Capítulo 1
Mis ojos se abrieron poco a poco y una luz entre amarilla y azul me obligó a cerrarlos de nuevo. Levanté la mano para cubrirme, el resplandor atravesaba mis párpados como si insistiera en arrancarme del sueño. Cuando por fin mi vista se acostumbró, miré a mi alrededor y entendí que no estaba en ningún lugar conocido. Era una choza, futurista pero rústica al mismo tiempo, como si alguien hubiera mezclado dos mundos sin pedir permiso. El techo era curvo y de él colgaban lámparas de formas extrañas que emitían una luz suave. A los lados había cajones, gavetas y ropa colgada: prendas que parecían jubones hechos de una tela semitransparente, con una segunda capa de malla del mismo color por dentro. Eran telas frescas, ligeras, y por alguna razón me recordaron a la ropa de los pescadores.Me incorporé en la cama con torpeza, intentando recordar qué hacía allí o quién era yo, pero mi mente no respondió. Lo último que tenía era una imagen borrosa de manos sacándome de una nave. Nada más. No sabía de dónde venía, a dónde iba ni por qué estaba allí. Todo estaba confuso, como si mis recuerdos estuvieran cubiertos por un velo negro que no lograba apartar. Me puse de pie lentamente y miré lo que llevaba puesto, una especie de camisón de tirantes y corto de color melón, demasiado fino, casi transparente. Bajé la vista hacia mi vientre, apenas se notaba, pero fue suficiente para que una nueva pregunta me atravesara el pecho. ¿De quién era este bebé?Salí de la habitación, donde no había una puerta como tal sino una cortina hecha de cuentas de piedra. Eran azules metálicos, morados brillantes y otros tonos tan intensos que parecían emitir luz propia. Afuera había una mesa de madera tosca y varias sillas rústicas hechas del mismo material, pero mezcladas con objetos claramente tecnológicos. Vi una pantalla apagada, armas que parecían lanzas, redes, lámparas y piezas metálicas que no supe identificar. Todo era una combinación imposible entre lo primitivo y lo futurista, como si ese lugar existiera fuera del tiempo.Caminé hacia lo que parecía ser la entrada principal, también cubierta por una cortina de cuentas, y al cruzarla el mundo se abrió frente a mí. Arena de un tono ligeramente verdoso se extendía bajo mis pies y, más allá, el mar. Me quedé inmóvil. El agua era de un color turquesa tan intenso que parecía irreal, como si alguien hubiera pintado el océano a mano. Nunca había visto algo así. Era hermoso, abrumador, casi mágico, y por un instante sentí que ese lugar, aunque desconocido, me observaba en silencio, esperando que yo recordara algo que aún no podía alcanzar.Un recuerdo sacudió mi mente sin previo aviso. Yo, frente a un mar, llorando, con un gato gigante detrás de mí, su pelaje gris oscuro, casi negro, erizado como si estuviera protegiéndome. La imagen fue tan vívida que me llevé una mano al pecho, tratando de sostenerla antes de que se deshiciera.
—Arkobe —el nombre salió de mis labios en un susurro involuntario.
Parpadeé varias veces, intentando convencerme de que solo había sido una alucinación. Un animal así no podía existir, no tenía sentido. Caminé por la arena, dejando que mis pies se hundieran un poco en ella, preguntándome si todo aquello era real o si había muerto. Tal vez me había asfixiado en la nave y esto era lo que venía después. El mar era jodidamente hipnotizante y me acerqué sin pensarlo, el agua helada rozó mis pies y me hizo estremecer.
—Ya despertaste, pequeña cosita —escuché una voz femenina, primero en un idioma extraño y al mismo tiempo en el mío.
Me llevé la mano a la oreja y sentí un pequeño aparato en el lóbulo. Supuse que eso era lo que traducía las palabras. Retrocedí un par de pasos, alerta. Frente a mí estaba una chica de cabello violeta y piel azul pastel, salpicada de pecas blancas. Era delgada, alta, mucho más alta que yo, al menos unos veinticinco centímetros. Vestía ropa similar a la que había visto dentro de la choza y llevaba una canasta con lo que parecían peces extraños, de formas y colores que nunca había visto.
—No te preocupes, no te haré daño —dijo sonriendo, con una calma que me desarmó un poco.
