ONE SHOT
Sofá de la sala de estar - Minutos después.
Charlie colocó a Babe con suavidad sobre las suaves almohadas del sofá, envolviéndolo con la manta de lana que siempre estaba allí. La adrenalina brutal se estaba disipando, dejando un agotamiento placentero y una ternura profunda. Babe se dejó arropar, sus ojos semi cerrados observando a Charlie, quien se arrodilló frente a él.
Charlie con voz aún ronca, pero llena de culpa.
—Te dejé marcas. En la espalda…contra la pared.
Extendió una mano y acarició con los nudillos la mejilla de Babe, luego bajó hasta el cuello, donde los moretones empezaban a florecer bajo la piel.
Babe capturó su mano y la apretó.
—Y yo a ti.— Su dedo pulgar trazó los pequeños semicírculos de sus dientes en la mandíbula de Charlie.— Estamos parejos.
—¿Duele?— Su mirada era seria, preocupada.
Babe sacudió la cabeza, una sonrisa cansada pero genuina en sus labios.
—No del modo que importa. Duele…bien. Como un recordatorio.
Charlie asintió, aliviado. Se levantó y fue a la cocina. Regresó con dos vasos de agua y el recipiente de piña. Se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra el sofá, cerca de las piernas de Babe.
—Aquí. Hidratación. Y tu antojo.
Babe tomó un trozo de piña y se lo llevó a la boca. El contraste entre la dulzura fresca de la fruta y el sabor salado y a sexo que aún persistía en sus labios era extrañamente perfecto. Ofreció un trozo a Charlie, quien lo tomó con los dientes directamente de sus dedos.
Un silencio cómodo cayó entre ellos, solo roto por el susurro del documental aún encendido y el suave crujido al masticar la fruta. Charlie recostó la cabeza contra el muslo de Babe, sintiendo el calor de su piel a través de la manta.
Babe jugueteando con el pelo de Charlie.
—Fue…intenso.
Charlie giró la cabeza para mirarlo.
—¿Demasiado?
Babe negó con la cabeza, sus ojos oscuros reflejando la luz azul del televisor.
—No. Solo…a veces me sorprende. Que después de todo este tiempo, después de tenerte cada día…todavía puedas hacerme sentir así. Como si fuera la primera y la última vez a la vez.
Las palabras, dichas con esa rareza vulnerable que solo Babe mostraba en momentos como este, le dieron un vuelco al corazón a Charlie. Se incorporó y se inclinó sobre él, apoyando las manos a cada lado de su cabeza.
—Siempre será así. Porque no es solo sexo, Babe. Es…reafirmación. Cada vez es más como renovar un pacto. El pacto de que eres mío y yo soy tuyo. De la manera más primitiva, más real posible.
Babe no dijo nada. Solo levantó la mano y atrajo a Charlie hacía un beso, esta vez lento, profundo, dulce. Un beso que hablaba de pertenencia, de hogar, de un amor que había pasado del fuego devorador a una brasa constante y eternamente caliente.
Cuando se separaron, Charlie volvió a su lugar en el suelo. Babe deslizó una mano para jugar con el pelo de Charlie otra vez.
—Mañana tenemos una reunión con los inversores de Tokio a las 7 a.m.
Charlie cerró los ojos, un gruñido de fastidio escapando de él.
—Mierda. Lo había olvidado.
Babe con una sonrisa de complicidad.
—Yo manejaré las presentaciones. Tú solo asiente y mira imponente. Y después…— su voz bajó a un susurro conspirativo.— podemos fingir una emergencia de seguridad y escapar temprano. Ir a ese nuevo lugar de ramen que querías probar.
Charlie abrió un ojo, mirándolo con afecto.
—¿Usando tu autoridad cómo segundo jefe para fines personales? Qué escandaloso.
Babe encogió los hombros, la sonrisa convirtiéndose en una de esas sonrisas de lobo que Charlie amaba.
—Equilibrio, Cachorro. Trabajo duro…y recompensas duras. O, en este caso, calditos.
Charlie rió, la risa vibrando en el pecho. Se ajustó más contra la pierna de Babe.
—Contigo, el equilibrio es la única cosa que nunca es aburrida.
Afuera, la noche era profunda y silenciosa.
Adentro, en el círculo de luz azul del televisor, con los restos de la piña entre ellos y el eco del sexo brutal aún en el aire, habían encontrado su punto medio perfecto. No entre el fuego y el hielo, sino en el calor constante de un hogar construido a golpes, besos y promesas susurradas en la oscuridad. Eran Charlie y Babe. Y esto, esto era solo el comienzo de todo lo que vendría.
Sala de conferencias - Empresa, 7:05 a.m.
La luz fría del amanecer filtraba por las ventanas panorámicas, iluminando las caras somnolientas de los ejecutivos japoneses al otro lado de la pantalla de ultra alta definición.
Charlie, impecable en un traje azul marino de tres piezas, estaba sentado a la cabecera de la mesa, su expresión un compendio perfecto de seriedad y respeto. A su lado derecho, Babe, con un traje gris oscuro que parecía hecho para intimidar, revisaba una tablet con datos en tiempo real.
Ejecutivo de Tokio (vía traductor):
—...y consideramos que el margen de riesgo logístico en el corredor sur es aún inaceptable. Necesitamos garantías más sólidas, Charlie-san.
Charlie asiente lentamente, sus dedos juntos frente a los labios.
—Entiendo su preocupación, Tanaka-san. Por eso hemos desarrollado un protocolo de contingencia en capas. Babe, si eres tan amable.
Charlie hizo un gesto casi imperceptible.
Babe, sin levantar la vista de la tablet, habló.
Su voz, proyectada por los altavoces de última generación, era clara, técnica y cortante como el acero.
—El protocolo "Kōmori" (Murciélago) involucra tres rutas alternativas dinámicas, monitoreadas por satélites propios y equipos encubiertos en tierra. La tasa de interceptación cae al 0.02%, inferior incluso a sus estándares para transporte médico. Los datos están en su pantalla secundaria ahora.
Hubo un silencio del otro lado mientras los ejecutivos revisaban la información. Se miraron entre ellos, asintiendo con aprobación.
Tanaka-san con una ligera inclinación de cabeza.
—Impresionante. La meticulosidad es…reconfortante. Babe-san, su reputación precede a los datos.
Babe finalmente alza la mirada hacia la cámara, una sonrisa profesional y fría.
—Solo hacemos nuestro trabajo, Tanaka-san. Garantizar que lo que es suyo llegue como si nunca hubiera salido de sus manos.
La reunión continuó por otros cuarenta minutos. Charlie hablaba poco, pero cada intervención era precisa. Babe manejaba los datos técnicos y de seguridad con una autoridad que no dejaba espacio a dudas. Era una coreografía perfecta: el estratega y el ejecutor, el cerebro y el puño, sincronizados.
A las 7:55 a.m., la reunión concluyó con promesas de contratos ampliados. En cuanto la pantalla se oscureció, la postura de Charlie cambió. Se desabrochó el botón superior de la chaqueta y se frotó los ojos.
Charlie susurrando.
—Dios, odio las mañanas.
Babe ya guardando la tablet, un destello de complicidad en sus ojos.
—Lo hiciste bien, Cachorro. Solo asentiste y miraste imponente, como acordamos.
Charlie le lanzó una mirada de reojo.
—Tú eras el imponente. Los asustaste. Me encantó.
En ese momento, la tableta de Babe emitió una alerta sutil pero insistente. Él la miró, frunció el ceño de manera teatral y luego lanzó una mirada significativa a Charlie.
Babe en voz más alta, para los asistentes que recogían sus cosas.
—Disculpen. Tenemos una…anomalía de nivel 2 en el sistema de refrigeración del servidor principal. Potencial fuga de datos. Charlie, necesito que vengas.
Los asistentes se pusieron alerta, pero asintieron. Era Babe hablando de seguridad.
Era ley.
Charlie poniéndose de pie con una expresión adecuadamente grave.
—Por supuesto. Avísame si necesitas evacuar el piso.— Dirigiéndose a los demás.— Continúen con su agenda. Esto lo manejamos nosotros.
Ascensor privado - 8:10 a.m.
En cuanto las puertas del ascensor se cerraron, el aire de urgencia se desvaneció.
Charlie se recostó contra la pared, riendo.
—¿"Anomalía de nivel 2"? ¿En el sistema de refrigeración? ¿Eso es lo mejor qué se te ocurrió?
Babe se ajusta el nudo de la corbata, una sonrisa de pillo en su rostro.
—Funcionó, ¿no? Además, Jeff instaló un sensor de temperatura extra la semana pasada. Es técnicamente verdad…si la "anomalía" es que hace demasiado frío para los gustos de los discos duros. Ahora, ¿vamos por ese ramen o no?
Su risa se suavizó en una sonrisa de puro afecto.
—Eres el mejor socio ilegal y novio que podría tener.
"Fūjin Ramen", callejón del distrito antiguo - 8:45 a.m.
El lugar era un agujero en la pared, literalmente. Diez taburetes frente a una barra de madera gastada, el vapor denso y aromático del caldo hirviendo empañaba el aire. El cocinero, un hombre mayor con una banda en la frente, solo asintió cuando entraron, dos hombres en trajes carísimos que parecían fuera de lugar como un elefante en una tienda de porcelana.
