Rechazo al llamado del alfa

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Summary

A Lea no le importa no tener poderes, hasta que ocurre el llamado. Ella acompaña a su joven hermana con la única intención de protegerla. Y a pesar de que obtuvo una marca de un macho misterioso, que no pidió. Se mantiene firme en el plan original. El aullido del líder retumba entre todas las comunidades de los lobos. El viejo patriarca está “débil” y desea conocer a su nieto. El problema es que su hijo nunca encontró a su luna, por lo que hace un último llamado, muy a pesar de la molestia de su hijo. "Toda joven en edad para tener pareja, deberá visitar a la manada de la Roca Roja. La escogida será la novia del próximo alfa." El llamado va en contra del orden natural de la diosa Luna, por lo que puede que el deseo no se cumpla. O tal vez sí.

Genre
Fantasy
Author
Luján C.
Status
Ongoing
Chapters
24
Rating
4.0 1 review
Age Rating
18+

Arco: Rechazo a la marca

Capítulo 1

Ser una loba sin poderes, era como ser una humana.

Lea apenas logró taparse la nariz cuando estornudó. Se sintió fatal con su nariz tapada y ojos irritados.

En un principio adoró el clima helado del pueblo Arados hasta que le dio un ataque de alergia.

Solo bastó un día para darse cuenta de que ese clima la podía matar.

Tomó una caja de medicamentos antialérgicos y pagó al cajero. El chico la miró con extrañeza.

Ella salió de la tienda de la gasolinera y caminó hacia el hotel.

Lea entendió la mirada del chico, pues ella se había abrigado tanto que parecía que iba al polo norte con su grueso suéter verde, gorra y bufanda blanca.

Pero fue eso o morir congelada.

El clima del pequeño pueblo fue neblinoso, en especial en la tarde y noche. Así que no hubo problema para ella con medicamento en mano.

A no ser que nevara, porque la ponía en aprieto, ya que vino de un entorno muy caluroso.

Caminó dos cuadras y detectó las luces de neón del cartel del hotel a pesar de la neblina.

Percibió una ráfaga de viento con una deliciosa colonia masculina, o algo parecido a eso.

Detuvo sus pasos.

Respiró una vez más. Miró a su alrededor y no vio a nadie. Ni con la luz de los faroles se vio a través de la niebla. Aquello le dio una extraña sensación y caminó de nuevo hacia el hotel.

A Lea le dio un escalofrío en la espalda cuando escuchó algo pesado caer detrás de ella.

No alcanzó a voltearse cuando sintió el tirón de su suéter. Fue estampada en el farol a su lado.

Sintió el dolor en su hombro izquierdo; este había absorbido el impacto contra el poste de concreto. Se dio la vuelta para encarar a su atacante.

Su cerebro se detuvo.

Un hombre alto y bronceado, permaneció inmóvil en su lugar. Su cabello era largo, abundante, y negro como la tinta. Lástima que funcionó como una cortina que ocultó el rostro.

Lea parpadeó varias veces, esperando que sus ojos no la estuvieran engañando.

No pudo evitar bajar la mirada. Vio su complexión esbelta, pero llena de músculos bien desarrollados.

Vio cómo el ancho pecho subió y bajó con dificultad.

A pesar de la camisa gris pegada a su cuerpo, pudo contar esos cuadros y delinear con la mirada esa “v” en la pequeña porción de piel expuesta, justo debajo de la cintura, antes de desaparecer debajo del buzo negro y suelto.

Rápido vio las manos apretarse en puños.

Ese movimiento resaltó las venas en el dorso de cada mano. Aquellas mismas venas recorrieron el largo de los brazos llenos de músculos tensos.

Lea se despertó de su trance cuando él se acercó con lentitud.

Ella le miró a la cara, conectó de inmediato con aquellos ojos dorados. Adornados con unas pestañas gruesas y largas.

Fue... hipnótico, parecieron brillar en medio de la oscuridad.

Ella no entendió quién era o qué quería él. Solo percibió molestia, confusión y...