—¿Dónde estoy? —pregunté, mi voz sonó más frágil de lo que esperaba.
—Estás en Guyally —respondió mientras caminaba de regreso hacia la choza y me hacía una seña para que la siguiera—. ¿La cosita tiene nombre?
Dudé unos segundos antes de moverme. No sabía si confiar en ella, pero tampoco tenía muchas opciones. Me encogí de hombros.
—No lo recuerdo.
Entré tras ella a la choza y el olor a sal y madera húmeda me envolvió de nuevo. Dejó la canasta sobre la mesa y me miró con atención, como si intentara entender algo que no encajaba.
—¿Cómo que no lo recuerdas? —preguntó, frunciendo un poco el ceño.
—No sé quién soy —admití—. No recuerdo mi nombre, ni de dónde vengo. Lo último que tengo es despertar en una nave, estaba conectada a cables, un sistema de hibernación o algo así. El oxígeno estaba casi agotado y… —tragué saliva— pensé que iba a morir. Luego alguien abrió la compuerta y me sacó de ahí.
Sus ojos se abrieron un poco más al escucharme.
—Esa fui yo —dijo—. Mi nombre es Suniri. Encontré tu nave varada cerca de la costa. No respondía a ninguna señal y cuando entré, estabas inconsciente.
La miré fijamente, intentando encontrar en su rostro alguna señal de mentira, pero solo vi curiosidad y algo parecido a preocupación.
—Entonces… ¿tú me salvaste? —pregunté en voz baja.
Suniri asintió lentamente.
—Sí, cosita. Te traje aquí para que te recuperaras. —Me observó unos segundos más—. Pero perder la memoria… eso no es algo común.
Yo bajé la mirada hacia mis manos, sintiendo un vacío extraño en el pecho. No saber quién era me daba más miedo que estar en un planeta desconocido.
—Supongo que ahora tendré que averiguarlo —murmuré.
Suniri sonrió de nuevo, esta vez con un gesto más suave.
Me quedé y rato callada antes de atreverme a preguntar otra cosa.
—¿Este lugar… es hostil? —pregunté al fin—. No sé nada de aquí… Ni siquiera sé dónde estoy parada realmente.
Suniri me miró de reojo, como midiendo si la pregunta venía del miedo o de la ignorancia.—No —respondió—. No lo es. Al menos, no si sabes dónde pisar y a quién mirar a los ojos. Este planeta es un santuario. Aquí no se caza por placer ni se mata por jerarquía.
—¿Santuario? —repetí, probando la palabra.
— Somos cuatro tribus, cada una con su propio líder. Ninguna manda sobre las otras, pero todas obedecen las mismas leyes. La tribu dos es donde estás ahora. Es la más abierta con los forasteros, por eso te encontré aquí y no en una fosa.
Tragué saliva.—Eso debí agradecerlo antes.
Suniri soltó algo parecido a una risa breve.—Aún puedes—soltó una pequeña risa al final—solo bromeó… Nadie te pondrá en una fosa.
—¿Y tú? —pregunté—. ¿A qué te dedicas aquí?
No respondió de inmediato. Se acercó a uno de los cajones, tomó una hoja curva y con un movimiento preciso abrió el vientre del animal. El sonido fue húmedo, incómodo.—Soy pesquera —dijo mientras separaba las vísceras con las manos—. Alimentamos a la tribu. Nada glamoroso.
La observé trabajar. Sus dedos se movían rápido, pero su postura estaba tensa, como si cada gesto la delatara.—No parece un trabajo mal visto —comenté.
—No lo es… oficialmente —respondió, evitando mirarme—. Pero nadie sueña con esto. Es un oficio bajo. Necesario, pero bajo. Los líderes nunca manchan sus manos así.
Entendí entonces que no hablaba solo del pescado.
—¿Y por qué tienes que llevarme con uno de ellos? —pregunté—. Dijiste que no era peligrosa.
Suniri dejó el cuchillo a un lado y se limpió las manos contra su ropa.—Porque hace 73 ciclos este planeta fue invadido por otra raza. Hubo guerra, pérdidas, mentiras disfrazadas de alianzas y desde entonces, cualquier cosa que cae del cielo es una amenaza hasta que se demuestre lo contrario.
