Cenizas de un juramento

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Summary

Elinor es una princesa con carácter, valora su independencia y ama profundamente a su reino. Rowan es un caballero, capitán segundo de la guardia real del reino. Él se vuelve el guardián de Elinor cuando el rey comienza a ver peligros. Pero no saben que el romance crece en donde también crece el peligro.

Genre
Fantasy
Author
Camila
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

I

Valdheria fue, durante siglos, un reino de paz y seda. Un remanso de prosperidad donde los artesanos encontraban la luz perfecta para sus lienzos y la tierra nos bendecía con cosechas doradas. Mi pueblo es amable, devoto a la corona con esa lealtad que solo da la abundancia. Las guerras quedaron relegadas a los códices de la biblioteca, y la sangre dejó de manchar los estandartes de nuestro linaje mucho antes de que yo lanzara mi primer llanto al mundo.

Pero nada perdura eternamente bajo el sol.

Desde que el cuerpo de mi madre, la reina Althea, fue entregado a la tierra, mi padre —el rey Aldric II— se ha transformado en un extraño. Sus ojos, antes cálidos, ahora son de pedernal. Se ha vuelto severo, desconfiado, como si las sombras de los pasillos le susurraran traiciones.

Ha reforzado las almenas, modificado rutinas ancestrales y, sin pedir mi consentimiento, ha dictado sentencia sobre mi libertad.

Él lo llama precaución. Yo lo llamo cautiverio.

Buscando un respiro, me refugié en el jardín. Desde niña he amado el estanque oculto tras los sauces. El murmullo del agua al despeñarse desde la fuente de mármol, el reflejo del sol sobre la superficie como escamas de plata y el rastro de los peces de colores deslizándose entre las profundidades; esos detalles eran los guardianes de mi soledad. Mi único tiempo para ser solo Elinor.

El agua estaba quieta, apenas herida por el roce de los insectos. Cerré los ojos e inspiré el aire denso de musgo húmedo y jazmín. Me obligué a soltar la tensión de mis hombros.

El agua.

El canto de las aves.

El susurro del viento entre las hojas.

Y entonces, el estrépito de unos cascos.

—¿No cree que es una temeridad deambular a solas, alteza? —preguntó una voz profunda, descendiendo desde la altura de una montura.

El caballo resopló, rompiendo el silencio como una ofensa contra el protocolo. Lo ignoré. Me senté sobre una piedra fría al borde del estanque, cruzando las piernas bajo la seda de mi vestido con una calma fingida, decidida a no regalarle ni un ápice de mi atención.

Me sentía invadida. Su sola presencia era una mancha en mi refugio.

¿Quién se creía que era aquel hombre para irrumpir en mi silencio?

Escuché el golpe seco de sus botas de cuero al tocar el suelo. Finalmente, con un suspiro de irritación, alcé la vista.

—No recuerdo haber solicitado compañía —solté, permitiendo que mi desdén se filtrara en cada palabra.

—No he venido por el placer de su compañía, alteza —respondió él con una seriedad que me desconcertó—. He venido para asegurar que regrese a salvo tras los muros.

—Usted no tiene permiso para dirigirme la palabra si no es para responder a una pregunta —repliqué, escupiendo las sílabas como si fueran veneno.

Era un caballero. Un guardia impuesto por el decreto de mi padre. El reino no estaba en guerra —o eso pretendía hacernos creer el Consejo—. No había tambores de marcha ni hogueras de aviso en las fronteras. Y, aun así, el rey veía fantasmas en cada rincón.

Esa "precaución" caminaba ahora a mis espaldas, con el tintineo metálico de su armadura recordándome mi encierro. Me habían atado a este hombre, un soldado de linaje desconocido. Un plebeyo.

Él alzó las cejas, un destello de sorpresa cruzando sus rasgos antes de que una sonrisa mínima y contenida curvase sus labios.

—Ruego me perdone, alteza —dijo, colocándose frente a mí. No me miró a los ojos; mantuvo la vista fija en el estanque, como si su deber fuera vigilar el agua—. Pero no puedo limitarme a ser una sombra muda hasta sus aposentos sin advertirle que mi vida está ahora al servicio de la suya. Sería, cuando menos, una descortesía para con mi juramento.

—No haga aquello que no se le ha ordenado —sentencié.

Me puse en pie, alisando mi vestido con furia contenida, y eché a andar hacia el palacio. Necesitaba la seguridad de mis habitaciones, cualquier cosa que me alejara de aquel caballero que me perseguía con la insistencia de un mal presagio.

El sol comenzó a naufragar tras las cumbres, incendiando el horizonte con un naranja violento; era la señal de que mi tregua con la soledad había terminado.

—Alteza, aguardad —pidió su voz a mis espaldas.

Oí el crujir de la gravilla bajo sus botas y apresuré la marcha, recogiendo las faldas de seda con ambas manos para no tropezar.

—Conozco el camino de regreso —le espeté sin volver el rostro.

Me alcanzó en apenas un par de zancadas. Su sombra, alargada por el atardecer, me envolvió por completo.

