Capitulo 1
Lian era un chico tímido que caminaba por los pasillos de su nueva escuela con los audífonos puestos, escuchando la canción más reciente que había compuesto. Nadie pareció notarlo al llegar a su nuevo salón, como si fuera un espíritu vagando entre cuerpos ajenos. Sin llamar la atención, fue directo al rincón junto a la ventana y se sentó ahí, en silencio.
Las horas pasaron lentas hasta que sonó la campana de salida. Aun así, Lian no se levantó. Se quedó un rato más en el aula vacía.
No porque le gustara estudiar, sino porque el ruido del pasillo lo asfixiaba: las risas exageradas, los gritos, las conversaciones sobre nada. Allá afuera todo parecía demasiado grande, demasiado rápido.
Aquí adentro, en cambio, podía respirar.
Conectó sus audífonos al teléfono.
Quería probar una nueva mezcla: algo suave, con un piano que sonara como lluvia y un ritmo apenas perceptible, como el pulso de alguien dormido.
Presionó play y el sonido llenó el salón vacío.
Se quedó mirando por la ventana mientras el sol se filtraba entre las cortinas, tiñendo el aula de tonos cálidos. No notó que alguien había entrado.
Era Áxel.
Uno de los chicos más conocidos del instituto. Había vuelto solo para recoger el suéter que había olvidado. Pero al escuchar la música, se detuvo.
No era el tipo de canción que sonaba en los pasillos del instituto.
Tenía algo que dolía… pero también algo que sanaba.
Sin pensarlo, empezó a moverse.
Al principio con timidez: un paso, un giro leve, una respiración profunda. Luego dejó que el ritmo lo envolviera por completo. Su cuerpo comenzó a dibujar la melodía en el aire: los brazos trazaban las notas, los pies golpeaban el suelo al compás del corazón.
No bailaba para nadie.
Bailaba porque lo necesitaba.
Lian se giró al escucharlo.
Su primer impulso fue detener la música, pedir perdón, esconderse. Pero se quedó inmóvil al ver a Áxel moverse con tanta libertad. Era como si su canción —esa que había creado en silencio, solo para sí mismo— por fin hubiera encontrado una voz, una forma, un cuerpo.
Por un instante, ninguno dijo nada.
Solo existían el sonido y el movimiento.
Cuando la canción terminó, el silencio regresó… pero era distinto. No era incómodo; era de esos silencios que dejan espacio para lo importante.
—¿Esa canción es tuya? —preguntó Áxel, aún con la respiración agitada.
Lian dudó.
—E-eh… s-sí. Bueno… no es nada. Solo un experimento.
—Pues tu experimento acaba de hacerme bailar —dijo Áxel, sonriendo por primera vez.
Lian bajó la mirada, intentando ocultar el temblor en sus manos. No estaba acostumbrado a que alguien lo escuchara de verdad.
—¿Te molesta si la uso otra vez? —preguntó Áxel, levantando el teléfono—. Cuando bailo, siento que puedo respirar.
Lian lo miró.
—No me molesta —susurró—. A mí también me pasa… pero con la música.
Y ahí, sin saberlo, ambos encontraron algo que no sabían que buscaban:
un refugio compartido, un ritmo que entendía lo que las palabras no podían decir.
Lian nunca había visto a alguien moverse así, como si la música naciera desde dentro.
Se preguntó qué se sentiría ser tan libre… o si alguna vez él lo había sido.