La palabra invasión me atravesó el pecho sin razón aparente.—Yo no quiero problemas —dije—. Ni siquiera sé quién soy.
—Por eso mismo —respondió—. El líder decidirá si puedes quedarte. Aquí no se expulsa a quien no representa peligro. Pero tampoco se protege a quien oculta algo, incluso de sí misma.
Me miró por primera vez de frente, con una seriedad que me hizo sentir pequeña.—Y tú —añadió— eres un misterio que no podemos ignorar.
No supe qué contestar. Solo asentí, con la sensación de que cada paso que daba me alejaba más de respuestas simples y me acercaba a verdades que quizá no estaba lista para recordar.
Quería seguir preguntando, quería absorber cada palabra de Suniri como si de eso dependiera mi vida, pero mi atención se quebró en el instante en que la cortina de piedras se abriera y entrará alguien más como ella. Era hombre, de cabello cobrizo que caía sin cuidado sobre sus hombros, la piel de un azul un poco más oscuro y una expresión demasiado tranquila para alguien que acababa de invadir el espacio ajeno. Hubo algo en él que me golpeó sin aviso, una sensación breve, incómoda, como si me recordara a alguien que alguna vez importó y ahora solo existía como una sombra sin nombre.
No dijo nada. Simplemente tomó mi mano y, antes de que pudiera reaccionar, sentí el pinchazo.
—¿Qué carajo haces? —jale mi mano con fuerza, el corazón latiéndome en la garganta.
Él la volvió a tomar como si nada y me pinchó una segunda vez.
—Al parecer puede alimentarse con nuestra comida —dijo con absoluta calma—. Incluso con nuestras plantas venenosas. Qué cosa tan más rara.
—¿Esta cosa tiene nombre? —preguntó, mirándome como si fuera un experimento interesante y no una persona a punto de perder la paciencia.
—¿Ah, sí? ¿Y cuál es? —añadió, esperando.
Me quedé en blanco. Literalmente, nada, ni una letra, ni un sonido. Perdí antes de siquiera intentar jugar.
—No te preocupes, cosita —dijo con una sonrisa ladeada—. Solo estoy viendo si mi planeta no te mata. Yo soy Astrad.
Cosita.Respiré hondo para no aventarle lo primero que encontrara.
—¿De dónde vienes? —preguntó después, ya más curioso que invasivo.
—No lo sé —respondí—. Perdí la memoria.
Astrad alzó las cejas, exageradamente.—Bueno, por tu olor y tu vestimenta al momento de encontrarte, apostaría a que vienes de alguno de los quinientos planetas comerciantes.
—¿Quinientos? —repetí—. ¿Eso se supone que me tranquilice?
—Claro —respondió—. Significa que probablemente no seas una asesina intergaláctica. O al menos no una muy creativa.
Suniri soltó un sonido que identifiqué como una risa contenida, aunque intentó disimularla volviendo a sus cosas.
—Los comerciantes siempre huelen a metal, especias raras y decisiones cuestionables —continuó Astrad—. Y tú tienes los tres. Felicidades.
Lo miré sin saber si golpearlo o agradecerle.Por primera vez desde que desperté en ese lugar extraño, sentí algo cercano a lo normal. No paz y no seguridad. Pero sí esa incómoda sensación de que, aunque no sabía quién era, al menos ya estaba rodeada de gente que no me dejaría morir sin antes hacerme preguntas incómodas.
Astrad no soltó mi mano de inmediato, la giró un poco, como si todavía esperara que mi piel reaccionara de alguna forma extraña. Sus ojos se movían rápido, atentos, demasiado curiosos.
—Entonces, dime —empezó—, ¿la nave era tuya o venías huyendo en ella?
La pregunta me cayó como una piedra en el pecho. Busqué algo dentro de mí, cualquier imagen, una sensación, un nombre, pero no encontré nada.
—No lo recuerdo —admití—. Así que… supongo que era mía.
Astrad sonrió, como si esa respuesta le resultara divertida.
—Claro, lógico. Despertar sola en una nave desconocida, sin memoria y embarazada. Suena totalmente a “propietaria legítima”.
—¿Te burlas? —fruncí el ceño.
—Un poco —respondió sin culpa—. Pero no te preocupes, huir también es una opción común. La mayoría huye de algo.
