Cállate, Walker

All Rights Reserved ©

Summary

¿Alguna vez has conocido a alguien que te saque de quicio desde el primer segundo? Aria y Landon no se soportan. Ni un poco. Cada vez que coinciden, el ambiente se tensa y las miradas se cargan de algo que no es precisamente simpatía. Landon es arrogante, famoso y asquerosamente rico. Uno de los actores más conocidos del momento, acostumbrado a que el mundo entero le ría las gracias. Aria, en cambio, acaba de empezar. Es reservada, observadora y tiene más carácter del que parece... aunque nadie se tome la molestia de verlo. Sus caminos se cruzan cuando ambos protagonizan una película que todo el mundo está esperando. El problema es que, fuera de cámara, la química brilla por su ausencia. O eso creen. Porque entre discusiones, silencios incómodos y miradas que duran más de la cuenta, algo empieza a cambiar. Y quizá el odio no sea lo único que sienten. ¿Hasta dónde puede llegar una historia que empezó tan mal?

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

Los nervios se hacen cada vez más grandes al ver que tan solo queda una hora de avión. Me habían cogido, después de tantos intentos, en una película a nivel internacional, y me alegraba. Únicamente me había dedicado a cortos breves emitidos en pequeños canales o en obras de teatro que se hacían en mi ciudad.


Por un lado, siento que no estoy preparada.

De hacer unas pequeñas actuaciones sin importancia pasar a las grandes pantallas es un gran paso. Por el otro, me alegra que me hayan cogido en el casting. Siendo sincera, no sé ni cómo han podido hacerlo. Lo único que siento es vergüenza al verme en el vídeo que grabé, actuando sobre una supuesta ruptura de relación.


Mi hermana, que es tan graciosa, lo único que hace es reírse cada vez que me pone el vídeo. Hablando de ella, está a mi lado.

A diferencia de mí, se encuentra totalmente dormida y tranquila. Sinceramente me da envidia, así que pienso en la opción de copiarme. Me quito los airpods de las orejas y los guardo en su caja.


Me pongo las gafas de sol pese a estar dentro de un avión, vigilo que nadie me esté mirando hacer el ridículo y cierro los ojos, intentando dormir sin sentir la mirada de nadie.


⬻ ⬻ ⬻


El sonido del avión aterrizando me despierta y lo agradezco. Mi hermana está dormida a mi lado —aún—, y la despierto sacudiéndola rápidamente por los hombros.

Se levanta asustada y al ver que he sido yo y no el avión cayendo contra el suelo, se enfada.


—¿Eres imbécil o que?


Sonrío, divertida. Me encanta sacar de quicio a mi hermana. A diferencia de mí, tiene el pelo rubio.

Lo demás lo compartimos: mismos ojos verdes, misma nariz e incluso mismo tipo de pelo.


—Callaros ya, pesadas —nuestra madre hace acto de presencia y decidimos hacerla caso.


Una vez que hemos cogido las maletas —y que he vuelto a molestar a mi hermana—, salimos del avión y nos dirigimos hacia la salida del aeropuerto.


—¿Y ahora qué? —dice mi hermana.


—Ahora a pedir un taxi que nos lleve hacia el apartamento —responde mi madre y mi hermana asiente con la cabeza.


A mí no me da tiempo a decir nada más, porque un número desconocido me llama al móvil.

Dudo si cogerlo o no, pero caigo en cuenta de que puede ser algo importante. Rezo mentalmente y aprieto el botón verde.


—¿Quién? —pregunto, intentando aparentar normalidad.


—En media hora vamos a por ti. —La voz sospechosa me habla. Tiene un tono ronco, pero se puede apreciar la vejez de la persona—. ¿Dónde estás? ¿Has llegado ya?


Ni buenas tardes, ni nada.


—¿Quién es? —pregunta mi madre por lo bajito.


La mando callar llevándome el dedo a la boca, pero al momento la miro.


—Mándame la ubicación del apartamento —le digo.


Asiente con la cabeza y hace lo que la he dicho.


—¿Hola? —dice la voz a través del teléfono.


—Sí, perdón —respondo—. Ahora mismo te mando la dirección.


Pongo el cuerpo de mi peso de una pierna a otra, nerviosa, mientras que me estoy mordiendo las uñas. El tiempo parece ralentizarse y yo cada vez me pongo más nerviosa, hasta que oigo un sonido de aprobación proveniente de su garganta.


—Perfecto. Buenas tardes —no deja que responda y me cuelga el teléfono.


Me quedo mirando fijamente el móvil. A decir verdad, en ningún momento he preguntado quién era, dando por hecho que era mi mánager. Noto como se me seca la boca al darme cuenta de que le he mandado literalmente mi ubicación.

