EL ECO DEL VACÍO

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Summary

"Me dijeron que el amor era un incendio, pero nadie me advirtió que yo era el único material inflamable en esta casa." Elena no murió el día que Julián cerró la puerta; simplemente dejó de pertenecerse a sí misma. Lo que quedó en ese apartamento inundado de silencio no fue una mujer, sino un residuo: un cadáver que comete el error de seguir respirando, atrapado en una biología que se niega a aceptar que el alma ya ha sido declarada muerta. Dicen que de amor nadie se muere, pero Elena está descubriendo que la verdadera tortura no es el fin del mundo, sino el día después. Es la humillación de las llamadas no contestadas, el sabor a tiza de las pastillas que no logran apagar el ruido, y el descubrimiento de que su "historia perfecta" fue solo el borrador que Julián usó para escribir una vida nueva junto a alguien más. Cuando el dolor toca fondo y descubre que el vacío tiene nombre —Sofía—, la tristeza de Elena se pudre hasta convertirse en algo mucho más peligroso. Ya no busca un lugar donde morir, ahora busca una razón para que los demás entiendan que cuando quemas a una persona, las cenizas no siempre se las lleva el viento. A veces, las cenizas vuelven para asfixiarte.

Status
Ongoing
Chapters
7
Rating
5.0 1 review
Age Rating
16+

El cadáver que aún respira.

Capitulo 1:El cadáver que aún respira.

Éramos la puta pareja perfecta. Así nos veían todos desde afuera, como esos protagonistas de una película que caminan en cámara lenta mientras el mundo parece brillar solo para ellos. Éramos el refugio del otro, el lugar donde el caos del mundo se detenía. O eso me hiciste creer tú, Julián. Me vendiste un paraíso que terminó siendo una celda acolchada. Y luego, en un maldito segundo, el oxígeno se acabó. Un parpadeo, una frase corta cargada de veneno, el sonido metálico de una llave girando en la cerradura, y de repente, el “nosotros” estalló en mil pedazos de metralla que se me quedaron clavados en la cara. Te fuiste. Te esfumaste como si nunca hubieras prometido quedarte hasta que nos hiciéramos viejos y arrugados. Me dejaste aquí, con el pecho abierto de par en par, con un vacío tan inmenso que siento que si alguien me tocara, sonaría a hueco, como un tambor hecho de piel muerta.

Te llamé. Dios sabe cuántas veces hundí el dedo en la pantalla de ese teléfono de mierda que ahora odio con toda mi alma. Una, diez, cincuenta, cien veces. Escuché el tono de llamada una y otra vez, ese “pip” rítmico que se me clavó en el cerebro como un taladro de diamante. Pero no contestaste. Ni una sola vez. Me dejaste gritándole a un buzón de voz, desnudando mi dignidad ante un silencio que pesaba más que el plomo. Cada llamada no contestada era como un escupitajo en mi cara, un recordatorio de que para ti yo ya no existía, que habías pasado de página mientras yo seguía atrapada en el prólogo de mi propia destrucción.

Y ahora aquí estoy. Mírame, Julián, si es que te queda algo de decencia. Estoy tirada en esta cama donde antes nos reíamos hasta que nos dolía la panza, donde hacíamos el amor y sentíamos que el tiempo se detenía. Pero ahora la cama se siente como una balsa podrida en medio de un océano de mierda. Tengo el corazón roto, pero esa frase se queda corta, es para niñas que lloran en el recreo. Lo mío está pulverizado, hecho ceniza que se me mete en los ojos y no me deja ver nada más que oscuridad. Estoy muerta, Julián. Estoy jodidamente muerta por dentro, pero tengo la maldita mala suerte de que mis pulmones siguen subiendo y bajando por pura inercia biológica. Mi sangre sigue corriendo por mis venas, caliente e impertinente, como si nada hubiera pasado, como si el mundo no se hubiera acabado ayer a las ocho de la tarde. Sigo respirando y te juro que es la mayor tortura que me han impuesto en la vida. Es un insulto que mi cuerpo se niegue a apagarse cuando mi alma ya está en el vertedero.