Se sentaron en un rincón. Babe colgó sus chaquetas en una percha oxidada con un gesto de familiaridad que sorprendió a Charlie.
Babe en un japonés sorprendentemente decente, dirigido al cocinero.
—Futari. Tonkotsu miso, extra chashu, nitamago futatsu. Negi takusan. (Dos. Tonkotsu miso, extra cerdo, dos huevos marinados. Mucha cebolleta).
Charlie mirándolo con los ojos abiertos.
—¿Desde cuándo…?
Babe encogiéndose de hombros, sirviendo té verde de una jarra de metal.
—Aprendí lo básico. Para…situaciones. Y para no pasar hambre en los viajes. Además, querías probar este lugar, ¿no?
Los tazones llegaron, humeantes, enormes, con gruesas lonchas de cerdo glaseado, huevos perfectamente jammy y un mar de cebolleta verde. El aroma era celestial.
Charlie tomó sus palillos con reverencia.
Tomó un sorbo del caldo. Su expresión se transformó por completo. Cerró los ojos.
Charlie susurrando.
—Dios. Esto…es arte.
Babe observándolo, tomando un bocado de su propio cerdo.
—Mejor que el de la reunión, ¿eh?
Charlie abrió los ojos, sonriendo.
—Infinitamente mejor.— Miró a Babe, un trozo de fideo colgando de sus palillos.— ¿Sabes? A veces me pregunto cómo llegamos aquí. De ti amenazándome en mi oficina a…esto. A fugarnos para comer ramen a las 9 de la mañana.
Babe masticó, pensativo.
—No fue tan complicado. Solo necesitabas que alguien te pusiera contra la pared y te hiciera ver las cosas claras. Literalmente, a veces.
Charlie rió, un sonido genuino y relajado que se mezcló con el bullicio del pequeño local.
—Y tú necesitabas a un idiota terco que no se rindiera hasta tener el pack completo. Incluyendo los momentos de ramen.
Babe alzó su tazón en un brindis silencioso.
—Al pack completo.
Charlie chocó su tazón contra el de Babe.
Comieron en silencio, un silencio cómodo, lleno del sonido de sorber fideos y el murmullo de la calle que empezaba a despertar. No había necesidad de palabras grandilocuentes. El equilibrio estaba aquí, en este momento robado: entre la reunión de alta presión y la simpleza sublime de un buen tazón de fideos, entre el traje de diseñador y la barra de madera gastada, entre el jefe despiadado y el hombre que sonreía como un niño con su comida favorita.
Babe terminó primero, dejando el tazón limpio. Observó a Charlie, que tomaba el último sorbo de caldo con ojos cerrados de felicidad.
—¿Listo para volver a la realidad, jefe?
Charlie dejó los palillos con un suspiro de satisfacción.
—Solo si tú prometes que la próxima "anomalía de nivel 2" es dentro de un par de semanas. Tengo una lista de lugares de fideos que quiero probar.
Babe se levantó, pagó al cocinero con billetes exactos y le ayudó a Charlie con la chaqueta.
—Veré qué puedo hacer. Pero ahora, tenemos que fingir que arreglamos esa "fuga de datos".
Salieron del vaporoso refugio a la luz clara de la mañana, los estómagos llenos, los espíritus en calma, y la complicidad entre ellos más fuerte que nunca. La empresa, el imperio, las armas…todo eso esperaba. Pero por ahora, tenían el sabor del caldo perfecto en la lengua y la mano del otro entrelazada con la suya.
Era más que suficiente.
Pasillo principal de la empresa - 9:30 a.m.
De vuelta en el mundo de mármol pulido y luces LED, la fachada de profesionalidad volvió a caer sobre ellos como una capa invisible, pero más ligera. Caminaban lado a lado hacia sus oficinas, el olor a caldo de cerdo y aceite de sésamo aún impregnando levemente sus ropas, un secreto delicioso bajo el aroma a limpio y poder.
Asistente de Charlie acercándose con prisa, una carpeta en la mano.
—Señor Charlie, los documentos para la firma del puerto de Marsella. Son urgentes.
Charlie toma la carpeta sin romper el paso, su mirada ya enfocándose en el siguiente problema.
—En mi escritorio en diez minutos, Mia. Babe, necesito que…
Babe ya sacando su teléfono, deslizando el dedo por la pantalla.
—Ya lo sé. El informe del equipo Delta sobre el nuevo perímetro. Está listo. Te lo envié mientras volvíamos. Los puntos ciegos fueron corregidos anoche.
Charlie lo miró de reojo, una sonrisa de orgullo asomando en sus labios antes de poder contenerla. La eficiencia de Babe, esa mezcla de intuición callejera y mente técnica, nunca dejaba de sorprenderlo.
Charlie a su asistente.
—Gracias, Mia. Eso será todo por ahora.
La joven asintió y se retiró, lanzando una mirada fugaz a la espalda de Babe antes de desaparecer. El respeto, mezclado con un poco de temor saludable, era palpable en toda la empresa hacia el "Segundo Jefe".
Al llegar a la puerta de sus oficinas adyacentes —Charlie había mandado derribar la pared entre la suya y una contigua para hacer una más grande para Babe—, este se detuvo.
—Tengo que bajar al subsuelo. La "anomalía" que inventamos me dio una idea real para reforzar los sensores del pasillo 7B.
Charlie asintió, pero su mano se extendió, agarrando suavemente la muñeca de Babe.
—Hey.
Babe se volvió, una ceja enarcada en pregunta.
Charlie con voz bajó, solo para ellos.
—Gracias. Por el ramen. Por la fuga. Por…equilibrar todo esto.
No era un "te amo" grandilocuente. Era algo mejor. Era un reconocimiento de su sociedad, en el sentido más completo de la palabra.
Babe lo entendió al instante. Una sonrisa rápida, un destello de ese fuego domado, cruzó su rostro.
—No hay de qué, Cachorro. A cambio, tú te encargas de la llamada aburridísima con los abogados de Zurich a las 3 p.m.
Charlie frunció el ceño, fingiendo fastidio.
—Eso es cruel y poco usual.
Babe ya dándose media vuelta, lanzando las palabras por encima del hombro.
—Equilibrio. Recuerda.
Y se fue, su figura imponente desapareciendo hacia los ascensores de servicio. Charlie entró en su oficina, el peso del mundo volviendo a sus hombros, pero de una manera diferente. Ya no era un peso solitario.
Era un peso compartido, distribuido. En su escritorio, junto a los documentos de Marsella, había un pequeño post-it amarillo pegado en la pantalla de su computadora. La letra de Babe, firme y sin adornos, decía: "No te tomes todo el café. Guardé un poco del bueno para después de Zurich. – B."
Charlie arrancó el post-it, guardándolo no en el cajón, sino en la cartera, en el compartimento donde guardaba las cosas importantes. Sonrió para sus adentros. La reunión de Tokio, la fuga de mentira, el ramen perfecto, los abogados de Zurich…todo eran solo piezas de un mismo mosaico. Un mosaico llamado su vida. Una vida que, por fin, después de tanto fuego y confusión, tenía un equilibrio perfecto, peligroso, y profundamente suyo.
Se sentó, abrió la carpeta de Marsella y empezó a leer, la determinación en sus ojos.
Había trabajo que hacer. Un imperio que dirigir. Pero por primera vez, no tenía prisa por escapar de él. Porque al final del día, no importaba lo complicado que fuera, siempre habría un post-it, un plan de fuga para comer ramen, y un hombre de fuego esperándolo para recordarle que no tenía que hacerlo solo.
Subsuelo de la empresa - 10:15 a.m.
El subsuelo era el reino indiscutible de Babe.
Olía a aceite, metal caliente y el tenue ozono de la electrónica. Aquí, entre servidores roncantes y bastidores de cableado que parecían entrañas de acero, su lenguaje natural era el de los voltios, las frecuencias y la seguridad impenetrable. Un técnico más joven, Liam, lo seguía como un cachorro, tomando notas en una tablet.
Babe señaló un conjunto de sensores en el techo del pasillo 7B, el que llevaba al archivo físico ultrasecreto.
—Estos. Su ángulo de cobertura es de 87 grados. Hay un punto muerto de 3 grados justo antes de la curva. Imperceptible para el software estándar, pero para alguien que sabe lo que busca…es una puerta.
Liam parpadeando, acercándose.
—Pero…el informe del sistema dice cobertura al 100%, jefe.
Babe lanzó una mirada que hizo que Liam se enderezara de golpe.
—El sistema dice lo que está programado para decir. Tus ojos, si los usas, te dicen la verdad.— Agarró una escalera plegable y la colocó bajo los sensores.— Pásame la caja de herramientas. La roja.
Mientras ajustaba manualmente la carcasa del sensor con una llave hexagonal, su teléfono vibró. Era un mensaje de Charlie.
Una sola línea: "Zurich suena peor de lo que recordaba. Estoy reconsiderando el trato del ramen."
Babe no pudo evitar soltar una sonrisa.
Respondió con igual economía: "Cállate y firma. El ramen ya está pagado." Guardó el teléfono y volvió a su trabajo, pero el gesto de su boca era más suave.
