El Sótano
La iluminación era escasa, se respiraba la humedad y se podía intuir que la habitación no había sido limpiada en un largo tiempo. Algo se podía oír desde más arriba, pero era difícil descifrar si eran voces o un televisor; bien podía ser música. Había cajas y ropa esparcida por el lugar, y las paredes también estaban estampadas con cajas de cartón una encima de la otra; el ruido o las voces que venían desde arriba llegaba muy débilmente tal vez por la misma razón. La habitación, si es un podía ser llamada así, no tenía iluminación propia, la única fuente de luz provenía desde la grieta que dejaba la puerta mal ajustada al marco. Ésta dejaba ver la suciedad, el desorden y, principalmente, el brillo del charco de agua a los pies de Julio, quien estaba atado a una silla metálica.
Julio debería haber estado desesperado. La situación no ameritaba menos. Sin embargo, el hastío era más grande, había estado en el mismo lugar, amarrado de pies a cabeza a una silla, durante cinco o seis horas. No, no estaba aterrado. Estaba incómodo y agotado, pero no era eso lo que le molestaba principalmente. Lo que sentía con mayor fuerza era la injusticia, como si la injusticia fuera una emoción y pudiera sentirse en el pecho, como algo corporal, un dolor o un ardor que le subía por la garganta, y le llenada de deseos de gritar. Obviamente, no podía gritar. Quien le había atado también se había asegurado de llenarle y cubrirle la boca con una cinta adhesiva que giraba en torno a su cabeza. Julio no podía gritar, pero lo intentaba; su grito se ahogaba y era menos perceptible que el rumor de las voces o el televisor que llegaba desde arriba.
Un rato atrás había intentado soltarse, pero la mezcla de cuerdas, cintas adhesivas y cables no le permitía mover más que los pies y los dedos de las manos. Su cabeza estaba asegurada al respaldo de la silla metálica, y ésta era lo suficientemente robusta como para impedir que pudiera siquiera forcejear. Si bien sus amarras parecían descuidadas, hechas por alguien impulsivo y poco preparado, éstas eran abundantes, compensaban la falta de diligencia con desmesura. Julio además estaba avergonzado. Le habían atrapado. Caminando por la calle oscura, a pasos de su casa, y no había logrado hacer nada. Julio era un hombre grande, relativamente alto, especialmente ancho de hombros, fornido. Y le habían secuestrado con total simpleza! Todo había sido muy rápido. Una figura, que no alcanzó a ver, se apeó desde un vehículo estacionado cuando iba pasando, la figura se cruzó con él como si fuera en dirección opuesta, y cuando ésta quedó atrás sintió la mordida eléctrica de una serpiente en el cuello. Sintió una vibración por todo el cuerpo, y se fue al suelo aparatosamente, todavía consciente. Luego vino lo que interpretó como una inyección, y todo se hizo oscuro. Julio no recuerda cómo le subieron a la camioneta, ni cuánto tiempo pasó en ésta hasta que llegaron a destino, en una zona rural. Por supuesto, esto él no lo sabía. Perfectamente podría estar fuera de la ciudad o en la casa verde de la esquina de su calle. Mas todo aquello no le preocupaba, lo que le preocupaba era la injusticia que creía estaba ocurriendo. Él no merecía esto, la respuesta era totalmente desproporcionada; si había errado, la falta era insignificante en comparación a la represalia. O por lo menos eso era lo que él creía.
En eso pensaba cuando creyó escuchar pasos que se acercaban. No estaba del todo seguro, pero parecían venir desde arriba, como si alguien bajara una escalera. Julio comenzó nuevamente a forzar sus manos y pies sobre las amarras, más por temor que porque creyera que lograría zafarse. Los pasos se acercaban y por primera vez Julio sintió miedo. Hasta entonces no había tenido señales de quién le había puesto allí, más allá de aquella figura difusa y más pequeña que él con la que se había cruzado, más allá de la corriente eléctrica recorriéndole el cuerpo. Él suponía quién era, lo que le había infundido una especie de seguridad de que todo esto era exagerado y que podía solucionarse. Sin embargo, ahora no estaba seguro. ¿Y si se equivocaba? ¿Y si era en realidad un loco? ¿Un verdadero psicópata? A medida que los pasos se acercaban a la puerta su seguridad se fue diluyendo. Una sombra oscureció la luz que entraba desde la grieta que dejaba la puerta. Alguien estaba del otro lado, esperando algo. ¿Y si esto iba en serio? Julio comenzó a respirar agitadamente, esa figura no era quién él pensaba, era otra persona, ahora estaba casi seguro. Siguió forcejeando inútilmente, tanto que comenzó a hacerse daño en las muñecas y tobillos, pero no le importaba, ahora estaba sí desesperado. Pensaba que quizás si pudiera explicarse podría hacer algo, convencer a su captor, hacerlo entrar en razón de alguna manera. Pero su boca estaba inutilizada, debía deshacerse de la mordaza. Escuchó entonces el cerrojo chirriar, Julio comenzaba ya a sudar. Los goznes metálicos le hicieron sobresaltarse, el quejido de la puerta abriéndose le pareció especialmente espeluznante. ¡No! ¡No! ¡Y no podía hablar! Sus ojos sobresaltados vieron sólo entonces a la figura entrar, volvió entonces rápidamente la rabia, la indignación.
