El Relato de los Agradecidos

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Summary

Sonríe, el Consenso observa. Bajo la atenta mirada de La Cúpula, la sociedad ha alcanzado la perfección en el exterior: no hay conflictos, no hay duelos y la ansiedad se trata antes de que pueda contagiar a otros. Todo funciona gracias a una calma funcional impuesta que garantiza la paz a cambio del silencio de la conciencia. Dentro de La cúpula, la fachada perpetua de privilegio empieza a agrietarse para una madre y su hija cuando la sensibilidad de una la obliga a mirar las grietas de la utopía. El sistema, maternal y asfixiante, responderá con su verdad más cruda: se descarta a quien estorbe por eficiencia, aunque sea parte del mecanismo. Sin villanos que griten ni armas que disparen, el horror se esconde en la suavidad con la que se te convence de que tus dudas son una enfermedad que debe extirparse.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

I. El Juicio

—¡Ella no tiene responsabilidad alguna!

Fueron sus primeras palabras cuando las luces se encendieron de golpe. La determinación en la voz de mi madre rebotó en las paredes del recinto, un fuerte eco parecido a un grito de guerra que disipó el sonido de los murmullos en la sala y desvió la atención de los presentes al centro, donde ambas nos encontrábamos frente a la gran mesa del Consenso Interior.

Ni siquiera sabíamos por qué estábamos ahí aún; nos acabábamos de ver la cara después de pasar la noche separadas. Ella tenía una actitud defensiva mientras yo seguía perdida, tratando de reflexionar sin éxito y con mi cabeza abajo en las palabras que más retumbaban en mi cerebro: corrección, calibración, cierre de casos...

Mi cuerpo proyectaba inestabilidad. Una mezcla de miedo, impotencia e ira se manifestaba en temblores y espasmos que acentuaban el dolor en los moretones que me dejó el motín con el que llegaron a sacarme de casa la noche anterior. Mantenía mi mirada en el suelo, aún más golpeada y desorientada por la realidad de que cuestionarlos en voz alta nos puso aquí a las dos, mientras ella seguía buscando una forma de defenderme y exonerarme de cualquier consecuencia.

Antes de que articulara otra palabra, Kevin, uno de los cuatro representantes del Consenso, la interrumpió alzando su prominente mano con la palma abierta, dejándole claro a mi madre que no pedía permiso para interrumpir una reacción emocional innecesaria, sino como recordatorio de que podía, de forma educada, mediar la situación y que ellos tenían el control.

—Ruth, tenemos información importante que discutir hoy. Isabel...

—Ustedes —lo interrumpió mi madre de forma abrupta—, ustedes confabularon en nuestra contra e invadieron violentamente nuestra casa —continuó con una voz más gruesa y rota que tensaba las venas de su cuello—. ¡Me lastimaron a mí y a mi hija en una tranquila cena! ¡Ahora apenas puede abrir un ojo!

El hombre entrecerró los ojos que tenía clavados en mi madre. Podía notar, aun con su boca cerrada, la forma en que pasaba su lengua por sus dientes y contenía pequeños movimientos involuntarios en la nariz en señal de claro disgusto.

—Ruth, nosotros...

Mi madre interrumpió de nuevo dando un paso hacia la mesa: —¡Esto jamás había ocurrido antes! ¡Con ninguno! Nos separaron durante toda la noche y...

—¡Ruth! —exclamó finalmente el hombre dando un golpe en la mesa, poniendo la atención de la sala nuevamente en él y detonando nuevos murmullos que lo hicieron darse cuenta de su reacción, haciéndolo suavizar la mirada y relajar su postura—. Ambas están aquí porque concluimos en que Isabel mostró una preocupación demasiado insistente por individuos cuyos procesos ya habían sido resueltos satisfactoriamente —dijo reincorporándose en su asiento y ajustándose el nudo de su corbata, como si fuera el control que le regresaba su voz corporativa cuando perdía los estribos.

Mi madre suavizó un poco la expresión en su rostro sin que perdiera seriedad y me miró de reojo mientras devolvía el paso que había dado. A lo que yo respondí con un gesto de extrañeza en mi ingenuidad mientras quitaba el cabello de mi rostro.

