro paredes. Pero no era seguridad, Taemin. Era un escondite para que tú pudieras ser este monstruo sin que nadie te juzgara.
Taemin intentó hablar, intentó pedir perdón o lanzar una amenaza, pero su garganta estaba seca. El tiempo se detuvo. El coro de "Unholy" se silenció por completo, dejando un vacío ensordecedor en el Body Shop. Todos los ojos, incluso los de Jungkook y Lisa, estaban fijos en el gesto que venía a continuación.
Con un movimiento preciso y deliberado, Jimin levantó las manos hacia su cabeza y tiró de los bordes de la peluca castaña.
—Es hora del final del show —susurró.
La peluca se desprendió, cayendo al suelo con un siseo suave, revelando el cabello oscuro que Taemin había visto todas las mañanas durante años. Pero el rostro que emergió no era el que él conocía. Esos labios gruesos pintados de carmesí, que Taemin siempre consideró "vulgares" para su estatus, ahora resplandecían con una autoridad gélida.
Un jadeo colectivo recorrió el club. No era sorpresa por la identidad, sino por la audacia de la transformación. Jimin no mostraba dolor ni rabia; solo una calma devastadora.
—¿Jimin? ¿Eres tú? —balbuceó Taemin, retrocediendo como si lo hubieran golpeado. Su voz perdía toda autoridad frente a sus socios, que ya cuchicheaban sobre su ruina—. ¡Esto es ridículo! ¡Vuelve a casa ahora mismo! ¡Estás haciendo el ridículo!
Jungkook se acercó lentamente a Jimin, ignorando por completo los gritos de Taemin. Le entregó un pequeño micrófono inalámbrico con un gesto que era puro respeto. Jimin lo tomó con una sonrisa, sosteniéndolo como si fuera un cetro.
—¿Quién es el frágil ahora, Taemin? —preguntó Jimin, y su voz llenó cada rincón del local—. ¿Quién es el que se esconde detrás de la máscara? Dijiste que yo era demasiado hogareño para entender tu mundo, pero aquí estoy, en el corazón del lugar que creías que era solo tuyo.
Jimin dio un paso hacia la barandilla, dominando el palco.
—En cuanto a tu "santidad", no hay nada sagrado en construir un imperio sobre la traición. Ni en usar a una mujer como fachada. Ni en intentar condenar mi existencia mientras te revuelcas en la tuya. Es el final de tu "discreción", Taemin.
Lisa se acercó entonces. Con una sonrisa triunfal, estiró la mano y, de un tirón seco, le arrancó a Taemin la cruz de oro que siempre llevaba al cuello como símbolo de su supuesta fe. La dejó caer con un tintineo metálico justo en el charco de whisky y cristales rotos a los pies del arquitecto.
—El show es para el que cree que sus secretos están a salvo —sentenció Lisa—. Pues bienvenido, Lee, al infierno que tú mismo diseñaste.
Jimin miró a la audiencia, extendió ambos brazos con una gracia infinita y realizó una reverencia profunda. Era la despedida oficial de su antigua vida. Al levantarse, sus ojos se encontraron con los de Jungkook, quien bajaba del escenario para colocarse justo detrás de él.
Jungkook rodeó la cintura de Jimin con un brazo, marcando territorio frente a los ojos de todos. La cercanía entre ellos no era fingida; era una coreografía de deseo y desafío que hacía que el aire vibrara.
—Él no va a volver a ninguna parte, Taemin —dijo Jungkook, mirando al arquitecto con una sonrisa ladeada—. Jimin ya no es tu refugio. Ahora es el dueño de este escenario. Y tú eres solo un invitado que se quedó sin invitación.
—¡Lo estás usando! —gritó Taemin, señalando a Jungkook con un dedo tembloroso—. ¡Jimin, no seas estúpido! Él solo te tiene lástima. Eres un juguete para él, una distracción de su club. ¡Mírate! No perteneces aquí.
Jimin sintió por un segundo el aguijón de las palabras de Taemin. Las dudas que le había confesado a Lisa regresaron como un eco: ¿Y si Jungkook solo me tiene lástima?. El miedo a ser una "obra de caridad" amenazó con romper su postura.
