El Prefacio del Cemento
La luz del día no iluminaba la calle Camelias como lo hacía en otras partes del mundo. Allí, la llegada del amanecer era un proceso que primero impactaba las paredes de cristal de los rascacielos cercanos, rebotando en sus ángulos fríos y precisos, hasta que, casi accidentalmente, lograba filtrarse en el pequeño trozo de tierra donde aún se mantenía la casa de Doña Irma.
Era una edificación de barro con un tejado de tejas rojas que parecía un tropiezo de la naturaleza. A su izquierda, una imponente torre de oficinas de cincuenta pisos vibraba con el ruido constante de los sistemas de aire acondicionado; a su derecha, un elegante edificio de apartamentos de acero y diseño exclusivo la observaba con el desdén de quien aguarda una herencia que se demora.
Doña Irma, no obstante, carecía de apuro. Jamás lo tenía.
Esa mañana, el chirrido de la cafetera de metal sobre la antigua estufa marcó la primera nota de una melodía que los ejecutivos de los inmuebles vecinos nunca comprenderían. Irma deslizó sus pantuflas de lana sobre el piso de baldosas hidráulicas, dirigiéndose hacia la ventana.
—Casi está, pequeñas —murmuró con un tono que evocaba el crujir del papel antiguo—, un poco más de paciencia. El sol parece tener sueño hoy.
Llenó una taza de cerámica desgastada con café, sintiendo el calor transferirse a través de la porcelana hasta tocar sus dedos con artritis. No utilizaba cápsulas, ni máquinas express que vertieran el líquido de manera rápida. Ella trituraba el grano de forma manual, disfrutando del esfuerzo, de la resistencia de la semilla, del aroma que se esparcía como un secreto compartido.
«El mundo avanza para llegar a ninguna parte», reflexionó soplando la superficie oscura del café. «Piensan que ahorrar tiempo significa vivir más, cuando en realidad solo están apresurando el inevitable final».
Salió al jardín. La diferencia fue como un golpe en el corazón. Al cruzar el umbral de la puerta trasera, el ruido del tráfico de la calle principal se silenciaba, consumido por la densidad de su jardín. Era un pequeño universo de colores vibrantes que luchaban por el aire.
—Buenos días, mis reinas —saludó Irma mientras caminaba entre los rosales.
—¿Te fijaste en cómo me observa esa mujer hoy? —susurró una Rosa de té apenas sintió el primer rayo de sol en sus pétalos—. Tiene la piel más arrugada que ayer. Es sorprendente que aún pueda sostener la regadera.
—Shh, ella podría escucharte —replicó un Lirio blanco con un tono de falsa humildad—. Aunque tienes razón. Su apariencia es... desastrosa. Si no fuera porque nos trae agua, este lugar parecería un museo de antigüedades.
Irma se detuvo frente a un grupo de Orquídeas que pendían de un tronco viejo. Las flores se mantuvieron tensas, exhibiendo sus mejores posturas, alargando sus cuellos para parecer más elegantes.
—Hoy están hermosas —dijo la anciana, rozando un pétalo con la yema del dedo—. Pero les hace falta un poco de hierro. Iré a buscar el preparado más tarde.
Irma se acomodó en su silla de mimbre, situada en el corazón del jardín. Desde esa posición, al alzar la vista, podía observar un cuadrado de cielo azul rodeado por las molduras de los edificios altos. De pronto, el tranquilizador ambiente del jardín fue roto por una voz estruendosa al otro lado de la cerca de madera.
—¡Doña Irma! ¡Buen día! —era Julián, un joven repartidor que mantenía su motocicleta encendida sobre la acera, expulsando nubes de humo gris hacia las dalias.
—Buen día, Julián —le respondió ella sin levantarse, disfrutando un sorbo de café.
—No sé cómo puede soportar estar aquí, doña. Ayer vendieron el último terreno en la esquina. Van a construir un centro comercial de cristal inteligente. ¡Dicen que habrá incluso nubes artificiales! ¿Por qué no acepta la propuesta de la constructora? Podría mudarse a un apartamento con calefacción y sin necesidad de desherbar.
Irma esbozó una sonrisa lenta que marcó su rostro con surcos.
—¿Y quién se encargaría de ellas, Julián? —preguntó, señalando las flores.
—¡Bah! —dijo el joven, ajustándose el casco—. En esos edificios colocan jardines verticales de plástico. No requieren riego, nunca mueren y siempre lucen perfectos. Usted vive en el ayer, doña. ¡El tiempo vuela! ¡Hay que actuar!
