At least im trying
AJAX
El sudor es el mismo en todos los backstages del mundo... ácido, pegajoso, como un fracaso disfrazado de esfuerzo. Pero en Gamma Arena, también huele a cerveza derramada y a las sobras de cien ambiciones marchitas.
Me apoyo contra la pared fría de concreto. Cierro los ojos, pero no sirve de nada. A través del monitor deteriorado colgado en un rincón, su voz me llega como una bofetada.
Elegancia.
Esa palabra, pronunciada con esa voz perfectamente modulada, me hace abrir los ojos de golpe. En la pantalla aparece él, Xian Lee sostiene el trofeo de Elevate como si fuera una extensión natural de su brazo, no un simple pedazo de metal. Su traje es blanco. Blanco. ¿Quién se viste de blanco para recibir un premio que le robaron a otra banda? Solo alguien que quiere restregarte en la cara que no suda, que no lucha, que simplemente existe y obtiene lo que desea.
—…no es solo para Nova, sino para todos los que creen que la música requiere disciplina, corazón y… elegancia —concluye su frase, y el público estalla en un rugido que resuena en mis dientes.
Elegancia. Claro. Esa es la palabra que utilizan quienes carecen de sangre, quienes nunca han tenido que arrastrar sus nudillos sobre el asfalto para conseguir una nota honesta. Apoyo mi frente contra el concreto, siento las vistas de mis compañeros de banda sobre mi.
—Apaga esa cosa, Leo —gruño sin girarme.
—Ya la apagué, jefe —responde la voz tensa de mi hermano—. Desde hace rato.
Miro hacia atrás. Leo está sentado en un cajón de equipos con su bajo colgando entre las piernas. Sus dedos tamborilean nerviosamente sobre el mástil. Milo, nuestro baterista, golpea inconscientemente un par de baquetas contra su rodilla, su ritmo está cargado de frustración. Solo Kai, nuestro guitarrista, parece mantener una calma glacial mientras limpia meticulosamente las cuerdas de su Fender con un paño, pero sus ojos, esos ojos siempre observadores, están fijos en mí.
—Ya pasó, Ajax —dice Kai en un susurro ronco—. Fue hace un año. Deja de torturarte repitiéndolo.
Un año. Trescientos sesenta y cinco días saboreando la misma píldora de veneno, la derrota por un punto. Un maldito punto después de aquella aberración, aquel dúo forzado que los jueces idearon para el espectáculo televisivo. El beso del odio. No, no ese, aunque también existe, escondido en un rincón de mi mente al que no dejo entrar la luz. Me refiero al dueto musical. Al tener que estar allí, compartiendo micrófono con él, sintiendo su mano en mi espalda, corrigiendo mi postura como si fuera un niño torpe. Y lo peor, lo peor fue el silencio del público después. No hubo vítores. Fue un suspiro colectivo, como si hubiéramos cometido algo prohibido, como si hubiéramos revelado una verdad que nadie quería ver. Y luego perdimos. Por un punto.
—No es tortura —murmuro mientras me alejo de la pared—. Es recordar al enemigo.
—El enemigo está afuera vendiendo discos y dando conciertos en los mejores estadios —responde Leo, levantando la mirada—. Nosotros estamos aquí, en un backstage de un concierto de segunda, rodeados de olor a pies y desesperación. Necesitamos tener perspectiva.
Tiene razón. Lo odio por eso. Después de Elevate, Nova despegó como un cohete con su gira mundial, merchandising, portadas. Nosotros, Retrograde, nos quedamos atrapados en el circuito de clubs y festivales menores. La crítica nos califica como “auténticos, pero limitados”. A ellos, en cambio, los describen como “brillantes, pero fríos”. A veces pienso que preferiría ser frío y llenar estadios.