Pero Jungkook sintió la tensión en el cuerpo de Jimin y apretó el agarre, pegándolo más a su pecho. Inclinó la cabeza para susurrarle al oído, pero lo suficientemente alto para que Taemin lo viera:
—No dejes que su veneno te toque, Jimin. Él te quiere pequeño porque tiene miedo de lo grande que eres aquí. Para mí, tú eres el centro de todo este maldito lugar.
Jimin respiró hondo, llenando sus pulmones con el aroma de Jungkook y la electricidad del club. Miró a Taemin, el hombre que le había mentido con Karina esa misma mañana, y luego miró a Jungkook. La diferencia era abismal: uno lo quería ocultar en las sombras, el otro lo quería exponer al mundo como la joya más valiosa.
—Tienes razón, Taemin —dijo Jimin, dando un paso adelante. Tomó la peluca castaña que aún sostenía en su mano y la dejó caer con desprecio sobre el pecho de su ex pareja—. No pertenezco a tu mundo de mentiras. Pertenezco a este "infierno" donde la gente es real.
Jimin se giró hacia Jungkook y, en un acto de rebelión final y deseo puro, lo tomó con fuerza del cuello de la camisa y lo atrajo hacia sí. Lo besó con una pasión que detuvo el tiempo, frente a Taemin, frente a los socios y frente a las cámaras que transmitían cada segundo del contacto a las pantallas gigantes.
Taemin quedó mudo, destruido. Ver a su "propiedad" siendo reclamada por el hombre que más envidiaba fue el golpe final. La máscara del santo se había roto para siempre, dejando ver solo a un hombre vacío.
La música estalló de nuevo. El coro de "Unholy" regresó con una fuerza abrumadora, las luces estroboscópicas inundaron el club en ráfagas de blanco y rojo, y la multitud explotó en vítores. La gente bailaba, gritaba y celebraba. Pero esta vez, no celebraban el pecado; celebraban la caída de la hipocresía y el nacimiento de una nueva estrella.
Taemin, hundido en su asiento y sintiéndose como si estuviera tendido en el suelo, era el único que no participaba en la euforia. Levantó la vista hacia el hombre que había pretendido amar, que había despreciado y que ahora lo había destruido. Los ojos de Jimin no tenían rencor, sino una extraña y liberadora paz.
En un último acto de despojo, Jimin se desprendió del vestido de seda roja, dejándolo caer como una piel vieja. Debajo, revelaba un atuendo puramente Body Shop: una camiseta negra translúcida y ajustada con unos pantalones de cuero que resaltaban sus curvas, esas mismas que Taemin siempre le había obligado a ocultar porque "enseñaban demasiado" y "no eran propias de alguien de su clase". Era el mismo hombre que le servía el café cada mañana, pero ahora estaba libre, radiante y letalmente poderoso.
El espectáculo había terminado. El telón de mentiras había caído, y Taemin estaba solo en el escenario de su propia ruina.
El eco de la música seguía vibrando en las paredes del club, pero para Taemin el sonido era el de un derrumbe absoluto. Intentó ponerse en pie, buscando desesperadamente una salida, pero nadie le tendió la mano. Los mismos camareros que antes lo saludaban con servilismo ahora lo miraban con una mezcla de lástima y asco. Sus socios ya se habían marchado, borrando sus contactos y planeando cómo distanciarse del escándalo que mañana abriría los periódicos.
Taemin salió a trompicones por la puerta trasera, desapareciendo en la fría oscuridad del callejón. Dejaba atrás su prestigio, su coche de lujo estacionado como un monumento a su ego, y la farsa completa que había llamado vida.
Dentro, el ambiente era muy distinto. El aire ya no pesaba; se sentía ligero, eléctrico.
Tras el estruendo de los aplausos y el caos de la salida de Taemin, el club se convirtió en un borrón de luces para Jimin.
Jungkook lo guió a través de la multitud hasta su oficina privada, situada detrás de la cabina de sonido. Era un espacio industrial, con paredes de ladrillo visto, sofás de cuero gastado y el suave zumbido de los amplificadores. En cuanto la puerta se cerró, el ruido del club se transformó en un latido lejano.
Jimin se quedó de pie en el centro de la habitación, todavía respirando agitado, con el arnés apretado contra su pecho y el maquillaje ligeramente corrido. La adrenalina estaba bajando, dejando paso a ese vacío de incertidumbre que Lisa había alimentado.
Jungkook no dijo nada al principio. Se limitó a observarlo con una intensidad que quemaba.