Aparto todo pensamiento negativo de mi cabeza y miro a mi madre.


—Tenemos que estar en media hora en el apartamento —explico.


Mi madre se mira el reloj y pone una mueca que no me ha gustado nada.


—No vamos a llegar —dice, tranquila, mientras yo tengo un matojo de nervios en el estómago.


—No seas gafe —le dice mi hermana—, si vamos a llegar. El taxi está a cinco minutos y se tardan diez en llegar.


Por mi paz mental, decido confiar por primera vez en mi hermana y no aporto nada más. Un minuto antes, el taxi se para frente a nosotras y subimos.


**


Miro el reloj, nerviosa, y veo que tan solo queda un minuto para que el secuestrador/mánager venga a recogerme. Cojo mis dos maletas y mi bolsa como puedo, no sin antes haberle dado un beso a mi madre y un abrazo a mi hermana.


—Os voy a echar de menos —digo, aguantándome las ganas de llorar.


Mi hermana se ríe, seguramente pensando que soy una empalagosa, aunque en el fondo tiene los ojos llorosos.

Nunca lo admitirá, así que ya tengo una cosa con la que meterme con ella cuando vuelva.


—Vete ya, pesada —me responde.


Le doy un empujón que hace que suelte una risa triste y mi madre se acerca a mí.


—Déjame que te ayude con las maletas —no espera a que responda, me roba una de ellas y sale por la puerta disparada.


Cuando salgo del apartamento, hay un coche parado enfrente. Y sinceramente, no me inspira nada de confianza. Típico coche negro con ventanas blindadas para que no se vea lo que hay dentro. Esto no pinta bien.

A todo esto, yo sigo sin saber a quién coño le he dado la dirección. Las dudas se resuelven cuando un señor, aproximadamente de unos cincuenta años, se acerca a mí —aún sin decir quién es— y me coge las maletas con total facilidad. Las guarda en el maletero y decido darle un último repaso al apartamento.


Mi hermana está en la puerta, esta vez sin ocultarse, llorando. Se me escapa una lágrima que limpio rápidamente al ver cómo el señor sospechoso vuelve a acercarse a nosotras.


—Trae —le dice secamente a mi madre.


Hace caso y le da la última maleta que queda por guardar en el maletero. La guarda y se mete dentro del coche, no sin antes haberse despedido con un simple adiós a mi madre. Me abraza y ya no puedo ocultar más mis lágrimas. La abrazo de vuelta y dejo que todas las emociones que estoy sintiendo fluyan: tristeza, porque no sé cómo haré para estar tanto tiempo sin ella; alegría, porque me voy para cumplir mi sueño; nostalgia, porque este es el último abrazo que le daré hasta un par de meses.

El momento se rompe cuando el señor, claramente con poca paciencia y sin empatía, se pone a pitar, queriendo que yo me separe de mi madre.


—Gilipollas —susurro. Mi madre me levanta las cejas y sonrío—. Perdón.


Ahora es ella la que sonríe, quitándome la última lágrima que ha salido de mis ojos.


—Venga, cariño —se limpia y me sonríe con esa calidez que me hace sentirme tan cómoda—, háblanos todos los días, ¿vale? —me da un apretón en el hombro—. Te quiero —me da un beso en la mejilla y se aleja de mí.


Una vez estoy en la puerta del coche, le digo adiós con la mano a mi hermana que sigue llorando. Me devuelve el saludo y mi madre se acerca a ella, abrazándola. No vuelvo a mirar hacia ellas ya que sé que voy a volver a llorar y abro la puerta de copiloto. Me siento e instantáneamente el tío acelera.

De manera automática, empiezo a mover la pierna nerviosa y juego con mis manos. Estar con él a solas en el coche la verdad es que me da bastante vergüenza —y a todo esto, sigo sin saber quién es—.


Conforme a la media hora, gira el volante hacia una callecilla pequeña y caigo en que sigue sin poner música.

No. Pone. Música.


El silencio se me vuelve demasiado pesado. Noto cómo poco a poco me va faltando el aire, provocando que se haga un silencio demasiado asfixiante por parte de ambos.

Como si Dios quisiera salvarme —o matarme—, ese silencio se interrumpe por un mogollón de gente que viene básicamente hacia el puñetero coche. Miro a todos lados, confundida, al ver que se acercan hasta el punto de que algunos empiezan a moverlo.


El hombre, cuyo nombre todavía no sé, se pone a pitar desesperadamente para hacer que la gente se aparte, pero no lo hacen.


—¿Qué es toda esta gente? —pregunto, asustada.