Me acerco al espejo sucio del camerino. Mi reflejo me muestra la imagen de un extraño. El pelo azul oscuro, casi negro azabache, que me teñí anoche en un arranque de frustración en el baño del tour bus brilla bajo las luces fluorescentes con un tono poco natural, pero que se siente más real que cualquier color que haya tenido antes. Es el azul de un cielo justo antes de que caiga la noche por completo, un color de una promesa rota. Mis ojos claros, heredados de una madre que ya no recuerdo, parecen más pálidos, casi translúcidos, enmarcados por el tinte. Llevo anillos en todos los dedos plata y hierro, y una cadena oxidada que encontré en un callejón cuelga de mi cuello. Mi armadura. La vista me provoca un poco de asco y algo de satisfacción. Al menos no parezco uno de ellos.
Falsos.
—¿Retrograde? —una voz aguda interrumpe el aire. Es el stage manager, un tipo delgado con auriculares que siempre parece a punto de colapsar—. Tienen… visita.
La forma en que vacila con la palabra “visita” me pone alerta. Antes de poder preguntar quién se atreve a molestarnos en nuestra cueva de derrotas, la gruesa cortina que hace las veces de puerta se aparta con un ruido metálico.
Y entra él.
Xian Lee no debería estar en un lugar como este. Es como si un halcón de porcelana se hubiera infiltrado en una jaula de lobos. Lleva un blazer blanco impecable sobre una camiseta negra de cuello alto. Sus jeans son oscuros y bien planchados, y sus botas brillan como si nunca hubieran pisado un escenario polvoriento. Su cabello negro, liso y perfecto, parece desafiar el caos y la humedad del entorno. Lo peor es el olor. Un aroma limpio, invade mi espacio, anulando un olor a cerveza y esfuerzo.
Esfuerzo que nunca va a sentir en su vida.
Mis ojos se clavan en los suyos. Recorre rápidamente desde mis botas desgastadas hasta mi rostro, deteniéndose por una fracción de segundo que se siente eterna en mi cabello. Percibo algo en su mirada no es sorpresa ni desdén. Es… evaluación. Como si estuviera midiendo el tono exacto, la técnica utilizada. Luego, la máscara de indiferencia perfecta vuelve a colocarse.
—Ajax —dice. Mi nombre en sus labios suena como una nota desafinada, fuera de lugar.
Quiero lanzarle un insulto, quiero que se vaya, quiero romper algo. Leo se tensa a mi lado. Milo deja de tamborilear. Kai simplemente observa, con los dedos quietos sobre las cuerdas.
—Princesa —logré decir, intentando sonar aburrido pero solo logrando sonar áspero—. Te perdiste en el camino a tu fiesta de té. El Ritz está al otro lado de la ciudad.
Ignora el sarcasmo. No parpadea.
—No vine por diversión. Dante Voss quiere vernos. A los dos. Ahora.
El nombre se deja caer en un silencio del camerino como una bomba de neutrones, ahogando todo sonido pero dejando las estructuras intactas. Dante Voss. Un fantasma. Ese hombre que produjo el álbum de diamante de The Crimson Tears, el que hizo desaparecer a la banda indie más prometedora del año pasado tras una sola reunión. Es un árbitro no oficial de quién merece sobrevivir en esta industria.
—¿Voss? —pregunta Kai, levantándose. Su calma se ha resquebrajado—. ¿Qué querría Voss de nosotros?
Xian no aparta la vista de mí. Es un juego tonto, y ambos sabemos que soy peor perdiendo que él.
—No lo dijo —responde Xian—. Solo transmitió el mensaje a mi manager. Dijo “Dígales a Ajax Vance y a Xian Lee que si no están en mi estudio en una hora, su próxima gira será en bares de carretera donde la única mercancía serán las manchas en la pared".
Una sonrisa fría, tan sutil que podría pasar desapercibida, curva levemente la comisura de sus labios.
—Parece que, por primera vez, nuestro hundimiento será simultáneo.
Algo estalla en mi interior. No es solo rabia por su condescendencia, es el pánico de una trampa que se cierra. Un recuerdo de nuestro último encuentro real, no en un escenario, sino en aquel pasillo mal iluminado de los estudios de Elevate, después de una acalorada discusión sobre arreglos, me golpea con la fuerza de un puño. El aroma de su colonia, un destello de sus ojos llenos de furia, y cómo nuestro odio se convirtió en algo tangible, que terminó con mi puño contra su cara.
