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+18 | USAGI'S ZONE | ONE-SHOTS | USAGI YOJIMBO

Summary

🤍 Fem reader x Usagi Miyamoto | versión cómics, 2003, 2012 y Usagi Yuichi 🤍 Relatos NSFW | Lemon | +18 | Smut 🤍 One-shots y Drabbles 🤍 Distintos escenarios ⚠️ 𝗔𝗱𝘃𝗲𝗿𝘁𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮: posible out of character, lenguaje vulgar, cada capítulo tendrá sus respectivas advertencias. ʕ⁠'⁠•⁠ᴥ⁠•⁠'⁠ʔ No hago pedidos, pero tomo en cuenta sus comentarios 💖 Personaje pertenece a Stan Sakai.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
5.0 2 reviews
Age Rating
18+

Destino Parte 1 | Usagi (2012)

⭐ Usagi x Fem T/N

⭐ Usagi edad: 29 años

⭐ 🔞 NSFW | Smut

⭐ Nota: la especie de la protagonista (ya sea humana o animal) queda a gusto del lector.

⚠️ Advertencia: diferencia de edad (T/N mayor de edad), historia extensa, drama romántico, amor prohibido, matrimonio arreglado, conflictos entre el deber y el querer, relación princesa-samurái, primera vez de T/N, masturbación, lenguaje vulgar.


Desde el primer aliento que diste, tu vida estuvo marcada por los límites invisibles de la realeza.

Eras hija del clan Setsuzan, princesa del dominio del norte, donde las montañas nevadas vigilan el cielo y los pinos se inclinan con respeto ante tu linaje. Tu nombre —pronunciado solo en susurros por las damas de compañía— está bordado en oro en los paneles del palacio.

Te has criado entre biombos pintados a mano y tatamis olorosos a incienso. Has aprendido a caminar con gracia desde los tres años, a saludar con la reverencia exacta desde los cinco, a sonreír sin mostrar los dientes desde siempre.

Pero no has visto el mundo más allá de los muros del castillo.

No te lo han permitido.

Tu madre decía que era por tu bien. Que hay guerras fuera, que el mundo es inestable, que tú eres frágil. Tu padre, el daimyō, apenas te dirigía la palabra, salvo para recordarte que tu deber es obedecer. Que un paso en falso puede deshonrar generaciones. Que no puedes enfermar. No puedes correr. No puedes mancharte las manos de barro.

Las criadas te vestían con kimonos pesados, y el peso no está solo en la tela. Lo llevabas en la espalda y en el pecho... el peso de ser una princesa.

Desde pequeña, te gustaba subir a una de las torres del castillo, y desde lo alto, mirar los cerezos florecer y marchitarse, año tras año, sin la posibilidad de poder tocar uno solo con los dedos. Y desde tu habitación, al asomarte por la ventana, escuchabas las risas de los niños en el patio de entrenamiento, el silbido de una katana al cortar el aire, o el sonido de cascos de caballos que parten al amanecer...

Conforme crecías, tu corazón sentía algo que ni el té ni la poesía habían podido calmar: hambre de vida.

Tenías todas las comodidades que una princesa podía desear: telas finas, habitaciones tibias en invierno, música suave para dormir y una decena de manos dispuestas a atender cada uno de tus caprichos. Pero, por dentro, te sentías como una flor encerrada en una caja de cristal, marchitándote en silencio.

No vivías, solo existías.

Tus días eran una rutina cuidadosamente tejida por otros: clases sobre el deber de una dama, caligrafía perfecta, la ceremonia del té ejecutada con precisión milimétrica, literatura antigua, historia imperial y poesía que hablaba de amores que nunca conocerías. Aprendías a caminar con el cuello erguido, a agachar la mirada en señal de respeto, a no hablar más de lo necesario. Te enseñaban cómo comportarte, cómo sentarte, cómo servir... y sobre todo, cómo aceptar tus limitaciones.

Te recordaban, una y otra vez, que tu destino no te pertenecía.

No podías elegir, no podías correr hacia la libertad, ni siquiera podías decidir a quién amar.

Y era eso lo que más dolía.

No tener derecho a amar al hombre que tu corazón pudiera elegir... Saber que, algún día, entregarías tu vida y tu cuerpo a un desconocido escogido por conveniencia. Un matrimonio por deber y por alianza, no por deseo.