—Al inicio de su formación, Isabel solicitaba extensiones en los informes de los calibrados emocionales del sector Amarillo y accedimos —expresó calmadamente desviando sus ojos al papel frente a él, a la par que mi madre ponía sus manos detrás con nerviosismo—. Lo que no estaba previsto y llamó nuestra atención fue su negativa a cerrar casos ya resueltos, ni su insistencia reiterada en supuestas inconsistencias.

—Señor, no me queda claro a lo que quiere llegar con esto —replicó mi madre negando con la cabeza—. No entiendo cómo sus acusaciones llevan a justificar una entrada violenta en mi casa que nos lastimó a las dos.

—No son meras acusaciones vacías, Ruth —replicó la mujer sentada a la derecha de Kevin—. Estas acciones evidencian una preocupación innecesaria por el exterior que puede comprometer nuestra integridad como ciudadanos de La Cúpula. —Su saco color celeste y su tranquila actitud de voz suave no encajaban con lo que estaba diciendo.

Sonreía apenas, como si estuviera explicándole a un niño de preescolar una corrección menor y no justificando que hubieran invadido nuestra casa y sometido a una adolescente a los golpes. Ese contraste fue el que más me incomodó.

—¿Comprometer la integridad de La Cúpula? —Mi madre frunció el ceño en un fuerte gesto de extrañeza antes de voltear a verme. Me encontraba igual de extrañada que ella, tratando de unir cabos en cómo mis peticiones podían comprometernos.

—¿Cómo iban sus peticiones a hacer eso? Mi hija ha seguido cada protocolo establecido para su formación desde que comenzó. Sus insistencias nacen de una lectura estricta de las medidas, no de una preocupación... desmedida.

Su voz se debilitó al final de esa frase, como si una cuerda en su interior tratara de halar con fuerza sus palabras para que no salieran.

Algo comenzaba a moverse en mi cabeza, pero no lo podía sostener el tiempo suficiente para darle forma: la cantidad absurda de expedientes de Calibración y Olvido para un solo paciente, las peticiones que me rechazaron a tantas cosas... Sus razones aún me eran demasiado débiles. Algo no conectaba y no lograba encontrar lo que faltaba.

—Ruth, Isabel comenzó a asignar valor individual a procesos ya cerrados —retomó el rubio inclinándose hacia delante—. Sus informes dejaron de ser una evaluación objetiva de los sujetos de producción afuera y pasaron a ser reflexiones suyas. Isabel excede lo esperable en una etapa de formación para el rol que aplicaba.

—¿Y no es eso lo que se espera, que exceda las expectativas? —replicó mi madre señalándome con los brazos—. Lo siento, Kevin. Pero todo lo que me expones no justifica un allanamiento a mi hogar que nos valió moretones y miedo a las dos —continuó reafirmando su compromiso con mi seguridad mientras comenzaba a sudar—. Me cuesta creer que todos acordaron esto sin siquiera notificarnos, cuando todo lo que me dices pudo haberse conversado en una citación. Necesitarás algo más fuerte que suposiciones si quieres que al menos considere un porqué a lo que están haciendo —terminó, negando suavemente con la cabeza.

Kevin entrecerró sus ojos de nuevo mientras la miraba, pero esta vez no estaba molesto; parecía evaluarla. Bajó la mirada a la carpeta que tenía en la mesa frente a él y comenzó a ojear dentro, como si buscara algo que ya él sabía.

Mientras se sumergía en los papeles, mi madre volteó a verme con compasión. Tenía una expresión tenue de dolor en sus ojos que contrastaba con los músculos tensos de su mandíbula, como si presionara con demasiada fuerza sus dientes haciendo que tragar saliva se le hiciera un esfuerzo evidente.

—Y lo tengo, Ruth. Una vez que las acusaciones a Isabel terminen de repasarse, procederemos a enviarte una copia de su diagnóstico junto con su factura que vas a poder monitorear en tiempo real para que siempre estés al tanto de su proceso —terminó de agregar en algo que, peor que la arrogancia, entraba en el terreno del cinismo y la frialdad.