¡Tú! ¡Tú! ¡Efectivamente habías sido tú! ¡Mujer desquiciada! Julio se sintió avergonzado. Al ver la menuda figura de aquella mujer volvió a calmarse, pero le inundó la ira y la vergüenza por haber tenido miedo por un instante. ¡Aquella mujer era inofensiva! ¡Cómo era posible que estuviera en estas circunstancia a causa de ella! La miraba con desprecio mientras ella se le acercaba con cara burlona.
—¿Cómo estás Julio? —le preguntó ella con voz calma—. Te dije que cuando nos volviéramos a ver sería en una circunstancia distinta.
Julio deseaba sobretodo poder hablar, no para convencerla de algo, sino que para insultarla. ¡Aquella persona no era nadie! Pensaba, mientras le clavaba la mirada como para intimidarla. Rebeca no prestaba atención a esto. Sólo le sonreía mientras le miraba a esos ojos ahora saltones de furia.
—¿Sabías que era yo quien te había traído hasta aquí? Quizás pensabas que había sido otra de tus víctimas.
¡¿Víctimas?! ¡¿Víctimas?! ¿De qué está hablando esta mujer?, pensó ofendido Julio. ¡Ella no era ninguna víctima! Julio la hubiese encarado por su hipocresía, pero apenas podía mover los ojos y los dedos.
La causa de todo aquello había sucedido hace mucho tiempo. Rebeca era una mujer mucho más joven, aunque Julio ya era un hombre que se acercaba a los 40 años. Desde su punto de vista él no había hecho nada malo, o por lo menos no tan malo. Desde el de ella las cosas eran muy distintas, ella había quedado marcada para siempre. Según él, la reacción era absolutamente desproporcionada, no había hecho nada que justificara esta barbaridad; ella, una vez más, estaba exagerando. Si es que había hecho algo malo, no justificaba en ninguna medida esta violencia, esta vejación. Ella recordaba su aliento alcohólico cada vez que se le acercaba un hombre.
Julio era amigo de su padre y a través de él se habían conocido. En un principio había simpatía, Julio era un hombre encantador, especialmente en torno a mujeres jóvenes. Según él todo era muy inocente, era la hija de su mejor amigo, prácticamente una niña a sus ojos, a pesar de que ella ya casi terminaba la universidad. Verdaderamente en ese entonces la veía casi como a una hija, o más bien una sobrina. Ella le decía tío.
Rebeca se alejó de la cara de Julio, le causaba repugnancia su olor. Al enderezarse Julio vio la cuchilla en su funda. Quizás esto sí iba en serio, pensó. Rebeca comenzó a girar alrededor de la silla. Mientras miraba sus arrugas y cabello ralo, pensaba en que los años no habían sido lo suficientemente crueles con él. No tan crueles como él merecía! Pero hoy se haría justicia, por ella y por tantas otras que ella suponía habían pasado por lo mismo. Se detuvo tras de él. Y se acercó a su oído sin tocarlo.
—Esto no va a ser rápido.