Habrías perdido la cordura en ese encierro disfrazado de privilegio, si no fuera porque tu alma —terca— se negaba a aceptar el destino que otros habían escrito para ti. Tu corazón Se aferraba con fuerza —con desesperación— a aquel del cual te habías enamorado en silencio: tu fiel guardaespaldas, Usagi.

Usagi llevaba años sirviendo al clan. Había llegado siendo aún joven, con un temple forjado en la disciplina del bushidō. Con el tiempo, demostró no solo una habilidad sobresaliente con la espada, sino también un corazón incorruptible. Había defendido a tu padre en más de una ocasión, arriesgado su vida por la seguridad del castillo, y cada una de sus cicatrices hablaba del honor con el que servía.

Por todo ello, se le concedió el más alto privilegio que podía otorgarse a un samurái de su rango: proteger a la princesa. Protegerte a ti.

Desde entonces, su figura se volvió parte de tu cotidianidad. Silencioso, atento, siempre presente... como una sombra noble que velaba por ti incluso cuando no lo notabas.

Su porte maduro hablaba de un mundo al que tú aún no alcanzabas, jamás te hizo sentir pequeña. Nunca minimizó tu voz ni te miró como si fueras solo una niña mimada. Al contrario, te hablaba con cortesía, te escuchaba con atención... y en sus ojos veías admiración y respeto por ti, aunque él era mayor que tú por una década, quizás más sabio y sin duda más curtido por la vida. Pero jamás se permitió tratarte con condescendencia. Y eso, hizo que tu corazón comenzara a desear lo que no podía tener.

Te enamoraste de su forma de escuchar. De cómo respetaba tus silencios sin exigir explicaciones. De su sentido del deber, pero también de la dulzura que escondía entre palabras escasas. Se convirtió en tu mejor amigo, tu confidente. Nadie más dentro de esas murallas conocía tus pensamientos más íntimos. Solo él.

Disfrutabas profundamente los momentos a solas con él. Eran breves pausas para descansar de tu rutina. Caminatas por el jardín o conversaciones mientras compartían el té.

Aunque nunca lo decía en voz alta, sabías que él también apreciaba tu compañía. Lo veías en sus gestos sutiles: sonreía —poco, pero sinceramente— cuando hacías algún comentario ingenuo o una broma inocente. Se inclinaba apenas hacia ti cuando necesitabas confiarle un secreto, atento, sin interrumpir jamás. Y lo que más te asombraba era cómo te entendía sin que hablaras. Con una simple mirada, entendía tus deseos, tus instrucciones, tus emociones. Y tú también habías empezado a descifrar los matices en su voz, los gestos apenas perceptibles que escondía bajo la disciplina.

Tu amor por él creció a la par que tú lo hacías. Comenzaste a notar detalles que antes te pasaban desapercibidos: el modo en que el sol bañaba su pelaje; la forma en que sus orejas se movían al captar sonidos lejanos, siempre alerta por ti; lo firme de su espalda cuando caminaba, hombros rectos y katana al costado. Tu corazón se aceleraba sin remedio cuando escuchabas tu título en su voz grave. Luego estaban los roces, pequeños y accidentales. El toque de sus dedos al ayudarte a subir los escalones de tu hogar, el roce de su manga junto a la tuya durante una caminata... bastaba para encenderte el rostro.

Estabas segura de que Usagi se había dado cuenta que no lo mirabas como un guardaespaldas, sino como algo más. Tus ojos te delataban cada vez que lo mirabas más de la cuenta, cada vez que tu voz bajaba de tono solo para él. Y, aun así, él decidía ignorarlo. No porque no le importaras. Al contrario, parecía dolerle. Podías verlo en los instantes en que sus ojos se detenían demasiado en ti y en los silencios prolongados antes de despedirse. Marcaba distancia con firmeza y tú entendías por qué. No solo se trataba de la edad. En realidad, lo que más pesaba era su posición. Él era un samurái, y tú... la princesa. Un lazo entre ustedes no solo sería mal visto, sería un escándalo. Una mancha para él y un problema político para ti.

Pero lo más doloroso llegó después.

Al cumplir los dieciocho, te dieron la noticia que por años temiste en silencio: tu compromiso había sido arreglado.

Te lo anunciaron como si se tratara de una gran bendición, como si debieras sentirte honrada de que un señor de tierras lejanas hubiese pedido tu mano. Pero mientras tu padre hablaba de alianzas, títulos y conveniencias políticas, tú solo podías escuchar el estruendo sordo de tu corazón rompiéndose.