La cara de mi madre palideció de inmediato. El ligero bullicio de los presentes se intensificó brevemente mientras un escalofrío me recorría el cuello y sentía algo encoger mi estómago desde dentro, provocándome náuseas. Por unos instantes, el mundo se me hizo invisible y mi pulso se aceleraba; mis dedos empezaban a temblar de forma torpe mientras trataba de agarrarme de mi mesa sin éxito para no perder el equilibrio; comencé a sentir mi cabeza más pesada y un inmenso calor en mis mejillas. No podían estar hablando en serio... Estoy a punto de cumplir diecisiete y justo hace unos minutos hablábamos de suposiciones en informes, ¿cómo llegamos a querer exiliarme de La Cúpula? Maldición, tenía que decir algo... ¿Era buen momento? ¿Cómo iba yo a saberlo?

Mi cabeza estaba procesando demasiadas cosas en un tiempo demasiado limitado y no estaba en las mejores condiciones para pedir un descanso. Solo la voz de mi madre pudo devolverme un poco a la realidad.

—¿Factura? ¿Cómo que factura? N-no estarás... —dijo ella con su voz quebrada, balbuceando en el final cortado de su frase, pues no había demasiado qué preguntar. Ella sabía exactamente de qué estaba hablando.

—Ruth, Isabel robó y manipuló documentos que iban a la gestión de aprobación de recursos —respondió mientras la pantalla tras ellos mostraba los documentos con alteraciones evidentes, las mismas que estaban también en mis informes—. Notamos incoherencias extrañas en los informes de calibración emocional de ciertos individuos de producción exterior. Fuimos notificados de los registros y, al indagar en ellos, coinciden con todos los que Isabel insistía que no debían cerrarse.

Mi madre observaba la pantalla llevándose una mano a la boca y la otra al pecho; era un poco difícil saber la expresión que tenía en su rostro. Pero pude pensar un poco en lo acorralada que debió sentirse cuando movió su mano temblorosa de la boca para ajustarse el cabello tras su oreja.

—Ella... —dijo con su voz débil—, ella realmente no...

—De hecho, Ruth, como parte del proceso de diagnóstico, necesitamos que Isabel nos dé una declaración sobre sus disidencias en los informes y el hurto de información —interrumpió Kevin de nuevo mientras seguía hurgando entre más papeles.

Mi madre desvió la mirada hacia mí con una vulnerabilidad en sus ojos que me golpeó como un camión. Nunca planeas ver a la persona que creías invencible en esa posición; todavía tenía su mano en el pecho con sus dedos temblorosos tratando de reconfortarse por sentir que no estaba haciendo lo suficiente, mientras yo internamente me quebraba por habernos puesto en esta situación, por creer que alzar la voz era suficiente y esperar que ella me sacara del aprieto cuando llegamos.

Las miradas de todos entraban por cada poro de mi piel. Me sentía expuesta y diminuta delante de mi mesa, solo deseando esconderme debajo y que mamá me sacara cuando todo esto se terminara. Intenté ver a mi madre, pero mis ojos se desviaron encontrándose con los de Kevin.

Me observaba con frialdad, como si midiera cada respiración que daba y cada intento mío de articular alguna palabra, esperando el fallo que yo misma veía venir desde que me pidió hablar. Agaché mi cabeza y me cubrí la cara con ambas manos, dejando espacio entre mis dedos para mirar el suelo e intentar reflexionar en las palabras de Kevin, pero nada salía. El miedo evidenciado en el temblor de mis manos amordazaba mi cerebro prohibiéndome organizar mis ideas, pero los ojos puestos en mí demandaban que dijera algo.

—Yo no... —dije, pero se me quebró —no era para eso.

Me quité las manos del rostro y recobré la postura intentando tomarme en serio mi humillante intento de defensa.

—No era para eso... —remarcó Kevin—. Desarrolla, Isabel, ¿cuál era el objetivo de la manipulación de los documentos?

—Solo intentaba aferrarme lo mejor posible al protocolo de redacción —le respondí tratando de evadir su pregunta en un intento torpe de usar su lenguaje para suavizarlo.

Mi madre desvió su mirada al suelo y cerró los ojos mientras daba un par de respiraciones profundas y se llevó las manos tras la espalda. Como si la torpeza de mis palabras la hubiera abofeteado, causando en ella una reacción que hizo que mi estómago sintiera un golpe de vacío.