—Lo hiciste —susurró Jungkook finalmente, dando un paso hacia él—. Lo destruiste, Jimin.
Jimin bajó la mirada, jugueteando con las correas de cuero en sus muñecas.
—Él dijo... él dijo que solo me tienes lástima. Que soy tu juguete.
Jungkook se detuvo en seco. Soltó un suspiro pesado y acortó la distancia que los separaba hasta que Jimin pudo sentir el calor que emanaba de su cuerpo. Con una mano tatuada, tomó el mentón de Jimin y lo obligó a mirarlo a los ojos.
—Mírame, Jimin. ¿Crees que he pasado semanas diseñando luces, ensayando pasos y arriesgando mi reputación frente a mis socios solo por "lástima"? —Jungkook soltó una risa amarga—. No tengo tanto tiempo libre, ni soy tan buen samaritano.
—Pero... tú eres Jungkook —murmuró Jimin, con la voz quebrada—. Tienes a quien quieras. Yo llegué aquí roto, siendo la sombra de un hombre que me usaba. Si no hubiera estado tan desesperado, quizás ni me habrías mirado.
Jungkook acunó el rostro de Jimin con ambas manos. Sus pulgares acariciaron los pómulos de Jimin con una delicadeza que contrastaba con su apariencia ruda.
—Te miré porque brillabas incluso en la oscuridad de esa barra la primera noche. Te miré porque vi a alguien con más fuego que todo este club junto. No te estoy ayudando a "limpiarte" las heridas, Jimin. Estoy tratando de estar a la altura del hombre que eres cuando decides ser libre.
Jungkook se inclinó, uniendo sus frentes.
—Lo que siento cuando te toco... lo que sentí cuando nos besamos ahí fuera... eso no es caridad. Es hambre. Es necesidad. Es el hecho de que no puedo imaginar este lugar sin ti.
Jimin cerró los ojos, permitiéndose creer. El miedo a ser una "obra de caridad" se disolvió bajo el contacto eléctrico de la piel de Jungkook. Sintió las manos de Jungkook bajar por su espalda, trazando el camino del arnés, hasta detenerse en su cintura.
—No me tengas miedo a mí —susurró ronco Jungkook contra sus labios—. Tenme ganas, porque yo te las tengo desde el segundo en que entraste por esa puerta.
Jimin no esperó más. Rompió el espacio restante y buscó los labios de Jungkook con una urgencia nueva, una que no nacía de la venganza, sino de la propiedad. Esta vez no había cámaras, no estaba Taemin, no había un plan. Solo eran ellos dos en la penumbra de la oficina, donde el "Body Shop" finalmente hacía honor a su nombre: un taller donde Jimin no estaba siendo reparado, sino renaciendo en los brazos del hombre que lo veía de verdad.
Jungkook lo alzó con facilidad, sentándolo sobre su escritorio de madera, esparciendo papeles y planos por el suelo, poniendo sus manos en su cintura y apretándolo con fuerza besándolo con urgencia, por fin liberando las ganas que le tenía desde que lo conoció, poco a poco bajaba sus besos al cuello del pelinegro, lamiendo y chupando toda su extensión dejando leves marcas.
Sus manos levemente bajaban hasta sus muslos apretando y acariciando, Jimin jadeaba y se dejaba hacer por Jungkook todo lo que él quería, desde hace tiempo queriendo hacer esto, desde hace tiempo conteniendo sus ganas por miedo a que por estar roto no lo quisiera, pero esto, el que Jungkook lo besara, lamiera, tocara y lo observara tan intensamente, tan posesivamente que lo desarmara lo hacía entender que realmente Jungkook lo quería.
Jungkook lo sostuvo contra el escritorio, sus manos trazando el camino del arnés que Jimin aún llevaba puesto. Se detuvo en la curva de su hombro, inhalando el aroma de su piel, ahora libre de la esencia de la mansión.
—Jimin, debes saber que realmente te quiero —dijo suavemente, su voz vibrando contra la piel mientras seguía besando su cuello—. Te quiero tanto que por ti haría lo que fuera. Obligaría a todo el mundo a arrodillarse ante ti y adorarte; quemaría todo el maldito mundo si fuera necesario, y todo lo haría por ti, mi amor. Te amo.
Terminó la frase sobre sus labios, atrapando el labio inferior de Jimin en un mordisco posesivo que le sacó un gemido sonoro, cargado de una necesidad que llevaba semanas contenida.