—¿De qué? —preguntó Suniri desde la mesa sin levantar la vista de los peces—. ¿De alguien? ¿De una deuda? ¿De una cacería? ¿De un apareamiento forzado?
Me giré hacia ella con los ojos muy abiertos.
—¿Por qué asumes tantas cosas?
—Porque ninguna criatura aparece de la nada —respondió tranquila—. Menos embarazada.
Astrad volvió a la carga.
—¿Recuerdas algún nombre? ¿Un planeta? ¿Un idioma distinto al tuyo? ¿Alguna marca en la nave? ¿Un símbolo? ¿Un olor?
—No —respondí, uno tras otro—. No, no, no y no.
—¿Sabes cuánto tiempo estabas dormida? —insistió.
—No.
—¿La nave tenía compartimentos ocultos?
—No lo sé.
—¿Alguien más despertó contigo?
—No.
—¿Escuchaste una cuenta regresiva? ¿Una voz? ¿Una orden?
—¡No! —alcé la voz sin querer.
Astrad alzó ambas manos, divertido.
—Ey, tranquila. Solo estoy calentando motores.
—¿Motores de qué? —repliqué.
—De paranoia —sonrió—. Es una costumbre sana cuando encuentras a una desconocida cayéndose de una nave.
Sentí cómo el cansancio me aplastaba los hombros.
—¿Por qué tantas preguntas? —solté al fin—. Desde que desperté no han hecho otra cosa más que preguntarme cosas que no sé responder.
Astrad ladeó la cabeza, pensativo.
—Porque tus silencios dicen más que tus respuestas.
—Pues mis silencios están agotados —gruñí.
—Lo entiendo —dijo—. Pero necesito saber si esa nave era tuya, si la robaste o si alguien te metió ahí para que desaparecieras.
—¿Y qué diferencia hace?
—Toda —respondió—. Si era tuya, tienes poder. Si la robaste, tienes huevos. Y si te la dieron…
—¿Si me la dieron qué?
Astrad apoyó la espalda en la pared.
—Entonces alguien quería que durmieras mucho tiempo lejos de todo.
Un nudo se me formó en la garganta.
—¿Cuánto es mucho tiempo?
—El suficiente como para que nadie te buscara —contestó.
Me pasé una mano por el rostro, la cabeza palpitándome.
—Estoy cansada de no entender nada.
—Bienvenida a Guyally —dijo con ligereza—. Aquí nadie entiende nada al principio.
—No bromees —le advertí.
—No lo hago —respondió—. Solo intento que no entres en pánico.
—Vas fatal —murmuré.
Astrad rió.
—Créeme, podría hacerlo peor.
Luego, como si recordara algo importante, añadió con naturalidad:
—Además, venías en una nave Zabathra.
Lo miré fijo.
—¿Qué mierda es una Zabathra?
Astrad chasqueó la lengua.
—Bueno… depende del Zabathra.
—¿Cómo que depende? —pregunté—. ¿Hay tipos? ¿Son monstruos? ¿Otras especies? ¿Algo que come planetas?
—Todo eso —respondió—. Los albinos eran civilizados, estrategas, comerciantes incluso. Podías negociar con ellos, sobrevivir cerca.
—¿Eran? —pregunté.
—Aniquilados.
—¿Y los otros?
—Los verdes —sonrió sin humor—. Unos malditos asesinos.
—Para, para —levanté las manos—. No te entiendo un carajo.
Astrad se inclinó un poco hacia mí, claramente disfrutando mi desesperación.
—Tranquila, cosita. Versión corta: si alguien ve una nave Zabathra, corre o reza.
—¿Y yo estaba durmiendo dentro de una? —pregunté.
—Como un bebé —dijo—. Sin alarmas, sin armas activas, sin miedo.
Tragué saliva.
—Estás jugando conmigo.
—Un poco —admitió—. Pero también intento entender qué tan jodida está mi vida ahora que apareciste.
Me quedé observándolos como si fueran parte de un paisaje que no entendía. No solo lo que decían, sino cómo se movían. Astrad hablaba mientras caminaba, nunca se quedaba quieto, tocaba cosas, abría cajones, revisaba herramientas como si la choza también le perteneciera. Suniri, en cambio, se movía con cuidado, con gestos medidos, siempre pendiente de mí, como si temiera que me rompiera si respiraba mal.
