Chapter 1
La mañana también existe
El sol entraba por la ventana como si no tuviera apuro. No golpeaba, no exigía atención. Simplemente estaba ahí, deslizándose por la pared descascarada, avanzando de a poco hasta tocar el borde de la cama. Era una luz honesta, sin grandeza, sin promesas. Una luz de esas que no piden nada a cambio.
Me quedé mirándola unos segundos más de lo necesario.
El mundo seguía funcionando aunque yo no me levantara. Eso siempre me había parecido curioso.
Desde el otro lado del cuarto llegó un ruido suave, casi un reclamo. Un maullido corto, todavía torpe, acompañado del sonido de algo cayéndose al piso. Suspiré. Me incorporé lentamente, evitando pisar el cuaderno tirado junto a la cama, y caminé hasta la cocina.
—Ya voy —murmuré, sin saber bien por qué hablaba en voz alta.
El gato estaba sentado junto al plato vacío, mirándome con una mezcla perfecta de reproche y expectativa. Era pequeño, demasiado para haber sobrevivido solo. Le serví comida con cuidado, como si el movimiento pudiera romper algo frágil, y me quedé observándolo mientras comía. Siempre me llamaba la atención la seriedad con la que se tomaba cada bocado, como si entendiera que nada estaba garantizado.
La cafetera empezó a burbujear detrás de mí. El olor llenó el departamento y, por un momento, todo pareció… correcto. No perfecto. Correcto.
Había días en los que el silencio pesaba más. Días en los que la Tierra parecía demasiado ruidosa, demasiado lenta, demasiado frágil. Pero esa mañana no. Esa mañana el mundo respiraba a un ritmo entendible.
Me apoyé contra la mesada y miré por la ventana. Gente caminando apurada, colectivos frenando de golpe, alguien discutiendo por teléfono. Todo seguía igual. Y eso estaba bien.
Pensé en el Padre.
No como se piensa en alguien distante, sino como se recuerda una presencia constante. Como una mano firme en la espalda cuando todavía no entendía cómo funcionaban las cosas. Él siempre había sido así: sin estruendo, sin necesidad de imponerse. Incluso cuando el cielo tembló, incluso cuando los hermanos mayores alzaron sus luces para defender lo que debía ser defendido, Él nunca gritó.
Nunca lo necesitó.
Mis hermanos mayores…
Sonreí apenas.
De chico los admiraba como se admira algo inalcanzable. Eran grandes, seguros, llenos de propósito. Cada uno tenía una tarea clara, un lugar definido. Yo no. Yo miraba, preguntaba demasiado, me distraía. Aprendía copiando, entendiendo a medias, equivocándome.
Ellos eran perfectos. Yo no.
Y aun así, nunca me apartaron.
El agua del mate se pasó de temperatura. Lo noté tarde. Maldije en voz baja y tuve que empezar de nuevo. Ver el agua irse por el desagüe siempre me dejaba una sensación extraña en el pecho, como si hubiera fallado en algo mínimo pero importante. Desperdiciar nunca me gustó. Tal vez porque en este mundo, todo cuesta.
Mientras esperaba, sentí algo. No miedo. No urgencia. Solo una leve presión, como cuando cambia el clima antes de una tormenta. Cerré los ojos un segundo, extendiendo la percepción con cuidado, sin apuro. Nada cercano. Nada inmediato. Bien.
Hoy podía ser un día normal.
Me cambié, agarré las llaves y salí. El pasillo olía a humedad y a comida recalentada. Saludé a la vecina del 3B cuando me la crucé; me devolvió el saludo con una sonrisa cansada. Ese tipo de sonrisas dicen más que cualquier confesión.
En la calle, el ruido me recibió de golpe. Motores, bocinas, pasos. El caos habitual. Caminé entre la gente como uno más, esquivando sin pensar, ajustando el paso. A veces alguien me chocaba el hombro y seguía de largo sin disculparse. No me molestaba. Todos iban cargando algo invisible.
En el camino, pasé frente a una iglesia. La puerta estaba abierta. Adentro, unas pocas personas rezaban en silencio. No entré. Me quedé mirando desde afuera, con respeto. El Padre no necesitaba paredes. Pero entendía por qué ellos sí.
Seguí caminando.
Había aprendido que vivir acá no era observar desde arriba. Era participar. Esperar el semáforo, tirar la basura donde corresponde, llegar tarde alguna vez. Reírse de cosas sin sentido. Escuchar historias exageradas sabiendo que no eran verdad, y aun así disfrutarlas.
Los humanos eran frágiles. Pero increíblemente persistentes.
Pensé en los hermanos mayores otra vez. En los que se fueron. En el que quiso alzarse más alto de lo debido. De chico no entendí. Pensé que había sido solo una discusión. Ahora sabía que había sido algo más profundo. Algo que no se resuelve con palabras.
Aun así, no podía odiarlo del todo.
Entré al edificio donde estudiaba y subí las escaleras. En el aula, algunos ya estaban sentados. Uno levantó la mano al verme.
—Che, ¿jugamos hoy a la noche? —preguntó, con una sonrisa torcida.
Asentí.
—Si no pierdo otra vez —respondí.
Se rió.
Tomé asiento. Abrí el cuaderno. El profesor empezó a hablar de teorías, de la mente, de por qué hacemos lo que hacemos. Presté atención. Siempre lo hacía. Entender a los humanos no era una tarea menor. Era una forma de cuidado.
Mientras tomaba notas, el sol volvió a colarse por la ventana, igual que esa mañana. La misma luz. El mismo mundo.