El hielo no olvida
ELAINE
CAPITULO 1
La pista de hielo siempre suena igual cuando está vacía. Un silencio blanco, denso, que cruje bajo cada paso que doy como si el hielo respirara conmigo.
Las luces aún no están encendidas, es mi trabajo hacerlo y me gusta llegar temprano y encender las luces. Comprobar que todo esté en orden. Ojalá mis pensamientos también lo estuvieran. Disfruto este tiempo en el que no hay nadie, cuando la pista no exige nada de mí. Cuando el hielo solo es hielo y no la promesa de una caída o un recuerdo esperando atacarme.
Me dirijo a mi oficina, si tengo ya una oficina mi padredecidió que era buena idea retirarse de la pista y dejarla a mi cargo, mis padres dicen que es bueno, que mantenerla viva también es una forma de seguir cerca del patinaje. Yo digo que es supervivencia. Si no puedo huir del hielo al menos puedo controlarlo.
Administro la pista desde hace dos años, horarios, pagos, mantenimiento, clases para niños pequeños. Solo principiantes. Y mas recientemente el equipo de hockey ya que la pista de la universidad esta en mantenimiento. Personalmente no me hace muy contenta, pero paga las cuentas.
Camino alrededor del borde con la carpeta de horarios contra el pecho, no miro al centro. Nunca lo hago. Aprendí que el hielo es como la memoria; si lo miras demasiado tiempo, te devuelve cosas que creías enterradas.
Clases infantiles a las cuatro.
Equipo juvenil de hockey a las seis.
Cierre a las nueve en punto.
Siempre a las nueve.
Me detengo frente a la baranda.
El reflejo de la pista me devuelve una versión de mi que ya no existe: patines blancos, cabello recogido, rodillas firmes. La ignoro.
-Vamos- me digo en voz baja- solo es otro día.
Los niños llegas a las cuatro. Les ajusto los cascos, ato agujetas pequeñas, sonrió cuando se caen y vuelven a levantarse sin miedo. Les sonrió cuando logran avanzar sin soltarse de la baranda. Ellos no saben que cada resbalón me aprieta el pecho. Para ellos el hielo todavía es un juego.
Afortunadamente cada que caen esta Alice para ayudarlos a levantarse, justo como lo hacia conmigo.
Alice es mi mejor amiga desde que tengo memoria, crecimos juntas, descubrimos el amor por el hielo juntas, solo que ella si se aferró a él, yo lo deje ir justo como dejas ir un par de zapatos favoritos esos que te los ponías siempre porque sabias que te encantaban, pero ya no te quedaban igual.
-Vamos chicos, cada caída nos hace fuertes- dice Aliceanimándolos a no rendirse, como si fuera tan fácil.
Termina la clase, los niños se despiden de ambas y se que los veremos mañana de nuevo, me gusta compartir con ellos. Aunque yo solo los instruya desde fuera de la pista.
-De verdad creí que entrarías a la pista a levantar a esa chica Elise- dice Alice.
-Lo pensé, pero por suerte estabas tu ahí- respondo con una sonrisa.
-No siempre estaré, Elaine, recuerda que solo te apoyo en verano- responde con una sonrisa vaga.
Alice al igual que yo, cursa el último año de universidad, además planea calificar este año para los olímpicos. Así que será su último verano como instructora en la pista.
-Ya buscare a alguien más. Tal vez pueda convencer a mamáque me ayude con los niños, aunque sea tres días a la semana- digo sin mucha convicción.
-Deberías hacerlo tú, nadie mejor que tu para hacerlo- dice, mirándome como si esperara que dijera sí.
-Sabes que no puedo ni siquiera tocar el hielo sin que me quede paralizada por el miedo- contesto firme. Un poco molesta de que no entienda esa parte de mí, pero también no puedo culparla nadie mas que yo sabe lo que siento cada vez que pienso siquiera en pisarlo.
-Ya pasaron dos años-dice, con un tono firme, casi acusatorio-. Ni siquiera lo intentas.
-Nos vemos mañana, tengo que terminar la contabilidad del mes- corto la conversación.
-Está bien. Como quieras, nos vemos mañana. Recuerda que es mi último día-suspira decepcionada.
-Lo sé, descansa- respondo, apagada.
Alice recoge su mochila de entrenamiento, sigue usando la misma de hace años, es idéntica a la que solía usar, las mandamos a personalizar juntas. Esta gastada por el tiempo, pero siempre dijimos que eran nuestras mochilas de la suerte, la única diferencia es que la de ella dice “COOPER” y la mía decía “BROWN”.
Cuando Alice se va, la pista vuelve a quedarse en silencio, el tipo de silencio que pesa.
Me apresuro a terminar unos últimos estados de cuenta. Miro el reloj 8:57 p.m.