Sus ropas eran ligeras, pensadas para el calor y la humedad, telas que dejaban pasar el aire y se secaban rápido. No había adornos, no había símbolos visibles de estatus. Todo era funcional, todo tenía sentido. Yo no. Yo era la única cosa que no encajaba.
La sensación de estar perdida me apretó el pecho. Intenté recordar algo otra vez, no porque creyera que funcionaría, sino porque no soportaba no ser nadie. Cerré los ojos y forcé la mente, empujé contra ese velo negro como si fuera una puerta cerrada.
El dolor llegó de golpe. Un latigazo detrás de los ojos, la presión subiendo, la cabeza a punto de estallar. Abrí los ojos de golpe y sentí algo caliente deslizarse.
—Mierda… —murmuré.
Cuando miré mis dedos estaban manchados de rojo.
—No —Suniri se levantó enseguida y cruzó la habitación hacia mí—. No hagas eso.
—Tengo que saber —dije con la voz quebrada—. No puedo seguir así.
Suniri se arrodilló frente a mí y con un paño húmedo limpió la sangre de mi nariz con cuidado, como si ya supiera exactamente qué hacer.
—Has estado demasiado tiempo dormida —dijo—. Tu mente también necesita despertar. Si la fuerzas, solo se va a defender.
—¿Y si no despierta nunca? —pregunté en voz baja.
Ella se quedó en silencio unos segundos.
—Despertará —dijo al final—. Pero no cuando tú quieras.
Astrad dejó de moverse. Eso fue lo que más me inquietó. Cuando habló, su tono ya no era burlón.
—Tu nave tenía un sistema de invernación avanzada.
—¿Eso significa… congelada? —pregunté.
—No exactamente —respondió—. Es un protocolo que se usa cuando se recorren distancias absurdamente largas entre planetas y no hay recursos suficientes para mantener a alguien consciente.
Se inclinó un poco hacia mí, apoyando los codos en las rodillas.
—La nave entra en modo de supervivencia. Baja tu temperatura, ralentiza el corazón, reduce la actividad cerebral. Tu cuerpo consume lo mínimo posible.
—Entonces… —tragué saliva— ¿por qué casi muero?
Astrad soltó una risa corta, sin humor.
—Porque alguien hizo mal los cálculos.
—¿Yo? —pregunté, sintiendo un hueco en el estómago.
—Tal vez —encogió los hombros—. O tal vez quien te subió ahí no esperaba que el viaje durara tanto. El sistema estaba activo, pero la batería del filtro de oxígeno estaba al límite.
—¿El filtro…? —repetí.
Astrad señaló mi cuello.
—Eso.
Instintivamente llevé la mano al collar. Siempre había estado ahí, pero nunca me había detenido a pensar en él. Era frío, demasiado liso, demasiado… avanzado.
—Es un filtro atmosférico —explicó—. Ajusta cualquier composición del aire para que tus pulmones no colapsen.
—¿Cualquier atmósfera? —pregunté.
—Cualquiera —confirmó—. Veneno, baja presión, gases incompatibles. Respiras igual.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
—Eso no es normal —murmuré.
—No lo es —asintió—. Ese collar no debería existir.
Suniri bajó la mirada, claramente incómoda.
—Fue creado por un inventor repudiado —continuó Astrad—. Un genio para algunos, un monstruo para otros.
—¿Por qué? —pregunté.
—Porque su tecnología rompe demasiadas reglas —respondió—. No depende de recursos comunes, se regenera sola, se adapta sin intervención externa.
—¿Y eso es malo? —pregunté.
Astrad me miró con una sonrisa torcida.
—Es ilegal.
—¿Ilegal cómo? —sentí que el aire me faltaba—. ¿Multas? ¿Cárcel?
—Destrucción inmediata —dijo—. Del dispositivo. Y del portador, si es necesario.
Mis dedos se cerraron con fuerza alrededor del collar.
—Entonces… —mi voz salió apenas— ¿por qué yo lo tengo?
Astrad me observó largo rato, como si midiera cuánto decir.
—Porque alguien invirtió mucho en que siguieras respirando —dijo finalmente—. Ese collar no se coloca por casualidad.
—¿Invertió? —repetí—. ¿Como en… dinero?