—No puedo permitiros tal descuido —respondió con una calma que me encendió la sangre—. Os ruego que me permitáis trasladaros en mi montura. Llegaréis antes de que el frío de la noche os alcance.

Se interpuso en mi camino, obligándome a frenar en seco. Por un instante, sus manos se posaron con firmeza sobre mis hombros, intentando guiarme hacia el caballo. Reaccioné por puro instinto, apartándolas con un golpe seco. Él volvió a intentarlo, más por reflejo protector que por desafío, y sentí que el calor me subía a las mejillas.

—No volváis a ponerme una mano encima —siseé, retrocediendo un paso.

Esta vez se detuvo. Una risa breve, casi un murmullo divertido, escapó de sus labios. Era un sonido insolente, totalmente fuera de lugar ante una princesa de Valdheria.

—¿Qué encontráis de gracioso, caballero? —pregunté, herida en mi orgullo—. La fortaleza está a la vista. No necesito vuestro caballo ni vuestro auxilio.

—Princesa —dijo él, y su tono perdió la ligereza para volverse más profundo, casi magnético—, lo que tenéis de belleza lo tenéis de obstinación. Es una combinación peligrosa.

Le dediqué una mirada cargada de desdén y retomé el camino sin dignarme a responder.

Era apenas el segundo día desde que mi padre lo había nombrado mi vigía, y ya había agotado mi paciencia. La primera jornada fue distinta: aceptó mis desplantes sin rechistar, limitándose a seguirme a una distancia prudente, incansable como una sombra silenciosa. Intentó saludarme, incluso iniciar alguna conversación banal para suavizar nuestra forzada cercanía, pero yo lo había castigado con el látigo de mi silencio.

Hasta hoy.

Cuando mis zapatos de cuero fino tocaron el suelo de piedra del patio interior, el eco de mis pisadas comenzó a resonar con una hostilidad que no había sentido sobre el césped. Allí, entre la hierba, podía moverme con la ligereza de una gata; aquí, cada paso parecía anunciar mi furia a todo el palacio.

Suspiré y erguí la espalda. No quería que los cortesanos fueran testigos de mi irritación. Sin embargo, seguía oyendo sus pasos tras de mí, acompasados, y el rítmico tintineo de su espada contra el cinturón de cuero. No supe en qué momento había entregado las riendas a algún mozo de cuadras; solo supe que seguía allí, implacable.

—Basta de seguirme —dije sin girarme—. Ya estamos bajo el amparo de los muros.

—Las órdenes del rey fueron tajantes, mi señora —respondió a mi costado—: vigilaros sol a sol, tanto en campo abierto como tras estos muros de piedra.

Su voz era grave y serena, una melodía que no encajaba con su apariencia de guerrero tosco. Era demasiado alto, con hombros que parecían capaces de cargar el peso de la propia fortaleza y una cabellera negra como el ala de un cuervo. Todo en él me resultaba extraño... e irritante.

—Entonces, ¿anoche...?

—Permanecí de guardia frente a vuestro umbral durante toda la vela nocturna.

Rodé los ojos. Mi padre debía de haber perdido el juicio. No lograba comprender qué amenaza invisible justificaba la presencia de un hombre armado velando mi sueño.

—Alteza —añadió, acortando la distancia mientras caminábamos por el pasillo de las antorchas—, os doy mi palabra de que no invadí vuestra privacidad. Me mantuve alerta en la penumbra. Por eso no notasteis mi presencia.

—La invadís ahora, y eso me basta —repliqué con aspereza.

Lo miré de soslayo, haciendo una mueca de fastidio. Él, en cambio, me devolvió una sonrisa mínima, casi imperceptible.

—He jurado protegeros —sentenció—, y entregaré mi aliento si es necesario para asegurar el vuestro. Día y noche.

Un vuelco inexplicable se agitó en mi estómago, una sensación cálida y molesta a la vez. Fruncí el ceño y aceleré el paso, dirigiéndome a mis aposentos con la urgencia de quien huye de un incendio.

Esta vez, él se quedó atrás, fundiéndose con las sombras del corredor.

Cerré la pesada puerta de roble a mis espaldas y, por fin, el silencio me envolvió. Mis damas de compañía acudieron de inmediato; se movían como espectros eficientes, despojándome de las joyas y las sedas del día. Me deshice del corsé con un suspiro de puro alivio; esa armadura de ballenas y cordones siempre me robaba el aliento, alejándome del placer más simple: respirar sin restricciones.

Dejé que mi cabello cayera sobre los hombros mientras una doncella lo cepillaba con la reverencia que se reserva a una reliquia. Ahora, vestida solo con una túnica de lino fino en color verde esmeralda, me sentía más yo misma. Una a una, las mujeres abandonaron la estancia con una breve inclinación.

Al abrirse la puerta para que salieran, mis ojos buscaron inevitablemente el pasillo. Allí estaba él. Tal como había prometido, el caballero Hale permanecía de guardia, una silueta de acero recortada contra la penumbra de la antorcha agonizante. Sus ojos, oscuros y vibrantes, capturaron los míos por un segundo antes de que la puerta se cerrara.