Mierda. ¿En qué momento se fue tan rápido el tiempo?
Guardo todo y cierro la oficina y apago una de las lucescuando escucho la puerta principal abrirse.
El sonido de una bolsa cayendo al suelo atraviesa el aire como un golpe seco.
-La pista ya esta cerrada- digo, sin girarme.
-Solo necesito cinco minutos- No voy a romper nada.
Su voz, es profunda y autoritaria, noto un ligero acento. Claro que este imbécil es inglés.
Su voz no ruega, ni insiste, solo está ahí ocupando espacio.
Suspiro y me giro para encararlo.
Alto. Demasiado alto. Un metro noventa y siete tal vez, cuerpo entrenado, torso ancho marcado por el hockey, hombros que ocupan espacio sin pedir permiso. Lleva una camiseta oscura a medio poner, ajustada con un solo apellido impreso en la espalda “KING”.
Eso es todo lo que dice.
-Dije que la pista ya está cerrada- repito
Cuando se gira hacia mí, lo primero que noto son sus ojos grises. No claros, no amables, grises como el hielo antes de romperse.
Enmarcados por unas pestañas largas y espesas que no combinan con la dureza de su expresión. El cabello negro,húmedo, desordenado como si nunca se molestara en domarlo. La nariz perfectamente recta, a pesar de que debió habérsela roto más de una vez. La mandíbula definida, cejas espesas, ligeramente fruncidas, como si pensara mas de lo que deja ver.
Y entonces sonríe.
No es una sonrisa abierta.
Es lenta. Ladeada. Peligrosa.
Se le marcan los hoyuelos.
Esa sonrisa no promete nada… y aun así se siente como una advertencia.
- ¿Siempre cierran así de temprano, o es que no les gusta la compañía? – pregunta.
-Cerramos a las nueve
-Solo son cinco minutos- responde, encogiéndose de hombros-. No voy a arruinar tu precioso hielo.
Mis dedos se aprietan contra las llaves.
-No es negociable.
El suspira, pero no se mueve. En cambio, inclina un poco la cabeza, como si acabara de tener una idea.
El muy cabron entra al hielo sin pedir permiso.
Da una vuelta lenta, luego otra, se mueve con naturalidad. como si le perteneciera, como si el hielo lo reconociera y todo el maldito lugar hubiera sido hecho para él.
Y se ríe.
Me hierve la sangre.
-Entonces entra y sácame tu misma- dice
Mi estomago cae.
- ¿Perdón?
-Si quieres que salga- continua tranquilo, casi divertido, -entra a la pista y sácame, si puedes claro.
No lo sabe.
Claro que no lo sabe.
Siento el frio subir por mis piernas, aunque todavía estoy fuera. El borde del hielo brilla bajo las luces, impecable, silencioso… esperando.
-No tengo que probarte nada-respondo, mas firme de lo que me siento.
Él sonríe otra vez. Esos malditos hoyuelos reaparecen.
-Nunca dije que lo hicieras.
Eso es lo que me irrita, no la provocación, sino la calma con lo que lo dice.
El hecho de que no este retándome… y aun así me este empujando al borde de algo que jure no volver a pisar.
- ¿O es que trabajas aquí y le tienes miedo al hielo? -Pregunta, sin malicia, sin saber que acaba de rozar una herida abierta. Mientras se acercaba a la baranda.
El silencio se vuelve pesado.
Odio que me mire así.
Odio que este tan cerca.
Odio que este ahí.
Odio que haga que parezca fácil.
-Sal ahora- digo O llamo a seguridad.
-Relájate- Solo estoy entrenando.
Da otra vuelta. Mas rápida. Mas segura.
Mis pies avanzan un centímetro sin que yo lo decida.
El hielo brilla frente a mí.
El recuerdo también.
La caída.
El golpe.
El ruido seco.
Me detengo.
No será hoy.
Se acerca al borde, se detiene a pocos centímetros de mí. Con los patines, ahora es aun mas alto. Demasiado cerca.
-Mañana entonces-dice, bajando la voz-. Te prometo que el hielo no muerde.
-No vuelvas a provocarme-respondo, sin mirarlo.
El sonríe, los hoyuelos aparecen otra vez.
-No te provoque-dice-solo di vueltas.
Sale del hielo, comienza a retirarse los patines y recoge su bolsa. Antes de irse, me mira una última vez.
-Buenas noches.
La puerta se cierra.
Mis piernas tiemblan, pero sigo de pie.
No cruce. Pero por primera vez en dos años el pensamiento estuvo ahí.
¿Y si algún día lo hiciera?
Aprieto la baranda hasta que el frio me devuelve al presente.
Ese hombre me irrito por que no sabe lo cerca que estuvo de romper algo que apenas logro mantener en pie.
Y porque por primera vez en dos años, quise dejar que lo hiciera.