—Como en interés —corrigió—. Tiempo. Riesgo. Silencio.
Suniri levantó la vista.
—Eso significa que no eres cualquiera —añadió—. Aunque no recuerdes quién eres.
La idea no me tranquilizó. Me aterrorizó.
—Entonces no solo no sé quién soy —dije—. Tampoco sé quién me quiere viva.
Astrad sonrió despacio.
—Exacto, cosita —dijo—. Y créeme… eso es mucho peor.
Suniri notó mi expresión antes de que yo pudiera esconderla. Se acercó despacio, como si temiera espantar algo frágil dentro de mí, y apoyó una mano tibia en mi hombro.
—No te preocupes —dijo con suavidad—. Como dije antes, solo son especulaciones. Astrad siempre ve más peligros de los que existen. Puede que nada de eso sea verdad.
Quise creerle, de verdad quise. Pero Astrad ya no estaba relajado. Su cuerpo se había tensado de una forma distinta, rígida, como si de pronto cargara un peso invisible. No sonreía, no bromeaba, no jugaba con los objetos de la choza. Miraba la mesa como si allí hubiera algo que solo él podía ver.
Había silencio, uno espeso, incómodo.
—Mañana iremos con el Líder —dijo al fin.
Su voz sonó cansada. Se dejó caer en uno de los bancos de madera y apoyó los antebrazos sobre la mesa, la cabeza inclinada, como si esa simple frase le hubiera quitado energía.
—No te preocupes —añadió sin mirarme—. La mayoría son aceptados.
No sonó convencido. Se levantó poco después sin despedirse, corrió la cortina de cuentas de la entrada y salió de la choza. El sonido del mar volvió a llenar el espacio que dejó su ausencia.
Me quedé quieta unos segundos, sintiendo cómo algo dentro de mí se apretaba más y más. No saber quién era empezaba a doler de una forma física, como una presión constante en el pecho. No tenía recuerdos, no tenía nombre, no tenía un lugar al cual pertenecer y cada explicación solo abría más preguntas. No era alivio lo que sentía, era vértigo.
Salí de la choza sin decir nada. La arena estaba fría bajo mis pies y el viento marino me golpeó el rostro. Caminé despacio por la orilla, cerca, sin alejarme demasiado, como si temiera perder incluso ese refugio improvisado. El mar se extendía frente a mí, inmenso, indiferente, y por un momento tuve la absurda sensación de que él sí sabía quién era yo.
Bajé una mano a mi vientre de forma inconsciente. Aún era pequeño, apenas una curva suave bajo la tela del camisón, pero estaba ahí. Mis dedos temblaron al tocarme. No sabía quién era yo, pero mi cuerpo sí sabía que debía proteger algo.
Una certeza incómoda empezó a tomar forma en mi interior. No era un recuerdo, era una sensación, un eco persistente. Yo no había viajado por curiosidad. No había sido una exploradora ni una comerciante más. Había huido. Había corrido tan lejos como pude, hasta quedarme sin aire, hasta quedarme sin recursos, hasta casi morir asfixiada en una nave silenciosa.
Y no era solo por mí.
Apreté la tela sobre mi vientre, sintiendo una punzada en la garganta. Tal vez todo ese miedo, toda esa prisa, toda esa tecnología prohibida no habían sido para salvarme a mí. Tal vez yo había sido solo el medio. El contenedor. La última opción desesperada.
Me detuve frente al agua y dejé que las olas mojaran mis pies. El frío me ancló al presente. Respiré hondo, aunque el aire aún se sentía extraño en mis pulmones, filtrado por algo que no entendía y que no debía existir.
No sabía quién era. No sabía de dónde venía. No sabía quién me quería viva ni quién podía quererme muerta. Pero había algo creciendo dentro de mí y, de alguna forma que no podía explicar, supe que todo lo que había perdido, todo lo que había olvidado, todo lo que me había llevado hasta ese planeta desconocido, giraba alrededor de esa pequeña vida.
El mar siguió moviéndose como si nada importara y yo me quedé allí, de pie, con la mano en el vientre y el corazón apretado, sintiéndome por primera vez verdaderamente sola.Después de quedarme un rato allí, mirando cómo el mar respiraba con su propio ritmo, escuché pasos detrás de mí. No me sobresalté. Tal vez ya estaba demasiado cansada para hacerlo. Astrad se colocó a mi lado, sin invadir mi espacio, con las manos cruzadas detrás de la espalda y la mirada fija en el horizonte.
