Capítulo 01
Me levanté de golpe, sobresaltada por un sonido repentino. Apenas podía moverme cuando una punzada intensa de dolor de cabeza me obligó a quedarme quieta. Pero la voz de un hombre, desconocida para mí, hizo que ignorara el malestar y me concentrara en lo que ocurría a mi alrededor.
—¿Hola? —pregunté, entreabriendo un ojo para ver de quién se trataba.
El hombre no respondió. Estaba de espaldas, hablando con alguien en la puerta de mi habitación. Porque esta era mi habitación, ¿verdad?
Hice un esfuerzo y me incorporé para entender qué estaba pasando, comprobando que era mi habitación al ver mi maleta en una esquina. Entonces lo vi girarse, cerrando la puerta tras de sí. Mis ojos no distinguían si lo que veía era una visión o la realidad, porque ese hombre era más atractivo que el pecado.
Vestía solo con un pantalón de traje, dejando su torso al descubierto, marcado por horas de ejercicio. Y, sin duda, agradecía cada segundo de su esfuerzo en el gimnasio porque, madre mía, quienquiera que fuera, me acababa de alegrar la mañana a pesar de que sentía que el cerebro me iba a estallar.
—Tenemos que hablar —dijo de pronto, sacándome de mi ensoñación.
—Buenos días para ti también —respondí molesta, por su actitud tan seria y por interrumpir mi escaneo.
—No estoy de humor para ser cortés contigo.
—Un poco de empatía no te vendría mal, ¿no crees? —le dije, levantándome de la cama para ir al baño.
Al incorporarme, noté su mirada recorriendo mi cuerpo y me di cuenta de que estaba completamente desnuda. Agarré la sábana de la cama para cubrirme y me metí rápidamente al baño.
Frente al espejo, me examiné. Tenía el maquillaje corrido, el cabello como un nido de pájaros, marcas en el cuello y en el pecho. Claramente, había sido una noche intensa, aunque no la vi venir.
No había planificado este viaje, pero cuando mi mejor amiga Teresa me sugirió que “una escapadita a Las Vegas no podía hacerle daño a nadie”, pensé que lo peor que podía pasar era una noche de tragos caros y luces cegadoras. Jamás imaginé que me iba a despertar al día siguiente agotada, con un dolor de cabeza insoportable y un anillo de bodas en el dedo.
—¿Qué demonios? —murmuré, y me quedé mirándolo con el ceño fruncido en el reflejo del espejo, como si el anillo solo pudiera explicarme qué hacía ahí.
En ese momento el sueño que tenía se esfumó de golpe, dando paso al asombro y la angustia. ¿Me casé? ¿Caí en la trampa de Las Vegas? ¿Y ese hombre que está ahí afuera era mi marido?
—No, esto tiene que ser una broma.
Con esas preguntas atormentándome, mientras me cepillaba los dientes y me lavaba la cara, me puse la bata de baño, me arreglé lo mejor que pude y salí a enfrentar a mi destino con abdominales de acero.
El pecado andante, que estoy tratando de procesar ahora como mi marido, estaba sentado en la mesa de la habitación, con una taza de café servida frente a él.
—¿Nos casamos? —le pregunté sin rodeos, con el ceño fruncido y las sienes palpitando.
Él levantó la vista, me dio una barrida visual, de esas que no deberían ser legales a esta hora de la mañana, y asintió con calma.
—Así parece —dijo, llevándose la taza a los labios y dejando que el destello dorado de su dedo anular confirmara mi peor pesadilla. Lo dijo con mucha calma, como si habláramos de haber pedido comida por equivocación.
Me acerqué arrastrando los pies. El dolor de cabeza me estaba matando, pero no tanto como la sospecha de que este hombre me tocó anoche de formas que no recordaba del todo, aunque mi cuerpo sí.
Me senté frente a él y sobre la mesa, había un vaso de agua, analgésicos y otra taza de café.
—Para que no digas que no soy empático —me dijo, con esa mirada intensa que me hacía temblar.