—No me subo a barcos contigo, Lee —escupo las palabras mientras doy un paso adelante. La distancia entre nosotros se reduce—. Ni siquiera si el barco es tuyo y te hundes solo. Prefiero nadar en aguas residuales.
Sus ojos no parpadean. Mantiene mi mirada y hay un desafío ahí, silencioso y claro.
—Entonces nada —dice, y su voz es un hilo de seda cortante—. Su mensaje fue claro “Juntos o nada”. Así que nada. Disfruta tu gira por los bares de carretera, Ajax. Al menos la cerveza será barata.
Da media vuelta. Su blazer blanco gira con él, una mancha de pureza desafiadora en la oscuridad sucia. Se dirige hacia la cortina. Cada paso que da es como una puerta cerrándose, una oportunidad. Pero no es por Voss. No se trata de la fama, el dinero o la validación. Es por la música. Por las canciones que aún llevo dentro, que no han salido y se ahogan en esta rutina de clubes miserables. Por Leo, Milo y Kai, que merecen más que esto. Por el miedo, simple y puro, a desaparecer.
—¡Espera!
La palabra surge de mi garganta más fuerte y desesperada de lo que quería. Resuena en el aire. Xian se detiene. No se da la vuelta, pero su espalda se tensa bajo la tela impecable.
Todos en la habitación me miran. Leo tiene los ojos abiertos. Milo ha dejado caer las baquetas. Kai cierra los ojos un momento, como si hubiera anticipado esto y estuviera rezando para que no sucediera. Me odio a mí mismo por esta debilidad, por este titubeo que él ha notado y aprovechado.
—¿Dónde? —pregunto, y la palabra sabe a derrota.
Xian se vuelve lentamente, con deliberación. Sus ojos grises me encuentran nuevamente y en ellos percibo un destello de una victoria pequeña pero real. Me ha hecho rendirme. Lo sabe. Yo también.
—Estudio Chromium. Calle West 48, número 11. Tienes cuarenta y cinco minutos —su mirada recorre mi cuerpo desde las botas embarradas hasta mi pelo azul desordenado, frunciendo ligeramente el ceño—. Sugerencia personal... date una ducha. Y no llegues oliendo a derrota y arrogancia barata a Voss no le impresionan esas cosas.
Antes de que pueda soltar la respuesta que arde en mi lengua, se va. La cortina cae tras él, oscilando suavemente. Su ausencia deja un vacío extraño, como si hubiera llevado consigo toda la presión del aire.
El silencio que deja es denso, roto solo por un zumbido lejano del equipo eléctrico.
—¡Qué… qué carajo! —exclama Leo al levantarse— ¿Dante Voss? ¿En serio? Ajax, esto es… esto podría ser cualquier cosa.
—Podría ser nuestro fin —susurra Milo mientras recoge sus baquetas con manos temblorosas— o nuestro comienzo.
Kai se acerca y me pone una mano en el hombro. Su toque es firme, acoplándose.
—Tenías que decir que sí —murmura, solo para mí—. Lo sabías. Todos lo sabíamos. Incluso si eso significa caminar al infierno con él.
Miro a mi banda. A mi hermano, con su lealtad y su miedo bien oculto. A Milo. Y a Kai, nuestra conciencia silenciosa. Los he llevado a todos hasta aquí, a este precipicio.
—No vamos a caminar al infierno —digo, recuperando un poco de la brusquedad habitual en mi voz, aunque me suene forzada—. Vamos a escuchar lo que el viejo fantasma tiene que decir y luego decidiremos. Nosotros. No él. Y mucho menos ese muñeco de porcelana.
Ajuste uno de los anillos y aprieto los puños hasta que mis nudillos palidecen.
Elegancia, había dicho Xian. Contemplo mi imagen y entre mi cuero desgastado y su tela impecable, entre mi caos, su control.
—Preparémonos —le digo a mi reflejo y a los que están detrás de mí—. Sea lo que sea esto, no vamos a bailar a lo que sea que ellos toquen.