No era solo el hecho de casarte con un hombre que no amabas —un completo desconocido—. Lo que más dolía era lo que ese compromiso implicaba: partirías del castillo, de tu hogar, de todo lo que conocías. Te irías a vivir con tu esposo... y eso significaba que ya no podrías ver a Usagi.

Cuando se lo confesaste a tu guardaespaldas, la tristeza lo tocó. Sin embargo, fiel a su temple, se mantuvo sereno. Te dijo que tendrías una vida cómoda, junto a un hombre honorable. Que cumplirías con tu deber como princesa, que serías feliz.

Pero tú nunca serías feliz si no era junto a Usagi.

Así, te resignaste... y dieron comienzo los preparativos de la boda.

No obstante —tal vez por obra de los dioses o por simple azar—, varios imprevistos comenzaron a surgir. Primero, el embajador del clan aliado enfermó gravemente y las negociaciones se suspendieron. Luego, una sequía severa obligó a posponer las festividades. Después, el que sería tu suegro solicitó más tiempo para reorganizar las alianzas. Uno tras otro, los retrasos se acumularon hasta que la boda, que debía celebrarse ese mismo otoño, fue aplazada por todo un año.

Y en ese año... Usagi y tú se volvieron más cercanos.

Notaste el cambio en él. No fue de un día para otro, pero una vez que comenzó, fue imposible no verlo. Usagi seguía siendo el mismo samurái de siempre, pero poco a poco, bajó ciertas barreras. Esas que su deber le había impuesto desde que fue asignado a tu lado.

Ahora, re sonreía más seguido, aunque fuera apenas un gesto leve en la comisura de sus labios. Ya no se alejaba tanto cuando caminaban juntos por los jardines. Empezó a quedarse a tu lado más de lo necesario después de acompañarte de regreso a tus aposentos. Ya no era tan rápido para apartar la mirada si sus ojos se encontraban con los tuyos.

Sus actos comenzaron a hablar por él. Como aquella vez que estornudaste apenas una vez por el cambio repentino de clima, y al día siguiente apareció con una capa más gruesa, que él mismo se encargó de ponerte sobre los hombros. O cuando te cortaste un dedo con la hoja de papel y él, sin pensarlo mucho, sujetó tu mano entre las suyas y la revisó con una preocupación que no tenía nada que ver con un simple accidente.

Te empezaste a dar cuenta de que a veces te buscaba en lugares donde no era estrictamente necesario que estuviera. Se ofrecía a escoltarte incluso en paseos cortos, y cuando le preguntabas por qué, solo decía que era su deber, aunque tú sabías que no era solo eso.

Pero los días pasaron y la fecha de la boda llegó.

La tarde anterior a la ceremonia, te encontrabas en tus aposentos, rodeada de sirvientas que hablaban mientras ajustaban con cuidado el kimono nupcial. Era blanco, de seda brillante, con hilos dorados bordados a mano que formaban grullas, símbolo de longevidad y fortuna.

Al verte al espejo, una sola lágrima rodó por tu mejilla. Las mujeres a tu alrededor fingieron no haberla visto, tal vez por respeto, tal vez por compasión.

Tuviste que apretar los labios para no romper en llanto ahí mismo, con el kimono a medio ajustar, con alfileres todavía colgando de la tela. Cerraste los ojos un momento, deseando con todas tus fuerzas que alguien —quien fuera— te salvara de ese matrimonio arreglado, que simplemente... te ayudara a escapar de tu destino.

Esa noche, te costó dormir.

Habías intentado tranquilizarte con té de hierbas y baños de vapor... pero nada logró aplacar el nudo en tu pecho. El kimono blanco parecía acecharte desde su soporte, recordándote cada vez que abrías los ojos lo que te esperaba al amanecer.

Te quedaste dormida pasada la medianoche. Y entonces comenzaron las imágenes.

En el sueño, caminabas por un pasillo largo, estrecho, con paredes infinitas cubiertas por sombras. A lo lejos, una puerta se abría lentamente. Allí te esperaba tu futuro esposo, pero no podías verle el rostro. Caminabas hacia él con los pies pesados. Y cuando al fin cruzabas la puerta, todo se desvanecía.

Y en esa nada, te invadía un miedo profundo.

Gritaste.

Fue un grito ahogado, desesperado, salido de lo más hondo de tu pecho.