Julio hubiese dado un respingo, pero las ataduras estaban muy firmes. Rebeca siguió girando con una sonrisa, había estado asustada y triste tanto tiempo, pero ahora experimentaba una mezcla de rabia y alegría, euforia. Se le plantó enfrente, se aseguró que sus ojos miraran hacia el cuchillo en su cintura, y, mientras pensaba en destriparlo, comenzó a sacar el cuchillo desde su funda de cuero. Los ojos de Julio parecían más desorbitados que nunca, esta muchacha en verdad quería torturarlo o, incluso, matarlo, pensó por primera vez. Rebeca se regocijaba en el terror de Julio, por un momento pensó en que quizás estaba siendo innecesariamente cruel, en que tal vez esto era injustificado, pero los recuerdos reafirmaron raudamente su determinación. Con el cuchillo apuntando a la cara de Julio, comenzó a acercarse. No había nada que él pudiera hacer, pensó ella, estaban absolutamente solos en casa, el ruido del televisor cubriría los gritos; porque sí, lo haría gritar, descubriría su boca sólo para escucharlo chillar, como a un puerco. Le haría sufrir un poco antes de acabar con él; sí, le torturaría, él lo merecía, ella ya había esperado tanto. Rebeca menospreciaba la probabilidad de que un vecino distinguiera los gritos de dolor de los ruidos de carros y explosiones de su televisor, menospreciaba lo cerca que estaba la casa del vecino, menospreciaba la curiosidad del señor Montt.
A decir verdad el señor Montt siempre había sido un entrometido, ante todo una buena persona, pero un entrometido. Había conocido a Rebeca precisamente por ello, se había metido donde no le habían llamado. Un día ella no podía con las bolsas de la tienda y al verla desde el porche de su casa, siendo su vecino, sintió que era su deber ayudarla acarreando las bolsas con leche y frutas. Desde entonces habían cultivado una especie de amistad; a ella le recordaba, por alguna razón, a su padre; y él nunca había tenido hijas, sólo muchachos. Desde entonces conversaban de vez en cuando, no de cuestiones profundamente íntimas, pero sí desde una preocupación sincera. Al señor Montt le producía cercanía y un instinto de protección la mirada triste de ella, en especial esos ojos rojos que él sabía eran vestigios de un llanto. Fue por ello que el ruido desde su casa le preocupó tanto. Rebeca no solía ver televisión a esa hora de la noche, y menos aún con el volumen tan alto que se podía oír desde la calle. Pensó entonces que debía ir a verla. Al tocar la puerta no hubo respuesta. El señor Montt comenzó a imaginar cosas, todas violentas tragedias. Golpeó varias veces, e incluso la llamó por su nombre, pero todo siguió igual. Entonces fue cuando estuvo seguro de que algo malo había sucedido. El ruido podía estar encubriendo algo. Volvió casi corriendo a su casa, sacó el bate de béisbol con el que jugaba los fines de semana y volvió con la intención de salvar a Rebeca de lo que fuera, de quien fuera. No sospechaba que en ese preciso momento Rebeca se disponía a arrancarle uno por uno los ojos a Julio.
Cuando Rebeca le clavo el cuchillo en el ojo derecho a Julio, éste dio un alarido que hubiera alertado a cualquiera. Sin embargo, el señor Montt rompía en ese momento el vidrio de una ventana, por lo cual no logró distinguir el grito. Rebeca tampoco distinguió su ventana hacerse trizas, estaba extasiada en la visión de la sangre, en la mueca de dolor insoportable en el rostro de Julio. Rebeca hubiese continuado, tenía planeado sacarle el otro ojo, córtale luego una oreja o un dedo, pero Julio perdió el conocimiento rápidamente, más por el shock que por la pérdida de sangre. Rebeca maldijo y comenzó a darle palmaditas en las mejillas. Julio no despertó. Intento zarandearlo, pero las ataduras estaban demasiado firmes, así que decidió aflojarlas a la altura del pecho y la cabeza. Mientras le daba palmadas en la cara y lo agitaba cada vez con más fuerza, el señor Montt subía las escaleras hasta el segundo piso. En su sospecha decidió no apagar el televisor para no llamar la atención, pero al verlo sin ningún espectador, confirmó su temor de que algo malo había ocurrido. En el piso de arriba había un par de habitaciones, y el señor Montt las registró, siempre con el bate bien asido, en el aire, listo para atacar. Al entrar a la habitación de Rebeca le llamo la atención el desorden y el que no hubiera nadie en su interior. ¿Cómo podía ser que no hubiese nadie en la casa? Abajo no había visto nada. El señor Montt imaginó lo peor, quizás todo ya había ocurrido , quizás Rebeca yacía muerta en alguna parte, en algún armario, cubierta de sangre. Comenzó a registrar todo, dentro de la tina del baño, debajo de la cama, el armario de cada una de las habitaciones, cada vez más desesperado. No había nada, ni Rebeca, ni asesinos al acecho. ¿Dónde estaba? ¿Qué era lo que estaba pasando? Fue entonces cuando oyó algo desde abajo, ¿un grito quizás? ¡No tenía ningún sentido! Había sido el grito de un hombre. Debía estar confundido, pero decidió registrar el primer piso, nuevamente.