Liam tímidamente.
—¿Todo bien, jefe?
Babe sin dejar de trabajar.
—Sí. Solo el jefe superior siendo un drama queen. Concentrémonos. Después de esto, reprogramamos el algoritmo de detección de movimiento en el sector Gamma. Quiero que distinga entre una rata y un intruso humano basándose en el patrón de calor y la masa. No más falsas alarmas a las 3 a.m.
Oficina de Charlie - 3:05 p.m.
La llamada con los abogados de Zurich era, en efecto, un suplicio monótono de jerga legal y detalles fiscales intrincados. Charlie, con los auriculares puestos, asentía y hacía preguntas puntuales, pero su mirada vagaba hacia la pared de vidrio que separaba su oficina de la de Babe. Lo veía allí, de espaldas, hablando por su propio auricular mientras sus manos volaban sobre tres teclados diferentes, monitores mostrando flujos de código y planos arquitectónicos.
Era un contraste hipnótico. La frialdad calculada de Charlie frente al fuego concentrado de Babe. Dos formas de poder, ahora en la misma frecuencia.
Abogado de Zurich (en alemán impecable)
—...por lo tanto, la cláusula 7b debe ser enmendada para reflejar la nueva estructura de propiedad dual, considerando a el Sr. Babe como co-fundador con poder de veto en ausencia del Sr. Charlie…
Charlie interrumpiendo, en alemán igual de perfecto.
—Genau. Exactamente así. Redacten la enmienda. Y asegúrense de que el lenguaje sea inequívoco. Lo que es de Babe, es tan intocable como lo mío.
Hubo una pausa del otro lado, sorprendida quizás por el tono final, posesivo y protector.
—Se hará como usted dice, Señor Charlie.
Al colgar, Charlie se quitó los auriculares y se frotó los ojos. Sintió, más que vio, que Babe se levantaba y entraba en su oficina sin llamar. Un vaso de agua fresca apareció en su escritorio, seguido por dos tabletas de un analgésico suave.
—Suenas como si te hubieran dado una paliza con un libro de leyes.
Charlie tomó las pastillas y el agua con un suspiro de gratitud.
—Peor. Con un libro de leyes suizas.— Miró a Babe.— ¿Y el punto ciego?
Babe se sentó en el borde del escritorio, ignorando la silla del visitante.
—Eliminado. Y mejoré el algoritmo de detección. Las ratas del subsuelo ahora tendrán que pedir permiso por escrito.
Charlie soltó una risa cansada pero genuina.
Miró a Babe, realmente lo miró. El traje gris estaba un poco arrugado, tenía una mancha de grasa en el puño de la camisa y su pelo estaba alborotado donde se había pasado la mano. Parecía más un ingeniero genial y peligroso que un ejecutivo. Era perfecto.
—A veces pienso que eres el mejor invento de esta empresa.
Babe con una ceja enarcada.
—Invento. Qué romántico.
—Adquisición estratégica, entonces. La más valiosa.
Babe se inclinó y le dio un beso rápido, saboteando cualquier respuesta sarcástica que tuviera.
—Ven. El ramen que ya pagué nos espera. Y tengo hambre otra vez.
Charlie se levanta de la silla.
—¿No es un poco temprano?
Babe guiándolo hacia la puerta.
—Cállate, Cachorro. Esta es una anomalía de nivel 3: hambre extrema del jefe secundario. Requiere evacuación inmediata y consumo de fideos.
Rieron, un sonido bajo y compartido, mientras salían. El trabajo nunca terminaba. Las amenazas siempre estaban ahí. Pero ahora, entre sensores ajustados y cláusulas legales, habían encontrado su ritmo. Un ritmo que incluía pausas estratégicas para el ramen, besos robados entre reuniones, y la certeza silenciosa de que, sin importar lo que trajera el mundo exterior, dentro de estas paredes—y dentro del desordenado, perfecto equilibrio de su relación—estaban a salvo, eran fuertes, y estaban, irrevocablemente, juntos.
"The Gilded Cage", antro privado del bajo mundo - Noche cerrada
El lugar era una parodia lujosa de la decadencia. Luces bajas de neón rojo, humo de puro y cigarrillos electrónicos flotando en el aire cargado de perfume caro y alcohol importado. La música, una tecnología pulsante, latía en el suelo. Charlie, en un traje de seda negra que absorbía la luz, conversaba con Viktor, un distribuidor eslavo de rostro cicatrizado, junto a una mesa de ónix. Hablaban de rutas por el Báltico, pero la atención de Charlie estaba dividida.
Porque al otro lado del bar, recostado contra la madera pulida, estaba Babe.
No estaba solo. Un hombre alto, de pelo castaño claro peinado con impecable desorden y acento británico de esos que sonaban a universidad de élite y cuna de oro, le hablaba muy cerca, sonriendo. El hombre sostenía dos whiskies. Babe había aceptado uno. Y sonreía. No era su sonrisa de lobo o su sonrisa de reto. Era una sonrisa genuina, interesada, los ojos brillando con curiosidad y esa chispa que aparecía cuando algo captaba su intelecto.
—…y por eso el sistema de cifrado cuántico, aunque teóricamente impenetrable, siempre tendrá un punto de falla humano.— decía el británico, su voz cortando la música como un cuchillo caliente en mantequilla.
Babe asintió, tomando un sorbo de su whisky.
—El eslabón más débil. Siempre. Pero si reduces la interacción humana al mínimo, con criptografía de doble autenticación biométrica…
Charlie sintió que algo se le helaba en el pecho y luego estalló en llamas. Los nudillos de su mano, apretando el vaso de vodka, estaban blancos. Celos. No los celos inseguros de antes, sino algo más profundo, más oscuro. Una posesividad visceral y peligrosa. Babe era suyo. Su mente, su fuego, su atención. Ver esa atención, esa chispa en sus ojos, dirigida a otro hombre, aunque fuera por una conversación técnica, le provocaba un impulso primitivo de cruzar la sala y reclamar lo que era suyo con sangre y golpes.
Viktor siguiendo la mirada de Charlie, una sonrisa burlona en sus labios.
—¿Problemas en el paraíso, Charlie? Tu perro guardián parece…socializar.
Su voz fue un susurro gélido, sin apartar los ojos de Babe.
—Cuidado cómo te refieres a él, Viktor. Es el segundo jefe. Y mi pareja.
Viktor levantó las manos en un gesto de falsa sumisión, pero su sonrisa no desapareció.
En la barra, Babe terminó su whisky y dijo algo al británico, quien pareció insistir. Babe negó con la cabeza, con una sonrisa final pero firme, y se alejó del bar, dirigiéndose hacia los pasillos laterales donde estaban los baños. El británico lo siguió con la mirada, claramente interesado.
Esa fue la gota que colmó el vaso. Sin una palabra más para Viktor, Charlie se deslizó entre la multitud, su cuerpo tenso como un resorte. Pasó junto a parejas que se besaban con desinhibición borracha, ignorando saludos y miradas. Su mundo se había reducido a la espalda de Babe desapareciendo tras una puerta de cuero negro.
El baño era un espacio de mármol negro y acero cepillado, iluminado con una luz azul fría. Babe estaba frente a uno de los lavabos, salpicando agua en el rostro, cuando la puerta se abrió y cerró de golpe. Alzó la mirada al espejo y vio el reflejo de Charlie. Su postura, su expresión…eran las de un extraño. Los ojos de Charlie, normalmente llenos de cálculo o de adoración, ahora ardían con una intensidad feroz y oscura.
Babe girándose, secándose las manos, una ceja enarcada en señal de pregunta.
—¿Charlie? ¿Qué pasa? ¿Viktor dio problemas?
Charlie no respondió. Cruzó la distancia que los separaba en dos zancadas largas y silenciosas. Su mano se cerró como una garra alrededor del brazo de Babe, empujándolo hacia atrás contra la fría pared de mármol. El impacto hizo que Babe soltara un sonido entrecortado.
Su voz era un rugido bajo, cargado de una rabia que Babe no le había escuchado en meses.
—¿Quién era?
Babe parpadeó, sorprendido por la fuerza y el tono.
—¿Quién? ¿El tipo del bar? Un consultor de ciberseguridad. De Londres. Hablaba de…
Charlie lo interrumpió, acercando su rostro, su aliento caliente contra los labios de Babe.
—Vi cómo te miraba. Vi cómo le sonreías. Tus ojos brillaban para él.
La comprensión lentamente iluminó los ojos de Babe. No hubo miedo, sino una chispa de…¿satisfacción? ¿Desafío? Su expresión se endureció.
Su voz era fría, cortante.
—¿En serio, Charlie? ¿Esto otra vez? ¿Celos en un antro lleno de gente? ¿Después de todo?
Su otra mano se posó en la pared, al lado de la cabeza de Babe, encerrándolo.
—No son celos. Es un recordatorio.— Apretó más fuerte su brazo.— Eres mío. Tu mente, tu sonrisa, tu puta atención…es mía. No se la regales a ningún idiota con acento de Oxford que hable bonito.
Una sonrisa fría y peligrosa se dibujó en sus labios, un eco del hombre desafiante de los primeros días.