—Gracias —murmuré, tragando las pastillas y observándolo con cuidado.
—¿Recuerdas algo de anoche? —preguntó, ahora más serio.
—Muy poco. ¿Tú?
—Recuerdo que nos conocimos en la discoteca, que bailamos, que nos divertimos. Pero poco más después de eso.
—Yo igual. Aunque algunas escenas me vienen de golpe.
—¿Cuáles escenas? —preguntó, con esa calma que me ponía nerviosa.
—Lo bien que lo pasamos en esa cama, por ejemplo —dije señalándola con falsa timidez—. Seguro que las marcas en mi pecho tienen que ver con eso.
Me aparté un poco la bata de baño para que viera a qué me refería. Él suspiró, me observó con intensidad, y se recostó en la silla. Ya se había puesto la camisa, así que mi deleite visual había terminado.
—Mira, lo de anoche fue una locura, pero no quiero que pienses que quiero una relación formal con nadie y…
Levanté una ceja.
—¿Te estoy pidiendo manutención o algo así? —lo interrumpí.
—No, pero no quiero que te confundas.
—No, cariño, aquí el confundido eres tú. ¿Crees que por casarnos anoche y amanecer juntos quiero que me jures amor eterno?
—Bueno, es que…
—Mira, no recuerdo ni tu nombre, así que lo mejor es que te vayas a tu habitación y dejemos esto como una anécdota propia de Las Vegas…
—Max —me interrumpió.
—¿Qué?
—Me llamo Max. Maximiliano Moretti.
—Mucho gusto, Maximiliano. Yo soy Hannah Miller y, sinceramente, no quiero complicaciones ni contigo ni con nadie. Vine a divertirme con mi mejor amiga, no a buscar marido.
—Vale. Y yo solo te aclaro que no busco una relación seria y mucho menos una esposa.
—¡Qué alivio! —dije tocándome el pecho—. Porque yo tampoco colecciono esposos como souvenirs de vacaciones.
Hubo un momento de silencio. Uno espeso lleno de palabras no dichas y de cuerpos que aún se reconocían. Él me miró. Yo lo miré. La tensión flotaba como el vapor del café entre los dos.
Me levanté finalmente y abrí la puerta, dejando claro con ese gesto que quería que se fuera.
—¿Siempre despides a tus esposos así? —preguntó, con una ceja alzada, al notar mis intenciones.
—Solo a los que no recuerdo haber disfrutado.
—¿Insinúas que no estuve a la altura?
—No estuve sobria como para tenerlo claro.
Se me quedó mirando, como si estuviera procesando mi respuesta, se levantó con calma, se puso la chaqueta, tomó su móvil y se acercó. Cada paso suyo me despertó una memoria corporal que no necesitaba tener despierta en este momento.
—Disfruta del resto del viaje, Hannah Miller —dijo junto a la puerta, en voz baja, con una sonrisa insolente.
—Haz lo mismo, Maximiliano Moretti —respondí, imitando su tono.
Me miró por un par de segundos más y salió. Cerré la puerta y su aroma quedó flotando en el aire. Ese perfume a hombre seguro y a fuego, quedó grabado en mi memoria.
Me quedé de pie intentando entender lo que acababa de pasar. Él era mi… ¡¿marido?! No, no podía ser.
Busqué mi móvil. Eran las 11:42 a.m. El dolor de cabeza seguía ahí, empeñado en arruinarme el día. Llamé a Teresa, mi mejor amiga y la única culpable por estar en esta situación, pero no contestó. Quizás a qué hora, y con quién, se habrá acostado.
Pero no iba a tener las respuestas que necesitaba tan pronto como las quería. Así que me metí en la bañera llena de agua caliente para intentar desconectar, relajarme y borrar la confusión que sentía, pero mi mente seguía dándole vueltas a todo.