Al oír esas palabras, Jimin sintió cómo la última barrera de su inseguridad se desmoronaba. La intensidad en la voz de Jungkook, la promesa de una lealtad que rozaba la locura, y sobre todo ese "Te Amo", borraron cualquier sombra de duda. Jungkook no le tenía lástima; Jungkook lo veneraba. Jimin comprendió que sus propios sentimientos eran igual de intensos, una marea negra y ardiente que necesitaba ser correspondida.
Jimin lo miró directo a los ojos, con las pupilas dilatadas por el deseo y la adrenalina. Subió sus manos, enredando sus dedos en el cabello de Jungkook para tirar de él, obligándolo a inclinar la cabeza hacia atrás.
—Entonces quémalo, Jungkook. Quémanos a todos —sentenció Jimin, su voz firme como el acero—. Porque si tú eres el infierno, yo hace mucho tiempo que decidí que no quería el cielo. No me importa el mundo si tus manos son las que me sostienen mientras arde.
Jimin bajó la cabeza, lamiendo el cuello de Jungkook con una lentitud tortuosa hasta llegar a su oreja, donde mordió el lóbulo con una mezcla de ternura y salvajismo.
—Dices querer quemar el mundo por mí... entonces dame la cerilla, Jungkook —susurró contra su piel—, porque quiero verlo arder a tu lado.
Jungkook gruñó ante la respuesta de Jimin, un sonido que era mitad caricia y mitad posesión. Sus manos, expertas en manejar el metal y la potencia en el taller, se movieron con una urgencia reverente por el cuerpo de Jimin, deshaciéndose primeramente de la camisa negra que tenía con los arnés. Cada centímetro de piel que quedaba al descubierto era una victoria sobre el pasado.
—No tienes idea de cuánto tiempo he esperado para tenerte así, lejos de sus ojos, lejos de sus mentiras —susurró Jungkook, su aliento quemando la piel de Jimin mientras lo recostaba con cuidado sobre el cuero del sofá, sin dejar de besarlo ni un segundo.
Jimin arqueó la espalda, buscando el contacto, sintiéndose por primera vez dueño de su propio deseo. Ya no era un objeto que alguien más movía a su antojo; ahora era él quien dictaba el ritmo. Sus dedos se enterraron en los hombros tatuados de Jungkook, anclándose a la realidad de ese momento.
El beso se vuelve más demandante, sus lenguas bailando en la boca contraria, y la excitación y calor subiéndose rápidamente por todo su cuerpo, Jungkook baja sus besos hacia el pecho y por fin bajando hacia sus pezones, antes de seguir subió su mirada a donde Jimin y sacó su lengua para pasarla por el pezón derecho y el sonido que salió de la boca de su sexy pelinegro lo desarmó.
Metió todo su pezón en la boca y lo chupó, subió su mano derecha y con su pulgar delineó los labios de Jimin para luego meterlo en su jugosa boca, Jimin entendiendo lo que quería cierra sus labios y delinea con su lengua el dedo de Jungkook, este al tener su dedo dentro de esa deliciosa boca su excitación subió y bajó su pelvis a la del pelinegro creando una maravillosa fricción en ambos miembros que aún seguían escondidos bajo sus pantalones.
Ambos gimen y mueven en sincronía sus pelvis, Jimin chupa descaradamente mientras hace sonidos con su garganta, Jungkook sigue su trabajo en el otro pezón de su pelinegro hasta que ya no lo soporta y se aleja, desabrocha el pantalón de Jimin y lo baja rápidamente, luego de quitarlo lo observa y su boca se llena de saliva al tener a semejante imagen en frente de él. Jimin cargaba una bragas de encaje de color negro que dejaba ver su verga medio contenida por estas con una gran mancha de pre-semen, baja sus labios a la cintura de Jimin y con sus dientes atrapa la prenda para bajarla hasta sus rodillas y luego con sus manos terminar de retirarlas.
—Hazme tuyo, Jungkook. Fóllame, necesito que lo hagas— dice y baja su mano hacia su polla para irla acariciando y moverla de arriba a abajo.
Jungkook ya no aguantando aleja esa mano y abre sus piernas hasta tenerlo expuesto.
