Pastel | Rise Mikey
⭐ Mikey x Fem T/N
⭐ Mikey edad: 19 años
⭐ 🔞 NSFW | Smut
⚠️ Advertencia: sexo en lugar semi público, felación, masturbación, lenguaje vulgar.
—Regalos... serpentinas... —murmuraste mientras repasabas la lista, tachando lo que ya estaba listo— globos... comida... parece que solo falta el pastel.
¿Qué sería de una fiesta de cumpleaños sin un buen pastel?
Junto a tu novio y sus hermanos, conspiraban en secreto para organizar una fiesta sorpresa para su padre. ¿Cuántos años cumplía? Bueno, nadie estaba realmente seguro, pero eso no importaba.
Dado que tus amigos mutantes eran el caos personificado, asumiste el control de los preparativos. Junto a Rafael, se encargaron de conseguir decoración bonita y típica de un cumpleaños, incluyendo globos, serpentinas, confeti, entre otros. Tanto a Donatello como a Leonardo, les delegaste la importante tarea de conseguir un regalo del gusto de Splinter. ¿Por qué a ellos dos? Pues Donatello tenía el recurso económico para comprar un buen regalo y Leonardo... supusiste que aportaría de alguna manera, tal vez manteniendo a raya a su gemelo para no caer en excentricidades. Por último, Miguel Ángel era el chef designado y el único que podría encargarse de hornear un delicioso pastel. Así que, después de coordinar todo con Rafael, te uniste a tu novio en la cocina para ayudarle.
No te considerabas una experta en repostería, pero al menos sabías cómo seguir una receta. Tomaste el recetario, te sentaste en el borde de la mesa y comenzaste a leer las instrucciones mientras tu novio se ocupaba de añadir los ingredientes al bowl.
—Tienes que batir las claras de huevo y el azúcar.
—Nueve claras, ¿cierto? —preguntó dulcemente.
—Sípi
Balanceabas tus pies, atenta a cada detalle del proceso, asegurándote de que no faltara nada. De vez en cuando, echabas un vistazo al chico de antifaz naranja, y una sonrisa se dibujaba en tus labios. No podías evitarlo, se veía adorable con esa concentración en su rostro, sacando un poco la lengua sin darse cuenta.
—Ahora agrega la leche, cariño.
Miguel Ángel asintió con un murmullo suave, vertiendo una taza llena de leche, y después añadió otro cuarto de la misma.
—Mmm, necesitamos otro recipiente para mezclar el polvo de hornear, la harina y... ¿sal? ¿Sal en un pastel?
Tu curiosa pregunta lo hizo sonreír de manera enternecedora.
—Sí, nena, la sal también va en algunos postres —te explicó con calma—. ¿Qué sigue ahora?
Volviste a centrarte en la receta, y en cuestión de minutos, ya habían terminado de preparar la mezcla para los bizcochos. Era el momento de dividirla en partes iguales, vertiéndola cuidadosamente en los moldes engrasados y enharinados. El horno ya estaba en la temperatura perfecta; la tortuga cerró la puerta del horno tras colocar los moldes adentro.
—¡Listo! —exclamó Miguel Ángel, satisfecho—. Ahora solo nos queda esperar.
—¿Cuánto tiempo?
—Cuarenta minutos —respondió tras calcular, su mirada fija en ti—. Quizás algo más de una hora, hasta que los bizcochos se enfríen por completo.
—¿Tanto tiempo? —Al escuchar esas palabras, hiciste un puchero involuntario que hizo que su corazón se derritiera. Sabía bien que tu parte favorita era la decoración, pero para eso faltaba bastante—. Tendremos que distraernos.
Extendiste tus manos, invitándolo a que se acercara a ti. Sentada sobre la mesa, tenías la ventaja de ser unos centímetros más alta que él, lo que te permitió, cuando se aproximó, robarle un suave pico en los labios. Él se rió, esa risa suave y algo nerviosa que siempre te encantaba. Se acercó un poco más, sus manos descansando en tus muslos mientras su mirada se desviaba brevemente, como si pensara en qué decir.
—Bueno... —murmuró, con brillo en los ojos—. ¿Qué te gustaría hacer, amor?
Te inclinaste hacia él, tus labios a escasos centímetros de los suyos, y le sonreíste suavemente.
—No lo sé —susurraste en un tono juguetón antes de besarle otra vez.