Me paso las horas muertas mirando las grietas del techo, tratando de rebobinar la cinta de nuestra vida, buscando el momento exacto en que todo se fue al carajo. ¿Cuándo empezaste a dejar de amarme, pedazo de mierda? ¿Fue en aquel beso frío de hace un mes que yo decidí ignorar? ¿Fue en esa mirada esquiva que no pudiste sostenerme mientras cenábamos? Trato de recordar cómo acabó todo, pero mi mente está nublada por este asco que me sube desde el estómago. Y es que ya ni siquiera sé qué cojones siento por ti. ¿Es odio? A veces me sorprendo imaginando que te pasa lo peor, que sufres un accidente, que sientes este mismo fuego ácido quemándote la garganta hasta que no puedas ni gritar. ¿Es tristeza? Me ahogo en ella cada vez que parpadeo y siento que el párpado me pesa una tonelada. No lo sé. Solo sé que quiero llorar hasta que mis ojos se sequen, hasta que no me quede ni una gota de agua en el cuerpo, hasta volverme una cáscara seca que el viento pueda llevarse lejos de aquí.

La casa huele a ti y eso me da ganas de arrancarme la nariz. Tu perfume sigue flotando en las cortinas, mezclado con el olor rancio de mi propio sudor porque no he tenido las fuerzas de meterme en la ducha. Cada rincón es un campo de minas. Si miro a la izquierda, veo el libro que estabas leyendo y que dejaste a medias, con la página doblada como un recordatorio de que tu vida sigue en otra parte. Si miro a la derecha, veo la mancha de café que nunca limpiamos. Todo es un santuario a tu ausencia. Trato de superar lo nuestro cada día, te lo juro por lo que más quieras, pero solo empeora. Es como intentar salir de un pozo de arena movediza: cuanto más me muevo, más mierda trago.

Es una puta tortura, Julián. Es como si una parte de mí, la más lógica y la más cansada, quisiera agarrar un cuchillo de la cocina y terminar con esta farsa de una vez por todas. Me imagino el filo frío contra la piel, el alivio de que todo se vuelva negro y que este ruido en mi cabeza por fin se detenga. Pero cuando estoy ahí, rozando el abismo, cuando tengo la oportunidad de saltar, no puedo. Me quedo ahí, temblando como un perro bajo la lluvia, siendo una cobarde que ni siquiera es capaz de matarse para dejar de sufrir. Me odio por eso también. Me odio por no tener el valor de irme y me odio por no tener la fuerza de quedarme.

Me levanto a trompicones de la cama porque el silencio se vuelve demasiado ruidoso. Camino hacia el baño y el frío del suelo me sube por las piernas como una descarga eléctrica. No me he mirado al espejo en tres días, pero hoy lo hago. Y lo que veo me da náuseas. No soy yo. Es un cadáver con el pelo enredado y los ojos inyectados en sangre. Tengo la piel del color de la cera y los labios agrietados de tanto morderlos para no gritar tu nombre en mitad de la noche. Me doy asco. Me doy un asco profundo porque sé que si ahora mismo entraras por esa puerta y me dijeras “hola”, yo me arrastraría por el suelo para besarte los pies. Esa es la verdadera enfermedad: que después de haberme destruido, después de haberme dejado tirada como una bolsa de basura, sigo necesitando tu veneno para sentirme viva.

El mundo afuera sigue su curso. Escucho los coches pasar, escucho a la vecina regañar a su hijo, escucho la vida suceder mientras yo estoy aquí, descomponiéndome en vida. Dicen que de amor nadie se muere, y puede que tengan razón en lo físico, pero se equivocan en todo lo demás. Te mueres cuando dejas de esperar nada del mañana. Te mueres cuando el café ya no te sabe a nada y cuando la luz del sol te molesta como si fueran agujas clavándose en tus pupilas. Estoy en una cárcel de carne y hueso donde tú te llevaste la llave y me dejaste encerrada con mis propios demonios. Sigo aquí, Julián, respirando tu puta ausencia, odiándote por haberme enseñado lo que era la felicidad solo para que ahora el dolor sea diez veces más insoportable. Soy un fantasma que camina por un pasillo infinito, esperando un final que nunca llega, atrapada en este ciclo eterno de odio, llanto y una respiración que me pesa como una condena de cadena perpetua.