—Te voy a coger tan duro que olvidarás tu puto nombre; veme bien precioso, está noche te romperé completamente— empieza a besar sus muslos y morderlos fuertemente— no te contengas, quiero escucharte gimiendo mi nombre y rogarme que no me detenga.
Y ahí, se descontrolaron completamente.
Jungkook engulle su polla hasta la base y aprieta su garganta, sube y ahueca sus mejillas, lo saca completamente y baja hasta sus bolas, las chupa y pasa su lengua hasta la punta y vuelve nuevamente a engullirlo, Jimin estaba perdido en el placer, con ambas manos sostiene su cabeza y la mantiene en su lugar, sube su pelvis y empieza a follar su boca.
—Mgmmh... A-aah, Dios ¡que rico!— gemía fuertemente y subía rápidamente, sentía que iba a explotar en cualquier momento, pero Jungkook tenía otros planes.
—No cariño,— saca la polla de su chico y agarra sus manos para llevarlas arriba de su cabeza— Dios no es el que te va a coger en estos momentos.
Sale de encima de Jimin para quitarse su ropa, solo logra quitarse la camisa porque cuando iba por sus pantalones Jimin lo detiene.
—Quiero hacerlo yo.
Jimin pone sus manos y traza con sus dedos el pecho de Jungkook, baja hasta la pretina de su pantalón y quita su cinturón, desabrocha el botón y se arrodilla ante él, acordándose de lo que hizo Jungkook hace rato, se acerca y con sus labios baja el cierre mientras tiene sus ojos en los de su hombre, porque eso era Jungkook... suyo.
Con sus manos se ayuda y baja tanto el pantalón como los boxers hasta sus tobillos y expone la verga gruesa y venosa de Jungkook, pasa su lengua por sus labios mientras lo sigue mirando y luego la pasa por la verga de su hombre delineando las venas que bajo su lengua palpitaban por lo duro que estaba, sube su lengua hasta la punta y la mete para chuparla, juega un rato y luego la engulle profundamente
Jungkook gruñe sonoramente y deja que Jimin se divierta un poco con su polla, lleva su cabeza hacia atrás y antes de terminar de dejarse llevar la saca de ese lugar que se volvió su segundo favorito, el primero iba a ser el lugar que iba a profanar en estos momentos.
—Ya es suficiente, no perdamos el tiempo— lo levanta y lo agarra por sus muslos para tenerlo encima suyo, mientras son un desastre de saliva y jadeos, Jeon camina hasta el sofá de cuero y se sienta con Jimin en su regazo.
Jimin empieza a mover sus caderas en forma circular y ese movimiento hizo que Jungkook perdiera las dos cabezas, Jimin se levanta levemente y rápidamente mete sus dedos a su boca, esa imagen hace que Jungkook quede embobado, mientras ensaliva sus dedos agarra la polla de Jungkook y la masturba, aprovechando su distracción saca sus dedos de la boca y los dirige a su agujero para prepararse, gimiendo trató de alcanzar su punto dulce pero sus pequeños deditos no alcanzaban ese lugar, por lo que ya frustrado los sacó y con su otra mano acercó la polla de Jungkook a su entrada.
—E-espérate, amor... no te he preparad- ¡MHMMG!— gime fuerte cuando Jimin da un sentón y se clava a sí mismo, no espera y empieza a moverse.
—¡Que rico, papi!, eres tan grande-e... tan... aahg... grueso— y empieza a saltar y apretar la polla de Jungkook.
—Me aprietas tan rico— lleva sus dos manos hacia su culo y aprieta para azotarlo y apretarlo en él— ¡Dios, mi amor! te mueves tan bien... mghm.
Jungkook lleva uno de sus dedos hacia su agujero y lo inserta en conjunto con su polla, abriéndolo un poco más. Jimin se arrastra de arriba a abajo y se mueve en círculos para luego empezar a saltar rápidamente, lleva sus labios a los de Jungkook, gime en su boca y lleva su cabeza atrás exponiendo su cuello.
Jungkook pone sus manos en su cintura y empieza a clavarse fuerte, en la oficina solo se escuchaba el ruido chicloso y húmedo del contacto entre el culo de Jimin y la pelvis de Jungkook. Sale rápidamente de él y escucha una queja por parte de Jimin pero luego lo voltea y lo deja en cuatro, abierto y expuesto solamente para él.
