Capitulo 2: Una mañana más un la ciudad.

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Summary

Tal vez les guste un poco más este capítulo, no lo sé, eso queda en ustedes.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Chapter 1

El sol apenas calentaba el asfalto mientras la ciudad despertaba. Ladridos lejanos, autos rugiendo al pasar sobre el pavimento húmedo, murmullos de vecinos saludándose desde los balcones. Todo parecía un lunes cualquiera, y cada sonido tenía su propio ritmo en las calles.

Ariel caminaba con las manos en los bolsillos y la chaqueta ligeramente desabotonada. La brisa le revolvía el cabello, mientras los carros pitaban al cruzar la avenida principal y un carrito de supermercado rechinaba sobre la vereda.

—Eh, cuidado con la bici, idiota —gruñó un hombre mientras Ariel esquivaba por instinto un pedal que casi lo golpea en la pierna—.

—Relajá, viejo, no era mi intención —respondió él con una sonrisa ligera—.

Un perro ladró detrás de un portón. Ariel lo miró un momento y siguió caminando. La ciudad tenía mil olores y mil sonidos distintos, pero ninguno parecía molestarle.

Al doblar la esquina, ya se veía el letrero rojo y amarillo del McDonald’s donde trabajaba. Al entrar, el aroma a hamburguesa recién hecha y papas fritas lo envolvió. La campanita de la puerta sonó.

—¡Miren quién llegó! —exclamó Leo, con gorra roja y delantal negro—.

—¿A desayunar o a trabajar, Ariel? —bromeó María, la cajera con coleta alta—.

—Ambas cosas —respondió él, dejando caer la mochila junto a la pared—.

—Hoy amanecí con ganas de chistes malos —dijo Tomás, acomodándose detrás de la caja—. ¿Quieren escuchar uno?

—No, Tomás, tu humor es criminal —respondió Sofía, cruzando los brazos—.

—Va uno facilito —Tomás sonrió—. ¿Por qué la hamburguesa fue al gimnasio?

—No sé… —dijo Ariel mientras se quitaba la chaqueta—.

—¡Porque quería estar en forma! —gritó Tomás.

—…¡Maldito! —Sofía chilló, mientras todos reían—. Ahora sí, a trabajar.

Los siete amigos se movían con naturalidad por el local:

Leo, sarcástico y bromista

María, dulce y observadora

Tomás, bromista incansable

Sofía, perfeccionista y competitiva

Javier, callado, humor seco

Camila, risueña y distraída

Diego, exagerado y bromista

—Oigan, ayer casi me quemo con el aceite —dijo Camila—, ¡y Ariel ni se inmutó!

—Estaba concentrado en que no se te quemaran las papas —respondió Ariel con una sonrisa ligera—.

—Ah, filosofía de hamburguesas —comentó Diego, levantando una papa—.

—¿Filoso… qué? —preguntó Tomás, mientras servía refrescos—.

—No importa —interrumpió Ariel—. Mejor trabajemos antes de que alguien se queme de verdad.

Entre bromas y risas, los siete se acomodaban en sus posiciones. Ariel tomó pedidos mientras escuchaba a María y Sofía discutir sobre cuál era la mejor combinación de menú. Javier murmuraba chistes secos mientras mezclaba la bebida de un niño, y Leo enseñaba a Tomás cómo girar la hamburguesa sin quemarla.

—Che, Ariel, vos que siempre estás callado… ¿alguna anécdota graciosa de la vida real? —preguntó Diego con sonrisa de desafío.

Ariel se quedó pensando unos segundos mientras preparaba una hamburguesa doble—. Bueno… una vez vi a un tipo intentar abrir la puerta del supermercado con el ticket del cajero automático.

Todos estallaron en risas.

—¡No puede ser! —chilló Camila entre carcajadas—. ¿Y qué pasó?

—Nada, simplemente lo miró hasta que se dio cuenta de que no era la puerta correcta —respondió Ariel, tranquilo—.

—Eh, buena —dijo Leo—. Pero no tan buena como mi chiste de hamburguesa.

—Por favor, Leo, ¡guarda esa basura! —Sofía sacudió la cabeza riendo—.

El timbre de la caja sonó de nuevo. Clientes entraban y salían, el aceite chisporroteaba en la freidora, y el viento golpeaba suavemente la puerta abierta. Todo parecía caótico, pero el equipo trabajaba con ritmo.

—Ariel, ¿me ayudás con esta bandeja? —preguntó Sofía, extendiéndole varias hamburguesas—.

—Claro —respondió él tomando la bandeja—. Pero cuidado, que la fuerza humana también tiene límites —bromeó, provocando risas de todos.

Entre risas, trabajo y pequeñas anécdotas, el día siguió su curso. Cada sonido de fondo, cada comentario de los siete amigos, componía un pequeño mosaico de vida humana que parecía común… y para ellos, Ariel era solo uno más.

Por primera vez, entre bromas y hamburguesas, nadie notaba nada extraordinario en él. Solo un joven entre amigos, respirando, caminando, viviendo… y eso era suficiente.