—Isabel —agregó la mujer del saco celeste con su característico tono de comercial—, comenzaste a identificar calibrados por patrones no consignados en nuestros registros oficiales. En muchos de tus informes mostrabas ambigüedad sobre la utilidad de los individuos exteriores y estabas evidenciando una cercanía irregular con los casos —continuó haciendo contacto visual conmigo—. Estas observaciones no son parte de ningún protocolo; son acciones que comprometen nuestra infraestructura interior. ¿Entiendes el peligro de tener a alguien como tú con nosotros?

La serenidad con la que hablaba de exiliar de su comunidad a una chica de diecisiete años después de una violenta invasión a su hogar me helaba la sangre y logró paralizarme; realmente no lograba entender la naturalidad con la que toda la comunidad había decidido que esto era lo mejor. Mi respiración se volvía más pesada con cada pregunta que me hacían afuera y se mezclaba con las que me hacía a mí misma.

Por un momento, todos los murmullos a mi alrededor se volvían difusos. Un zumbido entró en mis oídos a descolocarme de donde me encontraba, dejando mis ojos clavados en el lapicero de la mujer como un ancla a la realidad.

—¿Algo que agregar? —pronunció Kevin con seriedad, directo como una lanza a mi posición. Su demanda directa a que siguiera hablando me hizo aterrizar de golpe. Di un pequeño salto en mi silla, sacándome del terrorífico trance en el que estaba y detonando un ligero dolor de cabeza. Balbuceé un par de cosas que no llegaron a convertirse en palabras porque, nuevamente, los nervios ataron mi lengua. Cerré mis ojos con fuerza maldiciendo mi desconexión de todo.

—Si no hay más que agregar, podemos aprobar el...

—No —lo interrumpió mi madre de pronto. No fue un grito, no fue una protesta. Sonó más bien como una orden suave y cansada a la que todos desviamos nuestra atención. Me miró, ojos húmedos y cejas arriba antes de dar un paso al frente.

Intenté seguirla con la mirada, pero el zumbido regresó a mis oídos con fuerza, entorpeciendo mi intento de seguirle el ritmo a un mundo que ya no estaba más a mi alcance.

—Si Isabel tomó los procesos como algo personal, fue porque yo no marqué el límite adecuado —continuó ella. Sus palabras atravesaban la sala con enorme precisión. No lograba comprender del todo lo que decía, pero logré captar el cambio en su voz que se hizo más lenta, más medida. Casi sonaba como uno de ellos, lo que me hizo sentir que ya no estaba hablando sobre mí.

Kevin, en la mesa, alzó la vista poniendo atención a los ojos de mi madre, entrecerrando los suyos como si tratara de leer algo pequeño en la cara de ella desde la distancia a la que estaban. El resto de mi alrededor solo era ruido: pasos, voces difusas en el fondo, papeles. Mi cabeza perdía el foco de la situación intentando aferrarse a cualquier cosa que me mantuviera aquí.

—Le hablé de cosas que no debía —siguió—, cosas que ya habían sido resueltas y no valía recalcar. Yo revisaba los informes de Isabel en casa. Le hacía preguntas sobre el distrito Amarillo y la guiaba en las redacciones que mostraron.

—¿Estás declarando —continuó Kevin— que tú influiste en la desviación del criterio de Isabel durante su formación? —terminó llevando su bolígrafo a su boca en un gesto de observación clínica. Cada gesto en su cara parecía una ecuación imposible. La mujer del saco me miraba de reojo con su calmada expresión de ligera sonrisa que me helaba.

Mi madre asintió con la cabeza y se quedó sosteniendo contacto visual con Kevin con sus manos atrás. No en un gesto de sumisión ni de rebeldía, sino uno que reafirmaba cuán lúcida estaba del lugar en el que estaba parada y a quienes les hablaba.

—¿Qué se supone que hagamos con esta información, Ruth? —agregó la mujer, devolviendo su mirada a mi madre.

Intenté decir algo nuevamente, finalmente abrir mi boca, pero mi voz se negaba rotundamente a pasar mis cuerdas vocales. Nadie notó siquiera que intenté decir algo. Cada gesto de mi madre ocupaba un espacio que yo creía que me pertenecía a mí y mi cuerpo se limitaba a registrar la escena, tratando de sostener el trabajo de mi cerebro, que simplemente no era capaz de seguir el ritmo.