—¿Y qué vas a hacer, Cachorro? ¿Marcarme aquí? ¿En el baño de un antro? ¿Para demostrarle a quién pertenezco?
Su mirada bajó a los labios de Babe, luego a su cuello, donde los moretones de la noche anterior aún eran visibles. Su voz se volvió un susurro aterrador, lleno de promesas.
—Si es necesario. Porque parece que lo olvidaste. Déjame refrescarte la memoria.
El aire entre ellos vibraba con electricidad pura. No era el juego de seducción de antes.
Esto era territorio peligroso, la línea delgada entre la pasión posesiva y algo que podría romperse. Babe le sostuvo la mirada, su propio pulso acelerado bajo el agarre de Charlie, desafiando el fuego con el suyo propio. La música pulsante del antro era un latido distante, un recordatorio del mundo del que se habían aislado en este pequeño infierno de mármol y posesión.
Baño de "The Gilded Cage"
El reto en los ojos de Babe se encendió aún más con la furia de Charlie. Una sonrisa provocadora, llena de fuego y audacia, se dibujó en sus labios.
Su voz era un susurro desafiante, arrastrándose deliberadamente en el aire cargado.
—Tú sabes que me encanta el acento británico. Tan…educado. Refinado.
Fue la chispa en el polvorín. Un gruñido gutural, animal, surgió de lo más profundo del pecho de Charlie. Sus ojos, ya oscuros, parecieron volverse completamente negros.
Cuando habló de nuevo, las palabras no fueron en inglés, sino en un ruso perfecto, cortante como el hielo siberiano, fluyendo con la cadencia brutal y gutural de alguien que había negociado con los peores matones de los puertos del este.
Charlie en ruso, su voz un látigo de acero.
—¿Ты думаешь, это игра? Ты мой. Каждая твоя мысль, каждый вздох – мои. Тот англичанин должен исчезнуть из твоей памяти. Сейчас. (¿Crees qué esto es un juego? Eres mío. Cada uno de tus pensamientos, cada suspiro, son míos. Ese inglés debe desaparecer de tu memoria. Ahora.)
Los ojos de Babe se dilataron. No por miedo, sino por puro, eléctrico éxtasis. Había escuchado a Charlie hablar ruso antes, en negociaciones tensas por teléfono, pero nunca así. Nunca dirigido a él con esta furia posesiva, cruda y sin filtrar. Era el lado más oscuro, más peligroso y genuino de Charlie, y a Babe le volvía loco.
Babe jadeó, su propia voz temblorosa por la excitación.
—Di más…Háblame así otra vez…
La súplica fue el último empujón. La mano de Charlie se hundió en el cabello de Babe, agarrando un puñado de esos mechones oscuros y tirando de su cabeza hacia atrás, exponiendo la línea larga y vulnerable de su cuello. Babe jadeó, un sonido de sorpresa y entrega que se convirtió en un gemido cuando la boca de Charlie se abalanzó sobre la suya.
Este beso no tenía nada de dulce. Era una devoración, una reclamación violenta. Charlie saboreó la boca de Babe como si quisiera borrar cualquier rastro del whisky, de la conversación, de cualquier cosa que no fuera él mismo. Con su mano libre, desató el cinturón y el pantalón de Babe con movimientos bruscos y eficientes, empujándolos junto con su ropa interior por sus muslos hasta que cayeron en un montón a sus pies.
Charlie rompiendo el beso, jadeando, sus palabras en ruso aún, pero entrecortadas.
—На раковину. Сейчас. (Al lavamanos. Ahora.)
No esperó a que Babe se moviera. Lo levantó como si fuera pluma, sentándolo sobre el frío mármol del lavabo grande. Los grifos de acero se clavaron en la espalda de Babe, pero él no protestó. Sus piernas se envolvieron automáticamente alrededor de la cintura de Charlie, atrayéndolo más cerca, ansioso.
Charlie, con movimientos frenéticos, liberó su propia erección de sus pantalones. No hubo preludio, ni preparación. Con un gruñido que era tanto una maldición como una oración, alineó su cuerpo y embistió, enterrándose en Babe en una sola embestida brutal, violenta, que hizo que el mármol vibrara.
Un grito agudo, desgarrado, le arrancó del pecho.
—¡Charlie! ¡Joder…!
Charlie sin hablar en ruso ahora, su voz áspera y quebrada por el placer y la furia.
—¿Esto te gusta, mi amor? ¿Esto es lo qué querías? ¿Mi lado oscuro? ¡Tómalo! ¡Es todo tuyo!
Comenzó a moverse con un ritmo salvaje, cada embestida un castigo y una promesa.
Con manos temblorosas, abrió los botones de la camisa de Babe, rasgando la tela fina para tener acceso completo a su pecho. Bajó la cabeza, capturando un pezón entre sus dientes, mordiendo, chupando, lamiendo con ferocidad, marcando la piel ya sensible.
Babe gemía entre jadeos, sus uñas clavándose en los hombros de Charlie, buscando anclaje en la tormenta.
—¡Sí! ¡Así! ¡Más duro, Cachorro, por favor…!
Babe no era pasivo. Su boca era un contraataque: besaba, chupaba, mordía la boca de Charlie, su cuello, su mandíbula, su oreja, susurrando obscenidades y alabanzas entre gemidos.
Babe en su oído, cada palabra un jadeo caliente.
—Me encanta…cuando eres así… un animal celoso…¡Eres todo mío! ¡Di que eres mío!
Sus embestidas se volvieron más erráticas, más profundas, poseído por una necesidad brutal de reafirmación.
—¡Tuyo! ¡Solo tuyo, mi amor!— Su boca encontró el otro pezón, mordisqueándolo.— Y tú…¡solo mío! ¡Nadie más te hace sentir así! ¡Nadie más te conoce así!
Babe con la cabeza echada hacia atrás, los ojos cerrados en éxtasis, gritando.
—¡No! ¡Solo tú! ¡Siempre solo tú, Charlie!
El sexo era pura violencia convertida en placer, una danza de posesión y entrega que rayaba en lo autodestructivo. Los gruñidos de Charlie, las palabras sucias y adoradoras que le susurraba a Babe llamándolo "mi amor" entre jadeos, los gritos ahogados de Babe, todo se mezclaba con el eco lejano de la música del antro. Era crudo, era primitivo, y para ellos, en ese momento, era la única verdad que existía: eran del otro, de la manera más feroz, celosa y absoluta imaginable.
Baño de "The Gilded Cage" - Después de la tormenta
El aire aún vibraba con la energía cruda que habían desatado, ahora mezclada con el olor a sexo, sudor y el perfume caro del ambientador del baño. Se habían vestido en silencio, movimientos eficientes y familiares.
Babe se las había arreglado para abrocharse el traje sobre la camisa desgarrada, ocultando el desastre con elegancia descuidada. Charlie se ajustaba los puños de su propia camisa, sus ojos, ahora más claros pero aún con un remanente de esa oscuridad posesiva, observaban a Babe en el espejo.
Fue entonces cuando Babe soltó una risa baja, un sonido que salía de su garganta y vibraba en el aire cargado. No era una risa de burla, sino de pura y feroz satisfacción. Se acercó a Charlie, deteniéndose justo frente a él, su mirada brillando con una mezcla de desafío y adoración.
Su voz era un susurro ronco, cargado de una verdad que no podía contener.
—¿Qué se siente, Charlie? Esos celos…esa cosa verde y fea que te retuerce las entrañas. Fue horrible, ¿verdad? Te quemaba por dentro.— Una sonrisa más amplia, casi cruel en su belleza.— Yo también la sentí. Cada vez que te veía con Alex, cada vez que imaginaba sus manos en ti. Era un veneno lento. Te lo mereces, por ser un cabrón.
Las palabras fueron un desafío directo, un recordatorio de su propio dolor pasado. Pero en lugar de encender de nuevo la furia, parecieron lograr algo diferente en Charlie.
Con una calma aterradora, Charlie giró. Su movimiento fue tan rápido y fluido que Babe apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que una mano fuerte se cerrará alrededor de su cuello, no con fuerza para ahogar, sino con una presión posesiva e innegable, empujándolo suavemente contra la fría pared de mármol.
Su voz era como el hielo negro, su mirada clavada en la de Babe, sin pestañear.
—¿Crees qué no lo sé? ¿Crees qué no recuerdo cada mirada que me lanzabas cuando estaba con él?— La presión en el cuello de Babe aumentó una fracción, solo una fracción, para hacerle sentir su fuerza.— Fue mi error. Mi confusión. Pero nunca, nunca, dudes de dónde está mi lealtad ahora. De a quién pertenezco.
Babe contuvo el aliento. No por miedo, sino por el impacto de esa declaración, dicha con esa frialdad mortal. Sintió el poder en esa mano, la fuerza brutal que Charlie siempre contenía bajo su fachada de hombre de negocios. Y le volvía loco. Un gemido tembloroso escapó de sus labios. Con esfuerzo, porque la fuerza de Charlie no era ninguna broma, levantó sus propias manos y las posó sobre el brazo que lo sujetaba, no para apartarlo, sino para sentir los músculos tensos bajo la tela.
Su voz era un ronroneo entrecortado, mientras luchaba por hablar.
