Chapter 1
Manifestó el acto de amor propio más grande: superar su trauma, solo para vivir de él. Reflexionó Fiorela Castillo, viendo con amor y nostalgia la pila de libros a su alrededor; cada uno contaba una historia distinta, pero todos nacían del mismo lugar: El origen de su herida.
Logró lo que tanto quiso y ahora vivía de ello, pero al hacerlo se condenó sola, ya que el mundo esperaba, siguiera escribiendo sobre ello, pero ¿qué pasa cuando la escritura curativa se convierte en comercio? ¿Qué pasa cuando empiezas a sentirte cómoda y ahogada a la vez en esa repetisión comvulsa?
“Te gusta, no seas modesta”, se replicó a sí misma, sonriendo con calidez a las pocas, pero fieles personas que, al igual que ella, buscaban un análisis más allá del morbo que historias así podrían vender. Es por eso que inició en todo esto. Por la soberbia de sentirse superior, porque, en parte, así era.
Se consideraba exigente, pese a encontrarse leyendo libros del estilo que recaían en la vulgaridad para impresionar. Fiorella no fantaseaba con una comprensión fantástica, pero si podía lograr matizar lo grotesco con un poco de pensamiento críptico.
La fila avanzó y firmó unos pocos; el olor a café se filtró en su nariz y Fiore salivó un poco. Pero antes de poder levantarse, una voz dijo: —Me preguntó: "¿En cuál de estos encajo?
—Gracias por comprar mi libro, espero lo disfrutes —sonrió, firmando otro ejemplar y entregándolo a un nuevo lector que, esperaba, se retuerza en el goce de lo prohibido. Que se sumerja en la psique más infame de sus trágicos personajes.
Vislumbró a un chico husmeando en su saga, una de sus obras más enfermizas. —¿Dónde están mis créditos? —repitió él, con el mismo encanto que la cautivó aquella vez
—Tú no sales. Solo hay hijas de un padre dantesco y un linaje familiar tan podrido como los bíblicos —replicó con el orgullo de haber escondido el máximo pecado en un tótem de depravación poetica.
Él sostuvo uno de sus libros, tamborileando sus dedos contra la tapa dura; le resultaba tan loco todavía ver su libro materializado. El rosa brillante en manos ajenas, sabiendo que ella era la autora. —Podría ser Aron, ¿sabes? —dijo él.
—¿El Adonis hijo de la fruta caída? —replicó Fiore, girando hacia él. Lucía distinto y claro; se golpeó mentalmente. Habían pasado años, décadas tal vez, de aquellos furtivos encuentros en habitaciones ajenas con solo cortinas que cubrían el nacimiento de lo que más tarde se convertiría, en su diabólica inspiración.
—Hijo de Lilith —comentó él con experta consciencia, señalando la portada rojiza y negra. Una mujer embarazada que escondía el fruto prohibido en su vientre, que más tarde sería su condena.
—Sí, lo sé. No es de mis mejores trabajos. Fue uno de esos libros que autopublicas y no todo sale bien
Él negó con la cabeza, sonriendo divertido —No lo creo, de hecho, es tu obra más lirica
—Hay que envolver al lector, hacerle creer que será un romance épico cuando en realidad es un árbol genealógico digno del segundo circulo
—Dantesco. —remarcó.
—¿Qué haces aquí, por cierto? —dijo, apoyándose en el estand, ahora vacío. —No hay nadie de la familia aquí, ¿no? —preguntó, aturdida.
Pol rio con ese encanto relajado, y negó suavemente. —Tranquila, nadie sabrá nuestros sucios secretos —susurró con picardía apuntando el libro.
Sus hombros se hundieron aliviados y se entretuvo recorriendo con su mirada la alta y delgada figura de Pol; nadie podría saber que el líquido en sus venas contaminaba sus actos, excepto que ya los habían descubierto. Pero eso fue el pasado, ¿no?
Hoy en día, tenía sus libros y jamás volvería a caer en aquella tentación; sin embargo, un vistazo más a la piel blanquecina de Pol la hizo preguntarse si podría llevar a cabo aquellas bajezas convertidas en literatura.