—Asumo que la evaluación y decisión sobre Isabel sea considerada bajo el marco de que no es una disidente, sino que fue expuesta por mí a una creencia personal prematura —dijo mi madre con una impactante precisión. Las palabras atravesaban el aire y chocaban conmigo como una ola que despegaba mis pies del suelo para mantenerme en la periferia, flotando al margen de mis nervios—. Pero si consideran que el daño ya está hecho, entonces el error es mío. Soy yo quien requiere la corrección.

Y ahí, el tiempo se detuvo en un golpe seco a mi pecho. Mis ojos se ampliaron en una mirada que se movía sin rumbo fijo hasta posarse en mi madre, quien seguía dándome la espalda. Parecía un árbol de raíces gigantes imposible de mover que el viento siempre golpea, pero nunca rompe.

—¿Q-qué? Mamá, ¿qué estás...? —dije entrecortada y casi inaudible, con las palabras raspando mi garganta.

—Isabel —respondió ella, extendiendo su palma soltando el agarre de sus manos sin voltear a verme. A partir de este momento, ya no me estaba hablando a mí. Tampoco hablaba de mí. La forma en que pronunció mi nombre regresó por mi garganta todas las palabras que habían salido de mi boca. Una manera sutil pero efectiva e imponente de hacer que me callara, tomando el poco lugar que tenía para intentar argumentar. Pero el pánico estresante que dominaba mi cuerpo y me ensordecía ante todo lo que pasaba a mi alrededor me empujaba a tomar la salida fácil: hacerle caso.

—Sigue siendo bastante joven. Todo su aporte puede ser recuperado y aprovechado correctamente —continuó volviendo a agarrar sus manos detrás de ella.

—Planeas que reubiquemos la responsabilidad de formación —le respondió Kevin en una afirmación indecisa, ladeando la cabeza mientras regresaba la vista al papel.

Volteé erráticamente a los lados mientras intentaba ordenar mis ideas para escupir y aportar algo. Pensaba que si ordenaba las cosas en mi cabeza, alguien podría ayudarme a detenerla. Pero nadie lo hizo.

—Tiene sentido —añadió la mujer del saco alternando su vista entre mi madre y Kevin—. Exponerla desde temprana edad usualmente generaría confusión, no disidencia.

—Ciertamente, aún responde a figuras de autoridad y a sus pares —agregó Kevin antes de señalar a mi madre con el bolígrafo—. Ella, por el contrario, ya actúa fuera del marco de su posición —soltó en tono acusatorio.

Acomodé mis manos en la mesa y las regresé a mis piernas justo después; luego se fueron a mi cabello antes de rascarme la nariz. Cada vez que las apoyaba en un sitio se separaban de nuevo como si no recordaran qué hacer por sí solas. Mi madre soltó las manos de su espalda y volvió a agarrarlas en su vientre, esta vez en claro nerviosismo.

—Les pido que consideren todos los aportes ajenos a este asunto que Isabel llevó a cabo durante su tiempo de preparación —dijo mi madre con seguridad, sin desviar su mirada de Kevin en ninguna ocasión.

Kevin se quedó analizando su hoja un momento mientras veía a mi madre frente a él. Hasta que sin aviso, tan pronto como se quedó callado, rellenó un par de cosas en el papel y pude verlo trazar una línea antes de soltar:

—Agradecemos tu cooperación, Ruth. Por favor, acompáñanos un momento —dijo mientras volvía a meter varios papeles en la carpeta y se levantaba de su silla haciendo señas a la mujer del saco para que lo siguiera.

Mi madre asintió con la cabeza y se ajustó el cinturón antes de desviar sus pasos a la derecha tras ellos. Junto con el sonido de la puerta cerrándose tras ellos, comenzaron los comentarios de todos los presentes en la reunión. Voces indistintas invadían mi cabeza y bloqueaban por completo cualquier pensamiento estructurado que intentara solidificarse en mi cerebro. Coloqué mis brazos en la mesa y escondí mi cabeza en ellos como una pequeña cueva donde pude finalmente echarme a llorar y sentir el abrazo de la única persona que podía darme uno en esa sala y ese instante: yo.