El hombre me mira, cansado. Parece que ya ha vivido este momento muchas veces.


—Se piensan que está Sterling —se limita a responder.


Frunzo el ceño. No tengo ni idea de si me está vacilando o no. No sé quién es esa tal Sterling, pero espero que no sea alguien de la droga o similar... pega bastante con el aspecto del conductor.


—¿Cómo? —pregunto, porque ninguna otra palabra me sale.


No responde. Baja la ventanilla, haciendo que se me vea. Y yo, sin saber qué hacer, me pongo a saludar. La gente, que estaba feliz, ahora no lo está. Las caras pasan de felicidad a... ¿asco? Me hago pequeña en el asiento y aparto la mirada, mirando hacia mis piernas.

A los pocos segundos empiezan a esparcirse, dejándonos hueco libre para avanzar.


—Perdón por esto, Aria, no ha sido un buen comienzo —dice mientras repiquetea con los pulgares el volante—. Me llamo Edward, por cierto.


Nombre descubierto.


—Encantada, Edward —digo, amablemente.


Edward me sonríe, y aunque no le conozco, su sonrisa me calma un poco.


—Igualmente. ¿Eres otra de las amigas de Sterling?


Niego despacio con la cabeza y apoyo el codo en la ventanilla, cansada.


—No sé ni quién es —aclaro.


Edward me mira, sorprendido.


—¿Pero tú has visto alguna película española alguna vez? De esas para adolescentes enamoradas, me refiero.


—Que va, quiero ser actriz precisamente de una película de esas, pero sin tener idea de cine —respondo, intentando sonar irónica.


Edward sonríe y niega con la cabeza, desconcertado.


—Pues no me lo explico.


No sé qué más decir. Me gustaría preguntar directamente quién es Sterling, pero ya me he sentido bastante juzgada como para eso.

Edward tararea canciones muy bajo y sigue repiqueteando con los pulgares, ahora al ritmo de lo que esté cantando. Yo necesito música para calmarme.

Y no es por juzgar la música del pobre Edward, pero me está aburriendo. Me trago los nervios y suspiro antes de hablar.


—¿Y si ponemos una canción cada uno? —pregunto, sacando el móvil para conectarlo por Bluetooth—. Ya sabes, para que haya igualdad y tal.


Me arrepiento de lo último, pero Edward ni me mira raro.


—Sí, claro —dice, concentrado en la carretera.


Gracias. Conecto el móvil al coche. Me da vergüenza poner mi playlist, así que dejo que Spotify me recomiende una.


⬻ ⬻ ⬻


Vale, estamos aparcando. Los nervios, que se habían apagado al estar cantando canciones, regresan de golpe. Aun así, he descubierto que Edward es un tío encantador. Apaga el motor, saca las llaves y sale del coche.

Antes de que pueda abrir mi puerta, se acerca y me la abre él.


—Qué caballeroso —le digo, ya con confianza.


Aunque le conozca de pocas horas, le he cogido cariño. Al principio da miedo, pero luego te da ternura. No se quita las gafas porque dice que son su esencia. Huele bien, aunque su colonia es demasiado fuerte.

Edward me sonríe y me hace una reverencia.


—Por favor, señorita.


Salgo y miro lo que tengo delante: un hotel de lujo. Me obligo a no quedarme demasiado pasmada.


Voy a ayudarle con mis maletas, pero ya las ha sacado todas.


—Joder, cómo pesan —se queja.


Me roba una sonrisa.


Hace un gesto con la mano y me indica dónde ir. Va a recepción. Yo me quedo un poco atrás, mirando el interior: todo brilla demasiado, hasta el aire parece limpio. Huele raro, como a perfume caro mezclado con algo fresco.


—Aria, ven.


Me acerco y la ansiedad me da la bienvenida.

La recepcionista parece amable, pero yo ya estoy tensa. Meto las manos en los bolsillos para ocultar que me sudan y pongo mi mejor sonrisa.


—Buenas tardes, Aria. Espero que hayas tenido un buen viaje.


—Un poco aburrido, pero sí —me sale demasiado rápido—. Gracias por preguntar.


Ella teclea en el ordenador.


—Dime tus apellidos.


—Aria Walker Anderson.


Sigue escribiendo. Luego levanta la mirada.


—Ubicación.


—Broadway.


Me mira mal.


—Calle, piso y puerta.


Busco a Edward con la mirada.

No me mira. Trago saliva.

Edward, al fin, se acerca.


—Con lo primero te vale —le dice en un tono seco.


Veo su placa: Mia.


—¿Tienes el documento de identidad?


Se lo doy. Me lo devuelve.


—Una última cosa. Por temas de seguridad, tanto desayuno, comida y cena será entregado en tu habitación.