—Te ves tan putamente rico así— pasa su mano por su espalda y la besa, va hasta sus nalgas y las chupa, las abre y se adentra su lengua follándolo con ella, escupe y chupa ese agujero que sabe a gloria, mete dos dedos y los saca con movimientos rápidos
—¡AAHGH, J-JUNGKOOK!... ¡DIOS! dame más... quiero más... r-rompeme mmhg... te necesito adentro de mi...
Sus dedos largos rozan con su próstata y Jimin gritar y se deshace en gemidos y gritos.
—¡Ahí, Dios! ahí... más papi...
Jungkook saca sus dedos y vuelve a alinear su polla en el culo de Jimin.
—Eres mío, Jimin... solo mío... tú naciste para ser adorado— y se clava, embiste fuerte y pausado— naciste para ser presumido al mundo— otra embestida directamente a su próstata— no mereces las migajas que te daban, tu mereces el mundo y te juro... mmhg— empieza a embetirlo más fuerte— que te daré el puto universo si es lo que quieres.
Lo agarra por el cuello desde el frente y lo acerca hasta tener su espalda en el pecho, sube chocando su pelvis contra su culo y besa su cuello salvajemente, aprieta levemente su cuello y sube sus besos hasta la oreja para morderla, con su otra mano aprieta su cintura pequeña y luego la baja hasta la polla de Jimin para mastubarla al ritmo de sus estocadas.
—Considérame tu siervo en este infierno que construimos— aprieta su polla y luego vuelve a colocarlo con la cara contra la cama y aumenta el ritmo e intensidad de su penetración— Me arrodillaré ante ti hasta que mis rodillas sangren, porque no hay otro altar que merezca mi devoción.— saca su verga y escupe su entrada para meter tres dedos, mete y saca como un loco para luego volver a estocarlo fuertemente con su polla— Pídeme lo que quieras, Jimin, porque has dejado de ser una víctima para convertirte en mi puto Dios.
Jimin dejó escapar una risa ahogada, una que mezclaba la lujuria con el poder que acababa de descubrir. Volteó a ver a su hombre y con toda la fuerza que aún le quedaba hace que salga de su interior y toma a Jungkook por el rostro, obligándolo a ver la chispa de locura en sus ojos.
—Dijiste que me darías la cerilla para ver el mundo arder... Pues aquí tienes el fuego, Jungkook. Haz que me arrodille ante mi propia gloria mientras tú me veneras. No te detengas hasta que no quede nada de lo que fuimos.— une sus labios adentrando su lengua y agarrando su cabello con fuerza— No te quiero de rodillas si no es conmigo —gimió Jimin contra sus labios—. Si yo soy tu Dios, tú eres el fuego que me da vida. Quémate conmigo ahora, Jungkook. No dejes nada en pie.
Luego de intercambiar palabras de entrega y sumisión, el aire en la oficina se volvió denso, cargado de una verdad que no necesitaba nombres. Fue una danza frenética donde no solo la excitación habló, sino que fue también su necesidad de libertad la que gritó a través de sus cuerpos. Jungkook lo adoraba como al Dios que prometió y Jimin lo recibía con la fuerza de quien ha renacido; allí, entre suspiros y promesas susurradas, el pasado de Jimin terminó de desintegrarse, dejando solo el presente vibrante que ahora compartían. No eran solo dos cuerpos colisionando; eran dos almas que habían decidido encajar sus piezas en medio del caos, jurándose una lealtad que el mundo exterior jamás podría comprender.
Jungkook volvió a unir sus labios y ¡mierda! que bien sabían, se levanta con Jimin y vuelve a introducir su polla en Jimin, en esa posición Jeon llegaba tan profundo que ya ambos sentían de cerca la explosión divina que se le estaba formando en su interior, cosquilleos deliciosos en su vientre anunciando su clímax.
Pega de la pared a Jimin dando sus estocadas finales, gime fuertemente y baja su mano para que Jimin se pudiera liberar de una vez por todas, el cuerpo de Jimin subía y bajaba, sus gemidos siendo la música que necesitaba Jungkook para llenarlo tanto como quería; baja ambas manos y las pone en su culo para abrirlo y penetrar hasta tocar nuevamente su próstata.
—Ahhg... me... m-me veng... ¡J-JUNGKOOK, mmgh!... ahí, más... ¡AAHG!— chorros de semen caen y chorrean en ambas pieles, Jimin se viene primero y al hacerlo aprieta la verga de Jungkook haciendo que gruña y se corra dentro de su culo.