Las imágenes volvían en fragmentos difusos. La discoteca, la música, el primer acercamiento, el primer contacto de sus manos en mi piel que me estremeció por completo. Todo eso lo recordaba, pero lo demás, la parte más interesante, no.
Salí del baño con la mente más revuelta que antes, sin poder sacarme de la cabeza a Maximiliano Moretti.
Frente al espejo, seguía viéndome desastrosa. Me sequé y me envolví en una toalla. Esto no se solucionaba con analgésicos. Necesitaba salir, tomar un poco de aire, despejar mi mente.
Así que, luego de arreglarme y parecer medianamente decente, salí de la habitación en busca de respuestas o un poco de distracción, porque en la habitación no dejaba de recordarlo. Su olor se había quedado impregnado en cada rincón.
Cuando ya había caminado lo suficiente por los alrededores del hotel, entre tiendas, turistas y entretenimiento sin fin, regresé al hotel y me fui al restaurante, buscando algo de comida. Ya el dolor de cabeza había mermado, aunque me sentía todavía un poco revuelta.
Me senté al fondo, cerca de una ventana, donde no había nadie alrededor, y el camarero me trajo un café negro bien cargado, que necesitaba con desesperación, y un poco de fruta, que era lo único que me apetecía comer ahora mismo.
Estaba terminando el segundo sorbo de mi café cuando lo vi. Y podía jurar que el mundo se detuvo por un segundo.
Maximiliano Moretti entró al restaurante del hotel como si el lugar le perteneciera. No miró a su alrededor. No necesitaba hacerlo. Su sola presencia imponía. Tenía esa clase de magnetismo silencioso que giraba las miradas sin que él tuviera que hacer nada. Y claro, las giró. La mía incluida.
Llevaba jeans oscuros, perfectamente ajustados, y una camisa blanca arremangada hasta los antebrazos, dejando al descubierto unas muñecas fuertes y unas venas marcadas en los brazos que… uf. Ese tipo de detalles que uno no debería notar, pero que mi cuerpo registraba como si fuera información vital.
No estaba vestido como el típico galán de película. No necesitaba traje. Tenía un aire informal, pero tan seguro de sí mismo, tan cómodo en su piel, que resultaba aún más irresistible. Despreocupado, masculino y dominante sin decir una palabra.
Su rostro… bueno. Era de esos que no se olvidaban fácilmente. Mandíbula marcada, barba de unos días que gritaba peligro, y esa boca. Esa maldita boca que, por más que quería olvidar, seguía persiguiéndome desde que la sentí sobre la mía. Y esos ojos grises, con una mirada fría e intensa que, cuando coincidía con la mía, sentía como si me desvistiera por dentro.
Y justo en ese instante, nuestras miradas coincidieron y él sonrío. No fue una sonrisa completa. Era esa curva leve, apenas insinuada, como si supiera exactamente lo que me estaba provocando. Como si pudiera oler mi reacción desde la distancia.
¿Y qué reacción? Mi estómago se contrajo, mi corazón se desbocó y mis piernas… bueno, ya estaban cruzadas bajo la mesa, intentando disimular el incendio que acababa de prenderse entre mis muslos con solo verlo entrar.
Había pensado que no lo vería más, que desde que salió de mi habitación sería un recuerdo más de este viaje improvisado. Solo una anécdota de resaca o un error fugaz. Pero verlo así, caminando hacia mí con esa aura de hombre que sabía exactamente lo que quería y cómo obtenerlo… me derretía.
Maldición. Maximiliano Moretti era un problema. Uno con piernas largas, mirada de lobo y una voz grave que me dejó marcas que no se borraban con analgésicos.
Respiré hondo y me obligué a mirar a otro lado, como si ignorarlo pudiera disminuir el efecto. Pero cuando volví a levantar la mirada, ya estaba junto a mi mesa.
—¿Esperas a alguien? —preguntó con frialdad, con esa voz grave que me rozó la nuca anoche, y que ahora volvía a colarse por cada vértebra.
Tragué saliva y respondí, intentando que no se notara el temblor en mi voz.