Y luego despertaste. Tu respiración estaba entrecortada y tus manos temblaban. El corazón latía tan rápido que te dolía.

La puerta se abrió de golpe.

—¡Princesa! —la voz de Usagi fue lo primero que escuchaste.

Entró deprisa. Tenía el pelaje ligeramente desordenado, como si apenas hubiera despertado también. Llevaba su yukata simple de dormir y su espada en la mano.

Deslizó la puerta para cerrarla y se acercó a ti sin titubear.

—¿Está bien? ¿Se lastimó?

Negaste con la cabeza, pero las lágrimas ya habían empezado a correr otra vez. Fue entonces cuando él se sentó a tu lado, en el tatami. Acarició tu brazo con torpeza, dudando si podía hacerlo, pero su tacto fue lo más reconfortante que habías sentido en días.

—Tuve... —balbuceaste, con la voz temblorosa—. Tuve una pesadilla.

Usagi bajó la mirada, serio.

—Estoy aquí. No pasa nada —murmuró, con esa voz baja y segura que siempre lograba tranquilizarte—. Ordenaré que le traigan un té de hierbas relajantes.

—¡N-no! —te apresuraste a responder, con un hilo de voz ahogado por las lágrimas. Negaste otra vez, más firme ahora, y te limpiaste la cara con las mangas sueltas del yukata—. No quiero más té... —alzaste la mirada hacia él, suplicante, vulnerable—. Solo... duerme conmigo, por favor.

Usagi se quedó inmóvil. La penumbra no te impidió ver el rubor salir debajo de su pelaje.

—Princesa... no debería —su voz sonó baja, grave, en medio del silencio nocturno. Giró el rostro, queriendo evadir tu mirada—. No es apropiado... mucho menos esta noche.

La angustia volvió a apretarte el pecho; ese inminente vacío de saber que lo perderías para siempre en cuanto saliera por esa puerta.

—Entonces no te lo estoy pidiendo —susurraste, tragando el nudo en tu garganta—. Te lo ordeno.

Usagi se quedó quieto por un largo momento. Finalmente, asintió con lentitud, en silencio. Dejó su espada a un lado y se acercó al futón.

Te hiciste a un lado apenas, levantando la colcha para hacerle espacio. Usagi se tendió junto a ti. El futón era estrecho, y aunque él hizo el intento de mantener distancia, apenas hubo espacio para ello. Cuando volteaste hacia él, lo encontraste ya mirándote, el rostro a apenas unos centímetros del tuyo.

—No quiero casarme —susurraste. El dolor se notaba en cada palabra.

Él tardó en responder.

—Lo sé —en sus ojos había una tristeza profunda, una que compartías—. Tampoco quiero que se vaya —añadió, apenas audible.

Tu corazón dio un vuelco.

—Usagi...

—Perdón —interrumpió él enseguida, apartando la mirada con gesto culpable—. No debería decir esas cosas. Mañana... mañana será la esposa de un hombre respetable. Y yo solo soy su...

—Mi querido guardaespaldas —completaste con una sonrisa apagada—. Mi sombra silenciosa. Él único que me cuida y me escucha. La mejor compañía que he tenido en toda mi vida y... el dueño de mi corazón.

Usagi cerró los ojos un instante; tus palabras dolían más que cualquier herida de guerra.

—No diga eso —suspiró—. Me hace desear cosas imposibles.

—¿Y si yo también las deseo? —preguntaste, sin pensar demasiado, porque ya no podías seguir conteniéndolo.

Usagi abrió los ojos con lentitud. Había incredulidad en su rostro, pero también un brillo que nunca habías visto tan claro. Un temblor cruzó su respiración, una grieta en su autocontrol perfecto.

—Eso no sería justo para usted —murmuró—. Para lo que merece.

—¿Y tú crees saber lo que merezco...? —rebatiste suavemente—. ¿No crees que debería ser yo quien lo decida?

Al acercarte solo unos centímetros, lo justo para acortar la distancia entre ambos, tu aliento se mezcló con el suyo. Usagi suavizó su mirada, y deslizó su mano hasta tu rostro, acariciando tu mejilla con suma delicadeza. Lo veías luchar en su mirada, entre lo "correcto" y lo que en verdad deseaba. El espacio entre ustedes se fue reduciendo. Él, antes de cualquier cosa, susurró:

—Si esto es un error... por favor, que los dioses me perdonen.