—Qué atrevido —susurré para mis adentros, mientras el rubor volvía a traicionarme.

Me deslicé bajo las sábanas de seda, pero la paz no llegó. El sueño me alcanzó como una trampa.


En el mundo de las sombras, él me esperaba. Estaba de rodillas frente a mí, ofreciéndome una rosa de un rojo tan intenso que parecía herir la vista, cubierta de espinas negras. La tomé sin dudar y sentí el aguijón inmediato en la yema de mis dedos. La sangre brotó lenta, espesa como el vino.

Él alzó la vista. Sin levantarse, tomó mi mano con una delicadeza que me hizo temblar y llevó mi dedo herido a su boca. Sus labios rodearon la pequeña herida con una devoción inquietante, bebiendo de mí hasta que el rastro carmesí desapareció.

Entonces se puso de pie. Sonreía, y en la comisura de sus labios quedaba una sombra de mi propia sangre. Me detuve a observarlo: su piel, bronceada y perfecta, carecía de las cicatrices que suelen marcar a los hombres de armas. Sus hoyuelos burlones desafiaban la gravedad de su porte. Era tan alto que mi frente apenas rozaba el inicio de su clavícula.

Os protegeré incluso del filo de una rosa insignificante —dijo con esa voz grave que tanto me irritaba.


Desperté con un peso extraño oprimiendo mi pecho. Estaba confundida, invadida por una intimidad que no había autorizado. Decidí ignorarlo, culpando al cansancio.

Como cada mañana, mis damas me ayudaron con el protocolo del vestido. Luego caminé con paso decidido hacia la puerta, resuelta a exigir a mi padre un cambio inmediato de escolta. Al abrir, él estaba allí. Firme. Alerta. Como si no hubiera parpadeado en toda la noche.

Estuve a punto de preguntarle si el descanso había visitado sus ojos, pero me mordí la lengua. Pasé a su lado con la barbilla en alto, ignorando su presencia. Sus pasos, rítmicos y metálicos, resonaron tras los míos de inmediato.

Esta vez no hubo palabras. Ni saludos, ni insolencias. Solo un silencio denso que me perseguía por el ala oriental del palacio. Mi pulso seguía alterado por la imagen de la rosa y el sabor de la sangre en el sueño.

—Anunciad mi llegada —ordené a los guardias del Salón del Trono.

Las hojas de madera se abrieron con un crujido solemne. Mi padre estaba inclinado sobre una mesa de mapas, bajo el estandarte de Valdheria que colgaba pesado y oscuro, como si la tela misma cargara con los pecados del reino.

—Elinor —dijo sin girarse—. ¿Qué os trae aquí a esta hora?

—He venido a pediros que relevéis a mi guardia —solté sin preámbulos.

El silencio se volvió asfixiante.

—¿Al caballero Hale? —preguntó él, volviéndose despacio. No parecía sorprendido.

—Me acecha, padre. Incluso dentro de estos muros. No hay un rincón donde su sombra no me alcance.

—Ese es, precisamente, su juramento.

Apreté los puños.

—Me siento vigilada, no protegida. No puedo caminar, respirar ni soñar sin sentir su acero a mi espalda. No lo pedí.

Mi padre apoyó ambas manos sobre la mesa de mapas, mirándome con una dureza que me heló la sangre.

—No se trata de vuestros deseos, hija. Se trata de mi necesidad de asegurar vuestra vida.

—¿Asegurarla de qué? —pregunté, dando un paso adelante—. ¿Quién es el enemigo en un reino de paz?

Sus ojos se endurecieron por un instante. Fue un relámpago de miedo oculto tras la autoridad.

—De peligros que no os corresponde conocer. Todavía no.

—Soy la princesa de Valdheria —repliqué—. No una niña que deba ser asustada con cuentos de sombras.

—Sois mi única heredera —sentenció él con firmeza—. Y Rowan Hale es el acero más afilado y leal de mi guardia. Nadie está más capacitado para vuestra protección.

El nombre resonó en el salón como una condena. Giré el rostro hacia la puerta. El caballero permanecía allí, inmóvil, como una gárgola tallada en la piedra del palacio. Esperé una mirada, una mueca, algo que revelara al hombre tras la armadura. Nada.

—¿Lo veis? —dije, volviendo a mi padre—. Ahora ni siquiera se digna a hablar.

—Porque no está aquí para entreteneros —respondió el Rey, irguiéndose—. Está aquí para obedecer. La decisión está tomada, Elinor. No habrá cambio de guardia.

Sentí que el mismo aire del salón se volvía pesado.

—Entonces no es un protector —murmuré, con el orgullo herido—. Es mi carcelero.

—Es un juramento —corrigió mi padre—. Y haríais bien en aprender a confiar en él. Vuestra vida podría depender de ello.

Me di la vuelta sin añadir una palabra. Al cruzar el umbral, pasé tan cerca de Rowan que pude sentir el calor que emanaba de su cuerpo. Él se puso en marcha de inmediato, silencioso, constante. No dijo nada. Y fue ese silencio absoluto lo que, por primera vez, me hizo sentir un miedo verdadero.