Capítulo 1 [H]
Salgo de la clínica despidiéndome con la mano de mi compañera —y amiga— Adriana. El día ha sido un desfile de casos duros, informes interminables y reuniones innecesarias. Siento los hombros tensos y mis pies gritan que los saque de los zapatos de tacón que llevo. Quiero irme a casa, pero antes necesito una parada para desconectar.
Me alejo del edificio de la Clínica Psicológica AILE donde trabajo actualmente y me dirijo a la cafetería de la esquina. Nada más abrir la puerta, me recibe el olor habitual a café y a rollos de canela, su especialidad.
Es un sitio pequeño, pero acogedor. Las lámparas de techo son de cobre envejecido, cuelgan bajas y proyectan una luz cálida que baña las mesas de madera oscura, como si cada rincón tuviera su propio secreto. Las paredes están forradas de estanterías llenas de libros que nadie lee y tazas de cerámica de distintos colores. Un par de cuadros antiguos, con marcos dorados, cuelgan torcidos, y en la esquina más apartada hay un sofá de terciopelo verde, siempre ocupado por alguien con un portátil o un cuaderno. Es un lugar imperfecto, pero justamente por eso me resulta perfecto.
—Helena—me dice el camarero cuando me ve—¿Lo de siempre?
—Por favor—asiento y le devuelvo la sonrisa.
Pasados unos minutos cojo mi té matcha con bebida de vainilla, me acomodo junto al ventanal y saco el móvil de mi bolso.
Abro el mensaje de Fran que me envió por la mañana y que dejé en leído.
[Fran] 10:17 am
Lo de anoche fue increíble. No dejo de pensar en ti.
Lanzo un suspiro y abro su foto de perfil, analizando lo mucho que me gusta su mirada intensa, su cabello negro rapado y su sonrisa socarrona. Sin embargo, él busca más, y yo me niego a repetir, a pillarme, a sentir, a sufrir. Me niego. Se está demasiado bien así, sin ningún compromiso.
Apoyo mi barbilla sobre mi mano mientras miro por el ventanal, deteniendo la vista en un chico que comienza a cruzar el paso de cebra cuando el semáforo de peatón se pone en verde.
Todo pasa en cuestión de segundos. Un coche negro irrumpe en la escena, ignorando su semáforo en rojo. Frena haciendo sonar los neumáticos, pero el golpe resuena incluso tras el cristal: seco, brutal, el sonido de un cuerpo contra el metal. Mis dedos se crispan alrededor de la taza. Y entonces, el joven sale despedido y cae contra el asfalto.
Me quedo helada. El corazón me late en la garganta, pero las piernas no me responden. El conductor del coche negro retrocede la marcha, y por casualidad del destino cruza su mirada con la mía antes de emprender su huída y desaparecer de la escena. Una luz que le alumbra desde abajo me hace saber que va usando el móvil.
Escucho mi respiración incluso por encima de la música de la cafetería. La gente sigue tertuliando mientras disfruta de los mejores pasteles de este sitio.
Cuando al fin reacciono, salgo corriendo hacia la calle. La gente ya se agolpa alrededor del chico, algunos gritan, y otros sacan el móvil. Una mujer está arrodillada junto a él, intentando sostenerle la cabeza.
—¿Han llamado a emergencias? —pregunto con la voz demasiado quebrada.
—Sí, ya viene la ambulancia —responde alguien.
—¿Alguien ha visto algo?—dice otra persona—¿Qué modelo era el coche?
El murmullo empieza a elevarse y empiezo a escuchar suposiciones de todo tipo, desde que el joven cruzó cuando su semáforo estaba en rojo hasta que había sido un accidente fortuito.
En mi mente me repito una y otra vez: Peugeot 208 negro. Matrícula 4749KLM. Chico con gorra, ojos oscuros, barba descuidada.
Busco mi móvil para anotarlo por si la mente me juega una mala pasada y lo olvida, y entonces recuerdo que me he dejado el bolso dentro de la cafetería. Vuelvo dentro con los pies temblorosos y el olor a caucho quemado metido en mis entrañas. Ya hay personas que desde dentro empiezan a preguntar por lo que está ocurriendo fuera.
El té sigue ahí, aún tibio. Me dejo caer en la silla y cojo mi móvil. Abro las notas y con mis dedos temblorosos intento anotar la matrícula.
Frunzo el ceño. Tengo la mente en blanco. ¿Cómo era? Mientras respiro agitada, escucho las sirenas afuera. La policía y la ambulancia llegan al lugar.
—¿Quieres una tila?—me dice el camarero.
Trago saliva, me limpio una lágrima y asiento con la cabeza. Vuelvo a mirar hacia fuera. El personal sanitario rodea al joven y le empieza a hacer la reanimación respiratoria.
La policía habla con la gente, y frunzo el ceño cuando veo que una mujer me señala a través del ventanal.
Sigo intentando recordar cómo era la matrícula a la vez que veo que un agente entra en la cafetería. Habla brevemente con el camarero y luego me señala. Se acerca con paso firme.
—Buenas tardes, necesitamos que nos acompañe—me dice uno de ellos, con tono correcto pero firme.
Trago saliva.
—Yo... necesito un momento...—trago saliva.
El agente hace una mueca.
—Necesitamos que venga con nosotros ya.
Un segundo agente entra en la cafetería y su presencia es pesada, autoritaria. El chaleco oscuro sobre el uniforme, el brazo tatuado visible bajo la manga, la expresión dura y esa mirada verde que recuerdo demasiado bien. Camina con la seguridad de alguien que manda, y todos a su alrededor parecen cederle espacio.
Naster.
Mi mente parece colapsar.
Él me reconoce en cuanto me mira. Lo sé, lo siento en el modo en que sus ojos se detienen apenas un segundo más de lo necesario. Pero, de inmediato, su expresión se endurece, fría, profesional. Como si no me conociera. Como si yo no hubiera sido nada. Como si no hubiéramos compartido años, experiencias, risas, lágrimas.
—Helena—dice con voz grave, implacable—Tienes que venir conmigo.
Me pongo de pie, todavía con las piernas temblando, y les sigo. Al salir a la calle vuelve a mí el olor a caucho quemado, las luces de la ambulancia parpadeando y el murmullo de la gente. Me detengo de golpe y Naster se acerca a mí, más de lo que me gustaría. Su mano grande se coloca sobre mi hombro, no aprieta, solo me sostiene. Un gesto profesional, pero un escalofrío me recorre entera.
—No he pagado el té...—consigo decir.
—Yo me encargo—dice a mi lado, e inmediatamente manda a otro agente a que pague mi cuenta.
Me suben en la parte trasera del coche patrulla..
—Tengo que hacer algo, pero te veo en la comisaría en media hora—me dice.
Antes de que pueda alejarse, lo agarro de la camisa del uniforme. Vio en su brazo tatuajes que no había visto antes.
—¿Ha muerto?—digo en voz baja, como si no quisiera oír la respuesta.
Él asiente, y mi vida comienza a desmoronarse a partir de este momento.