Chapter 1: las llaves que no aparecían
Nunca pensé que un pasillo pudiera sentirse tan áspero.
O tal vez era la nostalgia raspando mi piel.
La prepa estaba ahí, como siempre la recordé, pero más larga, más silenciosa, más nuestra. Y él estaba ahí también. Gael. Más alto, más tranquilo, pero con esa mirada que siempre supo demasiado de mí.
Entraba a su clase de pintura, y yo acababa de salir de la mía. Tenía prisa, aunque no sabía exactamente hacia dónde. Mi coche esperaba, mi vida esperaba. Y sin embargo, cuando me vio, su voz me detuvo:
—Ahorita regreso, no te vayas —dijo, como si pudiera sujetar el tiempo con esa frase.
—Ok —respondí, aunque en mi interior sabía que “ok” no significaba nada.
Se metió a la clase, hizo papeleo, firmó cosas importantes y salió de nuevo, como si las paredes no pudieran contenerlo.
—Ya me voy —le dije, con un hilo de certeza en la voz.
—¿Cómo que ya te vas? —preguntó, sin reproche, solo curiosidad y un poco de urgencia.
—Pues… ya.
Y entonces empezaron las palabras que nunca habíamos dicho.
Palabras a medio camino entre el juego y la verdad.
—No encuentro mis llaves —dije, buscando excusas que no necesitaba.
Él me abrazó por detrás. Su abrazo no era urgente ni posesivo. Era el tipo de abrazo que guarda preguntas y respuestas sin decirlas.
—Ya dime —susurró—. ¿De verdad te morías por mí o era puro juego?
—¿Qué quieres que te diga, si tú siempre supiste?
—Yo creo que tú nunca quisiste —replicó.
—No. Tú nunca quisiste —contesté, y por un segundo, los años desaparecieron.
Nos quedamos allí, abrazándonos y jugando a pelear, como si la distancia de todos esos años no importara. Como si la prepa no hubiera sido solo un recuerdo, sino una oportunidad congelada que por fin podíamos aprovechar.
—Me gustabas un montón —confesé—. Durante toda la prepa. Jamás hiciste nada.
— Yo no sabía—dijo él—.
—¿No te dabas cuenta? —reí—. ¿Te acuerdas del baile? La coreografía que tu compañera hizo para que te tocara conmigo… no fue casualidad. –Todo el mundo lo sabía.
Bajó la mirada, finalmente.
—Sí quería —admitió—. Pero no sabía cómo.
Alguien gritó su nombre desde la escuela. Le dijeron que debía volver, que ya había alguien más que se había enamorado de él. No sabía si era cierto. Solo supe que había otra historia avanzando mientras la nuestra seguía atrapada entre llaves escondidas y palabras que no salieron.
—Quiero intentar con ella —dijo—. Porque contigo nunca se pudo.
—Nunca se pudo porque tú nunca te atreviste —contesté.
Y ahí, entre abrazos y silencios, entendimos que algunas cosas se dicen tarde, y otras nunca se dicen.
Encontré mis llaves.
Tomé aire, lo abracé una última vez, y me fui.