El indescriptible miedo que cubría cada centímetro de mi piel se filtró hacia mis ojos, brotando como dos cascadas de lamentos e incertidumbre que bajaban por mi nariz hasta infectar las mangas de mi ropa. Solo Dios sabe cuánto tiempo pasó entre su salida de la sala y el tiempo que transcurrió conmigo escondida en mi improvisada cueva de consuelo corporal, lejos de cualquier ojo juzgón y cualquier boca indiscreta que pretendiera interesarse por mi estado.

Hasta que finalmente, la puerta se volvió a abrir. Kevin entró con sus cejas alzadas como si hubiera hecho un impactante descubrimiento en el pasillo y esperara anunciarlo con el resto de la clase; la mujer del saco mantenía la misma expresión perturbadora con la que la conocí hacía unos minutos atrás, y mi madre se mantenía viendo al suelo, cuidando sus pasos y evitando a toda costa mirarme. El sonido del aire entrando a sus pulmones e inflando su pecho mientras movía su cabello hacia atrás en un movimiento parecido al de un caballo imponía demasiado. Casi parecía una entrada triunfal hasta que volteó ligeramente y pude ver su nariz enrojecida y, antes de procesarlo, Kevin se sentó en su silla ajustando nuevamente su corbata rosa.

—Reclasificaremos la evaluación de Isabel bajo el marco de influencia externa prematura. Tendremos pronto una segunda reunión donde discutiremos su hogar de acogida —soltó Kevin sin titubear apenas alcanzó su lugar—. Hemos autorizado a Ruth al Tratamiento del Olvido. Seguimos en preparativos para su correspondiente extradición al Distrito Amarillo Exterior. Que tengan todos muy buenas tardes.

La rapidez con la que soltó sus palabras no me dio tiempo a procesar nada, salvo la forma en que cada una perforaba mi piel. Sentí que algo dentro de mí cedió de golpe. Como si la cuerda que comenzó a tensarse a golpes la noche anterior finalmente se hubiera roto.

—Ruth, por favor —añadió Kevin mientras con su palma abierta señalaba la puerta por la que acababan de entrar y mi madre solo respondió con una inspiración húmeda y entrecortada, asintiendo con la cabeza mientras avanzaba.

—¡No! —solté finalmente en un sollozo fuerte que hizo a mi madre agachar su cabeza aún más, confirmándome en nuestra cercanía, que me acompañaba soltando los suyos en secreto. Di un paso rápido hacia su dirección, y una mano apretó con fuerza mi hombro antes de que pudiera completar el segundo. Pronto otro hombre apareció a mi otro lado tomándome del otro brazo.

Traté de forcejear de manera torpe mientras mi madre se alejaba de mí y pasaba la puerta acompañada de dos hombres que se interponían entre nosotras como una pared. Cada sonido de su tacón contra el suelo era otra puñalada a mi espíritu que me gritaba que no era suficiente, que debía tratar más fuerte. Hasta que la puerta se cerró tras ella y me golpeó la realidad de que no la vería más. Me la quitaron como si ya no me perteneciera y me dejaron para recordarme que yo todavía era aprovechable, útil. Aun en el espacio donde se suponía debíamos ser lo contrario.

Miré a Kevin con la respiración agitada y lo que probablemente era la cara más expresiva que había tenido hasta el momento, esperando que al menos un mísero pedazo en él se compadeciera de verme tan vulnerable y humillada como lo estaba, tratando de engañar a mi mente con que quizá podría cambiar de opinión; pero su mirada era la misma de antes: ojos fríos y calculadores que apenas parpadeaban y descansaban en una cara cansada, como si estuviera muerto en vida.

—Llévensela —soltó sin siquiera mirarme a los ojos, sin pedirme que me retirara. Como si fuera un mueble que cambiar de almacén cuando una pata se rompe. Recogió la carpeta de la mesa y se dio la vuelta. Las luces de la sala se apagaron y los hombres que me detuvieron comenzaron a llevarme a la salida principal.

Caminaba con resistencia en dirección contraria a mi madre; puertas y caminos opuestos con futuros inciertos. Traté en desesperación de convencerme a mí misma que ganaba algo quedándome. Que quizá al ella ofrecerse, me salvaba a mí de la realidad exterior.

Pero mientras caminaba con mis brazos inmóviles y atrapados en otras manos, comprendí que el Consenso no me había perdonado, solo había aceptado el precio de tenerme allí.

Porque no perdonan. Calculan. Y yo resulté ser conveniente.