Y ahí, cansados y sudados pero satisfechos en la penumbra de la oficina, solo iluminada por el resplandor rojo del cartel de neón que se filtraba por la ventana, sus sombras se fundieron. El ruido del club afuera se volvió un eco insignificante. Allí, entre el olor a cuero, el rastro del perfume de Jimin y la fuerza bruta de Jungkook, el "Te amo" que se habían jurado dejó de ser una palabra para convertirse en un acto de entrega absoluta.
Jungkook lo miró una última vez a los ojos antes de perderse en la curva de su cuello, encontrando en Jimin no a una víctima que salvar, sino al compañero con el que estaba dispuesto a ver el mundo arder. Lo que siguió no fue solo una unión de cuerpos, sino la colisión de dos almas que habían decidido ser libres en su propio infierno personal.
—Te amo, Jungkook. Gracias por absolutamente todo.
—Yo también te amo, mi amor. Juro que te haré feliz hasta que la vida nos permita estar juntos.— y se acerca para besarlo pero está vez el ritmo es suave, lleno de cariño, haciendo valer su promesa recién dicha.
En ese momento, el "Body Shop" dejó de ser un club y se convirtió en su propio universo. Jungkook lo tomó de nuevo, sellando el pacto con un beso que ya no sabía a venganza, sino a una pertenencia absoluta. El mundo exterior podía consumirse en sus propias mentiras; ellos dos ya habían encontrado su propio paraíso entre las llamas
†
Tres meses después, el nombre de Taemin era solo un eco borroso en las páginas de economía, asociado a un escándalo de corrupción y una caída estrepitosa; Karina se había distanciado de él apenas el video del club se hizo viral, protegiendo su propio apellido. Pero en el The Body Shop, la historia era muy diferente.
El club ya no era solo un local de la escena underground; se había convertido en un santuario de la expresión libre. Y en el centro de todo, estaba Jimin.
Jimin ya no usaba pelucas ni vestidos de seda para esconderse. Ahora, caminaba por el club con su cabello rubio platino, vistiendo prendas que él mismo ayudaba a diseñar con Lisa: sedas transparentes, cuero y joyas que resaltaban su figura. Ya no era la sombra de nadie; era la luz que todos querían seguir.
Jungkook lo observaba desde la cabina de sonido, pero ya no con la mirada protectora del inicio, sino con el orgullo de un compañero. Sus tatuajes ahora incluían una pequeña media luna en la muñeca, un detalle que solo Jimin sabía que era para él.
—¿Listo para el set final? —preguntó Jungkook por el auricular.
Jimin sonrió, mirando a la multitud que coreaba su nombre. Se acercó a la cabina y, frente a todos, se inclinó para darle a Jungkook un beso rápido pero cargado de promesas.
—Siempre —respondió Jimin.
Lisa apareció a su lado, ajustándole un último detalle del arnés brillante que llevaba.
—¿Quién diría que el chico que entró aquí muerto de miedo terminaría siendo el dueño de la noche? —dijo ella con una sonrisa triunfal.
—No soy el dueño de la noche, Lisa —corrigió Jimin, mirando a Jungkook—. Somos los dueños de nuestra propia verdad.
El show comenzó. Pero esta vez, la canción no era sobre la traición de Taemin. Era una mezcla nueva, vibrante y poderosa que hablaba de renacimiento. Mientras Jimin bailaba, sintiéndose más vivo que nunca, Jungkook bajó de la cabina y se unió a él en el escenario para el final.
Al terminar, con las luces bañándolos en oro y carmín, Jimin leyó la frase que ahora decoraba la pared principal del club, la frase que él mismo había dictado:
"Si para tus valores tradicionales mi existencia es impía, entonces celebraré mi impiedad en tu cara."
Esa noche, mientras cerraban las puertas del club y se quedaban a solas en la penumbra, Jimin se refugió en el pecho de Jungkook. Ya no había dudas, ya no había miedo a la "lástima". Había un amor forjado en el fuego de la rebelión. Taemin había intentado construir un imperio sobre Jimin, pero Jungkook le había dado las herramientas para que Jimin construyera su propio trono.
Y en ese taller de cuerpos y almas, finalmente, todas las piezas encajaban perfectamente.
Fin.