Él respondió al beso, algo más torpe, pero esa torpeza tenía su encanto. Sus manos subieron tímidamente a tus caderas, pero sin moverse demasiado, como si dudara hasta dónde ir. En respuesta, rodeaste su cuello con tus brazos, acercándolo más hacia ti, mientras tus piernas se separaban ligeramente, permitiéndole acomodarse entre ellas. Tus labios exploraban los suyos con una mezcla de delicadeza y deseo, incitándolo a que sus manos finalmente rodearan tu cintura. Cuando te separaste un momento, sus mejillas estaban ligeramente sonrojadas, y su sonrisa era una mezcla de diversión y nerviosismo.
—¿Así que... esto cuenta como distracción? —preguntó, intentando sonar despreocupado, pero su voz tenía un matiz de inocente picardía.
—Tal vez —respondiste, mordiendo suavemente tu labio inferior antes de inclinarte de nuevo para besarle, esta vez con una actitud un poco más picante.
♡
A su edad, era inevitable que con apenas unos besos y la cercanía que compartían, las hormonas se descontrolaran en un abrir y cerrar de ojos.
Entre besos, tu lengua se deslizó hacia la suya, donde se encontraron y jugaron por unos momentos, creando un delgado hilo de saliva que se rompía cada vez que ambos tomaban aire. Sus manos se hicieron más seguras, viajando nuevamente hasta tus muslos, apretándolos con ligereza. No eran expertos en este juego, pero tampoco eran inocentes. Recientemente habían experimentado su despertar sexual, y aunque les daba vergüenza admitirlo, ambos ansiaban revivir aquellas primeras sensaciones que los dejaron marcados.
Por iniciativa propia, Miguel Ángel tomó suavemente tus piernas y las levantó, guiándote a envolver sus caderas con ellas. El movimiento hizo que tu vestido se subiera, revelando la suave piel de tus muslos. Mientras una de sus manos reposaba sobre la mesa, la otra se encaminaba en dirección a los mismos.
—¿Puedo, nena? —susurró, deteniéndose justo antes de avanzar más.
—Obvio.
Una vez con tu consentimiento, sus dedos se escabulleron bajo la tela de tu vestido, presionando con firmeza el interior de tu muslo, erizando tu piel en automático. Su mano masajeaba, o más bien, manoseaba tu muslo con ansia, pero sin llegar a ser tosco. A medida que su pelvis se acercaba más a las tuya, un suave suspiro escapó de tus labios al sentir cómo su erección, ya palpable, rozaba contra tus bragas. Alentada por su reacción, apretaste el agarre de sus caderas y lo acercaste aún más, provocando que su dureza presionara directamente contra tu entrepierna. Sonreíste al tacto y te emocionaste en tu interior, por lo rápido que tu novio se había calentado con unos cuantos besos y tocamientos. Él, nada tonto, entendió lo que querías y comenzó a mover ligeramente sus caderas, presionado una y otra vez el bulto debajo de sus shorts contra tu intimidad.
Al igual que él, empezaste a sentirte húmeda por el roce constante. Posaste tu mano sobre la suya y la guiaste hasta tu intimidad. Sus ojos se encontraron con los tuyos, y le respondiste con una sonrisa cómplice. Aunque ambos eran nuevos en esto, Miguel Ángel no quería parecer inexperto, temiendo detenerse a pedirte permiso en cada movimiento. Ya habías dado tu consentimiento, tanto con palabras como con tu cuerpo, y él no tenía intención de hacerte esperar. Comenzó a frotar tu vulva por encima de la tela, arrancándote un suspiro suave; enseguida, corrió tus bragas hacia un lado escabullendo uno de sus dedos, topándose con la humedad que él mismo había provocado. Volviste a besarlo, y él interpretó el gesto como una invitación para deslizar uno de sus dedos dentro de ti. La sensación era completamente distinta a cuando lo hacías tú misma; el tamaño de sus dedos, influenciado por su mutación, superaba al de un chico promedio y eso ya era ganancia.
Aún no dominaba del todo la ubicación exacta de tus puntos de placer, pero recordaba muy bien su último encuentro y se esforzaba por replicarlo. Su dedo comenzó a deslizarse dentro de ti y luego salir, despacio al principio, empapándose de tus fluidos. Soltaste un gemido suave contra sus labios, lo que lo motivó a acelerar poco a poco el ritmo con el que te dedeaba. La fricción contra tus paredes vaginales era satisfactoria y te hacía calentar el cuerpo y la mente. Por un instante, te dejaste llevar por completo, olvidando que aún estaban en la cocina de la guarida, un lugar donde en cualquier momento alguien podría aparecer sin previo aviso. Cada pequeño sonido los hacía detenerse, suspender los besos y escuchar con atención, alertas a la posibilidad de ser descubiertos.