—Lo sé…lo sé, Cachorro…
Finalmente, logró desprender la mano de Charlie de su cuello, no con violencia, sino guiándola. Inmediatamente, sus propias manos se elevaron para rodear el cuello de Charlie, sus dedos entrelazándose en la nuca, tirando de él hacia abajo.
Sus labios encontraron los de Charlie en un beso que ya no era de desafío, sino de rendición hambrienta. Entre besos húmedos y mordiscos suaves en su boca y cuello, las palabras salían jadeantes, calientes contra su piel.
—Sin duda…me encanta lo celoso y posesivo que eres…Es un fuego que solo yo puedo apagar. — Otro beso, más profundo.— Y mejor…porque todo eso, ese monstruo verde, esa furia…es mío. Solo por mí existe.— Separó sus labios solo un centímetro, sus ojos buscando los de Charlie, brillando con lágrimas no derramadas y un amor tan vasto que asustaba.— Te amo tanto, Cachorro. A todo…incluso a este cabrón celoso y peligroso.
Charlie se derrumbó entonces. La tensión, los celos, la furia, se desvanecieron, reemplazadas por una oleada de emoción tan abrumadora que le hizo cerrar los ojos.
Enterró su rostro en el cuello de Babe, inhalando su esencia, sintiendo las manos de Babe acariciando su pelo.
Su voz, ahora quebrada y vulnerable, era un susurro contra su piel.
—Es tuyo. Todo. El jefe, el contrabandista, el celoso…el hombre que te ama hasta el punto de la locura. Todo es tuyo, Babe. Solo tuyo.
Se quedaron así, apoyados contra la pared, en el silencio relativo del baño, reconstruyéndose el uno al otro con suspiros y caricias. La tormenta había pasado, dejando a su paso una claridad brutal y un lazo aún más fuerte. Eran dos hombres peligrosos, dañados, intensos, y se amaban con la misma ferocidad con la que peleaban. No había lugar para dudas, ni para sombras del pasado. Solo este presente, crudo, real y completamente posesivo.
Oficina - Día soleado de miércoles.
Babe desde su escritorio, sin levantar la vista de tres pantallas simultáneas.
—El equipo de Singapur quiere implementar el protocolo "Kōmori" en sus puertos secundarios. Dijeron "por favor". Casi me dio un ataque.
Charlie desde el suyo, firmando un montón de documentos con una pluma de oro.
—Diles que sí. Pero que el costo de instalación se duplica si usan la palabra "por favor" otra vez. Asusta a la gente, mi amor.
Una sonrisa de lobo se dibuja en su rostro mientras teclea.
—Ese es mi chico.— De repente, arroja una pequeña bola de papel ajustada que golpea suavemente la frente de Charlie.— Oye. Para.
Charlie deja la pluma, fingiendo fastidio.
—¿Qué?
Babe señala con la cabeza hacia la ventana.
—Llevas cuatro horas ahí. Te vas a convertir en parte del escritorio. Ven. Cinco minutos.
Charlie suspira, pero obedece. Se acerca a la ventana panorámica donde Babe está ahora, mirando la ciudad. Babe pasa un brazo alrededor de su cintura, tirando de él para que su espalda quede contra su pecho. No dicen nada. Solo miran el paisaje urbano, el mundo que en parte controlaban, compartiendo el calor y el peso del otro. Es un respiro robado, una recalibración silenciosa. Después de exactamente cinco minutos, Babe le da un suave golpe en el estómago.
—Ya. A trabajar, holgazán. Tengo que ajustar los sensores del muelle 7.
Charlie gira y lo atrapa con un beso rápido pero profundo.
—Sí, jefe.
Cocina de la mansión - Noche de viernes. Desastre controlado.
Hay harina en el mostrador, en el pelo de Babe y en la punta de la nariz de Charlie. Una masa irregular descansa en una bandeja.
Babe con los brazos cruzados, ceño fruncido.
—Se supone que es una focaccia. Parece un mapa topográfico de un planeta alienígena.
Charlie lamiendo miel de un dedo.
—Tu idea de "cena relajante" es amasar. Mi idea era ordenar sushi. Este es un compromiso.
Babe se acerca y limpia la harina de la nariz de Charlie con el pulgar, luego se chupa el dedo.
—El compromiso sabe bien.— Mira la masa.— Aunque este va a ser un compromiso muy denso.
De repente, Charlie toma un puñado de harina y lo sopla suavemente hacia la cara de Babe. Babe parpadeó, atónito, cubierto de un polvo blanco.
Babe con voz peligrosamente calmada.
—Oh, has cometido un error, Cachorro.
Lo que sigue es una guerra de harina que termina con ambos apoyados contra la nevera, jadeando y riendo, cubiertos de blanco, con la masa olvidada y el sushi definitivamente en camino. Babe atrapa los labios de Charlie en un beso salado y dulce.
Babe susurrando.
—Me gustan nuestros compromisos.
Charlie rozando sus narices.
—Yo prefiero nuestras guerras.
Sala de proyección en casa - Sábado por la tarde.
Están tumbados en el enorme sofá mullido, una manta sobre las piernas. En pantalla, una película de acción que Babe eligió explota en silencio (él insiste en que el sonido arruina la trama). La cabeza de Charlie está en el regazo de Babe, quien desenreda distraídamente un rizo rebelde con los dedos.
Charlie con los ojos cerrados.
—El villano es un idiota. Podría haber escapado por el ducto de ventilación izquierdo, no por el derecho.
Babe sin dejar de mirar la pantalla, sus dedos ahora masajeando su cuero cabelludo.
—El ducto izquierdo tenía un sensor láser de peso. Era una trampa obvia. Duérmete, eres pesado cuando estás cansado y criticón.
—No estoy cansado.— Un bostezo le traiciona.— Solo…descansando los ojos.
En minutos, su respiración se vuelve profunda y regular. Babe baja la mirada, observando cómo las líneas de preocupación en la frente de Charlie se suavizan en el sueño. No detiene el movimiento de sus dedos. En la pantalla, el héroe salta de un edificio en llamas. Babe sonríe. Su héroe, el único que le importaba, dormía seguro en sus brazos.
Dormitorio - Amanecer del domingo.
La luz del amanecer pinta rayas doradas sobre la piel desnuda. Charlie se despierta primero, como siempre. Babe está boca abajo, el rostro enterrado en una almohada, un brazo arrojado sobre la cintura de Charlie.
Charlie no se mueve. Estudia la espalda de Babe, el paisaje de músculos y las cicatrices antiguas que conoce mejor que las propias.
Lentamente, para no despertarlo, extiende la mano y traza con la yema del dedo una línea desde la base de su cuello hasta la cintura, donde la sábana se detiene.
Babe se estremece, un gruñido profundo emergiendo de la almohada.
Babe con voz ronca y dormida.
—Si eso es un dedo y no un insecto, estás jugando con fuego, Cachorro.
Charlie continúa su trazado, ahora en círculos sobre la espalda baja.
—Siempre juego con fuego. Es mi elemento favorito.
Babe gira lentamente, sus ojos entrecerrados y soñolientos lo encuentran. No hay sorpresa, solo un reconocimiento inmediato y lleno de afecto.
Su mano encuentra la de Charlie, entrelazando sus dedos.
—¿Qué hora es?
—Temprano. Demasiado temprano para todo, excepto para esto.
Se inclina y lo besa. Es un beso de domingo por la mañana: lento, perezoso, profundo. No hay prisa, no hay agenda. Solo el calor de las sábanas y el sabor familiar del otro. Babe le acarrea la mejilla, luego le da una palmadita.
—Ve a hacer café. Yo haré los panqueques. Los que no parezcan mapas alienígenas.
Charlie se levanta, estirándose, sintiendo cada músculo satisfecho y en paz.
—Es un trato.
Mientras sale hacia la cocina, escucha el sonido de Babe buscando su ropa interior en el suelo y tarareando algo desafinado. Es el sonido de una vida que no solo había conquistado, sino que había construido, ladrillo a ladrillo, entre reuniones de alta presión y harina voladora, entre silencios cómplices y besos de domingo. Era caótica, peligrosa, y perfectamente suya. Era su rutina. Era su hogar.
Picnic en el jardín secreto - Tarde de domingo.
Charlie tenía una parcela privada en lo alto de un acantilado con vista al mar, un lugar que solo Jeff y ahora Babe conocían. No era un jardín manicurado, sino un pedazo de tierra salvaje con hierba alta, un viejo roble y el rugido constante del océano abajo.
Babe tendiendo una manta a cuadros sobre la hierba, mientras Charlie saca una cesta de mimbre.
—¿De verdad? ¿Una cesta de picnic? ¿Te poseyó el espíritu de una abuela inglesa?
Charlie saca con cuidado recipientes de vidrio.
—Calla y prueba.— Abre uno.— Ensalada de quinoa con granada y albahaca. Hecha por mí.
Babe se queda mirando, luego mira a Charlie, luego de nuevo la ensalada.
—¿Qué hiciste con el verdadero Charlie? ¿El qué pensaba que la quinoa era una especie de arena para gatos gourmet?
Charlie le da un codazo suave.
