PRÓLOGO
Hace dos años – Ultimo Gran Premio de la temporada.
El aire en la sala de prensa olía a cables recalentados, perfume caro y adrenalina.El tipo de mezcla que solo existe cuando alguien acaba de ganar un campeonato... o cuando alguien lo pierde.
Yo estaba en la tercera fila, con la grabadora encendida y las manos frías. En la pantalla gigante detrás del podio, el logo del circuito brillaba sobre las sonrisas impostadas de los tres pilotos. En el centro, Luca Aidan Jassen —campeón del mundo recién coronado— posaba con la gorra torcida y la sonrisa exacta para las cámaras.Demasiado perfecta. Demasiado ensayada.
Esa sonrisa costó dos vértebras y el adiós silencioso de Nathan a sus sueños de ser campeón. Yo la veía, pero solo recordaba el silencio asfixiante del hospital, no el rugido de la pista.
A su derecha, mi hermano Nathan, el subcampeón.Su mirada no decía “felicitaciones”, decía “sé lo que hiciste”.Y yo también.
Podría haber escrito algo, para ponerlo nervioso con la prensa. Podría haber convencido a Nathan de no jugar tanto con los límites. Pero no lo hice. Y por eso, ahora soy la periodista que busca titulares con filo. Para pagar mi deuda. Para que Jassen pague la suya.
El accidente había sido limpio a ojos del reglamento, pero sucio en todo lo demás. Una maniobra “agresiva” en la última vuelta, justo la que sacó a Nathan del liderazgo y le entregó el título a Jassen. Nadie lo decía en voz alta, pero todos lo pensaban.
—Laurent —susurró mi colega deAutoSportdesde al lado—. ¿Vas a preguntarle algo?—Sí —respondí, acomodándome el pelo con los dedos.Aunque en realidad quería usar el micrófono para golpearle el casco.
Cuando el moderador me dio la palabra, Luca levantó apenas la cabeza.Ojos azules. Fríos. Concentrados.El tipo sabía perfectamente quién era yo.
—Clara Camille Laurent,The Grid Report.—Por supuesto —respondió él, con esa sonrisa cortés que no llegaba a los ojos—. Hermana del subcampeón, si no me equivoco.
Algunas risas se escaparon entre los periodistas. Yo apreté la mandíbula.—También periodista —dije—. Pero sí, misma sangre.
Luca inclinó la cabeza, como si analizara una jugada de ajedrez.—Qué coincidencia. Supongo que será difícil separar el trabajo de lo personal hoy.
—No tanto como frenar a tiempo, aparentemente —solté, antes de poder morderme la lengua.
Un murmullo recorrió la sala. Nathan levantó la vista. El moderador carraspeó, incómodo.Luca, en cambio, sonrió más. Esa sonrisa que uno da cuando prefiere morder que responder.
—Fue una carrera limpia —dijo al fin, con voz tranquila—. Pero entiendo que la objetividad no es algo que se herede.
Mi estómago ardió.—Tal vez la decencia tampoco.
Los flashes se dispararon como chispas en un incendio.Él se reclinó en la silla, sin apartar la mirada.—Separá a la periodista de la hermana del subcampeón, Laurent.
Lo miré fijo.—Y tú intentá separar al campeón del tramposo, Jassen.
El silencio que siguió fue más ruidoso que cualquier motor.
Cuando salí de esa sala, sabía dos cosas:que no volvería a hablar con él jamás...y que, si algún día lo hacía, no iba a ser para felicitarlo.