Lea tragó seco cuando él se humedeció aquel labio jugoso. Aquel acto fue deliberadamente sensual.

Sacudió la cabeza para romper cualquier hechizo de seducción.

―¿Quién eres? ―Fue más una orden que pregunta.

Él se acercó demasiado, tanto que la apresó con su cuerpo y sostuvo su cintura con una mano.

Lea lo empujó en vano, y tuvo que elevar la cabeza para verle el rostro. Pero quedó cegada de momento debido a la luz del farol.

Él no dijo nada, solo inclinó la cabeza hacia un lado, como si quisiera analizarla también.

A Lea le costó respirar el aire frío del clima, aunque sus mejillas hirvieron por la cercanía de semejante macho.

―¿Qué quieres? Te advierto que sé morder...

La boca de Lea fue tapada por la poderosa y gruesa mano del extraño.

Ella se aferró a la muñeca del tipo. Tiró con todas sus fuerzas, pero no logró liberarse.

Sintió que le faltaba el aire debido a su nariz tapada. Pensó que moriría asfixiada de la manera más ridícula.

Movió su cabeza y logró morder un dedo. El tipo la soltó y miró las pequeñas marcas de la mordida.

―Te lo dije... ―Lea susurró con una sonrisa triunfal.

Él le sujetó el rostro con una mano. El movimiento le borró la sonrisa a Lea. Sintió un hormigueo en el cuello cuando él enterró su cara. Pero la gruesa bufanda le bloqueó el camino.

Enojado, le arrancó aquella prenda y se llevó de paso el gorro. El cabello castaño oscuro de Lea se esparció sobre sus hombros.

Él intentó de nuevo y se sintió satisfecho.

Con la punta de su nariz quitó el cabello de su camino y cuando detectó la piel descubierta del cuello de Lea, la besó con suavidad.

A Lea le dio cosquilla aquel acto íntimo.

Luego le dio escalofríos cuando sintió una lambida.

Pero se aterró cuando sintió unos dientes presionando su piel.

Lea gritó horrorizada.

Ese loco era un lobo que quiso marcarla, así que lo golpeó y buscó liberarse. Pero fue tarde.

Lea gritó una vez más, pero de dolor.

Aquel tipo se tomó su tiempo en la mordida, como si eso la tatuaría. Disfrutó cada segundo y cuando quedó satisfecho con la marca, se separó de ella.

Ella gimoteó y tembló con la cabeza inclinada.El hombre la miró e intentó revisarla; preocupado por su reacción. Ella lanzó manotadas al aire, una cayó directo a la mejilla.

No dolió la cachetada, pero lo aturdió. Lo suficiente para que ella se liberara y escapara.

Lea corrió sin detenerse hasta llegar al hotel. Se metió en la habitación y cerró con llave.

No supo cuánto tiempo pasó hasta que alguien intentó abrir, pero como no pudo, dio unos golpes en la puerta.

Lea se asustó y contuvo el llanto.

―Lea, ¿no vas a ir a cenar? ―Reconoció la voz de su hermanita.

Sintió alivio. Moduló su voz y respondió:

―Ya voy, solo me estoy cambiando.

―¿Ahora?

―Es que me llené de mocos.

―Ah... apúrate, se te enfría la comida. Tío Lucas no ha comido por esperarte.

Su hermanita no se retiró de inmediato. Lea no quiso alertarla, así que con una voz muy melosa, dijo:

―Ay, qué bonito. Gracias, prometo ir rápido.

No dijo nada y se retiró.

Lea permaneció inmóvil por un momento. Cuando se recuperó, revisó la marca en el baño.

Se asustó.

Notó la fila de dientes que hicieron contraste con su piel bronceada. Se limpió la sangre de la herida y se colocó un parche.

Se cambió de camisa por uno de cuello alto, para mantener la mentira y para ocultar la marca. Buscó una nueva gorra y bufanda, pues los otros los había dejado atrás cuando huyó.

Se lavó la cara y prometió olvidar todo lo ocurrido.

Nada iba a arruinar esa oportunidad.

Ni siquiera esa marca.