...Y entonces, por fin, Usagi cerró los ojos y se inclinó hacia ti.

Sus labios rozaron los tuyos con suavidad. Cerraste los ojos y te entregaste al beso. No fue más que un roce —el sutil encuentro de dos bocas que por tanto tiempo se habían deseado—, pero bastó. Bastó para devolverte el aliento, para hacerte sentir protegida… para hacerte olvidar, aunque fuera solo por unos instantes, que en unas horas serías esposa de otro.

Cuando se separaron, ninguno habló al principio. Usagi mantuvo la frente apoyada contra la tuya.

—He roto todos mis votos con usted esta noche —murmuró Usagi, sin moverse.

Lo tomaste del rostro con ambas manos, guiándolo con dulzura para que te viera. Sus ojos brillaban en la penumbra, cargados de una tristeza resignada y algo más profundo... algo que se parecía al amor.

—Solo escuchaste a tu corazón... —respondiste con suavidad—. No al deber.

Tus labios buscaron los suyos de nuevo, esta vez con más seguridad. Usagi respondió. Sus labios se amoldaron a los tuyos. Fue un beso más largo, más profundo, donde sus lenguas apenas y se rozaron. Cada vez que sus bocas se separaban para volver a juntarse, un pequeño susurro escapaba, un sonido íntimo que solo ustedes dos podían oír. Tus manos se aferraron a su rostro, mientras él te abrazaba con un solo brazo, acercándote más a su cuerpo

Finalmente, te apartaste un poco, rompiendo el beso para buscar su mirada.

—No quiero pertenecer a nadie más... Quiero ser solo tuya, Usagi.

Sus ojos se abrieron con sorpresa, impresionado por tu petición. Examinó

tu rostro buscando alguna señal de duda o arrepentimiento, pero no encontró nada. En otra situación habría rechazado esa idea sin dudar, pero ahora, algo dentro de él le impedía negarse. En lugar de eso, una pregunta escapó de sus labios:

—¿Está usted segura?

Un hermoso brillo apareció en tus ojos.

—Sí.

Sellaste tu consentimiento posando tus labios sobre los suyos en un beso suave, dulce, que pronto empezó a transformarse. A medida que sus bocas se movían juntas, el contacto se volvió más apasionado, más acalorado.

Usagi llevó una mano a tu rostro, enmarcándolo con delicadeza, sus dedos recorriendo la curva de tu mandíbula antes de deslizarse hacia abajo, siguiendo la línea de tu cuello hasta rozar el inicio de tu pecho. Ansiosa por entregarte a él, pasaste ambos brazos alrededor de su cuello, atrayéndolo hacia ti. Él cedió, inclinándose más, apoyando sus manos a cada lado de tu cabeza sobre el tatami. Sus rodillas se abrieron paso entre tus piernas, y cuando estuvo por completo sobre ti, las subiste, abrazando sus caderas.

Bajo la colcha ocultaban cómo se acariciaban. Usagi se perdía en tus muslos, apretandolos con suavidad bajo tu yukata. Tú también lo tocabas, pasando la mano por su pecho, notando la dureza de los músculos que se contraían bajo tu toque.

Usagi deslizó sus dedos hacia tu centro, rozando sobre la tela de tu ropa interior, provocándote un estremecimiento inmediato. No se detuvo ahí. Apartó la tela, abriéndose paso hasta acariciarte directamente. El primer roce de sus dedos en tu intimidad arrancó de tus labios un gemido bajo, que él aprovechó para volver a besarte con fuerza. Sus caricias comenzaron suaves, exploratorias, delineando tus pliegues.

Tus caderas reaccionaban por instinto, buscándolo, acercándote más a su mano. Con la otra lo abrazabas fuerte por la espalda. Usagi se centró en tu clítoris, acariciándolo en círculos lentos y bien marcados, alternando con presiones firmes que te arrancaban jadeos.

Mantenías la boca entreabierta, respirando entrecortado, sin apartar los ojos de él. La forma en que te miraba solo avivaba tu deseo. Entonces, introdujo un dedo dentro de ti. La invasión repentina te hizo arquear la espalda, echando la cabeza hacia atrás y mordiendo tu labio para contener el gemido de placer que quería escaparse.

El ritmo de su mano se volvió constante: su dedo entraba y salía despacio al inicio, rozando cada punto sensible de tu interior, mientras con el pulgar seguía presionando tu clítoris. La combinación era devastadora; sentías cómo tus paredes se tensaban alrededor de él, cada vez más húmedas y cada vez más ansiosas por él.