Después de varias horas entre hamburguesas, risas y pedidos, el reloj marcaba el final del turno. Cada uno de los siete amigos comenzó a recoger sus cosas.

—Bueno, me voy a casa antes de que el tráfico se vuelva imposible —dijo Leo, ajustándose la gorra.

—Yo también —comentó Sofía—. Chau, chicos. ¡Que tengan buena noche!

—Hasta mañana —saludó Tomás, guardando las bandejas.

—Nos vemos —añadió Camila, despidiéndose con una sonrisa—.

Ariel salió del local, respirando profundamente el aire fresco de la ciudad. Los murmullos de los vecinos, los ladridos de perros en los patios, y los autos que pasaban con suavidad componían un ritmo habitual, casi tranquilizador. Caminó unos pasos, con la mochila colgando de un hombro, pensando en el día que había pasado.

De repente, un estruendo estremeció la ciudad. Ventanas vibraron, cristales estallaron, y un olor a humo se extendió por el aire. La gente comenzó a gritar y correr, alarmada.

—¿Qué fue eso? —dijo un hombre desde una esquina, cubriéndose la cara.

—¡Parece que explotó algo en el centro de la ciudad! —respondió una mujer, señalando hacia la avenida principal.

Sin pensarlo, Ariel aceleró el paso. Al llegar al epicentro, vio a un hombre enorme, de armadura oscura y ojos brillantes de color carmesí, que lanzaba ondas de energía que destruían automóviles y calles enteras. Su nombre: Khalzor, y su habilidad era manipular la gravedad a voluntad, creando zonas de colapso donde la materia se comprimía hasta explotar. Una amenaza directa a toda la ciudad y sus habitantes.

Sin decir palabra, Ariel activó un mecanismo silencioso. Su rostro se deformó en un espiral, retorciéndose de manera grotesca hasta volverse irreconocible. Nadie podía identificarlo.

—¡¿Quién eres tú?! —gritó Khalzor, mientras lanzaba un misil de energía hacia un edificio cercano—.

—Solo alguien que no quiere que mueras… todavía —respondió Ariel, con la voz neutra, mientras deslizaba la mano para desviar la explosión sin tocar a los civiles cercanos.

La pelea comenzó. Ariel se movía con velocidad imposible, esquivando cada ataque mientras creaba barreras invisibles para proteger a los transeúntes y edificios. Cada golpe de Khalzor hacía temblar el asfalto y levantaba polvo por toda la avenida, pero Ariel ajustaba su fuerza para neutralizar la amenaza sin destruir más de lo necesario.

—¡Esto no es suficiente! —rugió Khalzor, haciendo que el suelo bajo Ariel se partiera en grietas que lanzaban fuego y escombros.

Ariel giró en el aire, su cuerpo moviéndose con precisión sobrenatural. Evitaba cada ataque, devolviendo ráfagas de energía calculadas que solo desactivaban los poderes de Khalzor temporalmente, sin lastimarlo de forma letal. Cada choque de energía que impactaba edificios o calles era inmediatamente reparado con ondas de luz que reconstruían cristales, paredes y asfalto en segundos, como si nada hubiera ocurrido.

Khalzor lanzó un pozo gravitacional que absorbía autos, postes y escombros. Ariel reaccionó instantáneamente: levantó un escudo de energía que contenía la explosión y, con un movimiento preciso, lanzó un corte de luz que dividió el pozo en dos, disipando la fuerza sin causar daño colateral. Inmediatamente, con otra onda de energía, reorganizó los autos, restauró el pavimento y reforzó los postes dañados, dejando la calle intacta para que nadie sospechara la magnitud de la pelea.

La batalla se convirtió en un baile perfecto de destrucción controlada y restauración. Ariel lanzaba ondas de fuerza, esquivaba ataques de gravedad y manipulaba el entorno para que nada cayera sobre los civiles. Cada vez que Khalzor intentaba tomar ventaja, un corte invisible partía la energía que amenazaba colapsar la ciudad, y el suelo, edificios o autos dañados se reconstruían al instante.

Finalmente, Khalzor, agotado, se quedó sin opciones. Ariel lo tomó por el cuello y lo levantó a varios metros del suelo. Un corte de luz contenido desactivó completamente la gravedad a su alrededor, dejando que el villano flotara, aturdido y neutralizado, sin sufrir daños mortales.

El espiral en el rostro de Ariel se desvaneció lentamente mientras Khalzor caía suavemente al suelo. Con un gesto rápido, reparó las últimas grietas de la avenida y los edificios cercanos, dejando la ciudad impecable. Las sirenas comenzaron a sonar a lo lejos, y la multitud empezaba a acercarse, asombrada. Ariel respiró hondo, contemplando la calle ahora restaurada, y se escabulló entre las sombras, dejando que la gente solo recordara a un extraño héroe anónimo.

El viento movía los restos de papeles y hojas caídas, los ladridos de los perros volvían a escucharse, y la ciudad recuperaba su ritmo habitual. Ariel continuó caminando hacia su departamento, como si nada hubiera pasado, manteniendo intacto su secreto y su mundo cotidiano.