—¿Escuchaste eso? —susurraste un tanto nerviosa.
—Creo que es la telenovela de papá —respondió él. Ambos se quedaron en silencio, afinando el oído para captar el lejano murmullo de la televisión—. ¿Sigo? —preguntó de forma traviesa.
—Sí, amor~
Tu novio prosiguió penetrándote con su dedo, y tú a su vez, atendiste su cuello con besos húmedos que desembocaban en la curvatura de su hombro. Te morías de ganas por dejarle chupetones que marcaran su piel, pero la idea de las inevitables bromas de sus hermanos te hacía contenerte... aunque no del todo, ya que no pudo escapar de unas pequeñas mordidas juguetonas que le arrancaron suaves gemidos.
—M~mm —suspiró ante tus tiernas mordidas— Nena...
—¿Sí?
—Quiero hacértelo...
Miraste sus ojos y sus pupilas estaban dilatadas. Relamió sus labios y te dedicó una mirada que reflejaba la necesidad de atender ese «asunto» bajo sus shorts. Tu corazón se aceleró y asentiste repetidas veces con tu cabeza.
Ruborizado, Miguel Ángel deslizó la cintura de sus pantaloncillos hacia abajo, lo justo para liberar su endurecido miembro. Lo sostuvo con firmeza, guiándolo hasta tu intimidad, donde tú apartaste tus bragas para facilitarle el acceso. Con su húmeda punta, palpó con delicadeza tus pliegues hasta encaminarse a la entrada de tu coño, donde con suavidad, entró poco a poco, llenándote centímetro a centímetro. Te echaste hacia atrás, apoyando las manos sobre la superficie fría de la mesa, mientras tu novio se aferraba con firmeza a la curva de tus caderas, comenzando un ritmo lento pero profundo dentro de ti.
—M~mh... —un gemido escapó de tus labios antes de que los mordieras, intentando contener el placer
Aunque fuera el más pequeño de sus hermanos, su falo seguía siendo impresionante para tu estrecho coño humano. No habías conocido otra polla que no fuera la suya, y sinceramente, no sentías la necesidad de buscar algo más. Su longitud y grosor eran la combinación perfecta para hacerte sentir más que satisfecha. La ligera curva de su pene rozaba de manera casi exacta ese punto dulce dentro de tu canal, que te provocaba jadeos involuntarios, haciéndote un poco difícil la tarea de mantenerte en silencio.
Miguel Ángel tomó confianza en sus movimientos y se dió la libertad de aumentar precozmente la velocidad de sus movimientos, sin pensar demasiado en sus propias dimensiones o en la delicadeza de tu cuerpo. Por reflejo, contrajiste tu interior y, en consecuencia, abrazaste su gruesa circunferencia, lo que provocó que ambos gimieran.
—J~joder... —gimió sin poder contenerse, sorprendido por la grosería que escapó de su boca. De inmediato se sonrojó, deteniéndose un segundo—. Lo siento, nena —murmuró, disculpándose por su lenguaje— pero es que... se siente demasiado bien.
Sonreíste y exchalaste en un intento de regular las sensaciones de tu cuerpo.
—S~sigue, amor —murmuraste y él asintió.
Manteniendo el mismo ritmo acelerado, empujaba una y otra vez su endurecido miembro, con intención de alcanzar tu rincón mas profundo. La mesa crujió levemente, pero ninguno de los dos prestó atención. Deslizaste tu mano hasta su nuca y lo acercaste con fuerza hacia ti, estrellando tus labios contra los suyos, con el objetivo de no solo saborear su dulce saliva, sino también ahogar sus gemidos y que él sintiera la vibración de tus jadeos.