—Aprendo. De un tal Babe que me hizo ver que vivir solo de café y poder es una receta para un ataque al corazón a los 40. Ahora siéntate.
Comen en silencio durante un rato, el viento salado jugando con sus cabellos. Babe, sentado entre las piernas de Charlie, apoyado contra su pecho.
Babe mordisqueando una fresa.
—Esto está…bien. Tranquilo. Me da cosa.
Charlie ríe, abrazándolo por la cintura.
—Te acostumbrarás. A las partes tranquilas también.
De repente, Babe señala un halcón que planea en las corrientes de aire.
—Mira. Es como el dron que ajusté ayer, pero con mejor aerodinámica y sin necesidad de batería.
Charlie entierra la nariz en su cuello.
—Eres incapaz de apagar el cerebro técnico, ¿verdad?
Babe se encoge de hombros, sonriendo.
—No. Pero puedo concentrarme en otras cosas.— Gira la cabeza y capturó los labios de Charlie en un beso salado y dulce a la vez.— Como en lo bien que sabe la granada…en tu boca.
"Cita" en la sala de archivos - Martes tarde, después del horario laboral.
No era una cita convencional. Babe estaba buscando un plano físico antiguo de los túneles de servicio de la ciudad, una reliquia en papel. Charlie lo encontró revolviendo entre estanterías polvorientas.
Charlie apoyado en el marco de la puerta.
—Se suponía que debíamos ir a esa nueva exposición de arte moderno que tanto querías "criticar ferozmente".
Babe de espaldas a él, pasando un dedo por los lomos de carpetas gruesas.
—Esto es más importante. Y más interesante.— Encuentra la carpeta.— ¡Ajá!— La saca, levantando una nube de polvo que lo hace estornudar.
Charlie se acerca, sacando un pañuelo de seda de su bolsillo (por supuesto que llevaba uno) y le limpia una mancha de polvo en la mejilla.
—Eres un desastre. Un desastre muy sexy y obsesionado con los planos.
Babe abre la carpeta, mostrando mapas detallados con tinta descolorida.
—Mira. Esta línea punteada…nadie en la empresa actual sabe que existe. Conecta nuestro edificio con la antigua estación de tren. Es una ruta de escape…o de entrada, sin ser detectados.
Los ojos de Charlie se oscurecen, no con deseo carnal, sino con el brillo del interés estratégico. Se inclina sobre el hombro de Babe, estudiando los mapas. Sus cabezas están muy juntas.
—Aquí. Esta compuerta. Podríamos…
—…instalar un escáner biométrico silencioso. Ya lo pensé.
Se miran. La emoción de descubrir algo juntos, de conspirar, de ser socios en el sentido más completo, es tan íntima como cualquier beso. Charlie roza sus labios contra la sien de Babe.
—Esta es la mejor cita de arte que he tenido.
Babe cierra la carpeta, con una sonrisa de satisfacción.
—Lo sé. Ahora cómprame un helado. Todo ese polvo me dejó la garganta seca.
Conducción nocturna - Jueves, 11:37 p.m.
A veces, la cita era simplemente estar juntos en movimiento. Charlie conducía su Aston Martin clásico por carreteras costeras desiertas, con el techo bajado. Babe, en el asiento del copiloto, tenía los pies sobre el tablero, la cabeza echada hacia atrás, mirando las estrellas que lograban colarse entre la contaminación lumínica. La radio estaba apagada. El único sonido era el rugido del motor y el viento.
Babe después de un largo silencio.
—¿A dónde vamos?
Charlie mantiene los ojos en la carretera, una pequeña sonrisa en sus labios.
—A ninguna parte. A todas partes. Solo conduzco.
Babe lo mira de reojo.
—Filosófico esta noche.
—No. Solo… contento.— Toma la mano de Babe que descansaba en el asiento de en medio y la entrelaza con la suya sobre la palanca de cambios.— Contigo aquí, el destino nunca importa.
Babe no dice nada. Aprieta la mano de Charlie. No necesitan llenar el espacio con palabras. El compartir este silencio en movimiento, esta complicidad de dos almas aceleradas que habían encontrado la paz en la velocidad y en la presencia del otro, era suficiente. Era un lujo que ninguno de los dos había tenido antes: la simpleza de no tener que ser nadie más que ellos mismos, juntos, rumbo a un lugar cualquiera.
Discusión en la oficina - Miércoles por la tarde.
El aire en la oficina conjunta estaba tenso, cargado de electricidad estática. Babe estaba plantado frente al escritorio de Charlie, los brazos cruzados.
—No es irrazonable. Es una vulnerabilidad clara. El sistema del puerto 3 necesita una actualización completa, no otro parche. Tu gente de finanzas dice que es "muy costoso". ¿Y el costo de qué nos intercepten un envío clave?
Charlie frotándose el puente de la nariz, un gesto de cansancio.
—No es solo el dinero, Babe. Es el tiempo de inactividad. Dos días sin mover nada por ese puerto es una sangría de otro tipo. Tu solución es un martillo para matar una mosca.
Babe da un paso al frente, su voz baja pero cortante.
—¿Mi solución? La solución correcta. ¿O es qué ahora priorizas las ganancias rápidas sobre la seguridad a largo plazo? ¿Cómo cuando empezamos?
La frase cayó como un golpe. Charlie se puso de pie, sus ojos enfriándose.
—Eso es injusto y lo sabes. Las cosas son diferentes ahora.
—¿Lo son? A veces no parece. Parece que todavía eres el mismo Charlie que juega con probabilidades.
Se miraron, el desafío viejo y familiar ardiendo entre ellos, pero ahora teñido de la amargura de sentirse cuestionado por la persona cuyo respeto más importaba. Sin una palabra más, Babe dio media vuelta y salió, cerrando la puerta con un golpe seco, pero no violento.
Mansión - Esa misma noche, cocina.
Charlie encontró a Babe en la cocina, no rompiendo cosas, sino pelando papas con una concentración feroz y poco habitual. Una olla de agua hirvió en la estufa. El silencio era espeso.
Charlie se apoyó en el marco de la puerta.
—Pensé que odiabas pelar papas.
Babe sin mirarlo.
—Odio más perder el tiempo. Y discutir en círculos.
Charlie suspiró, acercándose.
—No estaba descartando tu evaluación. Solo buscaba un punto medio. Uno que no nos dejará expuestos de ningún lado.
Babe dejó el cuchillo y la papa. Se secó las manos en un trapo, aún sin mirarlo.
—Sé que no eres el mismo. Lo sé aquí.— Se golpeó el pecho.— Pero a veces, cuando hablas como el jefe, no como mi pareja…se me activa el piloto automático. El de "pelear o huir".
Charlie dio el paso final, entrando en su espacio personal. Puso las manos en la encimera, a cada lado de Babe, encerrándolo sin tocarlo.
—Yo también tengo un piloto automático. Se llama "protegerlo todo, incluido a él, incluso de sí mismo". A veces chocan. Lo siento. Por no escuchar primero. Por hacerte sentir que tu criterio, que tú, no son mi prioridad.
Babe finalmente alzó la mirada. La rabia estaba allí, pero también la fatiga de la pelea.
—Y yo lo siento. Por sacar eso del pasado. Fue bajo.— Hizo una mueca.— Y por decir que juegas con las probabilidades. Es más bien…de comba pesada.
Una sonrisa pequeña y cansada asomó en los labios de Charlie.
—¿Entonces hacemos las paces? ¿Con estás papas tristes como testigos?
Babe lo miró, y un destello de su fuego habitual regresó.
—Las paces no. El perdón, sí. Pero necesito algo más convincente que palabras.
Charlie no necesitó que se lo pidiera dos veces. Capturó sus labios en un beso que era disculpa y reafirmación. Cuando se separaron, Babe tenía un brillo diferente en los ojos.
Babe con voz ronca.
—¿Sabes qué sería una disculpa realmente convincente?
Charlie enterró la cara en su cuello, sonriendo.
—¿Ayudarte a pelar el resto de estas malditas papas?
Babe rió, un sonido genuino que rompió la tensión restante.
—Eso…y que mañana autoricemos el presupuesto para la actualización completa. Con un plan de contingencia para el tiempo de inactividad. Juntos.
Charlie lo besó de nuevo. Era un "sí" sin palabras. Habían peleado. Se habían herido.
Y ahora estaban encontrando su camino de vuelta, no borrando el desacuerdo, sino construyendo sobre él, juntos.
Días después - Terraza al atardecer.
Estaban en la terraza, compartiendo un sofá al aire libre. La discusión había dado paso a un plan de acción conjunto que había impresionado incluso al más escéptico de los jefes de finanzas.
Babe con la cabeza en el hombro de Charlie, viendo cómo el sol teñía las nubes de rojo.
—Fue estúpido. Lo de la comparación.
Charlie jugando con los dedos de Babe.
—Fue humano. Yo fui un idiota por ponerme a la defensiva. Jeff diría que somos un par de tontos enamorados.
—Jeff es un sabio.— Hizo una pausa.— No me gusta pelear contigo.
Charlie lo besó en el pelo.
—A mí tampoco. Pero me gusta hacer las paces contigo.— Su tono se volvió sugerente.
Babe sonrió, sin abrir los ojos.