—¿Venías sola? —preguntó—. En la nave, digo.
Solté una risa breve, sin humor, y negué con la cabeza.
—No lo sé —respondí—. No sé por qué me lo preguntas si mis respuestas siempre son las mismas.
Astrad asintió despacio, como si lo esperara, y luego inclinó un poco la cabeza, olfateando el aire de forma distraída.
—Por casualidad… ¿esto es tuyo?
Fruncí el ceño, confundida.
—¿Esto qué?
—Ha estado olfateando a todos en el pueblo —continuó—. Supongo que te estaba buscando.
Miré por encima de su hombro y el aire se me quedó atorado en los pulmones. Detrás de Astrad estaba él. Un felino enorme, mucho más grande que cualquier animal que hubiera visto en ese planeta, con un cuerpo poderoso cubierto de un pelaje denso y oscuro que brillaba bajo el sol. De su cabeza salían antenas largas y flexibles que se movían con nerviosismo. Sus ojos eran inteligentes, demasiado atentos.
Antes de que pudiera reaccionar, el animal soltó un maullido grave, cargado de algo que no supe nombrar, y caminó directo hacia mí. Se frotó contra mi vientre con cuidado, como si supiera exactamente dónde no debía presionar. Me lamió la mano, el rostro, el antebrazo, y sentí una oleada de calor recorrerme el pecho. Luego, como si una emoción demasiado grande lo hubiera desbordado, empezó a brincar por la arena, a rodar sobre su lomo, a sacudir la cola y las antenas, feliz, descontrolado, vivo.
Me quedé inmóvil, con la respiración temblando y los ojos ardiendo.
—Bueno —dijo Astrad con una sonrisa ladeada—, eso responde mi pregunta. El Arkobe es tuyo.
—Supongo —murmuré, sin poder apartar la mirada de él.
El felino volvió a acercarse y apoyó su enorme cabeza contra mis piernas. Instintivamente bajé la mano y la hundí en su pelaje. Era cálido, real, familiar de una forma que me dolió. Algo dentro de mí se aflojó, como un nudo que llevaba demasiado tiempo apretado.
Sentí paz. Una paz rara, inesperada, frágil, pero paz al fin. No recordaba su nombre, no recordaba cómo lo había conocido ni por qué estaba conmigo, pero su presencia llenaba un vacío que no sabía que tenía. Supe, sin necesidad de recuerdos, que era importante para mí. Que no estaba completamente sola. Que algo de mi pasado, aunque roto y disperso, había logrado alcanzarme.Me agaché despacio frente a él, como si temiera que desapareciera si me movía demasiado rápido. Mis brazos rodearon su cuello grueso y fuerte, y enterré el rostro en su pelaje. En cuanto lo hice, algo dentro de mí se rompió. Las lágrimas empezaron a salir sin permiso, calientes, desordenadas, cayendo sobre su cuerpo mientras lo abrazaba con todas mis fuerzas. No sabía quién era yo, no sabía de dónde venía ni qué me esperaba, pero en ese instante no me sentí tan perdida, no del todo. Aquel felino enorme era un ancla, una certeza en medio de todo ese vacío que me habitaba.
El Arkobe se quedó quieto, sorprendentemente dócil, y luego apoyó su peso contra mí, como si entendiera que lo necesitaba. Mis manos temblaban mientras lo sujetaba, mis hombros se sacudían con cada sollozo contenido.
—Felix… —susurré sin pensar.
El nombre salió de mi boca con naturalidad, como si siempre hubiera estado ahí, esperando el momento correcto para volver. Así se llamaba. Lo supe en cuanto lo dije.
Felix levantó la cabeza y me miró con esos ojos azules imposibles, profundos, llenos de una inteligencia que me atravesó el pecho. Soltó un sonido suave, casi un ronroneo, y estiró el cuello para lamerme la mejilla con cuidado, como si quisiera borrar mis lágrimas. Yo cerré los ojos y apoyé la frente contra la suya, respirando su olor, aferrándome a él, convencida de que, mientras Felix estuviera conmigo, quizá no todo estaba perdido.