Solo podías pensar en lo maravilloso que era que tu dulce novio te follara y sin duda —aunque recién estabas conociendo el mundo del sexo— te habías vuelto adicta a su polla y a la forma en la que se deslizaba dentro de ti. Te encantaba la sensación de tus paredes ensanchándose para poder albergarlo completo. Te volvía loca sentir sus venas palpitando y su glande goteando preseminal en tu interior. Por otro lado, Miguel Ángel estaba enamorado de tus gestos causados por el placer. La forma en que ponías los ojos en blanco, mordías y relamías tus labios, intentando contener el impulso de gemir su nombre en voz alta, lo enloquecía. Cada movimiento tuyo desataba su lado animal. El calor de tu piel, la forma en que tu cuerpo respondía al suyo, y la sensación de tus fluidos empapando su verga lo llevaban a dejarse dominar por los instintos más primitivos que despertabas en él.
—¡M~mng! —chillaste en su boca a causa del golpeteo profundo—. M~mikey~
Apretó el agarre en tus caderas y elevó una vez más la velocidad de sus embestidas, obligándote a rodear su cuello para encontrar estabilidad sobre la mesa. Tus piernas abrazaban firmemente su cintura y tu cuerpo se movía sobre la superficie con cada estocada que arremetía en tu interior. Ambos dependían de los labios del otro para no dejar escapar ningún sonido, algo complicado incluso para la tortuga y su entrenamiento ninja.
Naturalmente, tu cuerpo no podía igualar la resistencia del suyo, y el orgasmo llegó antes de lo que habías anticipado. Tu entrepierna se vió invadida por una serie de espasmos; apenas unos minutos después, los mismos se intensificaron aún más, llevándote al clímax. Te corriste sobre su polla, mientras tu coño se apretaba alrededor de él.
—A~ahm —jadeó profundo, su voz de había tornado un tanto más grave—. A~amor...
Lo sentías palpitando dentro de ti, una advertencia de que estaba a punto de sucumbir ante su intenso vaivén. Antes de que sucediera, tu faceta más caliente te motivó a hacerle una petición.
—Siéntate en la mesa... —lograste pronunciar en voz baja sin ser interrumpida por tus propios jadeos.
Miguel Ángel te miró con una mezcla de sorpresa y placer, sus ojos llenos de deseo pero sin comprender del todo tus intenciones al principio. Sin embargo, no tardó en obedecer. Se retiró de ti y se sentó en la mesa, mientras tú descendías lentamente, hasta que tu boca estuvo alineada con su dura polla. Sus ojos se abrieron con incredulidad al ver lo decidida que estabas a engullirlo por completo. Con firmeza, lo tomaste por la base, acercando tus labios hasta la punta antes de deslizarte lentamente hacia abajo, tragando poco a poco todo su grosor. La mirada fija de tu novio no se apartaba de ti, y al encontrar sus ojos, comenzaste a mover tu cabeza hacia adelante y hacia atrás, intentando igualar el ritmo frenético con el que te había estado embistiendo momentos antes. No pudiste evitar las arcadas, pero eso te hacía ver aun más bella y tierna a ojos de la tortuga.
El movimiento obsceno de tu boca y las caricias de tu lengua lo llevaron rápidamente de vuelta al borde del orgasmo que había quedado en pausa. Se aferró con fuerza a la orilla de la mesa, sus respiraciones se volvían erráticas, entrecortadas por gemidos. No pudo resistir mucho más y, con un jadeo profundo, se liberó en tu garganta, llenándote con su esperma caliente. Lo saboreaste por un instante antes de tragarlo lentamente.
Enseguida, Miguel Ángel se apresuró a subir sus shorts y bajó de la mesa para ayudarte a ponerte de pie, acomodando tu ropa con cuidado antes de que alguien pudiera sorprenderlos. Ambos miraron hacia todas partes, y al corroborar que seguían solos, sonrieron y se dieron un pequeño beso travieso que parecía querer volver a encender la lujuria en ustedes. Sin embargo, justo en ese momento, el sonido insistente del temporizador los interrumpió, señalando que los bizcochos para el pastel ya estaban listos. Corrieron a lavarse las manos, tú tomaste el recetario y tu novio se puso los guantes de cocina para abrir el horno y sacar los moldes.
—Nena, no te emociones tan pronto —dijo a la par que sacaba con cuidado los bizcochos aún humeantes—. Recuerda que tenemos que esperar a que enfríen.
Soltaste un lindo quejido de frustración, aunque en realidad no te molestaba la idea de esperar un poco más. Después de todo, sabías que podían encontrar formas muy divertidas de pasar el tiempo mientras tanto.









Soy demasiado fiel al volver a mi hogar 👏👏