Julio estaba despierto nuevamente, no podía creer lo que le habían hecho. ¡Aquella mujer inofensiva le había arrancado un ojo!
—¿Qué me has hecho? ¡Tú! ¡Tú mujer desquiciada!
Rebeca lo miraba con una media sonrisa, muy satisfecha de sí misma.
—¡Mucho menos de lo que tú mereces! Esto es recién el comienzo, te lo advierto, nos queda todo el resto de la noche.
Julio comenzó a tratar de zafarse, ahora tenía mucho más espacio de maniobra, pero no lograba mucho más que golpearse la cabeza contra el respaldo de la silla.
—¡Déjame ir, suéltame de una vez! ¡No puedes continuar con esto! Es una locura. ¿No lo notas? ¡Te has vuelto completamente loca!
—¡Te soltaré cuando ya estés muerto!
—¿De qué hablas? —dijo Julio intentando cambiar el tono—. Rebeca, por favor, ¡no deseas hacer esto! Si te he hecho daño, te pido perdón, pero tú bien sabes que yo no merezco esto, es totalmente injustificado, absurdo.
—¡Te soltaré para cortarte en pedazos y darle de comer a los perros callejeros! —gritó ella.
En el primer piso, el señor Montt por un momento creyó distinguir la voz de Rebeca. Pero no podía ser, su voz sonaba como si estuviera muy lejos, quizás en la calle. Miro por la ventana. No había nadie. El señor Montt no sabía que esa casa tenía un sótano. Pensó entonces que ya estaba comenzando a imaginar cosas, porque en esa casa no había nadie. Trató de calmarse a sí mismo, todo esto debía ser una confusión, imaginaciones de su productiva cabeza paranoica. No era primera vez que sacaba de proporciones problemas sencillos, cotidianos. Se dijo a sí mismo que debía dejar de ver amenazas tras de cada arbusto, malas intenciones tras cada sonrisa fingida. Decidió que ya no tenía sentido mantener el sigilo, encendió las luces de la sala de estar y apagó el televisor.
Rebeca y Julio se quedaron mirando el uno al otro al oír el repentino silencio. Por un instante, se quedaron sin saber qué hacer. Julio dio un grito de auxilio, y Rebeca de inmediato se le abalanzó encima para cubrirle la boca. Comenzaron a forcejear, Julio intentaba mover su cabeza para librarse de las manos de Rebeca. Ella logró callarlo, pero el primer alarido de auxilio había sido muy claro. Aquella persona, o personas, que habían apagado el televisor, ¿habrían oído algo? Mientras forcejeaba y le tapaba la boca con ambas manos, Rebeca intentaba poner atención en los pasos que se escuchaban desde arriba. Escuchó que alguien decía su nombre: «¡Rebeca!» ¿Era esa la voz del señor Montt? «¡Rebeca!» Era claramente la voz del señor Montt. Ella estaba totalmente atenta a los ruidos que venían desde arriba, concentrada en taparle la boca a Julio que se retorcía como un pescado recién sacado del agua. Gracias al sudor y la sangre los forcejeos de Julio no eran totalmente en vano, era un hombre grande, y su piel resbaladiza le permitía en ocasiones quitarse una mano de encima, pero sólo para encontrarse con otra que no le dejaba gritar. Tanta era la preocupación de Rebeca en no causar más alboroto y en no dejar escapar la boca de Julio que nunca advirtió cómo Julio comenzaba a soltar los brazos de las amarras, poco a poco.