—¿Otro de nuestros "experimentos de reconciliación"?
Charlie susurró contra su oreja.
—Podríamos probar uno nuevo. Te prometo que no involucra papas.
Babe se rio, girándose para besarlo, sabiendo que no importaba cuán loca, intensa o a veces dolorosa fuera su relación, siempre encontrarán la manera de navegar de regreso a esto: al entendimiento, a la complicidad y al amor feroz que lo hacía valer la pena. Eran Charlie y Babe. Y hasta sus peleas terminaban fortaleciéndolos.
Dormitorio de la mansión - Sábado por la mañana, luz dorada filtrándose.
El desayuno se había enfriado en la bandeja.
No por romance, sino por una discusión absurda que había escalado desde la tostada quemada hasta una reevaluación de sus protocolos de comunicación. Babe, con la camisa de Charlie puesta, estaba de pie junto a la cama, gesticulando con una furia que rayaba en lo cómico.
—¡Es el principio! ¡Si cedemos en la mermelada, cedemos en los códigos de acceso! ¡Es un desliz, Charlie! ¡Una pendiente resbaladiza hacia el caos!
Charlie, sentado al borde de la cama con una paciencia de santo (y una sonrisa interna que se esforzaba por contener), observaba cómo su feroz jefe de seguridad, el hombre que hacía temblar a matones, estaba teniendo un berrinche digno de un niño cansado por…mermelada de fresa vs. de naranja.
—Mi amor, el repartidor trajo la equivocada. No es un golpe de estado interno.
Babe tomó una almohada de plumas y, con un gruñido de frustración, se la lanzó a Charlie, quien la esquivó con una ceja enarcada.
—¡La previsión! ¡Debimos tener ambas en stock! ¡Es falta de planeación logística!
Otra almohada lo siguió. Luego otra. Charlie se levantó, esquivando el suave arsenal doméstico. Ver a Babe así, descalzo, con las piernas desnudas asomando bajo la camisa, el pelo alborotado y los ojos brillando con indignación genuina pero totalmente desproporcionada, era lo más adorable y ridículo que había visto en semanas. La tensión "seria" de la discusión se evaporó, dejando solo lo absurdo.
Con dos zancadas largas, Charlie cerró la distancia. Sus manos se cerraron alrededor de la cintura de Babe, levantándolo del suelo por un segundo antes de empujarlo suavemente contra la pared cercana. Babe soltó un sonido de sorpresa, pero no luchó.
Charlie lo miró, y una risa baja y cálida escapó de sus labios justo antes de que los presionara contra los de Babe en un beso que no era de pasión, sino de puro afecto divertido.
—Ya, mi amor…Basta. Respira.
Babe entre el beso, intentó protestar, sus palabras amorfas contra la boca de Charlie.
—No…no me río…es un asunto de…
Charlie no lo dejó terminar. Lo levantó en brazos, llevándolo hacia la cama mientras Babe, en un último arranque de su rabieta, le daba golpecitos sin fuerza en el hombro.
Charlie lo depositó sobre las sábanas y se subió encima, inmovilizándolo con su peso.
Babe respiró hondo, sus ojos aún centelleando, pero ahora con algo más que rabia.
Charlie con una sonrisa peligrosamente divertida, una mano se deslizó por el muslo desnudo de Babe, bajo el borde de la camisa, acariciando la piel sensible hasta aferrarse con firmeza a su trasero, apretando la carne.
—¿Ves? Esta es la única pendiente resbaladiza que me interesa.— Inclinó su cabeza, sus labios a un centímetro de los de Babe, su voz un susurro juguetón y lleno de intención.— Y quiero que uses esa boca que tanto argumenta…para gemir a tu hombre. A mí, mi amor.
Antes de que Babe pudiera replicar con otra queja, Charlie se movió. Con una mano guiándose, alineó su cuerpo y, sin más preámbulo, embistió, enterrándose en Babe con una dureza que hizo que ambos jadearan al unísono. No había delicadeza, solo la afirmación brusca y visceral de su conexión.
Babe solto un grito ahogado, sus uñas se clavaron en los brazos de Charlie.
—¡Charlie…!
Charlie comenzó un ritmo rudo y sostenido, sus manos agarrando la tela de la camisa de Babe.
—Shhh…usa la boca para lo que te pedí.
Con un movimiento brusco, Charlie desgarró la camisa abierta, exponiendo el pecho de Babe. Bajó la cabeza, capturando un pezón entre sus labios, chupando, mordiendo, lamiendo con una intensidad que hacía que Babe se arqueara y gimiera. Su boca luego encontró la de Babe en un beso húmedo y desordenado, tragándose sus sonidos.
Babe entre besos y jadeos, sus manos recorrieron el torso de Charlie, acariciando los pectorales duros, los abdominales definidos, aferrándose a su espalda sudorosa.
—Ahí…ahí…Cachorro…
Charlie adeando, sus embestidas se volvieron más profundas, más posesivas.
—Así…mi amor…Así suenas cuando dejas de pensar…y solo…sientes…— Enterró su rostro en el cuello de Babe, mordiendo la piel.— Eres mío…incluso cuando eres un gruñón insoportable…sobre la mermelada…
Babe rió, un sonido entrecortado por el placer, y giró la cabeza para morder el cuello de Charlie, luego su mandíbula.
—¡Y tú mío! ¡Idiota paciente…que me vuelve loco!
Babe enlazó sus brazos alrededor del cuello de Charlie, aferrándose como a un ancla en la tormenta de sensaciones. Sus gemidos se convirtieron en sollozos entrecortados de puro placer, sus lágrimas humedeciendo la sien de Charlie mientras jadeaba en su oreja.
Su ritmo se volvió frenético, cada embestida una afirmación.
—¡Dilo! ¡Grita quién te hace sentir así!
Babe gritó, sin poder contenerse más.
—¡Tú! ¡Solo tú, Charlie! ¡Mi amor! ¡Mi Cachorro!
Fue el grito de rendición, el final de la rabieta y el comienzo de una ola de éxtasis compartido que los barrió a ambos. Charlie se derrumbó sobre él, jadeando, enterrado en su calor. La "discusión" había terminado, disuelta en sudor, risas ahogadas y la certeza reconfortante de que incluso en lo absurdo, en lo ridículo, su amor era el lugar más real y salvaje al que cualquiera de los dos podía pertenecer.
Oficina - Reunión de lunes por la mañana.
El equipo de logística presentaba un nuevo esquema de rutas. Era denso, lleno de gráficos. Babe, en su silla, tenía los pies sobre la mesa (algo que solo él podía hacer), balanceándose levemente. Su mirada estaba clavada en la pantalla, pero bajo la mesa, su pie descalzo (se había quitado el zapato) trazaba círculos lentos y deliberados en el muslo de Charlie, que estaba sentado a la cabeza de la mesa, imperturbable.
Charlie sin alterar su tono profesional, mientras el pie de Babe subía más arriba en su muslo.
—…y la ventana de entrega en Riga se reduce a seis horas. Es un riesgo, pero manejable si coordinamos con el equipo local. Babe, necesitamos cobertura de seguridad ajustada a ese cronograma.
Babe sin apartar los ojos de la pantalla, su pie presionando ahora contra la entrepierna de Charlie a través del traje.
—Ya tengo a dos equipos en standby. Solo necesito la hora exacta de llegada del barco.— Su dedo gordo del pie presionó suavemente.— Y que nadie se retrase.
Charlie contuvo un jadeo, manteniendo su compostura perfecta. Dio las órdenes finales y despachó a la sala. En cuanto la puerta se cerró, giró su silla y atrapó el pie rebelde de Babe.
Charlie con voz baja, peligrosa.
—¿Jugando con fuego en horas de oficina, Segundo Jefe?
Babe con una sonrisa de gato que atrapó al canario.
—Solo estoy…asegurándome de que estés alerta, jefe. Parecías aburrido.
Charlie le pasó el pulgar por el arco del pie, un gesto íntimo y sensual.
—Te voy a alertar esta noche. De manera que requerirán que te quedes en casa mañana.
Babe retiró el pie lentamente, deslizándose el zapato.
—Promesa.
Cita en el mercado de agricultores - Sábado soleado.
Era un caos de colores, olores y gente.
Charlie, en jeans y una camiseta simple que hacía que Babe lo mirara como si fuera un manjar, sostenía una bolsa de lona. Babe, con una gorra de béisbol que ocultaba parcialmente su rostro, examinaba unos tomates heirloom con la intensidad de quien desarma una bomba.
Vendedora sonriente.
—¡Son los más dulces! Pruebe uno, joven.
Babe tomó uno, lo olió, luego lo partió con las manos y le dio la mitad a Charlie. Un gesto doméstico, sencillo, que le daba a Charlie un vuelco en el estómago.
Charlie mordiendo el tomate, el jugo goteando un poco.
—Es bueno.
Babe mira su propia mitad, luego a Charlie, y cierra la distancia para lamer una gota de jugo que escapaba por su comisura, justo allí, en medio de la multitud.
—Mejor ahora.
Charlie se sonrojó. El hombre que negociaba con armas, siendo desarmado por un tomate y una lengua. Compraron los tomates, hierbas frescas y un queso de cabra que Babe insistió en probar ahí mismo, alimentando a Charlie con un pedazo en la punta del cuchillo.