—A nadie.
Y sin más, se sentó frente a mí. Sin pedir permiso. Sin vacilar.
Me observó con calma. Con esa intensidad suya que me desnudaba por dentro.
—Veo que estás mejor. Esposa.
—¿Vienes a recordarme nuestro mayor error?
Maximiliano se acomodó en su asiento y su mirada penetrante me quemaba.
—No vine a atormentarte, si eso es lo que insinúas.
—Entonces, ¿qué haces aquí?
—Vine a comer y casualmente te encontré. Y ahora creo que podemos hablar. ¿O prefieres seguir ignorándolo todo?
Bebí un sorbo de mi café. Su amargura combinaba perfectamente con la situación.
—Cometimos un error y ambos estamos atrapados en él —le dije.
—¿Atrapados? Yo no lo siento así. Pero tampoco quiero vivir una novela de borrachos en Las Vegas.
—¿Y crees que yo sí? No vine aquí para casarme con un desconocido.
—Entonces, ¿Qué propones? ¿Nos olvidamos y seguimos?
—Lo ideal sería ignorarnos. Sin compromisos. Solo una historia loca que se queda aquí.
Maximiliano se inclinó hacia mí, apoyando un codo en la mesa. Su voz era baja, como si no quisiera que el mundo escuchara lo que iba a decir:
—Eso suena bien. Pero hay algo que quiero que sepas… —sus ojos me recorrían, sin pudor, sin prisa—. No me arrepiento de haberte conocido. Ni de las marcas que dejé en tu cuerpo.
El calor me subió por la garganta. Me aclaré la voz y sonreí, fingiendo una calma que no tenía.
—Es la segunda vez que coincidimos hoy —le lancé, ladeando la cabeza.
Él respondió con una media sonrisa letal.
—¿Y quién sabe? Tal vez haya una tercera. O una cuarta.
—¿Y si no quiero repetir?
—Hannah… —pronunció mi nombre como si acabara de descubrir el sabor de una fruta prohibida—. No pareces de las que se resisten a lo que desea.
—¿Y tú qué sabes lo que yo deseo?
Su sonrisa se curvó apenas, un poco más.
—Lo suficiente para saber que llevas todo este rato cruzando las piernas para tratar de ocultar lo que te hago sentir.
Mi café ya no tenía sabor. Su voz lo eclipsaba todo.
—Estás bastante seguro de ti mismo, ¿no?
—No es seguridad —respondió—. Es intuición. Y anoche… fuiste muy generosa con las pistas.
Mi piel se erizó. Lo odiaba por encenderme sin siquiera tocarme.
—Anoche estaba borracha.
—Y aun así, cada vez que me tocabas, lo hacías como quien sabía exactamente a dónde quería llegar.
—Y tú, ¿sabías a dónde querías llegar?
—Claramente, lo supe —dijo, y su mirada bajó sutilmente a mi cuello, a donde aún quedaban rastros de su boca.
El silencio entre nosotros se volvió espeso. Una insinuación más, y explotaría.
Maximiliano se enderezó, se pasó la mano por el cabello y se puso de pie. Durante un segundo, creía que se iría sin más, pero se dirigió a mí con ese aire de seguridad que me atraía, como una abeja a un panal.
—No te preocupes, Hannah. No vine a convertir esto en una historia de amor. Pero si vuelvo a tocarte… Estaré sobrio para recordar cada detalle y créeme, no pienso hacerlo con prisa —dijo eso y después se giró, dejando una estela de seguridad y arrogancia tras de sí.
Me quedé quieta, con el café frío en las manos y las piernas temblando. El corazón golpeaba en mi pecho como si supiera algo que yo todavía no me atrevía a decir en voz alta.
Y lo único que pensaba, mientras lo veía alejarse, era: “Ojalá vuelva a tocarme.”
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NB✨









Hannah has caído completamente niña 🤭🤭🤭🌶️y con el pecado en persona 🫣