—El oro no respira, querido —replicó ella—. Y el plástico no sabe morir, porque nunca ha vivido. Anda, que se te queda tarde llegar tarde.
El joven encogió los hombros y se marchó rápidamente, dejando un rastro de hollín. Las flores del jardín comenzaron a murmurar indignadas.
—¿Escuchaste eso? —dijo una de las rosas más grandes, la roja, conocida como "La Gran Dama"—. ¡Plástico! ¡Compararnos con plástico! Ese chico tiene el alma llena de suciedad.
—Pero tiene un punto —intervino una orquídea con voz clara y tersa—: el tiempo de esta anciana se está acabando. Observa cómo le tiembla la mano. Si se va, ¿Quién nos dará agua? ¿Quién nos protegerá de la sombra de esos colosos de cristal?
—Quizás el próximo propietario nos exhiba en jarrones de cristal en oficinas con aire acondicionado —susurró el lirio—. Seríamos contempladas por personas importantes, no solo por una anciana que huele a café y tierra mojada.
«Pobres criaturas», reflexionó Irma; aunque no comprendía completamente sus palabras, reconocía sus patrones. «Piensan que la hermosura es un pacto con la eternidad. No se dan cuenta de que solo son bellas porque mañana se marchitarán».
Irma se puso de pie para encontrar la regadera. En un rincón sombrío, casi donde la pared de la casa creaba una sombra constante, se encontraba la Adelfa. Sus hojas eran de un verde intenso y resistente, y aunque sus flores eran rosadas, carecían de la delicadeza elegante de las rosas.
La anciana se paró frente a ella. Las otras flores guardaron un silencio pesado, un vacío rebate de desdén.
—Y tú, mi intrépida —murmuró Irma, regando generosamente su base—. Todos te desprecian porque no exhibes tus colores a gritos, pero eres la que mejor resiste el frío de estas paredes.
La Adelfa no contestó. Sus raíces se adentraron más en la tierra, absorbiendo con modestia.
—Mírala —resopló la Rosa Roja—. La anciana desperdicia agua pura en esa... cosa. No tiene fragancia, no tiene distinción. Es solo un arbusto que ocupa espacio.
—Es una común —añadió la Orquídea—. Necesito agua purificada y luz filtrada, mientras ella recibe la misma consideración que esa planta de carretera. Es un agravio a nuestra herencia.
Irma finalizó su café. Colocó la taza en la mesa y se quedó mirando cómo una gota de rocío deslizaba por la hoja de la Adelfa. En ese instante, desde la cima de un edificio, algo cayó. Era un envoltorio plástico de un dulce, lanzado por algún oficinista aburrido. El plástico flotó en el aire, moviéndose de manera errática, hasta aterrizar justo sobre las raíces de la Adelfa.
Irma se agachó con esfuerzo. Sus huesos crujieron como ramas secas, pero no se permitió ignorar la basura. Levantó el plástico y lo guardó en el bolsillo de su delantal.
—Este lugar no está destinado a la prisa ni a los desechos —le comentó a la planta—. Aquí el tiempo se detiene porque así lo pedimos.
Regresó a su asiento. La ciudad a su alrededor continuaba rugiendo. Sirenas policiales, bocinas de autobuses, el golpeteo constante de martillos neumáticos en una obra cercana. Todo ese ruido trataba de infiltrarse en la casita de adobe, pero chocaba contra la serenidad de la anciana.
Doña Irma cerró los ojos y se dejó envolver por el olor de la tierra húmeda. Era consciente de que afuera, el mundo estaba obsesionado con lo nuevo, lo brillante, lo instantáneo. Sin embargo, ella, en su lentitud, poseía algo que el cemento nunca podría adquirir: la habilidad de observar cómo una flor se toma todo un día para decidir si despliega un pétalo más.
«Algún día, el cemento se romperá», pensó mientras el sueño de la tarde la envolvía. «Y cuando eso ocurra, la tierra estará lista. Siempre está lista».
En el jardín, el silencio se volvió pesado. Las flores hermosas continuaban compitiendo por el último rayo de sol que cruzaba el patio, sin darse cuenta de que, en el tallo de la Adelfa, un pequeño bulto oscuro comenzaba a moverse. Un visitante que no buscaba belleza, sino sustento.
El capítulo sobre la tranquilidad estaba llegando a su fin, y ninguna de las soberanas del jardín se encontraba preparada para lo que el aire de la ciudad había traído recientemente.
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