Babe mientras caminaban de regreso al auto, las manos llenas de bolsas.
—Esto es agradable. Normal. Me da un poco de miedo.
Charlie le roba un beso rápido.
—Lo normal contigo, mi amor, es cualquier cosa menos normal. Es perfecto.
Mansión - Biblioteca, noche de lluvia.
Una tormenta azotaba los ventanales. Charlie leía un informe antiguo en papel, una rareza.
Babe estaba en el suelo, junto a la chimenea, actualizando el firmware de un pequeño dron de vigilancia. Llevaba anteojos de lectura (que odiaba pero necesitaba) y masticaba el extremo de un cable USB.
Charlie dejó el informe a un lado.
—¿No debería hacer eso el departamento de I+D?
Babe sin mirar.
—Son lentos. Y este es mi juguete.— Hace un ajuste y el dron emite un zumbido suave y se eleva, volando en un patrón perfecto por la habitación.— Ahí. Ahora puede patrullar los pasillos y traerme café.
Charlie se levanta y se acerca, arrodillándose detrás de Babe, rodeando su cintura con los brazos.
—Yo te traigo el café.
Babe se inclina contra él, dejando el control remoto.
—Lo sé. Pero a veces te duermes. Y yo quiero café a las 4 a.m.
Charlie rió contra su hombro. Apagó el dron con un gesto y lo apartó. Giró a Babe para sentarlo entre sus piernas, de espaldas a su pecho.
Charlie susurrando en su oreja, mientras sus manos desabrochaban los jeans de Babe.
—Tengo una mejor idea para las 4 a.m.
Lo que siguió no fue sexo rápido y fogoso, sino lento, profundo, casi meditativo. Con Babe sentado en su regazo, Charlie lo movía sobre sí con un ritmo pausado, sus cuerpos fundiéndose frente al fuego. Los besos eran largos y húmedos, las manos exploraban sin prisa. Era intimidad pura, sin agenda, sin un fin más allá de sentirse conectados.
Babe jadeando, la cabeza recostada en el hombro de Charlie.
—Así…me gusta cuando vas lento…Cachorro.
Charlie mordiendo suavemente su cuello.
—Todo contigo me gusta. Rápido, lento…gruñón, tierno…— Una embestida más profunda.— Eres mi espectro completo, mi amor.
Terminaron exhaustos, entrelazados frente a las llamas moribundas, la lluvia como banda sonora. No había necesidad de palabras. Su vida, ese equilibrio entre el peligro del trabajo y la paz de estos momentos robados, entre la adrenalina y la calma doméstica, era un mosaico en constante cambio. Y cada pieza, desde el roce de un pie bajo la mesa hasta la lentitud de una noche lluviosa, encajaba perfectamente. Eran Charlie y Babe. Y esta era su obra maestra, día a día.
Oficina - Reunión tensa
El aire en la oficina estaba frío, a pesar del sol que entraba por el ventanal. Frente a ellos, en pantalla, la cara curtida de Makarov, un socio ruso con el que hacían negocios esporádicos y peligrosos, mostraba una sonrisa que no llegaba a sus ojos de hielo.
Makarov (en ruso, voz rasposa):
—...y por eso el precio por el corredor del Báltico ha subido un 40%. Considerenlo un…impuesto por la volatilidad del mercado.
Charlie en ruso impecable, voz plana y gélida):
—Tu "volatilidad" huele a avaricia, Leonid. Un 15%. Es nuestra oferta final. No negociamos con ladrones que cambian las reglas a mitad del juego.
Hubo un silencio cargado al otro lado de la pantalla. Babe, sentado a la derecha de Charlie, no dijo una palabra. Sus ojos no estaban en Makarov, sino en el reflejo de las luces de la ciudad en el cristal, pero su postura era la de un resorte listo para saltar.
Su mano, debajo de la mesa, descansaba sobre el muslo de Charlie, un punto de contacto sólido y calmante.
—Eso es un insulto, Charlie.
—Es un hecho. Toma el 15% o retírate. Tenemos otras rutas.
La amenaza velada flotó en el aire. Makarov los estudió, su mirada pasó de Charlie a Babe, quien lentamente giró la cabeza para mirarlo directamente a los ojos a través de la pantalla. No hubo desafío en la mirada de Babe, solo una evaluación fría, calculadora, como si ya estuviera midiendo la amenaza y trazando contramedidas.
Makarov escupiendo.
—20%. Y no me hagan perder más tiempo.
—17.5. Y tú mismo supervisas la logística. Es la última palabra.
Un gruñido. Un asentimiento brusco. La pantalla se oscureció. Charlie soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo y se reclinó en su silla, pasándose una mano por el rostro.
La mano de Babe se movió, entrelazando sus dedos con los de Charlie sobre el muslo, apretando fuerte.
Babe con voz baja, solo para él.
—Fue lo correcto. Cediste lo justo para salvar la ruta, pero no dejaste que te viera la cara de débil.— Hizo una pausa.— Aunque "ladrones que cambian las reglas" fue un toque dramático. Me gustó.
Una sonrisa cansada le torció los labios, apretando los dedos de Babe.
—Tu silencio fue más aterrador que cualquier cosa que pudiera haber dicho. Parecías listo para saltar a través de la pantalla.
Babe se encogió de hombros, un destello de su fuego en los ojos.
—Solo estaba calculando cuánto tardaría en desactivar sus sistemas si hacía falta. Por suerte para él, aceptó.
Mansión - Noche en la cocina.
El estrés de la negociación se disipaba entre el aroma del ajo y el vino tinto. Babe estaba salteando champiñones, una taza de café a medio tomar al lado de la estufa (a las 10 p.m., porque las reglas no aplican para él).
Charlie, con un delantal ridículo puesto sobre su camisa de seda, picaba perejil con concentración exagerada.
—Más fino, Cachorro. Pareces un niño con tijeras de plástico.
Charlie frunce el ceño.
—Estoy haciendo mi mejor esfuerzo. No todos tenemos reflejos de asesino para picar hierbas.
Babe ríe, un sonido genuino que llena la cocina.
—Asesino de champiñones, tal vez. Pásame el aceite.
Charlie le alcanza la botella, y sus dedos se rozan. Es un contacto breve, pero suficiente.
Babe vierte un chorro en la sartén, que chisporrotea furiosamente.
Charlie apoyándose en la encimera, observándolo.
—Hoy…en la reunión. Me ayudó saber que estabas allí. No solo como mi segundo.
Babe revolviendo, sin mirarlo.
—¿Y cómo estaba?
La voz de Charlie se suaviza.
—Como mi pareja. Como mi ancla. Como la persona que me recuerda por qué hago todo esto. Para tener esto.— Hace un gesto vago alrededor de la cocina iluminada y cálida.
Babe deja la cuchara de madera y se gira. Se acerca, sus manos enharinadas se posan a cada lado del rostro de Charlie.
—No lo olvides entonces. Ni siquiera cuando hables con idiotas como Makarov. Esto…— lo besa, un beso lento que sabe a vino tinto y a hogar.— es lo único que no tiene precio. Lo único por lo que no negociamos.
Salida de pareja - Domingo en el muelle privado.
No era un yate ostentoso, sino una lancha rápida, elegante y discreta. Charlie manejaba, el viento salado le despeinaba el cabello.
Babe, con gafas de sol, estaba estirado en el asiento de al lado, los pies sobre la consola, mirando el horizonte.
—¿A dónde vamos?
Charlie sonríe.
—A donde el viento nos lleve. O, más precisamente, a esa caleta que Jeff dijo que tiene buen snorkel. Traje tu equipo.
Babe arquea una ceja.
—¿Snorkel? ¿Yo? ¿Viendo pececitos?
Charlie le da una palmadita en el muslo.
—Sí. Pececitos. Y silencio. Y un picnic en la playa. Sin teléfonos, sin Makarovs, sin protocolos de seguridad. Solo nosotros.
Babe guarda silencio por un momento, luego un lado de su boca se curva hacia arriba.
—Siempre tienes que llevar esto al extremo, ¿eh? De negociaciones de vida o muerte a…pececitos.
Charlie ríe.
—Equilibrio, mi amor. Lo aprendí de ti. Si no apagas el cerebro de vez en cuando, explotas. O empiezas berrinches por mermelada.
Babe le lanza un falso puñetazo al hombro, pero su sonrisa es amplia y despreocupada.
Más tarde, flotando sobre aguas cristalinas, viendo los colores de los peces tropicales y la mano de Charlie entrelazada con la suya bajo el agua, Babe piensa que quizás, solo quizás, los "pececitos" no están tan mal. Es otro tipo de riqueza, otro tipo de poder. El poder de estar, simplemente, con la persona que amas, en un momento robado al caos, sabiendo que mañana el mundo exigirá su cuota de nuevo, pero que hoy, aquí, son solo Charlie y Babe, dos almas encontradas en el vasto y a veces a terrible mar, navegando juntas.
¡FIN!
Dedicado a @Guadalupe2077(te deje con una escena de celos por parte de Charlie, aquí lo tienes) y a @Edith992….Espero les guste y gracias por el apoyo…