—U-Usagi... —lograste pronunciar. Él se detuvo apenas un segundo, observándote. Tus ojos le rogaban y lo entendió al instante.

Retiró su mano, empapada de tu humedad. Se llevó los dedos a los labios y los lamió, sin apartar sus ojos de los tuyos, haciéndote ruborizar.

Su yukata cayó con un movimiento rápido y ágilmente se despojó de su ropa interior, revelando su erección firme. Tu respiración se detuvo un segundo al verlo; la piel de tus mejillas ardía mientras lo contemplabas, consciente de lo que estaba a punto de ocurrir. Él se acomodó sobre ti, empujando tus muslos hacia los lados hasta abrirte. Mordiste tu labio, viéndolo apoyar la punta de su miembro en tu entrada, frotando lentamente, provocando que tu cuerpo reaccionara con espasmos de impaciencia.

Clavaste los ojos en los suyos justo en el instante en que empezó a penetrarte. La presión inicial te arrancó un gemido que ahogaste frunciendo los labios. Sentiste un ligero dolor que se extendió por todo tu abdomen. Usagi apretó los dientes, hundiéndose con lentitud, saboreando cada centímetro mientras tu interior lo recibía.

Tus uñas se aferraron a sus hombros mientras sentías cómo te llenaba, estirando tus paredes vírgenes.

Tú solo pudiste soltar un quejido ahogado, tu cuerpo dividido entre el dolor punzante y la embriaguez del placer. Te mordiste el labio inferior, y él, al notar tus temblores, no se movió. Se quedó quieto, dejándote respirar y dejando que tu interior se acostumbrara a su tamaño, a ese grosor que parecía demasiado para ti.

Usagi apoyó la frente en la tuya.

—Dime cuando estés lista —te dijo con voz ronca, apenas conteniendo sus ganas de moverse.

Cada segundo que pasaba, el dolor cedía un poco. Tu humedad, que no dejaba de aumentar, facilitaba que la incomodidad inicial se convirtiera en placer.

Respiraste hondo y, cuando tu cuerpo se relajó lo suficiente, asentiste suavemente.

Entonces, él comenzó a retirarse con lentitud, arrastrando cada centímetro fuera de ti hasta casi salirse, para luego hundirse de nuevo en una embestida lenta pero profunda.

Cada vez que se retiraba, la fricción te arrancaba un suspiro, y cada vez que volvía a hundirse, tu cuerpo se estremecía, adaptándose más a su grosor. Usagi, apoyado sobre sus brazos a los lados de tu cabeza, te miraba con el ceño fruncido por el placer, mientras sus caderas chocaban suavemente contra las tuyas.

Tus manos lo recorrían con desesperación, subiendo por su espalda, queriendo sentirlo más cerca aún de lo que ya estaba. En algunos momentos él aceleraba un poco, sus embestidas ganaban fuerza y te hacían soltar un gemido agudo; en otros, reducía el ritmo, hundiéndose despacio, obligándote a sentir todo el largo dentro de ti, hasta hacerte arquear la espalda buscando más.

Él cerraba los ojos a ratos, disfrutando de la manera en que lo apretabas, de cómo tu inexperiencia hacía que cada movimiento fuera aún más excitante.

Sus caderas marcaban un vaivén irregular, explorando cada reacción tuya: unas veces te embestía de golpe, y otras se detenía en lo profundo, moviendo la pelvis para frotar el punto más sensible dentro de ti. Usagi escondió su rostro contra tu cuello, y dejó escapar un gruñido. De pronto, cambió de ritmo otra vez, marcando embestidas cortas y rápidas que te hicieron apretar los labios para no gritar demasiado alto.

Cerraste los ojos con fuerza, luchando por no dejarte llevar, y por ende, que los descubrieran. Volviste a abrirlos cuando, con un movimiento lento, salió casi por completo de ti y se recostó a tu lado, atrayéndote hacia él. Quedaste de espaldas contra su pecho, tus piernas entrelazadas con las suyas, mientras él te sujetaba la cadera. Se enterró en ti desde atrás en un ángulo distinto, haciéndote abrir la boca en un gemido largo que rápidamente cubriste con tu mano.