—¿Es todo incluido?


Asiente. Me entrega la tarjeta de la habitación.


—Gracias.


Me voy casi sin despedirme, aliviada por poder respirar.


—Aria —me llama Mia—. No sabes a qué habitación tienes que ir.


Me quiero morir.


—Es verdad, qué tonta...


—Habitación 002, a mano derecha.


—Muchísimas gracias. Y perdón.


Vuelvo con Edward.


—¿Me acompañas? Porfi.


—No puedo, Aria, perdóname. Tengo que hacer unas cosas.


—Ah, vale...


—Me has caído bien —dice, cambiando de tema—. Espero que sea yo quien te lleve a los rodajes.


—Yo también lo espero.


Rezo un padre nuestro mentalmente y me voy.


⬻ ⬻ ⬻


Llevo diez minutos y no hay habitación 002. Estoy en un pasillo donde todas las puertas tienen un cartel de Acceso Restringido. Me agobio, pero quedarme parada no va a ayudar, así que sigo hasta el final.

Y entonces lo veo: 002. Justo enfrente, 001.

O sea, mi habitación está al final de un pasillo típico de película de terror, y con alguien anónimo enfrente. Qué guay. Paso la tarjeta. Una, dos, hasta cinco veces. Nada.

Me convenzo de que Mia se ha equivocado, por pura supervivencia mental. Pruebo la puerta de al lado... y se abre.


Suspiro, feliz, sin mirar dentro. Cojo las maletas y avanzo. Me choco con algo blandito.

Levanto la vista. Un chico me mira fijo.

Un pelín enfadado. Y con cara de que se está aguantando la risa.


—Pero... ¿quién eres? —pregunto.


—¿Y tú?


Me enfado. Me da rabia. Y encima... es guapo. No me hace ninguna gracia que sea guapo.


—No pienso decírtelo —digo, y me siento mal al instante—. Me llamo Ava.


—Bonito nombre.


—Gracias... ¿y tú?


—Adivina.


Yo no entiendo por qué sigo jugando a esto, pero aquí estoy.


—James. William. Jackson...


—Joder, qué nombres más feos me estás diciendo. ¿En serio tengo cara de llamarme Jackson?


Me saca una sonrisa el imbécil.


—Jackson es un nombre muy bonito.


—Para un señor de sesenta años, sí.


Me río otra vez. Me tapo la boca.

Él sigue serio, mirándome igual. Y ahí caigo en algo raro: desde que he empezado a hablar con él, no he sentido ansiedad. Me da rabia admitirlo.


—Pues nada, viviré siempre con la duda.


—Landon —responde, como si se le hubiera escapado.


Y noto algo en su cara. Arrepentimiento.

Como si no quisiera habérmelo dicho.


—Es bonito también —intento suavizar—. Por cierto, ¿te importaría apartarte de la puerta de mi habitación?


Se ríe.


—¿De qué se supone que te ríes?


Se apoya en el marco, tranquilo.


—¿Y quién te dice a ti que esta es tu habitación?


Intento empujarle.


—Landon, llevo muchas horas de avión, aparta por favor.


Vuelvo a empujarle. Su sonrisa se borra.


—¿Qué coño haces? Ni siquiera deberías estar en este pasillo.


—Sé perfectamente dónde estoy. Y sé que cuando he pasado la tarjeta por este sensor, se ha abierto la puerta.


—Esto es increíble.


—Claro que es increíble, me estás molestando.


Entra en la habitación como si fuera suya... y sale con una tarjeta. Me la enseña. Miro la mía. Mierda.


—Bueno, pues perdón. No se me abría la puerta...


—Mira —me corta—, quéjate a recepción o a quien sea. A mí déjame en paz.


Se me rompe la paciencia.


—Mira, chico malo. A mí no me hables así.


Se queda tieso.


—¿Chico malo?


—Pues sí. ¿Algún problema? No sé si eres así o te lo haces, pero en ambos casos ya me jodería.


Su sonrisa desaparece del todo.


—No tienes ni puta idea de quién soy, aunque se me hace extraño. Así que no hables sin saber.


¿Extraño? ¿Qué coño?


—¿Qué habitación tienes? —pregunta de repente.


Le enseño mi tarjeta sin mirarle.

Me la quita, abre mi puerta y me la devuelve.


—Gracias —digo, sincera.


Él se pone los cascos.


—Un favor por otro favor.


—¿Y qué favor te doy yo?


—El de que me dejes en paz. Buenas tardes.


Y se va. Me quedo sola en el pasillo, con mil cosas en la cabeza. Genial.

Qué agradable vecino me ha tocado.