I. Despertar
Jolie
Lo primero que siento es el dolor.
No es agudo, es pesado, profundo, como si alguien hubiera dejado algo mal acomodado dentro de mi cabeza y ahora mi cuerpo no supiera cómo convivir con eso.
Intento abrir los ojos, pero no lo logro del todo. La luz llega primero, luego el ruido. Todo suena lejano, distorsionado, como si estuviera bajo el agua y alguien hablara desde la superficie.
Respiro y algo no encaja. El aire entra raro, me arde la garganta. Hay algo en mi boca que no debería estar ahí. Quiero moverme, comprobar que sigo teniendo control sobre mi cuerpo, pero no responde. No todavía.
Parpadeo con esfuerzo.
El techo es blanco, demasiado blanco, y me duele mirarlo.
Trato de entender dónde estoy, de armar una idea completa, pero los pensamientos se me deshacen antes de terminar de formarse. Nada se queda. Todo se siente incompleto, como si me faltaran piezas.
—Jolie…
Esa voz sí la reconozco.
Es mi mamá.
Mis ojos se mueven despacio, pesados, hasta encontrarla de pie junto a la cama. Está demasiado cerca. Su rostro está tenso, los labios apretados en un intento torpe por mantenerse firme. Nunca fue buena fingiendo calma.
A su lado está mi papá. No dice nada. Me mira fijo, con una atención que incomoda, como si buscara algo específico en mi cara, como si necesitara comprobar que sigo ahí.
Los dos me observan de una forma extraña.
No es alivio.
Es expectativa.
Como si no supieran exactamente qué versión de mí debería haber despertado.
Quiero hablar, decirles que los veo, que estoy despierta, que sigo aquí, pero mi boca no se mueve. El dolor aumenta poco a poco, como si alguien girara un botón invisible. Baja por el cuello, aprieta mi cabeza. Me dan ganas de llorar, pero ni siquiera eso puedo hacer bien.
Siento miedo.
No a morir. Ese miedo ya lo conozco.
Es otro tipo de miedo, uno más profundo.
Miedo a despertar incompleta.
—Está consciente —dice una voz que no es de ellos.
Un hombre con bata blanca aparece en mi campo de visión. No sonríe ni parece nervioso. Su rostro es neutral, frío, como si yo fuera un procedimiento más y no una persona intentando volver a sí misma.
—La operación fue larga —continúa—. Más de diez horas. El procedimiento fue complejo, pero estable.
Estable.
No sé por qué esa palabra no me tranquiliza.
Siento la mano de mi mamá apretando la mía. Está temblando. Yo no. Mi cuerpo sigue lejos, como si no me perteneciera del todo.
—¿La reconoce? —pregunta el doctor.
La pregunta me atraviesa.
¿La reconozco?
Claro que la reconozco. Es mi mamá. Quiero decirlo, afirmarlo, probarlo, pero de mi garganta solo sale un sonido bajo, torpe, casi inexistente.
—Es normal —dice el doctor—. La anestesia aún está haciendo efecto. Puede haber confusión, desorientación, dificultad para comunicarse.
Confusión.
Esa palabra sí encaja con lo que siento.
Intento pensar en algo simple.
Mi edad.
El número aparece y se va, vuelve por un segundo y luego se rompe, como si nunca hubiera estado completo. Mi respiración se acelera sin que yo lo decida y una máquina a mi lado empieza a pitar. El sonido es agudo, insistente. Me pone nerviosa. Todo me pone nerviosa.
—Tranquila, Jolie —dice mi papá por primera vez—. Todo salió bien.
Todo salió bien.
No lo dice convencido.
Yo tampoco lo estoy.
Quiero preguntar cuánto tiempo estuve dormida, si esto funcionó, si voy a volver a olvidar, pero no puedo. El doctor anota algo en una tabla mientras mis padres siguen mirándome, esperando una señal, algo pequeño que les diga que no me perdieron en esa sala blanca y fría.
—Las próximas horas son importantes —dice—. Vamos a observarla de cerca.
Horas.
Me esperan muchas horas despierta con este dolor, con esta cabeza que no se siente del todo mía. Yo también espero algo. No un recuerdo ni una imagen, solo la certeza de que sigo siendo yo.
Pero en este momento, lo único que siento es el peso en mi cabeza y un miedo silencioso que aún no sabe exactamente a qué temerle.