En esa posición, lo sentías llenarte de un modo distinto, golpeando puntos que antes apenas había rozado. Su mano libre se deslizó por tu vientre, sujetándote con delicadeza mientras sus caderas continuaban con el ritmo firme y rápido. Cada estocada era acompañada por el roce de su torso contra tu espalda, envolviéndote en el calor de su pelaje.

Tu cuerpo respondía arqueándose contra él, tus dedos se aferraban a su brazo y tus gemidos se volvían cada vez más irregulares. Usagi gemía bajo a tu oído, casi en un susurro. Entre embestidas, sus labios se acercaban a tu mejilla, depositando besos que hacían que tu piel se encendiera aún más. Con una suave presión en tu mentón, te obligó a girar apenas el rostro hasta encontrar sus labios. El beso fue torpe al inicio por la intensidad de sus movimientos, pero pronto se volvió desesperado, con tu respiración entrecortada mezclándose con la suya.

La postura de cucharita los estaba llevando al límite. Usagi se aferraba a tu cintura con fuerza, empujando una y otra vez contra ti, perdiendo la capacidad de contenerse. Tus piernas temblaban, y la presión creciente en tu vientre te hacía soltar gemidos suplicantes, que te costaban acallarlos.

—N...no puedo más... —susurraste, apretando su brazo con desesperación.

Él hundió el rostro en tu cuello, besándote con torpeza, mientras su cuerpo también se tensaba. El ritmo se volvió frenético unos segundos, con embestidas cortas y rápidas, hasta que una oleada de placer te atravesó entera. Tu cuerpo se contrajo alrededor de él, provocando que algunas lágrimas de placer escaparan de tus ojos.

Esa presión lo arrastró también a su límite. Con un gemido ronco, te embistió con fuerza una última vez, hundiéndose hasta lo más profundo. Su cuerpo se estremeció contra el tuyo, descargando una buena cantidad de sus fluidos en tu interior.

Quedaron jadeando, aún entrelazados, tu espalda pegada a su pecho, su brazo rodeándote con suavidad. Sus respiraciones fueron poco a poco calmándose, aunque sus labios siguieron rozando tu mejilla, tu cuello, en besos cortos y dulces.

Tus músculos aún temblaban cuando lograste girarte hacia él. Le acariciaste la mejilla con ternura. Una sonrisa cansada, pero genuina, se dibujó en tus labios.

—Fue increíble —murmuraste.

Usagi te miró fijamente y te rodeó con sus brazos. Sin embargo, una sombra de tristeza se deslizó por su expresión. Bajó la mirada, apretando los labios antes de hablar.

—Y lo peor es que será la primera... y la última noche juntos —su voz tembló apenas, quebrándose al final—. Daría todo por poder sacarte de esta situación, arrancarte de ese destino que te ata.

Tus dedos recorrieron su pecho, subiendo hasta su cuello, obligándolo a mirarte de nuevo.

—¿Y si lo hacemos? —dijiste de golpe, con una chispa de determinación en tus ojos—. ¿Y si escapamos, Usagi? Nadie nos obliga a seguir el camino que otros eligieron. Podríamos reescribir nuestro destino, juntos.

Él se quedó en silencio unos segundos, procesando tus palabras. Acarició tu cabello, presionando su frente contra la tuya.

—¿Te das cuenta de lo que significaría? —preguntó con voz baja—. Si hacemos esto... no habrá marcha atrás.

—Lo sé —tus labios rozaron los suyos, reafirmando tu decisión—. Pero prefiero arriesgar todo a vivir el resto de mi vida arrepintiéndome por no haberte elegido.

Volviste a notar la lucha interna reflejada en sus ojos; apartó la mirada unos segundos, pero cuando volvió a mirarte, su decisión se hizo evidente: se inclinó hacia ti y te besó. Tu corazón se disparó, latiendo con fuerza en tu pecho... todo estaba decidido.

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Good Writing

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Compelling Plot

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Great Character

2

Great Character

Strong Dialog

1

Strong Dialog

author

En efecto, este si que es literatura 🙌
Me encanta la forma en la que escribes y me encantó como desarrollaste la trama a pesar de ser solo un one shot.
Si bien Usagi solo es conocido por Tmnt, y que no haya fanfics propios del personaje me ha gustado como lo has interpretado y me encantaría en algún futuro lejano que siguieras con su libro de one shots.

PD: vengo de Wattpad, fue tortuso ver cómo eliminabas todos tus libros :(

6 months
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