El señor Montt había escuchado el grito, lo había escuchado claramente. ¿Pero de dónde venía? No de la casa, según él la casa estaba vacía. Volvió a mirar por la ventana, no había nadie en la calle. El grito debía haber venido desde otra casa, si bien lo había escuchado nítidamente, lo que oyó parecía provenir desde muy lejos, el sonido venía apagado, amortiguado. Además, era la voz de un hombre, y sólo diciendo "aquí"; pensó que podía ser cualquier cosa. Se concentró entonces en echarle una mirada más a las habitaciones del primer piso. No había nada fuera de lo común en la sala de estar, ni en la cocina, tampoco en el comedor. Era todo muy extraño, pero definitivamente no había ninguna razón especial para alarmarse. Rebeca debía haber salido de imprevisto, seguramente había recibido una llamada o había recordado algo urgente, había dejado el televisor encendido por la prisa del momento. Eso era todo. Comenzó a calmarse, su cabeza dejó de imaginar escenarios catastróficos, mañana la vería nuevamente, todo había sido un mal entendido. Incluso comenzó a preocuparse por la ventana rota, tendría que repararla, pero ella entendería; no era un gran problema, más bien una pequeña vergüenza. Se disponía a irse, saldría por donde había entrado, pero al dirigirse a la ventana reparó en la puerta que estaba bajo la escalera, una puerta del mismo color que las paredes, la puerta que dirigía al sótano.
Julio y Rebeca seguían forcejeando. Él casi lograba liberar uno de sus brazos, el que estaba más cerca del cuchillo en la funda. Ella no advertía nada de esto, había perdido el control de la situación y lo sabía, y estaba concentrada en taparle la boca a Julio, en seguir el ruido de los pasos del señor Montt, pasos que parecían acercarse a la puerta que daba a la escalera que conducía al sótano. Debía haberlo matado apenas tuvo la oportunidad, pensó, se había confiado, había dejado que la emoción de tener el poder por un momento la engañara. Si el señor Montt abría la puerta, vería inmediatamente la luz encendida en la escalera. Si decidía abrir la puerta todo estaba perdido. Rebeca decidió tomar medidas drásticas, definitivas. Si la iban a atrapar, por lo menos antes podía llevar a cabo su venganza. Debía matar a Julio, debía matarlo ya. Pero éste se retorcía en la silla, cada vez con mayor libertad. Determinó que debía sacar la cuchilla, y mientras aún mantenía la boca tapada de Julio, debía cortarle el cuello. Tal vez el señor Montt no abría la puerta, tal vez lograba realizar su cometido impunemente. Poco pudo hacer cuando vio a Julio coger la cuchilla, mientras ella aún lidiaba para mantenerlo callado. Sus ojos se desorbitaron, ¡esto no podía estar pasando! Julio la empujó con fuerza y Rebeca cayó de espalda en las cajas llenas de ropa vieja. Julio se quedó mirándola con rostro enloquecido, ella yacía indefensa a un costado de la puerta que permanecía totalmente abierta. Rebeca vio con total espanto cómo Julio liberaba el resto de su cuerpo con ayuda de la cuchilla, y la apuntaba con la hoja afilada, de la misma forma que había hecho ella antes. Todo había acabado para Rebeca.
—No tengas miedo Rebeca, no te voy a matar —dijo Julio bajando el cuchillo, totalmente extenuado, su cuerpo ya no podía más—. Yo no soy lo que tú crees, sólo te vas a ir a la cárcel.
Se escuchó como el señor Montt abría la puerta.
—¿Rebeca? —preguntó el señor Montt—. ¿Rebeca estás aquí?
—¡Auxilio! ¡Auxilio! —gritó Rebeca repentinamente—. Señor Montt, ¡me van a matar!
El señor Montt corrió escaleras abajo vuelto un loco, gritando al tope de sus fuerzas:
—¡¡¡No!!! ¡¡¡No!!!
Julio no supo qué hacer cuando apareció la figura del señor Montt en la puerta. Intentó explicarse, calmar la situación, pero su voz no se oía, los gritos del Señor Montt la ahogaron. Estos tornaron en gruñidos al ver a Rebeca tendida en el suelo, cubierta de sangre, indefensa y asustada.
—Yo no merezco esto —dijo Julio débilmente mientras el señor Montt se le abalanzaba encima.
Pero su voz no se escuchó. Su rostro tampoco se veía. Cuando el señor Montt le dio el primer golpe en la cabeza sólo vio una figura oscura y enorme, con un cuchillo en la mano: un monstruo. Al poco rato el rostro de Julio era irreconocible, pero el señor Montt no se detuvo. Rebeca miraba la escena con incredulidad y fascinación, la sangre le caía en el rostro como una fresca llovizna. Esa sensación que la poseía era la inesperada tranquilidad, el alivio de por fin descansar en los brazos de la justicia. O por lo menos eso era lo que ella creía.